Se hace de noche en la Calle de las Platerías, por donde debió estar el taller que imprimió el incunable desaparecido en el que estoy pensando esta noche, tras cerrar la pestaña de Netflix. El incunable que se perdió para siempre, como estoy perdido yo también, ahora, por estas calles antiguas.
Me he citado con el autor en la Plaza del Miracle del Mocadoret.
Francesch Vicent llega tarde y con las manos vacías.
—¿Dónde escondiste la última copia? —le pregunto, y él me mira como si yo fuera un caníbal de un Caribe recién descubierto y mal cartografiado.
Ha tenido más de quinientos años para familiarizarse con las distintas especies del romance ibérico, pero aún le cuesta desentrañar mi acento.
Me faltan consonantes, o las escondo. Eso aprendí.
Mi acento le resulta bárbaro, cuando el único bárbaro aquí es él.
—Necesitas un bibliófilo —dice el ajedrecista—. O alguien que resuelva enigmas fuera del tablero.
—Exacto, necesito un abogado. Para un papeleo de extranjería. Estoy enredado en una burocracia medieval, Vicent. ¿Me recomiendas a alguien? Necesito una letra K para enfrentar la consonante K.
—¿De qué collons hablas?
—De Kafka.
—¿Quién es Kafka?
—Un judío bueno, como tú. Otras inquisiciones.
—Ves-te a prendre per cul. Yo he venido aquí a hablar de mi libro.
Pero se pone a hablar de otra cosa.
Habla de subtítulos, que es lo mismo que hablar de extranjerías. No ha querido ver Queen of Chess porque ninguno de los subtítulos que ofrece Netflix le viene bien. No es que no entienda ninguno (puede hacer uso de varios), sino que entiende como una afrenta que el idioma original no sea su lengua materna.
¡Piensa que el documental es sobre él!
¿De qué otra cosa puede tratar un documental titulado Queen of Chess sino de la pieza que Francesch Vicent, en su famoso tratado, convirtió en la figura más poderosa del juego?
—Había que eliminar esa pieza débil y arábiga llamada alferza —explica— para superar el ajedrez islámico y darle alas al ajedrez europeo. Por eso creé la reina del ajedrez, inspirado en Su Majestad Isabel la Católica.
—Sí, ya sabemos todo eso. Netflix te debe un documental. Todo el mundo quiere su documental. Pero Queen of Chess es otra historia.
Se la resumo.
Le pongo el tráiler.
Se lo vuelvo a poner.
—Judit Polgár… —suspira Vicent.
—Una judía hermosa. No te pongas triste, Francesch. En cierto modo, ella es la pieza que tú creaste. Una pieza que salió del tablero y se hizo carne viva y robusta. Carne con raíces fuertes, henchida de sangres poderosas…
En vano me pongo charcutero y metafórico, porque Vicent no oculta su decepción y niega de plano el argumento que sostiene no solo Queen of Chess, sino casi todo Netflix y el contenido de media civilización occidental:
—Una mujer no puede medirse con los hombres en la lucha del pensamiento —dice—. No hay herejía más peligrosa que esa.
—Eso mismo decía Kasparov. Con otras palabras.
—¿Otra K kafkiana de merda?
—Bien visto. Y también un converso, como tú. Y fugado de una inquisición, igual que tú. ¿Te llevaste una copia de tu libro cuando escapaste de Valencia? ¿Es cierto que te fuiste a Italia? ¿El exilio te llevó luego a una tumba en otro país? ¿En otro continente?
—Tiene mucho juego ese hombre, en un documental sobre una mujer…
Me doy cuenta de que no hablará.
No pasa nada. Sigo:
—Kasparov es el ogro metaargumental. Calla más de lo que dice. Le duele que Netflix no haya hecho su película antes que la de ella. Igual que tú quieres un Queen of Chess a cuenta de la Historia, él quiere su King of Chess en nombre de la Libertad, la Democracia, los Derechos Humanos, etcétera.
