Conozco este ‘brainrot’ desde los tiempos de Castro

A inicios de este mes cumplió treinta años el momento magnum de un treintañero con altas capacidades: Infinite Jest (Little, Brown and Co., 1996). Seis años después versionado al español como La broma infinita (Mondadori, 2002).

Si el idioma original no hubiera sido el inglés, es dudoso que un libraco como ese se hubiera publicado en España y exportado a continuación a Latinoamérica. Pero por aquellos años el imperialismo novelístico yanqui pasaba, también, por un momento magnum.

Se soplaban velas más grandes que las que hoy soplo.

El viento soplaba a favor de David Foster Wallace, sencillamente.

¿Hoy? Sigue a su favor, creo, pero de otra manera: menos treintañera, más postraumática o fantasmal y quizás más viejuna (en el sentido sapiencial y alcoholizado del perro viejo).

Confieso que he bebido y se me había olvidado la efeméride.

Primero me lo recordó The New Yorkerque se preguntabaInfinite Jest Has Turned Thirty. Have We Forgotten How to Read It?

Después me lo recordó Hamlet, con el cráneo de Yorick entre las manos: I knew him, Horatio: a fellow of infinite jest, of most excellent fancy: he hath borne me on his back a thousand times; and now, how abhorred in my imagination it is!

En mi imaginación, DFW oscila (su cráneo suicida, balanceándose schrödingerianamente) entre el príncipe y el bufón.

Infinite Jest tiene 388 notas.

Pocas, me parecen.

Algunas de esas 388 notas, que un maquetador no masoquista dispuso como endnotes al final del tocho, tienen sus propias subnotas al pie o intercaladas o vinculadas (antes de la cultura del hipervínculo). 

Desvíos, interrupciones, inserts y bonus tracks.

(Paréntesis (dentro de paréntesis).)

Microrresistencias.

Pura violencia digresiva.

Insisto: 388 me parecen pocas. Si vas a escribir una novela de más 600 páginas, no puedes poner menos de 400 notas.

Confieso, también, que nunca he podido leer Infinite Jest de principio a fin. Incluso obviando las notas, nunca he podido con ella. Solo me resultaron transitables los pasajes donde un par agentes secretos dialogan en el desierto de Arizona. Escenas con cierto aire de Looney Tunes.

Sin embargo, leído a trozos, a saltos, a fragmentos, sin seguir ni pretender seguir ningún hilo claro, me sigue pareciendo un libro brillante. 

La pureza del brainrot.

No, The New Yorker: yo no me he olvidado. Tú, sí.

No hay que leer Infinite Jest como un novelón con 388 endnotes. Hay que leerla como si fueran más de mil páginas de infinitas notas, sin cuerpo de texto principal. Sin la principalía de ningún conjunto de tramas.

Otra teoría de conjuntos.

Pensar más bien en la teoría de grafos.

Entre el abismo y la forma: el abismo de la escritura dispersa.

Entre la señal y el ruido: el ruido que genera otra forma de señalización.

Es el sonido del brainrot.

Que algunas personas jamás simpatizarán contigo, hagas lo que hagas. Y que la mayoría de los adultos civiles no adictos han asumido y aceptado este hecho a una edad bastante temprana. Que por más inteligente que te creas, eres siempre mucho menos inteligente que eso

(La broma infinita, “6 de noviembre. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend”).



La violencia digresiva describe cómo es leer buena parte de la obra de DFW. Infinite Jest es quizás su laboratorio más extremo. 

El modo lab.

No, no de laboratorio.

El laberinto químico de un escritor que padeció depresión mayor crónica y resistente a los fármacos, ansiedad indestructible e hiperconciencia autodestructiva. Amén de adicciones varias: alcohol, drogas, televisión…

Todas ellas (todas las adicciones, en sentido general, el pack y el manual completo) están en Infinite Jest.

La digresión como violencia, como ritual nervioso, como deriva mental.

