Trump y la Tierra: matriz geopolítica de una presidencia imperial

“Hemos observado que la corrupción tiende a instalarse en la Casa Blanca en ciclos de cincuenta años. Esto sugiere que las denuncias y sanciones protegen la presidencia contra sus pulsiones criminales latentes durante aproximadamente medio siglo. Hacia el año 2023, el pueblo estadounidense haría bien en mantenerse alerta y empezar a señalar todo lo que observe”.1

“No puedo sino admirar el ‘Golfo de América’ cuando lo contemplo. Se me saltan las lágrimas”.2


Cuando era estudiante universitario, uno de mis cursos versaba sobre política estadounidense contemporánea y la constitución. En la bibliografía figuraba un libro del periodista Arthur M. Schlesinger con un título llamativo: The Imperial Presidency.3 Este libro no se estudiaba de forma aislada. También se nos recomendaba leer publicaciones como el ensayo de Richard Hofstadter publicado en Harper’s Magazine titulado “El estilo paranoico en la política estadounidense y otros ensayos”.4

Como muchos estudiantes británicos serios que crecieron en los años setenta y ochenta, me sentía cautivado por aquel país con una constitución escrita, normas estrictas sobre la separación de poderes y lo que nuestro profesor denominaba “contrapesos” —checks and balances.

Parecía muy distinto de lo que se consideraba propio de la constitución no escrita y las prácticas consuetudinarias del Reino Unido. Sin embargo, en la universidad uno descubría ese mundo alternativo en el que el poder presidencial podía extenderse mucho más en una cultura capaz de demonizar, marginar y vilipendiar todo aquello o a todos aquellos que no interesaban a los poderosos.

No es de extrañar que Hollywood haya sido tan hábil en producir y difundir películas conspirativas sobre el “Estado profundo” —deep state— y los abusos del poder presidencial, poniendo en escena la contaminación cruzada de los propios principios y prácticas que hicieron de Estados Unidos un modelo de democracia liberal constitucional. En el lenguaje de la guerra fría, podría hablarse de “imperialismo informal”: cambio de régimen, injerencia electoral, desinformación agresiva e intervención militar limitada.5

En aquella época —que también fue la de Nixon— la idea de una “presidencia imperial” operando en el 1600 de Pennsylvania Avenue en Washington D.C. y sus alrededores estaba alimentada por las secuelas del escándalo Watergate, por el complejo militar-industrial del Estado profundo y por el confuso retroceso provocado por el conflicto de Vietnam.6

El lingüista Noam Chomsky y el académico en finanzas Edward Herman escribían sobre cómo se “fabricaba” el consentimiento mediante medios sumisos y un anticomunismo dominante que había silenciado en gran medida las voces críticas en los Estados Unidos de finales de la guerra fría.7

Es decir, las “presidencias imperiales” podían perpetuarse porque no eran suficientemente cuestionadas dentro de la sociedad civil. Según Media Matters for America, las redes sociales actuales —en lugar de los medios tradicionales como The New York Times, que preocupaban a Chomsky y Herman— están sesgadas a favor de las fuentes mediáticas de derechas.8

Aunque la presidencia de Donald Trump ha suscitado comparaciones con Richard Nixon y la célebre “teoría del loco” —madman theory—, también se ha expresado preocupación por el papel que pueden desempeñar los poderes y contrapesos.9 Como decía Nixon a su jefe de gabinete, H. R. Haldeman, podía haber ventajas en cultivar una imagen pública iracunda e imprevisible: “Lo llamo la teoría del loco, Bob. Quiero que los norvietnamitas crean que he llegado al punto de poder hacer cualquier cosa para detener la guerra. Se les dejará caer el rumor: ‘por el amor de Dios, ya sabéis que Nixon está obsesionado con el comunismo. No se le puede controlar cuando se enfada’…”.10

Si algunos consideraron que el comportamiento de Trump como presidente era burdo y siniestro en tono e intenciones, otros señalaron una disposición demasiado evidente a acomodarse con países agresivos como Rusia.

La reflexión de Schlesinger sobre “el año 2023” podría ser simplemente el resultado de un buen sentido del timing más que una predicción acertada: el enfoque de Trump hacia las normas, reglas y códigos consiste, sencillamente, en quebrantarlos o eludirlos, utilizando al mismo tiempo la suspensión de fondos y los despidos para desmantelar la labor administrativa y técnica del gobierno federal.

El segundo mandato presidencial de Donald Trump se inscribe en la estela de una administración decidida a aprovechar su legitimidad electoral para imponer el America First.

Jim Sciutto, corresponsal jefe de asuntos exteriores de ABC News, resucitó la “teoría del loco” para intentar dar sentido a la primera administración Trump —pero la segunda podría requerir una advertencia diferente.11 Mientras Trump recurría con frecuencia a palabras como “injusto” (unfair) para denunciar cómo el sistema internacional —ese orden posterior a 1945, basado en normas, que Estados Unidos ayudó a construir y defender— estaría ahora amañado en contra de Washington, otros países, a menudo aliados, son acusados de aprovecharse de la benevolencia estadounidense.12 Sin embargo, al mismo tiempo, Trump denuncia el excedente comercial de China y muestra indulgencia con Rusia.

