Contacto (Miguel Collazo en la ciencia ficción)

A inicios de la década de los años 60, cuando buena parte de la ciencia ficción cubana se hallaba, en términos prácticos, bajo el influjo de la ciencia ficción soviética (escribirlo así no excluye, por supuesto, el influjo de la ciencia ficción en lengua inglesa), una tendencia fuerte y más o menos general en la Isla era la de asumir, en términos humanísticos, el asunto del contacto extraterrestre.

No era extraño soñar con ese contacto y especular sobre él. Y, por lo general, se imponía verlo como la antesala del conocimiento de un futuro humano de carácter holístico (irresponsable y festinadamente holístico, diríamos), lleno de bondades, y donde la solución de muchos problemas (en ocasiones subrayados por un manojo de películas de esa época que se realizaron en los países socialistas de entonces) consistía en una suerte de alianza, evanescente y llena de hipótesis desmesuradas, del comunismo más romantizado con tecnologías casi mágicas.

No digo que todo fuera así, pero me inclino a pensar, en términos lógicos, que esa era una tendencia más o menos predominante. La tendencia preferida, como si dijéramos. O la que la deseosa y optimista especulación sociofilosófica y la manipulación política ponían de relieve. Además, para decirlo con algún tono sarcástico y desde la exageración, la sociedad del futuro lejano post-contacto no podía sino ser una variación perfecta del comunismo o del post-comunismo. Tonterías de marca mayor. (Post-comunismo es algo así como comunismo al cubo, o elevado a la tercera potencia).

Justo en la órbita de la literatura fantástica y de ciencia ficción dada a conocer en Cuba durante la segunda mitad de la década del sesenta —ese círculo reactivo, tonificador de un género que de súbito alcanzó a tener realizaciones interesantes en un panorama dominado esencialmente por el realismo social—, se destacan dos piezas de un narrador de estirpe lírica, un fabulador meditativo: Miguel Collazo. Me refiero a El libro fantástico de Oaj (1966) y El viaje (1968).

Hay un curioso dilema estético en la trayectoria de Collazo. Ese dilema reside en la presencia comprobable de las sucesivas metamorfosis que detentan su prosa y los asuntos asediados en sus libros. Metamorfosis de índole estilística en lo que toca al lenguaje, ciertamente, pero que poseen un basamento temático a primera vista muy anómalo, pues sus motivaciones y personajes, por ejemplo, se constituyen, en apariencia, en una disparidad. 

Hago alusión a un dilema estético de primer orden, capaz de problematizar la escritura de Collazo al punto de enriquecerla y dotarla, así, de varios registros integrables en un hondo desasosiego por la búsqueda de la identidad humana. Por muy altisonante que parezca, esta afirmación no hace más que referirse a un escritor buscándose a sí mismo y relatando esa búsqueda con una singular sinceridad.

En resumen: Collazo parece ser (fue) muchos Collazos. Y esto, en un escritor de estirpe lírico-filosófica, es un don muy apreciable.

La renegociación dramática de los tópicos de la ciencia ficción es una operatoria que, en él, está llena de matices. Es indudable que conocía las tipologías básicas del género y que creyó en ellas hasta un punto. A partir de dicho punto aparecieron esas dos ficciones iniciales, El libro fantástico de Oaj y El viaje, con las que, en su momento, Collazo propuso el intercambio de aquellas tipologías con dos instancias alejadas (o que por lo menos se desvían) de la canonización primaria del género: el humor y la poesía.

En varios trabajos sobre la literatura de Collazo se ha sugerido que el hacerse continuo de su poética es posible gracias a una sobrearticulación compleja de elementos disímiles que anhelan agruparse para vencer determinadas distancias estéticas. 

El libro fantástico de Oaj, pongamos por caso, interviene en el referente urbano —son los años cincuenta en La Habana— y modela un espacio muy regional, marcado por la interioridad, por la graficación de los usos y las costumbres, por el paso firme de lo cotidiano, todo lo cual se resuelve mediante la colocación, en una estructura de adyacencias, de escenas y episodios que se van desenvolviendo hasta configurar un relato de gran fuerza. Hablo de la fuerza de convocatoria, la energía resolutiva, el vigor de las apelaciones (muy diferentes unas de otras) de un texto cuya composición se asienta en el fragmento, o más bien en la capacidad que ellos poseen para imantarse en una lectura competente.