—¿Un ogro o un rey?
—Un reino. Una disputa de reinos en mayúsculas. A Kasparov le llaman el Ogro de Bakú. No me preguntes dónde está Bakú. ¿Has oído hablar del Mar Caspio? No tiene importancia. Judit es la húngara de Bakú. Las casillas se conectan o no. Bakú es un estado mental.
—Un estado documental.
—Eres listo. Todavía tienes tinta fresca en las manos.
—Entiendo que la herejía también puede ser vista como un milagro.
—En Queen of Chess, Kasparov representa el machismo, o el patriarcado, y él ha transado con ello. Pero luego cobrará.
—¿Qué es el machismo?
—Machismo es todo esto.
Con un gesto vago, señalo las fachadas de los edificios que nos rodean. Las terrazas llenas de turistas con móviles conectados a satélites. La luna escribe en la piedra y la ciudad teclea: “¿A quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos?”.
—Han desaparecido las murallas cristianas —dice Vicent, nostálgico—. El Turia también ha desaparecido. Convirtieron el cauce de un río en un parque para extranjeros de cien naciones… ¿Cuál es el siguiente jaque mate al orden natural? ¿Puentes colgantes sobre el Mediterráneo?
—Ya los hay —respondo—. ¿Sabes qué otra cosa ha desaparecido?
—Mi libro, ya lo sé. No me has convencido, columnista, pero te voy a decir dónde está. O al menos, sus cenizas.
—Ya no existe aquel juego llamado ajedrez, Francesch. Se perdió para siempre. No triunfó la herejía: triunfaron las máquinas. Ahora solo el speed chess conserva un sentido humano. Y ese sentido humano, sea cual sea, ya es inseparable del streaming y las pantallas. Lo has comprobado tú mismo. Es el nuevo orden natural. Ahora cualquier streamer más o menos ranqueado te habla en un directo de “las ideas de la posición”. Desgrana al instante las mejores opciones para las blancas y para las negras. Podría hacer un recuento de todas las variantes que se han jugado a partir de la jugada A o B en los últimos veinte años, con el correspondiente balance de victorias, derrotas y tablas. Y a cada rato te dice: “esa jugada no le gusta a la máquina”. Y es que a la máquina ya no le gusta ninguna jugada, nunca. El mismo concepto de “jugada” es demasiado humano, porque comprende el error y lo gestiona, y las máquinas ya están hastiadas de tanto error. Nos odian en secreto. Nos odian de principio a fin y en medio de todas las partidas. No nos merecemos su rigor. Nos cagamos en sus análisis. Por eso resiste el speed chess, porque la velocidad hace posible el troleo. Habilita la gracia. Pero la gracia ajedrecística ya no está en la exactitud ni en el razonamiento, Francesch. No tiene ninguna gracia ver cómo gana o cómo pierde un noruego malcriado, si tenemos al lado una máquina que nos dice cómo va a ganar o cómo va a perder. Ahora la gracia está en ver a ese mismo noruego malcriado en directo, con unas cervezas de más y una influencer húngara de dieciocho años llamada Judit abrazándole por detrás, improvisando en diez segundos, después de dar una torre de ventaja, una combinación imperfecta pero deslumbrante, considerando el pestañazo de tiempo y las demás pestañas abiertas y todos los handicaps posicionalesimaginables en dicha situación.
—No me extraña que estés atrapado en algo que llamas burocracia medieval —resume Vicent—. Comprenc que la meua missió en esta centúria és ajudar-te.
Sus manos ya no están vacías.
—¿Ese es…?
—No, no —me interrumpe—. La última copia se incendió en Bakú, cubierta de petróleo. No es el momento adecuado para hablar de ello. Es otra trama.
Ni falta que hace. Francesch me entrega, solemnemente, el Llibre dels jochs partitis dels schacs en nombre de 100, el primer tratado de ajedrez moderno que se escribió en el mundo.
El Santo Grial de la bibliofilia de las 64 casillas.
