El fuego por la aldea: Lezama en la República



La foto que Julio López Berestein le hizo a Lezama en 1953, una foto en la que se parece al detective Brad Runyan —The Fat Man, Dashiell Hammett—, detrás o debajo de una reja, en la oscuridad total, es la clave para entender este libro. De la biografía como relato de aprendizaje se pasa a la novela de intrigas, a la película en blanco y negro. En la foto todo es sombra excepto Lezama. En Lezama todo es blanco excepto los ojos. ¿Qué tipo de hombre era Lezama cuando tenía treinta, cuarenta años? 

Ernesto Hernández Busto no intenta responder esa pregunta en José Lezama Lima: una biografía. Años de fundación (1939-1959), el segundo tomo de su biografía de Lezama. La pregunta que quiere responder es cómo ese hombre, que ya era un maestro en ocultar y sublimar su vida, afectó de manera radical la cultura republicana. Bajo esa luz —mejor dicho, bajo esa sombra, la de la foto de Berestein— Lezama aparece casi como un anarquista, el fundador de una segunda ciudad, el Red Scarlach de los bajos fondos literarios.  

Años de fundación comienza como la guerra mundial, en 1939, y acaba —como tantas otras cosas— en 1959, tras el histérico brindis de fin de año de Virgilio Piñera: “¡Viva la Revolución!” Son los años de Orígenes y también los de los antiorigenistas. 

En esos años puede pasar cualquier cosa en La Habana. Por ejemplo, que Carlos Enríquez, Alejo Carpentier y Eva Fréjaville —modelo y entonces mujer del escritor— se monten en un carro y que el carro frene en pleno Malecón, para que el pintor obligue a la mujer a decidir entre su marido y él. 

Eva abandona a Alejo y lo demás es historia (¿quién no se acuerda del cuadro de esa mujer desnuda saliendo del baño?). Por una cuestión de karma, Eva también abandona a Carlos Enríquez y hace lo que cualquier persona razonable haría: fugarse con una lesbiana inglesa, Cynthia Carleton. 

Sí, puede pasar lo que sea en La Habana. Como que un hombre mate a su amante por accidente y luego la descuartice y esparza sus fragmentos por la ciudad, igual que en el mito de Osiris. También puede ocurrir que alguien junte las piezas y dé con el Descuartizador, y que el asesino —un estudiante de medicina, como en las novelas de Mary Shelley y Lovecraft— acabe siendo secretario del abogado José Lezama Lima. (También fue, por cierto, el primer cubano en pasar por un detector de mentiras.)

Que una ciudad así, en la que los pintores empuñan un revólver y los descuartizadores se convierten en mecanógrafos, sea la ciudad de los origenistas, dice mucho de cómo fue la República. La locura colectiva de un país es más que la suma de sus locos. Lezama tuvo que sacar esa conclusión desde su puesto en el Castillo del Príncipe, mitad prisión gótica, mitad experimento penal, mientras veía a la nación fundarse a sí misma. 

Los años de fundación no son solo los de Lezama y sus revistas, sino también los de una democracia joven, crispada, que va de Federico Laredo Brú a Fulgencio Batista, y de Batista a Fidel Castro. En los últimos tiempos, nadie ha resumido de manera tan ejemplar todos los aspectos de la República —la cultura, los chismes, la política, la deriva gubernamental— como Hernández Busto en este libro y Alejandro Anreus en Modern Art in 1940s Cuba, que dice mucho más de Cuba que lo que su título indica. 

De los cinco capítulos de Años de fundación, los dos primeros se dedican a encontrar el lugar de Lezama en las polémicas culturales republicanas. Ya no es tan joven, pero tampoco es un viejo, y aun así se enfrenta con autoridad a vacas sagradas como Jorge Mañach o a ricachonas como María Luisa Gómez Mena.

“Una tribu en la ciudad” ofrece perfiles muy valiosos de Amelia Peláez, Wifredo Lam y José Gómez Sicre, entre otros personajes del mundo del arte en los cuarenta. Como Anreus, en la que quizás es la mejor parte de Modern Art, Hernández Busto escribe semblanzas ejemplares —a veces de una sola página— de los origenistas y sus colaboradores. 

La de Eliseo Diego es particularmente entrañable. Es el retrato de un hombre nervioso, depresivo, lector de Stevenson y coleccionista de soldaditos de plomo. Hernández Busto se fija en un episodio monástico de la vida de este “niño victoriano”: cuando decidió huir de todo, dejar a su novia y refugiarse en el cayo de San Rafael (años después, Cayo Granma), en Santiago de Cuba. La obra de Eliseo sintetiza la frustración republicana (“Yo, que no sé decirlo: la República”) y casi representa al origenismo mejor que ninguno de sus colegas.

También es memorable el perfil de Fina García Marruz, “un verdadero prodigio”; el de Gastón Baquero, que “volvió a ser un poco un don nadie” en el exilio; y el de Virgilio Piñera, tan protagonista de este libro como Lezama. 

“Para llegar a la Montego Bay” vuelve a poner el foco en la intimidad de Lezama. De los viajes —uno a México y otro a Jamaica y quizás a Haití— se sabía poco, y el libro los reconstruye con todo el detalle posible, que no es demasiado. Lezama fue a México con Baquero en calidad de turista y en avión. No logró conocer a Alfonso Reyes, pero sí pudo visitar un puñado de iglesias. Ese contacto con el barroco virreinal está en La expresión americana. Es la voz de un hombre que ha podido ver por fin de lo que habla más allá de los libros. 

Otro viaje, más traumático que los que hizo al extranjero, fue el que hizo a Santa Clara. Cuando yo era estudiante, intentaba adivinar en cuál hotel de la ciudad había pasado Lezama la célebre noche pavorosa, innombrable, llena de monstruos, de cuyo olvido dependía su felicidad en el futuro. 

¿En el Gran Hotel? ¿En el Florida? ¿En el Roosevelt (hoy en derrumbe)? Nadie sabe. 

Después de una pesadilla burocrática, había logrado una cátedra en la Universidad Central y al parecer ni siquiera llegó a poner un pie en la facultad. ¿Qué lo asustó tanto del “pueblo” villareño, como lo llama el profesor de literatura francesa que nunca tuvimos? 

Al parecer tuvo una crisis de asma y continuó teniendo pesadillas por culpa de esa noche el resto de su vida. La opinión de Hernández Busto es que Lezama sufrió un ataque de ansiedad somatizada: “Le resultaba psicológicamente imposible separarse de su madre y de su entorno”. 

En 1952, tras el golpe de Estado de Batista, el malestar poético se vuelve político y Lezama tiene varios roces con las autoridades. Una noche de 1957 la policía le hace un registro en su casa y es arrestado durante unas horas. “Usted tiene muchos enemigos”, le advierten. 

Hernández Busto acaba su libro con el brindis de Virgilio Piñera y el anuncio de lo que vendrá en la tercera parte de la biografía, que debería publicarse hacia finales de este año. El castrismo, de hecho, va colándose en las páginas finales de Años de fundación, en las que ya los origenistas —como había profetizado el vengativo Mañach— parecen viejos, ensombrecidos, pasados de moda. 

Una frase de Lisandro Otero a Mario Parajón, tras la reunión de Fidel Castro con los intelectuales en la Biblioteca Nacional en 1961, podría resumir el libro que viene: “No te vayas ahora, porque los que nos quedemos vamos a repartirnos la cultura cubana”. 





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Miércoles

Por Ernesto Hernández Busto

Fragmentos de ‘Diario de Kioto’ (Godall, 2024).