De un modo muy coloquial (bien lejos de la academia) le comenté a Collazo esas cuestiones. Caminando por El Vedado, por la Habana Vieja y en la salita de su apartamento, frente a un cenicero lleno de colillas y rodeado por tazas con restos de café. Me pareció que la época de esos diálogos se llevaba mal con la época de los libros que acabo de mencionar. Era como si, hablándole a Collazo —hombre parco, meditabundo—, él estuviera oyéndome comentar los libros de otro Collazo, apenas un vecino con el que se intercambian pocas palabras. O de un Collazo del que ya se sentía lejos.  

El espacio costumbrista viene a ser, en él, un esquema (pero un esquema muy rico) de lo real, y la historia, en tanto pathos, queda allí excluida. Entendámonos: excluida como acontecer notorio, ya que la historia es (me refiero a El libro fantástico de Oaj) una presunción dentro de un contexto más bien tonal, atmosférico, poblado por personajes bien seleccionados y que se manifiestan de acuerdo con las distintas resonancias, en cada uno de ellos, de un suceso extraordinario: la visita de los extraterrestres. 

El esquema de Collazo reinventa la ciudad bulliciosa sin las regulaciones emocionales que producen los sucesos históricos, aunque el texto despliega numerosas zonas de conflicto (conflictos de baja densidad, por así llamarles) no ligadas al relato central, pero que nos llevan a esa presunción de la que hablo: la existencia del paisaje de un acontecer que ha venido a “circunstanciarse” por detrás de la trama.

Cuando mencionaba la sobrearticulación compleja de elementos disímiles, hacía alusión a ciertas sustancias aglutinantes que determinan, contemplada la obra de Collazo en su totalidad, la congruencia de unos textos con otros. Entre esas sustancias se halla el humor. La entrada de los extraterrestres en escena es un acto sinuoso y también llano, natural, sin efectismos, que involucra la pesadilla, la ensoñación, o la caída de la acción in medias res —habitaciones en penumbra, esquinas soleadas, bares, callejuelas sin importancia. 

No se trata de un conflicto (enseriado, vecino de la reflexión científica) causado por el vínculo imprevisto de dos civilizaciones, pues Collazo coloca en el centro del relato a Oaj, nada menos que un escritor alienígena, una criatura de otro mundo que se fascina con facilidad y que se deja seducir gozosamente por La Habana y, muy especialmente, por los cubanos y las cubanas. Esto, claro está, ya lo cambia todo. 

¡Oaj es un escritor de ciencia ficción! Escribe, voluptuoso, acerca de un territorio ignoto, una región extraplanetaria presentida en la imaginación y en el sueño: el mundo de La Habana, o el mundo de la cubanidad. Y, así, su libro fantástico es un grupo de crónicas en torno a la gracia de lo nuevo, la gracia consuetudinaria (del lenguaje a la emoción, de las palabras a los gestos) y la gracia del enfrentamiento a lo desconocido. Una gracia que vuelve a revelarse, de acuerdo con las naderías y los absolutos de personajes dominados por el alcohol, en cuentos de Collazo dados a conocer, por ejemplo, en Dulces delirios, a mediados de los años noventa, cuando ya la ciencia ficción no era un género de su interés y se sentía tantalizado por la inmersión en ciertas existencias yermas y trágicamente inmediatas.

El hombre que conocí a mediados de los años 90, hace 30 años, era gentil pero restrictivo, huraño sin ser descortés. Un ser pesimista, o más bien un escéptico de enorme lucidez. 

Un día de inicios de 1996 coincidimos en la calle G. Íbamos rumbo a la UNEAC, a ver qué noticias había sobre el viaje de un grupo de narradores y ensayistas (él y yo estábamos incluidos) a Madrid, donde iba a celebrarse (con el auspicio de la Universidad Complutense) el segundo encuentro del proyecto La Isla Entera. Entre el ir y el no ir, el darnos o no darnos el indigno “permiso de salida” por parte de las autoridades cubanas, las reuniones se multiplicaron, se alargaron y, en plena calle, Collazo se detuvo, me miró y me dijo: “No sé qué hago aquí”. Y se despidió y regresó a su casa. Días más tarde comprendí que tenía razón.