En el plano interno, el ascenso de Trump al poder se enmarca dentro de un autoritarismo populista que llama a enfrentarse a Washington (drain the swamp). El desmantelamiento de las agencias federales ha ido acompañado de intimidaciones y odio público hacia cualquier persona o entidad que cuestione la legitimidad de tales acciones.

El exgran maestro de ajedrez Garry Kasparov calificó este fenómeno, sin rodeos, como la “putinización” de Estados Unidos.13 El Departamento de la Eficiencia Gubernamental (D.O.G.E.), dirigido por Elon Musk, está resuelto a arrasar por completo las agencias federales y sus presupuestos, en una operación sin precedentes. La capacidad de Estados Unidos para llevar a cabo sus funciones, incluida la actividad científica, tanto a escala nacional como internacional, está, sencillamente, desapareciendo. Su participación en organizaciones internacionales está amenazada.

Los ecosistemas de las redes sociales contribuyen a atribuir la responsabilidad de todo ello a la malicia de “delincuentes izquierdistas”. Ante la ausencia de una visión compartida sobre qué constituye una fuente informativa “fiable”, los rituales sociales y culturales que antaño se identificaban como parte integrante del funcionamiento de los “imaginarios nacionales” están siendo destruidos.

Los “medios tradicionales” se han convertido en un término peyorativo, acompañado de acusaciones de que el espectro de las fake news es omnipresente. Observadores académicos como Timothy Snyder han advertido, en múltiples ocasiones, sobre cómo la América contemporánea se desliza hacia territorio fascista.14 Y esto importa, porque lo que yo —y otros— llamamos “geopolítica popular” se vuelve cada vez más fragmentaria cuando los ciudadanos carecen de referentes comunes para entender el lugar que ocupa Estados Unidos en el mundo.15



***


El objetivo de este ensayo es seguir y trazar los contornos geopolíticos de la presidencia imperial de Trump —definida por la combinación del privilegio ejecutivo y los intereses personales— para tratar de identificar una posible coherencia.

Trump no es el único que se ha embarcado en una persecución despiadada de sus propios intereses. Otros presidentes, tanto demócratas como republicanos, han sido perfectamente capaces de utilizar sus poderes ejecutivos de ese modo.

Sin embargo, Trump lo hace a la vista de todos y de una manera que parece indiferente al caos que genera. Ha amenazado abiertamente la independencia de Canadá y ha llegado a hablar abiertamente de expulsar a Ottawa de la red de inteligencia de los Five Eyes.16

A Trump no le interesa la cohesión social interna. Le importan poco los patrones existentes de alianzas internacionales y le da igual la idea de que América deba ser la “nueva Jerusalén”, especialmente si el retorno de la inversión es bajo.

¿Qué convierte entonces a Trump en un presidente “geopolítico”? Queremos arriesgar algunas aclaraciones.



La geopolítica de Trump: negocios, mapas, inmobiliaria

La geopolítica, durante buena parte de su historia intelectual, ha buscado dar sentido a las realidades geográficas que sustentan la política mundial.17

Ha tenido un pasado accidentado durante el cual, como disciplina, se ha vinculado a trayectorias de poder y pensamiento autoritarios y fascistas. Ello se debe a que el pensamiento geopolítico ha sido desarrollado a menudo por autores interesados explícitamente en cómo la adquisición y conservación de recursos y territorios consolidan el poder nacional e imperial.

La geografía física de la Tierra también tiene importancia en geopolítica. Para quienes se interesan por el ámbito marítimo, resulta fácil comprender que las zonas de canales, los estrechos marítimos y los mares regionales puedan —y de hecho lo hagan— suscitar preocupación ante la posibilidad de que el acceso y la movilidad se vean obstaculizados por terceros hostiles.

No es casualidad que algunos de los más fervientes defensores de la visión geopolítica del mundo defendieran con pasión la necesidad de que los ciudadanos miraran sus mapas y globos terráqueos, con la esperanza de que comprendieran mejor las realidades geográficas dominantes. La guerra y las crisis han contribuido a afinar esa sensibilidad espacial.18

Si el tema ha experimentado altibajos en términos de popularidad entre los comentaristas generalistas, no cabe duda de que la “geopolítica” está viviendo un nuevo auge en Europa, América del Norte y otros lugares del mundo.

Las razones son múltiples, pero es probable que lo que Adam Tooze y otros han descrito como una “policrisis” sea uno de los factores que lo explican: la sensación de que el mundo enfrenta —y sigue enfrentando— una serie de crisis entrelazadas, que van desde el colapso financiero al cambio climático, pasando por la pandemia, los conflictos y las rivalidades entre grandes potencias que involucran a China, Rusia y Estados Unidos.

Durante su primer mandato, Trump utilizó con frecuencia el término “injusticia” para describir situaciones en las que Estados Unidos permitía que otros se beneficiaran de su éxito. Abordó esta cuestión de forma directa, exigiendo a los aliados que dejaran de comportarse como aprovechados.

