Gatos y vino será mi destino

Isabel me espera a la salida del aeropuerto. Tiene un cartel con mi nombre en la mano. Es chilena, de Punta Arenas. De camino al tranvía que nos llevará al centro, le pregunto si vive en Florencia y me dice que no. 

¿En Roma?

Tampoco: vive en alguna parte entre el norte del país y el sur de Francia. 

O de Suiza.

Así, vagamente.

Creo que a Isabel todo le da más o menos igual. Es la primera impresión que tengo, y asumo de inmediato que hay cierta astucia ahí.

Nació en el fin del mundo, bajo el infinito cielo austral, y ahora encuentra pequeños todos los cielos. Relativiza cada horizonte que ve, porque lleva el vasto horizonte de la Patagonia entre neurona y ceja. Una cuestión de perspectiva.

Los mapas europeos son trazados de miniatura y no es algo de lo que valga la pena hablar. A menos que sea para roerlos, con un golpe de viento. O para diferenciar tipos de quesos.


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Bienvenides a TESTO 2026, la feria del libro y el cónclave de la edición independiente más cool de Italia, según me han dicho.

Testo quiere decir texto, obviamente, pero a mí no se me quita de la cabeza el diminutivo de testosterona. Un festival de la masculinidad, ya sea biológica, inyectable o en gel.

Todo el sector editorial de Occidente, desde hace años, está dominado por las mujeres.

Paseo por la Stazione Leopolda, la nave industrial de techos altísimos y paredes de ladrillo que alberga hoy esta fiera libresca —Leopolda fue en su día la primera stazione ferroviaria de Florencia— y casi todo lo que veo son leopoldas y florentinas y fieras de esa índole: el género mayoritario es el femenino.

El equipo de Ventanas Edizioni, la editorial que me ha traído aquí, son todas mujeres.

TESTO es femme a full y el arcón —hierro, moda y libros— está repleto, apenas se puede caminar entre tantas mujeres.

Me acuerdo de Testo yonqui, de Paul B. Preciado, el filósofo antes conocido como Beatriz Preciado: “un libro radical sobre la identidad sexual fluida”, según la editorial Anagrama, que es propiedad del Grupo Feltrinelli desde 2010.

Pero no hay un anagrama italiano de Anagrama, al menos todavía. Sin embargo, frente a la mesa de Ventanas sí está la hermana gemela de Blackie Books: Blackie Edizioni.

De Barcelona a Milán: los mismos títulos, las mismas tapas, el mismo hipsterismo hormonado con perreo y cariñitos. 

La identidad editorial, no tan fluida.


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—Aquel es el Ponte Vecchio —señala Laura, mi editora—. El único puente que los nazis dejaron en pie antes de irse. Destruyeron todos los demás.

El Arno fluye en lo oscuro, bajo los puentes nuevos, arrastrando todo el barro de la Toscana. El mismo barro con que se construyeron las catedrales.

Mañana iré a Santa María del Fiore. No habrá tiempo para otros destinos turísticos. Esta noche comemos en una abadía reconvertida en argamasa pizzera de restaurante más centro cultural.

Una larga mesa, otra mesa, ahora sin libros, donde todas son mujeres y en una esquina hay un escritor y el vino es a granel, en jarras, no en botellas.

Esto no es una buena idea, pienso. 

Nada de copas.

Me sirvo un vaso, luego otro. 

La conversación ensordece. Laura traduce y me introduce de vez en cuando en el chick-chat, aunque prefiere hablar de Cuba y de la bio de Lezama.

Sin que venga a cuento, me acuerdo del poeta Sigfredo Ariel.

Alguien tiene que hacerlo.


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La entrada a la catedral es gratis. Hago la cola, que está llena de chinos (es decir, de chinas) pero camina rápido.

Apenas miro las cúpulas. Estoy saturado de arquitectura católica. Desde que salí de Cuba no he hecho otra cosa que atisbar templos imponentes. Voy directo a buscar el reloj de Paolo Uccello, el que marca la hora al revés.

Al salir, me tomo una selfi con la fachada de la basílica al fondo. Una foto para nadie: para dejar constancia o para fijar una presencia, mínima, inmóvil, antes del Gran Reemplazo.

