Muchas personas están decepcionadas.
El 3 de enero de 2026 no significó el fin inmediato del gobierno autoritario. Y, después de tantos intentos frustrados, esa decepción es comprensible. No hay que negarla.
Pero una cosa es no haber llegado al final y otra muy distinta es que nada haya cambiado. En política —y más aún bajo autoritarismos— los procesos no siempre tienen un solo momento decisivo.
Lo que ocurrió el 3 de enero de 2026 no cerró el conflicto venezolano. Lo que hizo fue cambiar el escenario. Y los escenarios importan, porque definen qué es posible y qué no.
Primera novedad clave: el poder dejó de verse como completamente intocable.
La detención de Nicolás Maduro rompió un tabú central del autoritarismo: la idea de inmunidad absoluta.
En regímenes autoritarios, el miedo es vertical: nadie toca al poder. Cuando esa imagen se resquebraja, el miedo ya no funciona igual. Eso no es democracia, pero sí es un desplazamiento real.
Segunda novedad: el chavismo ya no actúa completamente solo.
La relación de trabajo con Estados Unidos no es una transición, pero sí introduce interlocución, costos y condiciones que antes no existían.
Antes, el conflicto venezolano estaba cerrado sobre sí mismo. Hoy, hay actores externos involucrados de manera directa. Y eso vuelve más difícil que todo ocurra en la oscuridad.
Tercera novedad: el tiempo ya no corre únicamente a favor del autoritarismo.
La incertidumbre —aunque incómoda— debilita a los regímenes cerrados, que dependen del control total y de la previsibilidad.
Seamos claros. Este nuevo escenario no garantiza elecciones libres, no garantiza justicia inmediata, no garantiza una transición ordenada. Todo esto hay que pelearlo. Pero sí abre algo que antes no existía: un espacio donde volver a exigir democracia y derechos humanos con más sentido y más impacto.
Cuando todo está cerrado, la presión ciudadana se diluye. Cuando se abren grietas, la presión puede orientar el resultado. Ahí está la diferencia.
Si la sociedad se retira ahora, otros actores decidirán el futuro del país sin ella. Si la sociedad insiste, los derechos humanos y la democracia entran como condiciones, no como consignas.
No se trata de épica ni de euforia. Se trata de presencia sostenida: libertad para los presos políticos, garantías, derechos, verdad.
El 3 de enero de 2026 no fue el final que muchos esperaban, pero sí fue el día en que el autoritarismo dejó de moverse sin costos y sin testigos.
Los espacios frágiles no se celebran. Se cuidan. Se presionan. Se llenan de contenido democrático.
La decepción es legítima. La retirada, no.
Hoy hay más razones —no menos— para seguir exigiendo democracia y derechos humanos para Venezuela.