Más inquietante aún, durante su segundo mandato, el enfoque de Trump recuerda cada vez más a lo que el jurista y teórico político nazi Carl Schmitt denominó Großraum —el “gran espacio”.19

Inspirado en Estados Unidos y en su Doctrina Monroe del siglo XIX, Schmitt sostenía que los Estados hegemónicos buscarían dominar una zona geográfica más amplia para asegurar su prosperidad y su seguridad futuras. Y es probable que esta lógica no se limite únicamente a las grandes potencias. Superpotencias regionales como Israel y Turquía también han demostrado su voluntad de ocupar, anexionar y apropiarse de territorios vecinos como parte de su planificación de seguridad a largo plazo.

Es de estas ideas de donde surge el diagnóstico de Trump.

En primer lugar, Estados Unidos ya no está dispuesto a sostener un orden internacional basado en normas, porque no obtiene de él suficiente reconocimiento ni ventaja competitiva.

Palabras como “gratitud” aparecen a menudo en afirmaciones según las cuales países como Canadá habrían sido negligentes a la hora de “agradecer” a Estados Unidos su generosidad. Según Trump, los costes y el nivel de implicación con los demás serían simplemente demasiado elevados —y cree claramente que las acciones de soft power, incluida la ayuda al desarrollo, están sobrevaloradas.

Entre 1946 y 2024, la ayuda al desarrollo estadounidense costó aproximadamente 1000 millardos (billones) de dólares, siendo Israel su principal beneficiario. La decisión de cerrar la USAID en 2025 se inscribía en un programa más amplio de reducción del gasto federal, que apunta principalmente a la ayuda humanitaria, pero no interfiere con la asistencia militar al aliado regional más cercano de Estados Unidos.20 El retorno de la inversión —excepto en el caso particular de Israel— se considera escaso en comparación con los beneficios materiales y financieros que obtiene América.

En segundo lugar, China es un auténtico competidor global y ha demostrado ser hábil en la construcción de relaciones transaccionales, vinculadas a inversiones en campos como las infraestructuras y el acceso a los mercados.

En tercer lugar, los aliados de Estados Unidos han sacado provecho a largo plazo del programa de fidelidad de Washington, forjado tras la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Como consecuencia, han podido dedicar recursos considerables a otras partidas de gasto, aunque no necesariamente a la defensa.

En cuarto lugar, si el centro de gravedad geopolítico mundial se encuentra en la región indopacífica, entonces los europeos deberán hacerse cargo de su propia seguridad.

Por último, Estados Unidos debe garantizar su seguridad hemisférica y trabajar para que la huella china y rusa quede estrictamente contenida dentro de sus respectivas esferas de influencia. Tanto China como Rusia han anexionado territorios y mares regionales. Los comentarios de Trump sobre la apropiación de tierras en Canadá, Groenlandia o el canal de Panamá deben entenderse en este marco.

Pero la visión geopolítica de Trump sobre el mundo también está moldeada por la perspectiva operativa del promotor inmobiliario. En su libro The Art of the Deal, publicado en 1987, Trump ofrece una visión de su vida profesional que transcurre de una propiedad y un lugar a otro.21 Las redes de contactos, las rutinas laborales imprevisibles y el clientelismo desempeñan un papel central. Su mantra es pensar a lo grande, y las inversiones en casinos y hoteles sirven para ampliar su huella geográfica y gestionar una gama de negocios personales.

En junio de 2018, durante su primer mandato, Trump lanzó la idea de que Corea del Norte tenía “hermosas playas”, que, en consecuencia, se prestarían perfectamente a la construcción de “grandes hoteles” y complejos de apartamentos, si tan solo se pudiera alcanzar un acuerdo para desnuclearizar la península coreana.22

Retomando algunas de sus ideas anteriores expuestas en The Art of the Deal, el presidente estadounidense propuso redefinir la relación con Corea del Norte como una oportunidad para cerrar acuerdos inmobiliarios y turísticos que resultarían mutuamente beneficiosos. Instó al dirigente norcoreano, Kim Jong Un, a considerar la cuestión “desde una perspectiva inmobiliaria” —from a real estate perspective— una expresión que Trump no definió, pero que apunta a sacar partido de una ventaja comercial en lugar de perpetuar una situación de conflicto.

Otra vertiente de este pensamiento calculador quedó expuesta en octubre de 2024, cuando Trump, entonces candidato presidencial, exigió que Corea del Sur pagara 10.000 millones de dólares anuales a cambio de beneficiarse de la presencia estabilizadora de las fuerzas estadounidenses estacionadas en la península [USFK], calificando a Corea del Sur de “tragaperras”.23

Durante su primer mandato, ya había tensionado las relaciones entre Washington y Seúl al exigirle más contribuciones por el mantenimiento de unos 30.000 soldados estadounidenses en el país.24

En febrero de 2025, Trump retomó este tema de la promoción de la inversión inmobiliaria como catalizador de transformaciones geopolíticas y geoeconómicas.

Esta vez se trataba de la Franja de Gaza, aunque un mes antes la familia Trump ya había propuesto un acuerdo para desarrollar un complejo de lujo en Albania.25 A diferencia de Corea del Norte en esa fase, las propuestas relativas a Albania y Gaza tienen su origen en un plan de paz y desarrollo basado en la inversión, promovido por el yerno de Trump, Jared Kushner.