La rumiación obsesivo-compulsiva injertada en la literatura.



Que la mayoría de la gente adicta a una Sustancia también es adicta a pensar, lo cual significa que mantienen una relación compulsiva y enfermiza con su propio pensamiento. […] Que simplemente es mucho más agradable estar contento que indignado. Que el 99% del pensamiento de los pensadores compulsivos versa sobre sí mismos; que el 99% de este pensamiento sobre sí mismos consiste en imaginarse y luego aprestarse a las cosas que están a punto de sucederles, y luego, extrañamente, si dejan de pensar en eso, el 100% de las cosas en que ocupan el 99% de su tiempo y energía imaginando y preparándose para todas las contingencias y consecuencias que de ellas se puedan derivar, jamás son buenas. Y que, por tanto, esto se relaciona de forma bastante interesante con la necesidad de los recién llegados a la sobriedad de rezar para perder literalmente la cabeza. En pocas palabras, que el 99% de la actividad de esa cabeza consiste en acojonarse a sí misma.

(La broma infinita, “6 de noviembre. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend”).



Yo conozco algo de esto.

No tengo adicciones confesables, pero conozco del TOC. 

El circuito de la adicción y el trastorno obsesivo-compulsivo comparten una matriz de vectores. Dialogan.

Las estructuras digresivas de DFW son muy TOC-like.

DFW convirtió en mecanismo literario una estructura mental que conocía íntimamente.

“Espera”, nos dice. “Hay una cosa más, hay otro matiz”.

“Espera”, nos dice. “Hay que volver al margen de la página”.

“Y ya que estamos…”, nos dice. “Podemos agregar este apunte”.

“Listo. No, espera”, repite. “Falta esto. Ya. No. Ahora sí…”.

Hípercontrol semántico.

Neutralización de la ingenuidad.

Miedo a una omisión fallida.

Si no aclaro la curva, si no añado la nota, si no comento la derivada, si no anticipo el rebrote, la ramificación…, el texto será desmontable / falso / inefectivo / manipulador… ¡Algo terrible ocurrirá durante su lectura!

Subyace un circuito que no tolera el vacío. Ni la ambigüedad no diseñada.

Mira todo lo que sé. 

Mira todo lo que dudo. 

Mira todo lo que exprimo. 

Mira todo lo que podría objetarse o reformularse a partir de aquí…

DFW odia este mecanismo tanto como lo necesita. Pero lo odia, de eso no hay duda.

Su mente híperestimulada, incapaz de descanso, atrapada en bucles, acabó volviéndose inhabitable. Ya lo sabemos.

Por eso hay que volver a Infinite Jest.

No es ninguna broma. Nunca lo fue.



Todavía es un novato: aún pretende que alguien le saque las castañas del fuego y le abra las puertas de sus distintas jaulas. Es el mismo engaño que el engaño de la adicción a la Sustancia, básicamente. Los ojos se le ponen en blanco del terrible disgusto que siente hacia sí mismo.

(La broma infinita, “20 de noviembre. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend. Gaudeamus igitur”).



La Sustancia es también trasunto del Entretenimiento.

El Entretenimiento como jaula dopaminérgica.

En los 90 era la teleadicción, el zapping.

Hoy es el scroll del algoritmo en la pantalla móvil.

“El drogadicto es quizá la única especie humana cuya propia visión personal tiene una Pantalla Vertical”, escribió DFW, años antes del brainrot digital y un paso más allá de William Burroughs.

El mecanismo es el mismo. 

El Entretenimiento deja de ser placer y se vuelve gestión del malestar.

En este sentido, las endnotes de un volumen prácticamente ilegible funcionan como máquina de desprogramación.

Una terapia de choque: si quieres sentido, vas a tener que ganártelo.

Si quieres sentido, necesitas memoria, retorno, persistencia sin premio.