Todavía no se sabe quiénes nos van a reemplazar.

Está pendiente la distribución de ganadores y perdedores.

Entonces veo los pájaros, que han reemplazado a las palomas alrededor de la fuente.

Pienso en los pájaros de Paolo Uccello, el loco de la perspectiva y de los pájaros. Dos palabras para una misma locura.

Y veo a los gatos que se lanzan sobre los pájaros.

No son gatos domésticos. Son gatos monteses que deben haber bajado de los Apeninos. Una manada de gatti selvatici entre la manada de turistas asiáticos. 

Algo no está bien.

Algo se malescribe.

Camino hasta la Piazza di Santa Maria Novella y curioseo entre los quioscos de souvenirs. Todo el Renacimiento italiano está impreso y parodiado en imanes, llaveros, tazas, bolsos y t-shirts. Todo está hecho en China. Y todo es meme.

Para mi sorpresa, encuentro un reloj de Paolo Uccello en versión de muñeca. Es una parodia de smartwatch. Tiene rastros de plumas que quizás sean de imitación. Me compro uno y me lo pongo en el acto, por si acaso.

También le compro a mi hijo un pulóver que parodia el fresco de Miguel Ángel: en lugar de Adán hay un felino naranja.

Creazione del gatto, dice.

He venido a Florencia sólo para adquirir este regalo.

Where are you from? —me pregunta el moro al coger mi billete.

Espein —le digo. Para que parezca que vengo de otro sitio.


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Uno de los invitados a TESTO 2026 es el rumano Mircea Cărtărescu.

Me encantó Solenoide. Me aburrió Theodoros. Pero cada vez que pienso en Cărtărescu lo que me viene a la mente es un texto breve, menor, digamos que “poético” y de seguro muy políticamente incorrecto (el deseo heterosexual masculino es maligno desde la raíz) titulado “Por qué nos gustan las mujeres”.

Copio algunas de sus razones:

Porque caminan por la calle derechas, con la cabeza alta, con los hombros echados hacia atrás y no responden a tus miradas cuando te fijas en ellas con ojos de maníaco. 

Porque pasan con un valor inesperado por encima de todas las servidumbres que les imponen sus anatomías delicadas.

Porque llevan todo tipo de zarandajas que combinan con sus ropas según reglas complicadas e ininteligibles. 

Porque se dibujan y se pintan la cara con la atención concentrada de un artista inspirado. 

Porque descienden de las niñas. 

Porque se pintan las uñas de los pies.

Porque tienen una manera de resolver los problemas que no eres capaz de comprender. 

Porque tienen una manera de pensar que te saca de quicio. 

Porque te dicen “te quiero” justo cuando menos te quieren. 

Porque tienen de cuando en cuando pequeñas dolencias: un dolor reumático, un estreñimiento, un callo, y entonces te das cuenta de repente de que son personas reales, como tú mismo. 

Porque incluso la más dura business woman lleva bragas de florecillas y encajes enternecedores.

Porque nunca consigues ponerte de acuerdo con ellas en lo tocante a la belleza de otra mujer o de otro hombre. 

Porque escriben, ya sea con una extrema delicadeza, coleccionando pequeñas observaciones y bosquejando sutiles matices psicológicos; ya sea de manera brutal y escatológica, no fuera a ser que sospecharan que escriben literatura femenina. 

Porque son extraordinarias lectoras para las que se escribe tres cuartas partes de la poesía y de la prosa del mundo. 

Porque un embrión, si no se le expone a ninguna acción hormonal, se desarrolla siempre hasta convertirse en una mujer. 

Otro de los invitados a TESTO 2026 es (¡quién lo hubiera imaginado!) el filósofo Paul B. Preciado.

Testo yonqui está muy bien, hay que decirlo. Hay que leerlo. La cosa se jodió después, cuando Preciado dejó de hablar de su cuerpo y empezó hablar en nombre de los cuerpos de otros.

En la Stazione Leopolda, Preciado ha impartido una charla sobre subalternidades, liberación y no binarismos. Sea lo que sea lo que haya dicho allí, Paul está profundamente equivocada. Y algún día se dará cuenta, la pobre.

A causa de mi librito traducido por Ventanas, un fotógrafo con credencial de prensa al cuello me hace posar frente a los ladrillos y me apunta varias veces con su cámara.