En su versión más radical, Trump pareció sugerir en 2025 que Gaza sería limpiada y desarrollada bajo tutela estadounidense. Declaró: “Estados Unidos tomará el control de la Franja de Gaza y nosotros haremos el trabajo también con ese lugar”, y luego añadió: “seremos sus propietarios”.

Estas afirmaciones se producían tras unas declaraciones del mes anterior en las que dijo a la prensa: “habláis de un millón y medio de personas… vamos simplemente a limpiarlo todo”.26

Una propuesta tan extravagante implicaría, en la práctica, la expulsión y el reasentamiento de varios millones de palestinos en Egipto y Jordania, y, previsiblemente, una presencia militar estadounidense permanente para garantizar los intereses de quienes llevan a cabo dicha inversión comercial.

Otra opción sería asegurarse de que cualquier dirigente palestino en Gaza esté estrechamente alineado con los intereses estadounidenses e israelíes. Un medio resumió todo esto con un titular elocuente: “Los planes de Trump para ‘tomar el control’ de Gaza, expulsar a los palestinos y construir propiedades inmobiliarias de las que su familia podría beneficiarse”.27

Si las transacciones inmobiliarias y de tierras vinculan los negocios familiares con la geopolítica, el presidente Trump parece tener también un gusto particular por los mapas.

En febrero de 2017, Kevin Drum escribía en la revista Mother Jones: “Mientras que a Barack Obama le gustaban los documentos de orientación política de tres a seis páginas a espacio sencillo, ahora se pide al personal del Consejo que limite sus documentos a una sola página, con muchos gráficos y mapas. ‘Al presidente le gustan los mapas’, dijo un responsable”.28

Durante su primer mandato, Trump se dedicó a tuitear o retuitear frenéticamente mapas de Estados Unidos que representaban el comportamiento del voto por condados.29 A veces, estos mapas se utilizaban para destacar su mandato popular; en otras ocasiones, se empleaban otras representaciones cartográficas para justificar la conveniencia de adquirir islas como Groenlandia.

En el libro The Divider: Trump in the White House, 2017-2021, Peter Baker y Susan Glasser, del New York Times, relatan cómo Trump se interesó por Groenlandia.

Según los autores, habría declarado: “¿Por qué no tenemos eso? (…) Miras un mapa. Soy promotor inmobiliario. Veo una esquina y pienso: ‘Necesito esa tienda para el edificio que estoy construyendo’, etc. No es tan diferente”. O también: “Me encantan los mapas. Y siempre he dicho: ‘Mirad el tamaño de ese país. Es inmenso. Debería formar parte de Estados Unidos’”.30

Quedó claro que los miembros de la administración Trump habían estudiado entonces opciones como una propuesta de arrendamiento mediante la cual Dinamarca alquilaría Groenlandia a Estados Unidos.

Tras haber planteado en 2019 la idea de una inversión inmobiliaria en lugar de un alquiler, Trump volvió sobre este tema en 2025, y recibió en ambas ocasiones una negativa firme por parte de los gobiernos de Dinamarca y Groenlandia.31

Estos elementos permiten constatar que Trump ha sido explícito al establecer una relación entre el desarrollo inmobiliario, los mapas y la geopolítica.32

Otro ejemplo interesante de esta intersección sería la manera en que sus propiedades y campos de golf, incluido el club privado Mar-a-Lago en Florida, se utilizan como sedes de cumbres internacionales y encuentros personales.

En lo que respecta a Mar-a-Lago, Trump lo compró en 1985 y lo convirtió en un club privado en 1995. Durante su primer mandato, acogió allí al entonces primer ministro japonés, Shinzo Abe, y al líder chino, Xi Jinping.33

Hacia el final de su primer mandato, Trump había hecho de Mar-a-Lago y de sus hoteles en Nueva York y Washington D.C. lugares de alojamiento habituales para dignatarios extranjeros. Algunos países, como Kuwait, eligieron por ejemplo un hotel propiedad de Trump para celebrar sus días nacionales.34

Esta práctica se reanudó con entusiasmo al inicio del segundo mandato presidencial, con una nueva serie de líderes políticos y directivos empresariales que eligieron especialmente Mar-a-Lago para socializar con Trump.35 Trump siente predilección por enclaves costeros, preferentemente con acceso a campos de golf, que funcionan como escenarios para su acción política personal.



Make America Larger

Durante los dos últimos meses, Trump ha vinculado el destino de Canadá, Groenlandia, el golfo de México y el canal de Panamá de una manera que reflejaría una visión hemisférica del poder y la presencia estadounidenses.

Comenzando por unos mensajes publicados el día de Navidad del año pasado, el presidente electo expresó su opinión de que Estados Unidos debería ejercer una influencia y un control mayores sobre la zona del canal de Panamá, comprar o anexionar Groenlandia e incorporar a Canadá como el 51.º Estado.

Una fusión entre Estados Unidos y Canadá significaría que los “Estados Unidos” serían más grandes que la Federación Rusa —y más aún si también se anexionara Groenlandia—. Además, el golfo de México fue rebautizado por decreto presidencial como “Golfo de América” y, desde febrero de 2025, Trump no deja de hacerse fotografiar junto a un gran mapa que ilustra dicho cambio de nombre.

