Jota Once: de la protesta política al rap

Quien tenga memoria lo recordará en la manifestación del 11 de julio de 2021 en Santa Clara. Con una gorra rosada y espejuelos de armadura negra, el Yuyo Sebey (que es como conocen a Yunior) también pensó que bastaba con ser mayoría y gritar en la calle su verdad para que la democracia llegara a Cuba. 

En el expediente de la fiscalía se le acusó de haber “recorrido varias calles de la ciudad de Santa Clara”, “refiriendo palabras ofensivas contra la dignidad de los miembros del MININT y el Presidente de la República”. También, de romper un cordón policial (pacíficamente, se ve en el vídeo) que impedía el paso hacia una calle, de trasmitir todo eso en vivo y de dar una entrevista a un programa de YouTube donde “se auto tituló [sic] como líder de los disturbios en la ciudad de Santa Clara, a cambio de lo que recibió en la propia fecha, tres recargas de 500 CUP a su móvil”.

Los ocho años que le pedían por desacato y desórdenes públicos, después de las apelaciones, se quedaron en siete. “La Seguridad me propuso varios acuerdos a mi favor”, nos cuenta, “me ofrecieron filmarme un vídeo con un cuadro de Fidel, donde tenía que decir ʻViva Fidelʼ. Ese era el trato para recibir mi libertad”. 

“La tortura comenzó al negarme. Me dijeron con estas palabras: ʻte vamos a echar años para que te acuerdes de nosotrosʼ y hablaron con veracidad, porque fui uno de los que más años recibió en Villa Clara. Esta negociación se la ofrecieron a muchos y muchos aceptaron: por eso éramos miles de presos y solo quedamos 16 en Santa Clara”. 

Gracias a un acuerdo con la administración Biden —del que se prefiere el secreto—, algunos presos políticos pudieron salir a mediados de enero de 2025. Yunior Sebey fue uno de ellos. 

El silencio ha sido la condición de esa libertad, lo sabemos. Menos de diez excarcelados del 11J han concedido entrevistas o declaraciones después de aquello. Por eso se aprecia tanto aquella primera que Yunior concedió, donde daba la impresión de que el tiempo se había congelado en el 11 de julio. También agradecemos que haya accedido ahora a hablar con nosotros sobre su destino y la música que cada vez más ocupa su tiempo.

Yunior Sebey tenía dos hijos pequeños y varios negocios prósperos antes de caer preso. Hoy no encuentra trabajo: “Se me ha hecho imposible encontrar trabajo, ya que por mi delito soy rechazado por todo el mundo. Las personas tienen hasta miedo de hablar conmigo”. 

Siempre le gustó la música y componía desde chiquito, pero la vida agitada que llevaba antes, con sus miles de negocios, lo separaba de ella. La cárcel es un infierno. Sin embargo, la soledad y el tiempo muerto conspiraron para devolverle la inspiración:

“Mi vida en prisión al principio fue dura. No estaba acostumbrado a un lugar tan desagradable. Tuve varios problemas al principio por falta de conocimiento. Tuve varias broncas con reclusos comunes y con los guardias del centro. Pero decidí que no me iba a convertir en carne de presidio ni en un preso común: me enfoqué en mi causa y me gané el respeto de todos”. 

Las canciones que está divulgando ahora en sus redes sociales, evocan mucho esa etapa. Un lapso traumático, desde luego, pero también instructivo: “Para mí, la prisión sí fue una escuela (en una de mis canciones lo dejé dicho): el que es inteligente, de ahí sale más sabio. Tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que nunca pude hacer en la calle. Me pasaba días enteros leyendo libros de enseñanza para la vida. Me leí la Biblia dos veces”. 

“En ese lugar aprendes más de lo que uno se imagina. Aprendes lo bueno y lo malo (todo ser humano debería tener conocimiento de las dos caras de la vida, la luz y la oscuridad)”. “En mi caso, no existe nadie que pueda venir a hacerme una historia mal contada, porque aproveché mi tiempo en prisión para prepararme para todo tipo de circunstancia. Es por eso que se me hace tan fácil componer canciones”. “Creo que logré hasta convertirme en un buen sicólogo”. “Cuando oigo a una persona hablar, ya sé si me miente o no”.

Yuyo Sebey antes prefería la balada, pero ahora se inclina por el rap, porque “el rap es guerra”. Sus canciones son sobre “historias reales”, gusta de aclarar. Lo cierto es que muchas evocan la agonía o la tristeza del presidio. Tienen una inclinación hacia la melodía que no es típica del rap cubano, lo que y quizás sea lo más distintivo en este grupo de composiciones que va sacando. 

Prefiere no revelar el nombre de sus colaboradores, tanto en la producción musical como en las voces, por no ponerlos en peligros: “Somos un grupito”, confiesa. 

En temas como “Soledad”, es difícil distinguir si la voz que canta es producto de un trabajo con el programa Auto Tune o si se trata de una creación directamente de la inteligencia artificial. 





Sebey nos promete que es alguien real que ha sido ayudado con la tecnología, pero que las cualidades vocales que reconocemos en la realización sí se acercan a las de una persona. Lo cierto es que el resultado es un producto atractivo que podría convertirse en un hit si fuera bien distribuido. Detrás de esa composición (y de otras) se nota que hay alguien que sabe lo que está haciendo. 

La intensidad de Yuyo Sebey, la misma que lo lanzó a las calles y lo mantuvo firme en prisión, consigue una mezcla interesante entre Maikel Osorbo, Ricardo Arjona y algún cantante de baladas. 

Marcadamente, el Rap dentro de Cuba, además de “guerra” es underground y últimamente esta segunda cualidad supera la primera. Varias desventuras lo golpean. En primer lugar, el éxodo que debilita a todo el país: incluso durante y después de la pandemia, surgían estudios de grabación y colectivos vigorosos como La Favela o Los Míos 23 en La Habana. Pero ya sus principales talentos jóvenes cogen el avión también para rapear en Tampa o consumir su tiempo en otra subsistencia. 

A pesar de que se mantienen otras iniciativas como Sector 25 (hoy “Pañuelos Verdes”) en Alamar, se les escucha poco. Esto sucede porque los espacios de promoción de este género también han ido desapareciendo (los espacios de promoción que admitían cierto desacato, no la obediente TV a la que la mayoría de los artistas no condesciende). 

Se han apagado incluso los “pabajos”, aquellas descargas en terrenos de básquet coordinadas por la Agencia Cubana del Rap. Últimamente, se quejan los raperos, solamente quieren que las cosas ocurran en los predios de la agencia. Por cansancio, la institución quiere imponerse por fin a un cuerpo que también parece cansado.

Sin embargo, se encuentran semillas en el subsuelo. El rap resiste allí. A este escuadrón subterráneo se suma “Jota Once”, el nombre artístico que ha elegido el Yuyo Sebey, de Santa Clara, para que se recuerde la gesta que le cambió la vida.