Ucrania-Rusia: una contienda capital


La guerra de Rusia y Ucrania, que se encuentra bien entrada en su quinto año, es ya sin duda de desgaste, en la cual, aunque solo sea por su denodada resistencia, los ucranianos llevan la de ganar. Ha sido la empresa más arriesgada y costosa del régimen de Putin que, hasta el presente, no ha logrado ninguno de sus objetivos.

En esta puja de poder, la Unión Europea ha estado a la altura del desafío, sin dejarse intimidar por las bravuconadas del Kremlin y prestándole una creciente ayuda bélica y económica a Ucrania. La prolongación de la contienda —independientemente de cuanto pueda afectar al país agredido— solo puede redundar en el descrédito y la ruina del país agresor. Rusia está destinada a perder esta guerra y todo el mundo a estas alturas lo sabe.

Me ha llamado la atención, desde el principio, que haya voces en Occidente —de todas las zonas del espectro político, desde desaforados izquierdistas militantes hasta portavoces de la ultraderecha— que se identifiquen con las ambiciones de Putin y celebren esta agresión que, en último término, va contra todos los ciudadanos de las democracias occidentales que son —están llamados a ser y deben ser— la cabeza del mundo. 

Como ciudadano consciente de la civilización occidental, he estado siempre del lado de Ucrania y en contra del imperialismo expansionista ruso, por la obvia razón de que Rusia, lamentablemente, no es una democracia. Y porque la extensión de su poder o esfera de influencia va en detrimento de las libertades y la justicia que atesoramos —y estamos llamados a defender para bien de todos— en el lado noble de la historia.

La democracia liberal es el mejor de todos los sistemas políticos —o, como diría Churchill, el peor con excepción de todos los demás— y, por genuino amor al prójimo, debemos empeñarnos en propagarlo y extender sus beneficios a todos los pueblos del mundo. De ahí por qué la agresión rusa debe ser detenida y derrotada. Toda nuestra civilización —en el punto de desarrollo en que ahora se encuentra— está en juego. Los rusos son los bárbaros hasta que instauren un verdadero sistema de derechos.

Conozco personas, a quienes en algún momento aprecié y respeté, que simpatizan con Putin y respaldan una invasión injustificada y criminal. En verdad, sienten nostalgia de la Guerra Fría. Añoran un mundo bipolar que identifican con el equilibrio. Les repugna la preeminencia de Occidente. Odian que la libertad —política, religiosa, sexual, intelectual (libertad de disentir del poder, de blasfemar, de ser estentóreamente promiscuo, de cuestionar todos los supuestos sagrados)— sea preeminente. Creen que necesitamos del amparo de una tradición, de un orden. Es decir, de una sujeción, venga de la derecha o de la izquierda.

La guerra de Ucrania es sobre todo un conflicto entre la civilización y la barbarie, entre la luz y las tinieblas. Están en juego todos los ideales que nos han llevado al estadio de desarrollo que hoy disfrutamos en Occidente, frente a las fuerzas retrógradas que quieren devolvernos a la sumisión. De ahí por qué no debemos dudar ni por un momento de qué parte está nuestra simpatía y nuestro respaldo.

Es lamentable que el actual gobierno de Estados Unidos, llamado a encabezar el bien llamado “mundo libre”, no sea capaz de percibir estos matices y, por consiguiente, no esté a la altura de este reto. El presidente Donald Trump (“a quien el Señor confunda”, como solía decirse en otros tiempos) cree que este conflicto es una mera guerra fronteriza que podría resolverse, a bajo precio, mediante algunos ajustes o “tratos” que él presume de que pertenecen a la esfera de su dominio, sin percatarse —porque carece de estatura y visión para ello— de que se trata de un choque de cosmovisiones a escala planetaria.

Afortunadamente, la mayoría de los líderes de la Unión Europea ha visto con claridad la dramática naturaleza de esta crisis, que el mandatario estadounidense parece incapaz de percibir, y ha obrado en consecuencia. La independencia de Ucrania —su integridad territorial y su autodeterminación soberana— no es negociable. Las ambiciones de Rusia —que amenazan y afrentan a todas las democracias liberales del mundo— deben seguir siendo combatidas y finalmente derrotadas.






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Miércoles

Por Ernesto Hernández Busto

Fragmentos de ‘Diario de Kioto’ (Godall, 2024).