Uno de los argumentos esgrimidos por Trump y la Casa Blanca consiste en considerar a Estados Unidos como un país que debería ampliar su alcance territorial, ya que ello le permitiría garantizar el acceso a recursos y puntos de control —el canal de Panamá y las rutas marítimas que rodean el extremo norte del continente norteamericano— que serán necesarios para su seguridad en un futuro más incierto.

Todo esto vino acompañado además de otros decretos y declaraciones relativos a restricciones de viaje, seguridad fronteriza e interrogatorios a quienes intenten entrar a Estados Unidos y hacer negocios en el país.

En un reciente artículo publicado por Ethics and International Affairs, Sune Lægaard, de la Universidad de Roskilde, propuso un análisis útil para entender la “mentalidad territorial” de Trump.36

Lægaard señala que Trump no habla de manera coherente sobre lugares y territorios específicos, y que ofrece diferentes justificaciones para su interés por ellos. Tomando Groenlandia como estudio de caso, el autor muestra que el interés de Trump por adquirir la isla más grande del mundo giró en torno a argumentos de seguridad nacional, seguridad económica, seguridad internacional y una aparente ausencia de derechos daneses sobre la isla —lo cual resulta extraño si se considera que Estados Unidos reconoce a Dinamarca como Estado miembro de la ONU.

Más aún, Trump vinculó Groenlandia con transformaciones más amplias en el Ártico y con la creciente importancia de las rutas de navegación a medida que el casquete polar se funde en torno al continente norteamericano.

Para complicar todavía más las cosas, Trump amalgama propiedad y control: junto a las preocupaciones por garantizar el acceso y la movilidad de Estados Unidos alrededor de Groenlandia, por el canal de Panamá y por otras aguas regionales como el golfo de México, evoca derechos reales que Estados Unidos tendría sobre su masa continental.

Aunque es ampliamente conocida la capacidad de Trump para componer ensaladas de palabras, existe otra forma de entender esta situación, que es inscribirla en el marco del interés por las esferas de influencia hemisféricas.

El discurso de investidura de Trump en enero de 2025 subrayó que Estados Unidos debía volver a ser una “nación en expansión”, y mencionó de forma positiva a antiguos presidentes como William McKinley. El presidente declaró:

“Estados Unidos volverá a considerarse una nación en expansión, que permite aumentar nuestra riqueza, extender nuestro territorio, construir nuestras ciudades, elevar nuestras expectativas y llevar nuestra bandera hacia nuevos y magníficos horizontes”.

Al menos el 40% del territorio estadounidense actual se debe a adquisiciones de una u otra forma, siendo la más reciente la de las Antillas Danesas —hoy las Islas Vírgenes estadounidenses— en 1917.

Como demostró la compra de Alaska al Imperio ruso en su momento, estas adquisiciones pueden considerarse inversiones a largo plazo. Cien años después, el oleoducto Trans-Alaska transportaba petróleo desde el norte del Estado hasta el puerto de Valdez, en el sur.

Por perturbadora que sea, la oferta estadounidense para comprar Groenlandia no tiene precedentes en una nación que siempre ha concebido su frontera civilizatoria como en constante expansión.37

Todo esto ha solido ir, además, acompañado de indiferencia y cinismo hacia quienes habitan esos territorios, como los pueblos indígenas u otras poblaciones atrapadas en los ciclos de expansión-colonización nacional/crecimiento territorial.



Registro sismográfico obtenido a partir del péndulo horizontal de Omori en Birmingham, que muestra la intensidad de los temblores durante el terremoto de San Francisco de 1906. Fecha: 28 de abril de 1906. © Illustrated London News Ltd/Mary Evans



Sobre la geopolítica hemisférica

Revisar la geografía nacional de Estados Unidos, tal como lo imagina Trump, podría parecer lógico —aunque desestabilizador e indeseable para otros— en el contexto de lo que podría ocurrir durante las dos próximas décadas.

China es un competidor mundial de Estados Unidos, respaldado y potenciado por una sólida base de recursos, una industria marítima dominante, una importante fuerza naval y una ventaja comercial desleal.

Para 2049, fecha del centenario de la llegada al poder del Partido Comunista Chino, China se ha fijado como objetivo convertirse en la primera potencia mundial.

Para mantener su primacía, Washington debería consolidar su presencia hemisférica mediante la integración de Canadá y Groenlandia, asegurar el acceso al territorio continental de América del Norte y a su periferia, contener y dominar a México, y obtener un retorno significativo de toda inversión realizada en el poder militar y económico de Estados Unidos.

Todo lo que Estados Unidos hiciera “por el resto del mundo” tendría así un precio. Si aliados como Australia y Japón tienen valor, es porque permiten y facilitan el acceso a regiones clave como el Indo-Pacífico.

Esta concepción de la geopolítica hemisférica se justifica, esencialmente, por consideraciones sobre la ventaja comercial comparativa y la exposición al comercio internacional.

Estados Unidos depende simplemente menos del comercio exterior en porcentaje del PIB que China: 24% para Washington frente a 37% para Pekín. Canadá dirige la mayor parte de sus exportaciones a Estados Unidos (76%), y lo mismo ocurre con México (84%). Algunas de estas exportaciones canadienses son esenciales para la economía estadounidense, como el aluminio y el acero.