—Yo fotografié a Leonardo Padura —me dice en español.

—El nivel ha bajado mucho —le digo.


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Blackie Edizioni tiene como punta de lanza en su mesa la colección deluxe llamada Classici Liberati.

A nadie le parece extraño que el Inferno de Dante (que encima era florentino, igual que su niña Portinari), de esa misma colección, haya aparecido primero en otra lengua.

Ahora bien, ¿qué quiere decir Blackie cuando dice Clásicos Liberados?

¿Liberados de qué?

¿Liberados de quiénes?

¿Los clásicos no están todos liberados por definición?

En cierto modo, pienso, la “liberación” según Blackie Books/Edizioni tiene puntos de contacto con la “liberación” según Paul/Beatriz. 

El cuestionamiento de un aparato crítico a favor de otro aparato crítico travestido con bonus tracks: la firma del influencer de turno o de guardia, la dinámica del podcast, el brilli brilli transdisciplinario, los códigos QR…

Beatriz Books, pienso.

Beatrice Inferno Edizioni.

Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre…

Soy yo, soy Jorge.

Ni Laura, mi editora, ni Luciano, el joven especialista en literatura latinoamericana que ha venido de Roma a presentar mi librito, le tienen mucho aprecio a Jorge Luis Borges. Los hispanohablantes hemos sobreestimado a Borges, al parecer. Ambos prefieren a Rulfo.

Comala es otro nombre del inferno.

Da igual. Esta una de las pocas conversaciones que tengo donde no se menciona esa otra Comala llamada Cuba, lo cual es de agradecer.


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Salimos de la ciudad y nos vamos a cenar en casa de la viuda de Tiziano Terzani, viajero, periodista de guerra, sinólogo, corresponsal de Der Spiegel en Asia y una suerte de gurú cuyo espíritu sigue vivo por aquellos montes.

La viuda de Terzani es alemana. Aparte de su lengua natal, habla a la perfección inglés, francés, italiano, portugués y chino mandarín. No le hubiera costado nada aprender español, digo yo. 

Le han avisado que un autor cubano acudirá esa noche y, nada más verme entrar por la puerta, me dice bajito y sonriendo, a manera de saludo:

Trump is bombing Irán.

No logro descifrar la mirada de la anciana. No sé si lo dice asombrada, preocupada o incluso divertida por lo que está haciendo el presidente loco de Estados Unidos. 

Cualquier cosa puede haber tras esos ojillos azules, afables y enigmáticos, de los que me enamoro al instante.

Nos sentamos a la mesa.

Otra mesa llena de mujeres. Y yo.

Otras jarras llenas de vino tinto.

Isabel me traduce de vez en cuando lo que las otras hablan, aunque nada parece importarle mucho, fuera de la comida. Entre Laura y ella me explican la procedencia de los distintos tipos de quesos.

Empiezo a cortar el vino con agua mineral. Se me descarga el móvil. Me pongo a mirar el reloj PaoloUccello™ que llevo en la muñeca y que nadie más ha visto y monitoreo en la pantalla los gatos que acechan afuera, entre la vegetación. 

Sus colmillos intelectuales. 

La élite como denominación de origen. 

El origen como traslocación.

El gatto selvatico es de color naranja, como Trump.


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Para regresar a la ciudad nos repartimos en dos o tres taxis. Me mareo fula en el viaje. Siempre me pasa. Alessia, la más joven de las mujeres de la editorial (lleva las redes sociales), se asegura de que llegue a salvo al hotel. Además de atractiva es eficiente y pragmática, como todas las piamontesas.

Mi dispiace, non parlo spagnolo —dice.

Me tiro en la cama de la habitación sin quitarme la ropa, porque estoy a punto de vomitar. Elimino el eco de la piamontesa con el eco de un piamontés llamado Umberto, Eco:

—Los perdedores, como los autodidactas, tienen conocimientos más vastos que los ganadores —dice (cito)—. El placer de la erudición está reservado a los que no triunfan.

El mareo es febril, pero al cabo de unos minutos de relajación se me pasa. Respiro profundo. No llego a vomitar.

Síganme para más citas y consejos.

El shitposting no durará para siempre.