¿Nunca te has preguntado si habrá un doble, un ser idéntico a ti en alguna parte del planeta, o tal vez en la misma ciudad donde habitas?
En mi cabeza se ha formulado esta pregunta con frecuencia. A veces, en el silencio de la noche, antes de dormir, me imagino a mi otro yo, observándome, juzgando mis actos, o quizás repudiando la manera en que me comporté en determinadas circunstancias.
Esto no tiene nada que ver con la teoría del desdoblamiento. Es la sensación que experimenté con el filme Never Let Me Go, dirigido por Mark Romanek, que parte de la adaptación de la novela homónima de Kazuo Ishiguro.
De hecho, alteré el orden, pues la novela la leí años después. Sin embargo, del filme conservo como imperdible ese leitmotiv melancólico y de angustia permanente compuesto por Rachel Portman.
A modo de flashback, Kathy H, la protagonista, nos adentra en la historia, desde su niñez, de la unión de ella, Ruth y Tommy, tres seres unidos por la amistad y el amor.
La narración está signada por los ocultamientos y las revelaciones. A medida que avanza, nos adentramos en un mundo avocado al horror. Para Kathy, Hailsham no es solo una antigua mansión-escuela, en un entorno campestre y remoto. Es lo sagrado, lo feliz, una crianza entre chicos alegres que, como ella, reciben una buena educación y disfrutan de cosas propias de esa etapa. Pero todo se transforma durante la adolescencia, con un ciclo de responsabilidades y dolorosas pérdidas.
En aquel aislamiento, los alumnos solo tienen contacto con sus custodios (profesores que les imponían una disciplina en el estudio y los deportes, con especial interés en las artes plásticas y la poesía). Los mejores trabajos se los lleva Madam (la supuesta patrocinadora), una mujer misteriosa que los visita dos veces al año. Ellos piensan que van a exponerlos en la “Galería”, pero no saben si existe tal sitio.
No reciben visitas, tampoco se atreven a salir del lugar. A ninguno se le ocurre traspasar la valla que los separa del mundo. Entre ellos prevalece un miedo crónico, asociado a la muerte de unos niños que fueron encontrados en el bosque cercano.
En la escuela pasan cosas extrañas. Entre ellas, el despido de Lucy, una de las maestras. La razón es que les dice la verdad. Algo que ya sabían, aunque vagamente, como si se hubieran puesto un velo en los ojos para protegerse de tal decreto.
Aquí los objetos no son meros fetiches. Cada uno cumple una función, no solo sentimental, sino que forman parte de un examen. Hay un casete de música de Judy Bridgewater (cantante ficticia, creada por Ishiguro) que atesora la protagonista y un día desaparece. El disco Songs After the Dark tiene una lista de canciones, aunque ella invariablemente escucha Never Let Me Go. Quizás, como un recordatorio de indefensión.
A pesar del destino previsto, los jóvenes anhelan trabajos y una vida normal. Algo que no pasa de ser una ilusión, puesto que al abandonar Hailsham son consignados por un período a The Cottages, unas granjas transitorias. Más tarde, tendrán que prepararse como cuidadores. Y finalmente, serán donantes, les harán intervenciones quirúrgicas, quizás hasta cuatro, para extraer sus órganos. Tantas como el cuerpo de cada uno sea capaz de resistir, hasta que “completen” y mueran.
Entre los jóvenes que viven en The Cottage se crea en un rumor sobre postergaciones, años para extender un poco más la vida. Pero solo es una posibilidad en parejas enamoradas realmente. Esta condición, si se cumple o no, se sabrá casi al final.
Ante la fugacidad de estos seres, sería bueno cuestionarse si la humanidad, en un futuro de avances científicos, va a salvar vidas arrebatando otras formas de vida. ¿Alguien se detuvo a pensar, si no fue un acto cruel enviar a un pobre perro en un cohete al espacio para ser monitoreado desde la Tierra?
Kazuo Ishiguro nos plantea interrogantes, en medio de un panorama donde las enfermedades son un negocio para la industria farmacéutica y donde el poder destruye a la humanidad de manera despiadada.
A estos clones los crían para luego ser sacrificados. Fueron hechos para salvar otras vidas, para curar las enfermedades de otros, obviando que poseían “alma” y necesidades como el amor y la familia.
Esta historia dolorosa me hizo pensar si, igual que ellos, no formaremos parte de un plan para “donar”. ¿Qué estamos donando nosotros?
Puede que exista un paralelo con nuestra vida. En este caso, se nos restringe la libertad y tenemos que seguir las normativas impuestas, igual que esos jóvenes que voluntariamente se entregan a una ley que les prohíbe una noble existencia.
Ellos no han nacido de padres. Pueden practicar el sexo, aunque no procrear. Nunca van a envejecer. Y lo que me parece más triste es que no se rebelan como la oveja negra que sale del redil, sino que aceptan la condición sin buscar alternativas. Solo se inmolan.
Nosotros, contrariamente, nacimos de padres, hemos tenido hijos y quizás hasta podamos envejecer. No obstante, se reflejan ciertas similitudes. A ellos les arrebatan los sueños; a nosotros no se nos permite tenerlos. Fueron programados, fuimos programados.
Abrimos los ojos en La Habana de 2026 y nos encontramos en un remedo de Hailsham, un espacio que nos mantiene prisioneros, protagonistas y víctimas, rehenes inmersos en nuestra propia ficción. Y, como los héroes de Nunca me abandones, somos pobres criaturas expulsadas de la Historia en un cohete sin retorno.