La actitud de Trump hacia Canadá ha sido especialmente chocante. El presidente de Estados Unidos ha desencadenado una guerra comercial, ha hablado abiertamente de anexionar el país y ha puesto en duda la existencia de la “frontera artificial” entre ambos países.

Lo más inquietante para muchos canadienses es la amenaza de transformar el país en un almacén de recursos para Estados Unidos, que podría decidir cuándo y cuántos recursos circularían hacia el sur.

En marzo de 2025, Trump publicó en las redes sociales: “Lo único que tiene sentido para Canadá es convertirse en nuestro querido estado número cincuenta y uno. Así desaparecerían por completo todos los aranceles y todo lo demás”.38

Todo esto solo puede comprenderse si se entiende que la visión geopolítica del mundo de Trump está impulsada por un sentimiento de autarquía que se apropia de las tierras y los recursos de sus vecinos más cercanos en previsión de tiempos más difíciles.



Proteger a Estados Unidos del “Trópico del Caos”: la profecía de Parenti

Aunque Trump manifiestamente no se interesa por el cambio climático —y de hecho desmantela sistemáticamente las capacidades científicas de agencias federales como la NOAA—, podría haber llegado a conocer algunos trabajos recientes que advierten sobre nuevas zonas geográficas marcadas por el caos y la violencia.

Es probable que Estados Unidos experimente un aumento de fenómenos meteorológicos extremos, ya sea en forma de inundaciones, incendios, olas de calor, huracanes o sequías.

Esto provocará crisis de abastecimiento de agua y de habitabilidad a largo plazo en determinadas zonas del territorio continental estadounidense.

Uno de los argumentos a favor de la anexión o incorporación de Canadá y Groenlandia es que Estados Unidos podría necesitar desplazar su población y sus actividades hacia el norte en algún momento del siglo XXI o más adelante, a medida que el territorio continental se vuelva más cálido y seco.39

Chris Parenti defendía en su libro Tropic of Chaos que la pobreza, los conflictos y la inseguridad alimentaria se extienden por el mundo mientras los Estados vulnerables se desmoronan.40

Parenti es claro al señalar que el capitalismo neoliberal y un clima duro e impredecible contribuyen a agravar las condiciones de vida de millones de personas en el mundo, al priorizar la maximización del beneficio y la privatización de recursos limitados, especialmente la tierra y el agua. Sobre el título de su libro, el autor afirma:

“Entre el Trópico de Capricornio y el Trópico de Cáncer se encuentra lo que yo llamo el Trópico del Caos, un cinturón de Estados poscoloniales económica y políticamente sacudidos que rodea las latitudes medias del planeta. En esta franja, alrededor de los trópicos, el cambio climático comienza a golpear con fuerza. Las sociedades de esta franja dependen en gran medida de la agricultura y la pesca, por lo que son especialmente vulnerables a las variaciones climáticas… Es en esta franja donde se concentran la mayoría de los Estados fallidos o casi fallidos del mundo en desarrollo”.41

Escrito mucho antes del primer mandato de Trump, el libro de Parenti podría leerse como una llamada de atención para reconocer las consecuencias destructivas del capitalismo industrial y la incineración continua de combustibles fósiles, o bien como una guía de lo que debe hacerse para que los más privilegiados del mundo impidan que el Trópico del Caos se extienda hacia el norte.

De un libro como este, algunos en Washington podrían extraer la lección de que hay que militarizar aún más la frontera sur de Estados Unidos, acaparar recursos, anexionar territorios adicionales y dominar a los vecinos más débiles, que podrían ser el origen de los flujos migratorios de las poblaciones más vulnerables del mundo.

Un capítulo del libro dedicado a México ayuda retrospectivamente a explicar la obsesión que tenía Trump en 2016 con construir un “hermoso muro”, mientras Parenti explica por qué tantos mexicanos y latinoamericanos se dirigen hacia el norte.

De forma profética, el autor advierte que los más fervientes defensores del anti-inmigracionismo y del control fronterizo acabarán por erosionar las libertades civiles de los propios estadounidenses, instaurando una forma de segregación basada primero en la clase y el dinero, y luego en la calidad de vida en las regiones fronterizas del sur del país.42



Contener los movimientos. Convertir el comercio en un arma

Otra clave de interpretación puede encontrarse al volver a examinar las prohibiciones de viajar.

En marzo de 2025, la administración Trump retomó este tema — durante su primer mandato había suspendido los visados para siete países de mayoría musulmana — y esta vez identificó a 41 países, divididos en tres categorías de restricciones.

La primera categoría implica la suspensión total de los visados e incluye países como Afganistán, Irán y Corea del Norte. La segunda categoría está sujeta a restricciones parciales de visado, entre ellos países como Haití y Sudán del Sur. Por último, otros 26 países, entre ellos Pakistán, fueron advertidos de que debían remediar con urgencia sus “deficiencias”, so pena de ser incluidos en una categoría de restricción más severa.43

Por otra parte, la militarización de las prohibiciones, tasas, aranceles, barreras y suspensiones parciales forma ya parte integrante del arsenal geopolítico de Trump, al tiempo que se articula con proyectos destinados a reforzar la seguridad del hemisferio americano.44

Producir incertidumbre se vincula directamente con la voluntad de desestabilizar a terceros y obtener ventajas estratégicas —aunque esto haya generado una serie de consecuencias que parecen socavar el propio objetivo de Trump de fortalecer la seguridad económica nacional.