Dos años después de la publicación de El libro fantástico de Oaj, relato inscrito, según dije, en la estética del fragmento (Collazo promovió un artefacto novelesco elaborado y resuelto por medio de la exacerbación de su fertilidad en lo dialógico), aparece El viaje, texto que cultiva una distinción aún más solitaria.

Los atractivos de ese libro parece que no cesan, a pesar del tiempo. Más bien se incrementan (por contraste, por adición, por interpolación) a la sombra de una tipología en la cual la ciencia ficción se enfrenta, de cierta forma, a las tradiciones (y los centralismos) de la denominada “alta literatura”. 

Hay una ciencia ficción “dura”, también victimizada por las exclusiones canónicas, y que tiene su origen, en tanto ordenamiento de síntomas y situaciones dramáticas, en el milieu tecnológico de una circunstancia conflictiva real o irreal. Frente a esta ciencia ficción se alinean variantes que prefieren el examen de contradicciones y aprietos codificados en algunas figuras del espíritu, y sin que la tipología básica, de género, deje de constituirse en una estructura de control. Dichas variantes son tales debido a la objetividad de textos que fomentan el sondeo interiorista, próximo a lo filosófico, y en el que las preguntas poseen un costado moral comprometedor del sentido último de la verdad, el conocimiento y la vida. El viaje se inscribe en esas variantes. 

La lectura del libro, una novela de avances lentos, transida por un ensimismamiento casi trascendental, nos deja el mismo sabor que identifica algunas obras maestras del género. Collazo se apodera de dos o tres arquetipos culturales —el fin del mundo como obra de arte, el viaje como estructura dinámica para la revelación del yo, la búsqueda innombrada como sustituto eficaz de las respuestas a las interrogaciones finales del sujeto— y crea una historia que es toda una pulsión de pensamiento en medio de un paisaje desolado, cuya devastación es casi bíblica y que nos recuerda los grandes viajes del hombre, desde la marcha de las tribus prehistóricas por la nieve inhóspita, custodiando el fuego, en busca de mejores tierras, hasta las grandes migraciones de origen religioso de la época moderna.

Collazo no volvió a escribir una novela de ese tipo, apresada por intensidades de sentido tan coherentes y de una universalidad tan voluptuosa, si es que cabe usar esa metáfora. Su yo creador ya era otro. El viaje de sus personajes, habitantes de la sobrevida en el planeta Ámbar, se realiza en el espacio, pero apunta hacia el pasado remoto, o hacia los orígenes y la comprensión de esos orígenes, donde se encuentra una especie de claridad capaz de iluminar el sentido de la pérdida, el proceso de un menoscabo fatal. 

Los seres que en la novela representan ese éxodo a alguna (o ninguna) parte, un éxodo más bien mental dentro del mundo físico, llevan consigo una esperanza oscura. Ella, o el conjunto de sus definiciones posibles (vislumbres, percepciones fugaces, razonamientos que van y vienen por el texto), determinan la progresión del relato hacia el mito, hacia el ritual. 

Pero la forma de El viaje, que de todas maneras es: 1) un relato, y 2) de ciencia ficción (pero acerca de una certidumbre perdidiza que al cabo se somete al régimen de las ideas filosóficas), no podía cuajar en un objeto textual que no se avecinara siquiera a la naturaleza de lo poemático. La novela es, tengo esa impresión, un extenso narrative poem que alcanza a entenderse con una peripecia cuya disposición, en términos narratológicos, posee la simplicidad de las historias primordiales.

Después de El libro fantástico de Oaj y de la saga contada (y conjeturada) en El viaje, Miguel Collazo —el hombre que me llamó “ricohombre pagano” tras leer uno de mis libros— clausuró sus incursiones y errancias por la ciencia ficción. Pero ese lirismo reflexivo, matriz de su poética, daría lugar a las formas de su estilo posterior.