Quiara Alegría Hudes y el arte de matar por primera vez

Hay lecturas que acontecen con no poco atraso. Tiempo, geografías, recomendaciones, estado mental o una lectura para un seminario. Comprar el libro o pedirlo prestado. O, mejor, apostar por la piratería. Variables de una ecuación que terminará propiciando, siempre, el placer. 

Con no poco retardo supe de la obra de teatro Elliot, A Soldierʼs Fugue (2006) de Quiara Alegría Hudes (Pensilvania, 1977), a la que el Pulitzer no le resulta ajeno. 

En 2007, con la primera parte de la trilogía sobre el soldado Elliot fue finalista del premio. Water by the Spoonful (2011), segunda parte de la trilogía, le valió el Pulitzer en 2012. Corría casi el final del 2025 cuando di con Quiara y Elliot.

Como un fantasma de cuerpo presente, un singular sonido recorre la pieza teatral Elliot, A Soldierʼs Fugue. Frases cortantes, breves. Frases que le arrancan a la página y al texto una suerte de banda sonora: el beat de la vida en el teatro de operaciones de una guerra muy distante del Puerto Rico natal de los personajes. El sonido y la furia de cuanto la memoria trae al presente en tres hombres y una mujer, todos miembros de una misma familia.

Sí, tres generaciones de puertorriqueños enrolados en tres guerras del imperio del que su país es un Estado libre asociado.

¿Estamos en presencia de un verdadero legado familiar, de una suerte de herencia o aptitud transmitida entre generaciones? ¿O se trata de los efectos del Destino Manifiesto, esa doctrina con la que Estados Unidos, designado por la Providencia, se expandió por todo el continente llevando consigo sus “instituciones y valores”? 

El abuelo Grandpop sirvió en Corea. Ginny y Pop, padres de Elliot, fueron destinados a Vietnam. El marine Elliot Ortiz es un joven de diecinueve años que, con heridas de guerra, regresa a casa desde Iraq.

Los recuerdos llegan al presente de manera rizomática. No hay un orden temporal. Cada recuerdo tiene en la pieza teatral el mismo peso específico, el mismo poder de radiación. 

Aunque Elliot sea el personaje central, el resto de los personajes tienen la capacidad de enunciar sus experiencias no solo desde ellos, sino también en el lugar de El Otro, el sujeto subalterno, ese que no tiene voz y que nunca ocupará un lugar central en el relato oficial. Todos son dispositivos colectivos de enunciación, esa forma de agencia o agenciamiento definido por Deleuze y Guattari. 

Entre personajes y testimonios hay un link. El “hipertexto” o “hipercontenido multimedia” que conseguimos, una mezcla de voces, recuerdos, sonidos, colores, así como los olores y otras sensaciones que podríamos imaginar o recrear, nos hablan del daño físico y emocional producto del conflicto armado y de la aparente paz del hogar.

Tanto por efecto del espanglish, el sonido de los nombres de cada personaje, del cortante tempo de ciertos parlamentos y por las últimas palabras de cada frase advertiremos no exactamente una rima, sino la terrible sinfonía producida en una batalla dentro de la selva húmeda y caliente en Asia, o en el seco y tórrido erial en el Medio Oriente. 

Disparos. Quejidos de un cuerpo herido. Zumbidos de mosquitos. El sonido del viento en el follaje. El agudo sonido de la bala. El ruido del cuerpo al caer abatido por un disparo. El silencio del cuerpo yerto. Y los altos decibeles de la voz interior que estalla cuando se aprieta el gatillo, al impactar el cuerpo del enemigo, y el mudo grito de la voz interior al advertir que, además de herir al target, se le ha infringido la muerte. Matar por primera vez.

La experiencia de Quiara Alegría Hudes en tanto compositora podría ser la evidencia del poder o la cualidad sonora o “musical” del texto. Es el sonido de cuanto le aconteció al soldado Elliot en el pasado, más la furia de su efecto en un presente o angustia continuada en la aparente paz a millas de distancia de un conflicto armado, que responde a doctrinas o a la política exterior de un imperio que los ha contenido en un marco. Acaso un atroz marco de guerra.