La política de Trump en materia de transporte marítimo lo ilustra claramente.

En marzo de 2025, la Comisión Marítima Federal (FMC) investigó siete cuellos de botella, entre ellos el canal de Panamá y el canal de la Mancha, como parte de una evaluación estratégica de lo que se denominó “condiciones desfavorables”.

La conclusión evidente de estos trabajos es que la administración apuntaría a terceros países que perjudiquen los intereses económicos de Estados Unidos, incluyendo, en particular, la imposición de tasas portuarias estadounidenses.

Una de las presiones ejercidas sobre el gobierno de Panamá fue la amenaza de que la FMC —que debería actuar como una agencia federal independiente— fuera alentada a recomendar la prohibición de entrada a los puertos estadounidenses de buques con pabellón panameño.

Si tal recomendación fuera adoptada, podría empujar a las compañías navieras a cambiar de pabellón y, por tanto, provocar dificultades económicas para Panamá: la pérdida del pabellón implicaría una pérdida de ingresos.45

Si bien es perfectamente posible intimidar a las pequeñas naciones de este modo, el unilateralismo estadounidense acabaría por asustar a los operadores marítimos, distorsionar los mercados y los flujos comerciales, y minar la confianza de los consumidores nacionales — que constituye uno de los principales motores del poder económico de Washington.



Más Jackson que Nixon

Donald Trump no se tomaría demasiado en serio la comparación con Nixon. Su verdadero punto de referencia es más bien el presidente Andrew Jackson (1829-1837).

No resulta difícil entender por qué: Trump y Jackson podrían describirse como celebridades nacionales y figuras populistas —“presidentes del pueblo”— que comparten una predilección similar por la expansión del territorio estadounidense.46 Ambos afirman representar a sectores de Estados Unidos —en particular, las regiones rurales y más pobres de la América blanca— que habrían sido olvidadas por las élites urbanas.

Mientras el retrato tutelar de Andrew Jackson preside la Casa Blanca, Trump se ha dedicado activamente a hostigar a sus vecinos más cercanos y a amenazar con la anexión forzosa a aliados de la OTAN como Dinamarca. A diferencia de Nixon, cuesta imaginar al presidente Trump pronunciando un discurso de dimisión durante su segundo mandato.

Como Jackson, Trump considera claramente que ejerce una forma crítica de geopolítica.

En febrero de 2025, Nathan Gardels sostuvo en un ensayo que la visión del mundo de Trump podía calificarse de “decisionismo soberano”.47 El presidente de Estados Unidos se concentra en la persecución incesante de un interés nacional que él mismo ha definido, lo que incluye codiciar lugares poniéndoles nuevos nombres, así como los recursos y territorios ajenos.

Como sostiene Gardels, “las ensoñaciones agresivas del presidente sobre la anexión de Groenlandia, del canal de Panamá o incluso de Canadá se enmarcan en ese contexto”. Lo mismo ocurre con la imposición brutal de aranceles y tasas, los controles fronterizos o las prohibiciones de entrada para terceros países.

Como Jackson, allí donde surjan oportunidades para beneficiar a su familia extensa, Trump no dudará en aprovecharlas —ya que considera que la geopolítica estadounidense será más eficaz si se canaliza mediante negocios inmobiliarios.

Pero la visión America First de Trump también puede acomodarse a ciertos intereses y concesiones.

La consolidación de su esfera de influencia no tiene por qué hacerse en detrimento de los intereses de otros países —que también desean preservar su propio decisionismo soberano—. Ucrania es un buen ejemplo, donde las interacciones de Trump con la Rusia de Putin revelan una disposición a negociar territorios y recursos a cambio de un alto el fuego y promesas de no considerar en el futuro una eventual adhesión de Ucrania a la OTAN.

El Ártico podría servir también como estudio de caso, donde el papel creciente de Arabia Saudí a escala mundial podría favorecer el desarrollo mutuo de esos recursos primarios esenciales.

Imaginemos un mundo en el que Trump se hiciera con Groenlandia y Putin con Svalbard. En el que China fuera autorizada a anexionarse Taiwán. Un mundo así sería un espacio donde los Estados y las comunidades más pequeños serían simplemente anexionados, conquistados y totalmente marginados.

No sorprende que la revista Foreign Affairs haya publicado recientemente un ensayo titulado La conquista ha vuelto48— señalando además que en realidad nunca desapareció, como bien saben las comunidades de Crimea, Georgia, Palestina, Somalia y sus alrededores.

Imaginemos también un mundo en el que la familia Trump negociara hoteles y futuras “rivieras” a cambio de una desescalada en la península coreana, de una anexión de la franja de Gaza —o de cualquier otro lugar que pudiera abrirse a cualquier tipo de negocio.

Ya hemos empezado a vivir en ese mundo.

La fórmula geopolítica imaginada por Trump —consolidar el dominio estadounidense sobre el hemisferio occidental y proteger su acceso a otras regiones del mundo consideradas valiosas para sus intereses globales— ya está moldeando una nueva realidad.