Hacer tierra sin cable con un zapping incómodo, inmanejable, donde la punta de tus dedos solo sirve para darle vuelta a las páginas de un libro grueso y pesado, de la línea al margen y del margen al final del último capítulo, y de vuelta a empezar después de perderte.

Fragmento a fragmento.

Quiebre tras quiebre.

Bucle sobre bucle.

La no-linealidad como campo de batalla o gym intelectual.

El anti-Entretemiento: el rumbo sin rumbo que DFW ya empezaba a tematizar, desde el ascetismo formal, en The Pale King, la novela que dejó inconclusa.

El riesgo, desde luego, es que el anti-Entretenimiento se vuelva otra adicción. 

Un nuevo freak show

Pero eso ya es otra historia.



Que la gente adicta a una Sustancia que deja abruptamente de ingerir dicha Sustancia a menudo sufre un feo acné papuloso, con frecuencia durante meses, a medida que los depósitos de la Sustancia abandonan el cuerpo (el Cuerpo Facultativo le informará de que esto se debe a que la piel es en realidad el órgano excretorio más potente del organismo). Que los corazones de los alcohólicos crónicos se hinchan (por razones que ningún médico puede explicar) hasta alcanzar casi el doble del tamaño de los corazones humanos normales, y jamás recuperan su tamaño original. […] Que (y esto es tanto un alivio como una rara clase de decepción) los penes negros tienden a tener en su conjunto el mismo tamaño que los penes blancos. O que no todos los varones norteamericanos están circuncidados.

(La broma infinita, “6 de noviembre. Año de la Ropa Interior para Adultos Depend”).



Ahora pienso en DFW como lo que es aquí, provisionalmente (pieforzadamente) en esta columna: el acrónimo impronunciable. O la extensión de un archivo de sistema.

El archivo de una mente saturada antes de que la saturación se volviera norma de consumo cultural. El archivo que, en Infinite Jest, formaliza la adicción (o el TOC) como experiencia de lectura.

Y sí, ok: yo prefiero la experiencia DFW de La niña del pelo raro, antes de Infinite Jest, y de Entrevistas breves con hombres repulsivos, después de Infinite Jest.

Su novelón parteaguas de 1996 tiene como algo mórbido, algo demasiado cínico, un exceso que hoy me repele un poco. Y me cuesta sacarle provecho a la preview de un suicidio cuando se hace inevitable recordar ese mismo suicidio (el suicidio es siempre la anticipación de otro suicidio).

No obstante, hoy quiero celebrar este gigantesco brainrot narrativo.

Quiero celebrar la lectura-scroll horizontal de la Pantalla Vertical infinita prefigurada en Infinite Jest.

Quiero celebrar el POV de la ficción que busca un sentido incorrosible en medio de tantas prótesis mentales.

Y, de paso, también quiero celebrar este miedo:



Sé que soy un adicto desde la época anterior a Miami. No tengo problema en ponerme de pie en una reunión y proclamar que soy Alfonso, un drogadicto indefenso. Conozco esta indefensión desde los tiempos de Castro. Pero no puedo parar ni sabiéndolo. Tengo miedo. Tengo miedo de no parar cuando admito que soy Alfonso, indefenso. ¿Cómo puede ser que admitir que estoy indefenso me haga parar, si el problema es que no tengo fuerzas para parar? Mi cabeza está loca por este miedo de carecer de poder

(La broma infinita, “Transcripciones selectas de interfaces en horario de visita para residente con Patricia Montesianma,58 Directora Ejecutiva, Centro Ennet House para la rehabilitación del alcohol y las drogas (sic), Enfield, Massachusetts, 13.00-15.00 h, miércoles 4 de noviembre del Año de la Ropa Interior para Adultos Depend”).

El subrayado en la cita es mío.

Y no, no voy a poner aquí esa nota al pie [58], un pie que es también el final, porque nos llevará a otra nota al pie, y a otro final, y así sucesivamente. 

Lean, intenten leer la novela que este mes está de cumpleaños.