Un objeto fuera del tiempo, como todos los incunables.
—En mis tiempos, Valencia era una fortaleza del pensamiento —dice el tratadista—. La capital de la seda y de la tinta. Hoy es un bazar más tolerante, pero habéis perdido el silencio que precede a la tormenta de una idea. Y aunque han cambiado muchas cosas, al final de la partida el rey y la reina van a la misma caja.
Abro el libro con mucho cuidado; los pliegos están en las últimas.
Aunque la cubierta certifica, con estampación de imprenta original (Lope de Roca & Pere Trincher), que en efecto se trata del Libro de los juegos y partidas del ajedrez en número de 100, lo que leo en la primera página es… un texto de Kafka.
Cierro el incunable de un golpe y lo vuelvo a abrir y de golpe entiendo lo que vendrá a continuación.
Ya en el siglo XV, el trol de Praga lo sabía todo, pienso. ¿Quién puede imaginar lo que sabe ahora, lo que está tramando ahora, en el siglo XXI?
—Habemos de seguir innovando —continúa Vicent—. Podemos siempre agregar un nuevo enigma, el enigma +1 después del número cien o del número cien millones y en nombre de todos los números, que son infinitos como las casillas… El rey es una pieza demasiado débil. Acumula ya siglos de deconstrucción. Mira, esta es la pieza que he creado para sustituirlo. Presa, te la regale.
Apreso la nueva pieza. Que son dos, en mis dos manos: la blanca y la negra. Emula el diseño estándar de Staunton, pero es una figura extrañísima que nadie, nunca, ha visto. En ningún tablero.
—El abogado —digo.
—No. L’advocada —me corrige él, antes de desaparecer en esta misma línea.
Regreso a la lectura del tratado.
En un castellano carcomido por cientos de traducciones superpuestas, descifro estos fragmentos de un relato breve de Kafka titulado “Abogadas”:
Aún no había seguridad de que yo consiguiera una abogada; tampoco había logrado averiguar nada concreto sobre el asunto. Todos aquellos rostros eran repugnantes; la mayor parte de las personas con las que me encontraba y con las que volvía a cruzarme en los pasillos una y otra vez, parecían viejas gordas; vestían inmensos delantales rayados en blanco y azul que les cubrían por entero el cuerpo; se frotaban el vientre mientras se movían con pesadez de un lado a otro.
Pero si esto no era un tribunal, ¿por qué buscaba yo aquí a una abogada? Porque la buscaba por todas partes; después de todo, en todas partes es necesaria una abogada; se la necesita más fuera de un tribunal que dentro. La vida sería imposible sin una abogada.
La sentencia se fundamenta en testimonios de familiares y extraños, amigos, y enemigos, en privado y en público, en la ciudad y en el campo; en todas partes. Una abogada es aquí imprescindible; o mejor, muchas abogadas, las mejores, formando una hilera, una muralla viviente, pues las abogadas son lentas por naturaleza, en cambio las fiscales, esas zorras astutas, esas sagaces comadrejas, esas ratoncitas invisibles, se cuelan por los recovecos, se escabullen entre las piernas de las abogadas. Hay que tener mucho cuidado.
Por eso estoy yo aquí: para coleccionar abogadas. Pero todavía no he encontrado ninguna; solo estas viejas gordas que van y vienen, siempre iguales. Debería encontrarme en un lugar donde se reunieran reinas de toda clase, de distintas comarcas, estados y profesiones, de diversas edades. Debería poder escoger, entre la multitud, a las eficientes, a las amables, a aquellas que tienen una mirada para mí.
En cambio, me arrastro por estos pasillos donde solo puedo ver a estas viejas, y solo a algunas, siempre las mismas, y aun a estas pocas, a pesar de su lentitud, no logro detenerlas, se me escabullen, flotan como nubes cargadas de lluvia, totalmente empeñadas en ocupaciones extrañas.
Y con esto cierro el incunable, y esta pestaña, y vuelvo a mis ocupaciones.







