Censurado o minimizado conscientemente, elogiado en voz baja por muchos otros, buscado insaciablemente por quienes intentan encontrarlo en paquetes audiovisuales e instituciones que puedan disponer de una copia, el documental de largometraje Para vivir. El implacable tiempo de Pablo Milanés, sella con delicadeza y rigor el relato sobre su pletórica existencia, relato invocado ante la inminencia de la muerte.
Y ese entrelazar mediante la edición del ayer y el hoy a través de gestos, palabras, canciones es uno de los más brillantes aciertos de un documental que convierte a Pablo en un símbolo capaz de trascender la finitud del tiempo que habitó.
Así, el documental se parece a los clásicos travelogues o testimonios filmados de un viaje. Y por ese camino deviene itinerario de memorias de un artista excepcional, conversador carismático y franco, uno de nuestros mayores cantautores gracias a sus aportes a la música, a la cultura. Y es que “hay hombres cuyo espíritu se convierte en sentimiento de su generación, su país y su tiempo”, como se puede leer en el exergo del documental.
Pablo Milanés, sus ideas, sensibilidad y espíritu afloran en cada minuto de este documental, dirigido por su hijo adoptivo Fabien Pisani. Por ello es un homenaje, una biografía, un pretexto para volver a hablar sobre Cuba. Cuba entendida como un lugar, una idea, una utopía. El lugar añorado, vivido, siempre amado y respetado, el lugar donde siempre volver. Por eso Pablo y Cuba, Cuba y Pablo constituyen las ideas centrales, las brújulas temáticas del documental.
Sencillamente, sin rebuscamiento formal de ninguna índole, el documental combina eficazmente dos de las más socorridas convenciones del documental enunciativo: la entrevista y el material de archivo que da cuenta de algunas de sus principales canciones y conciertos. Ambos recursos se combinan con la filmación detenida, observacional, de un personaje visto tras bambalinas, en su intimidad, en la cotidianidad del presente (la enfermedad, la residencia obligada en España, los últimos conciertos en Estados Unidos y Cuba). En este Pablo íntima radica la mayor parte de las más cálidas y conmovedoras revelaciones que el documental aporta.
A la larga y siempre reveladora conversación en que se describe la vida íntima, quiénes han sido sus parejas, cuál es su enfermedad y el tratamiento que lleva, se suman testimonios de grandes artistas, expertos en la obra del cubano: Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Chucho Valdés, Chico Buarque, Omara Portuondo, Harry Belafonte, Xiomara Laugart, Fito Páez, Leonardo Acosta, Rosa Marquetti y muchos otros que ofrecen sus argumentos, registrados recientemente o en el pasado, para complementar estratégicamente esta suerte de valoración múltiple sobre el artista.
Aunque siempre es arriesgado (e inútil) tratar de interpretar el pensamiento de los censores, debemos suponer que nadie discute el brillante aporte artístico que este documental resume con destreza. Por tanto, las inconformidades insinuadas, nunca explícitas, provienen de algunas opiniones y relatos de sesgo político que Pablo expone sin ambages. Porque, como él declara enfáticamente en algún momento, le asiste el derecho a decir con toda sinceridad sus opiniones en tanto ciudadano cubano, revolucionario y artista comprometido con su tiempo.
Entre la profundidad e infinidad de sus aportes a la música y la cultura cubana, Pablo se refiere a su vida política, una vida indisolublemente ligada a Cuba y su Revolución en los buenos y en los malos momentos.
Así aparecen, de manera natural en la narración, episodios terribles como el de las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) en los años sesenta, que marcó una inflexión en la vida del trovador que ya empezaba a destacarse; el enfrentamiento con la obtusa oficialidad que intentó satanizar a Fito Páez en el Festival de Varadero; los resquemores de la misma oficialidad cuando se creó, en 1993, la Fundación Pablo Milanés, primera organización cultural independiente, autofinanciada y sin superobjetivos ideológicos; la manipulación de la venta de entradas en el último concierto que dio en Cuba y muchas, muchas opiniones controversiales, críticas, con las que uno puede estar o no de acuerdo, pero que ofrecen también una especie de correlato sobre la consciencia política del pensador e ideólogo que siempre fue Pablo.
En lugar de proyectar el documental y que en colectivo ocurra la función reparadora, conciliadora que pudo ejercer, se recurre una vez más a la prohibición, o por lo menos a la seria y casi completa limitación a que sea exhibido, tal y como ocurrió recientemente con Vicenta B. (2022) de Carlos Lechuga, Llamadas desde Moscú (2023) de Luis Alejandro Yero, o Matar a un hombre (2024) de Orlando Mora.
No solo director y guionista, sino también coproductor y cofotógrafo del “Documental de Pablo”, como ya se le conoce entre los que han podido verlo, Fabien Pisani realizó también el documental, de sesgo musical, En la caliente: Historias de un guerrero del reguetón, la historia de Rubén Cuesta Palomo “Candyman”, que retrata las circunstancias en que se desarrolló el reguetón en Cuba.
De Pisani dependen directamente las grandes virtudes de Para vivir. El implacable tiempo de Pablo Milanés. La calidez e intimidad del relato, la agilidad y agudeza de una narración que jamás pierde de vista su mayor imperativo: la necesidad de reescribir las huellas tristes y eufóricas que nos dejó el tiempo, el implacable, el que pasó.