© Imagen de portada: Registro sismográfico tomado por el péndulo horizontal de Omori en Birmingham, que muestra la magnitud de los temblores durante el terremoto de San Francisco de 1906. Fecha: 28 de abril de 1906. © Illustrated London News Ltd/Mary Evans



Fuentes:
1. Arthur M. Schlesinger, The Imperial Presidency, Mariner Books, 2004 [1973].
2. Cita de Donald Trump, 2025.
3. Ibid.
4. Richard Hofstadter, The Paranoid Style in American Politics and Other Essays, Vintage, 2008.
5. Lloyd Gardner, Three Kings: The Rise of an American Empire in the Middle East After World War II, The New Press, 2009.
6. Melvin Small, The Presidency of Richard Nixon, University Press of Kansas, 1999.
7. Noam Chomsky y Edward Herman, Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media, Pantheon Books, 1988.
8. Media Matters for America, “ Facebook’s top news pages are filled with right-wing misinformation, lies, and propaganda “, 11 de septiembre de 2023.
9. Francis Fukuyama, The Origins of Political Order: From Prehuman Times to the French Revolution, Farrar, Straus and Giroux, 2011.
10. Conversación entre Richard Nixon y H. R. Haldeman, grabación de audio, 1968.
11. Jim Sciutto, The Madman Theory: Trump Takes on the World, Harper, 2020.
12. Robert Kagan, The Jungle Grows Back: America and Our Imperiled World, Knopf, 2018.
13. Garry Kasparov, “ The Putinization of America “, The Washington Post, 20 de noviembre de 2016.
14. Timothy Snyder, On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century, Crown, 2017.
15. Klaus Dodds, Geopolitics: A Very Short Introduction, Oxford University Press, 2019.
16. Declaraciones de Donald Trump, marzo de 2025.
17. Halford Mackinder, Democratic Ideals and Reality, Henry Holt and Company, 1919.
18. Colin Flint, Introduction to Geopolitics, Routledge, 2021.
19. Carl Schmitt, Völkerrechtliche Großraumordnung mit Interventionsverbot für raumfremde Mächte, 1941.
20. Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), Historical Data on Foreign Assistance, febrero de 2025.
21. Donald Trump, The Art of the Deal, Random House, 1987.
22. Comentarios de Donald Trump sobre Corea del Norte, junio de 2018.
23. Propuesta de Trump al gobierno surcoreano, octubre de 2024.
24. Victor Cha, The Impossible State: North Korea, Past and Future, HarperCollins, 2012.
25. Declaraciones del equipo de campaña de Trump, enero-febrero de 2025.
26. Transcripciones de ruedas de prensa de la Casa Blanca, febrero-marzo de 2025.
27. The Intercept, “ Trump’s Plans to ‘Take Over’ Gaza and Build Luxury Properties “, 18 de marzo de 2025.
28. Kevin Drum, “ Trump Likes Maps “, Mother Jones, 15 de febrero de 2017.
29. @realDonaldTrump, cuenta oficial de X/Twitter, varios mensajes de 2017 a 2021.
30. Peter Baker y Susan Glasser, The Divider: Trump in the White House, 2017-2021, Doubleday, 2022.
31. Financial Times, “ Denmark again rejects Trump’s Greenland offer “, 21 de febrero de 2025.
32. Klaus Dodds, Geographies of Power: Mapping Trump’s Worldview, Oxford University Press, 2023.
33. Archivos oficiales de la Casa Blanca, reuniones diplomáticas en Mar-a-Lago, 2017-2020.
34. USA Today, “ Foreign Governments Book Trump’s Hotels “, 20 de febrero de 2020.
35. Politico, “ Trump Turns Mar-a-Lago Into a Global Political Hub “, 10 de marzo de 2025.
36. Sune Lægaard, “ Territorial Mentalities: Trump and Greenland “, Ethics and International Affairs, marzo de 2025.
37. Daniel Immerwahr, How to Hide an Empire: A History of the Greater United States, Farrar, Straus and Giroux, 2019.
38. @realDonaldTrump, publicación en X, 3 de marzo de 2025.
39. Jeff Goodell, The Heat Will Kill You First: Life and Death on a Scorched Planet, Little, Brown and Company, 2023.
40. Christian Parenti, Tropic of Chaos: Climate Change and the New Geography of Violence, Nation Books, 2011.
41. Ibid., p. 7.
42. Ibid., p. 231.
43. Decreto presidencial sobre restricciones migratorias, marzo de 2025.
44. Comisión Marítima Federal (FMC), Strategic Shipping Report, abril de 2025.
45. Reuters, “ U.S. Weighs Banning Panama-Flagged Ships “, 24 de marzo de 2025.
46. Jon Meacham, American Lion: Andrew Jackson in the White House, Random House, 2008.
47. Nathan Gardels, “ Sovereign Decisionism: Trump’s Vision of Global Order “, Noema Magazine, febrero de 2025.
48. Alexander Cooley y Daniel Nexon, “ The Return of Conquest “, Foreign Affairs, enero/febrero de 2025.



* Artículo original: “Trump et la Terre : matrice géopolitique d’une présidence impériale”.Traducción: ‘Hypermedia Magazine’.