Se rascó los huevos y me echó los panes en la jabita de naylon.
—¡Madre mía! —dije para que supiera que yo lo había visto.
Crucé la avenida Reina y caminé por Rayo hasta Salud, mientras pensaba en la grasienta y maniática cara del panadero.
—Qué asco, por Dios. Con esas churriosas manos embarradas de sucios billetes y de todo lo demás, por supuesto. Tendré que tostar los panes recién horneados. La situación no está como para botar nada.
En eso se ha transformado La Habana, en un realismo sucio dentro de un libro de Pedro Juan Gutiérrez. Cada vez que salgo a la calle me suceden o veo cosas que no dejan de ofuscarme.
Hace pocos días pasé por el parque de El Curita. Se respira un aire indócil, de abandono, desidia y mucha suciedad. Siempre está plomizo de gente pobrísima que han emigrado de las provincias creyendo en las nuevas oportunidades de la capital. Se han hacinado para vender todo tipo de cosas reciclables que seguro recogen de los basureros. Hay gente que carga con la mierda a donde quiera que va.
Eran casi las 8 de la noche, aún no había oscurecido y dos cochambrosos jinetes en famélicos caballos cruzaban por el medio del parque, como si estuvieran de guardia en esas metrópolis europeas o grabando una escena del oeste en la película The Good, The Bad And The Ugly.
La gente los miraba, algunos sonreían, otros ni se inmutaban. Y yo perpleja, aprensiva, asimilaba aquel surrealista suceso. Lo peor no fue ver the good and the ugly en medio del desierto infringiendo la ley del orden, sino la forma despectiva en que dos policías reaccionaron en el momento en que pasaban en una patrulla fantasma. Se hicieron de la vista gorda y continuaron con su itinerario.
Por cierto, ahora que aludo a los policías, hace mucho tiempo que no me encuentro con uno en cada esquina. Solo los fines de semana se exhiben tres o cuatro en edad de Servicio Militar, un grupito de vejestorios vestidos de verde olivo, o Boinas Negras con un perro entrenado caminando por el Boulevard de San Rafael o el Paseo del Prado. Y toda la semana solo aparece alguna patrulla fantasma y ni un solitario policía. Pero para reprimir al pueblo sí brotan de la tierra como margaritas.
No llegó a los dos minutos de la escena de the good and the ugly y me embistió en un triciclo, intencionalmente, el muy maldito chofer cuando doblaba por Galiano y Dragones. Tuve que apresurar el paso para evitar que me arrollara. No atiné a ver si paraba en El Curita para verle la cara y preguntarle si eso se lo haría a un hombre.
Solo imaginé en su cochina expresión el placer que sienten los misóginos cuando tratan de ese modo a las mujeres y la furia me carcomió un buen rato. Pensé en que pude hacerle un boomerang si yo hubiese tenido un spray de pimienta.
Apenas se estacionara al borde de la acera del parque, no le haría ninguna pregunta. A veces el silencio es importante. Le rociaría gas de pimienta en los ojos.
—¡Para que respetes a las mujeres!
Pero es que, al día siguiente, otro mugriento hombre le agarró la mano a mi amiga y después me la rozó a mí cuando caminábamos por unos de los portales de Galiano.
—Cuidado. Ese tipo me acaba de coger la mano como si nada —me dijo ella.
—A mí también me la rozó.
Enseguida me vinieron ideas de que si el tipo tenía la mano embarrada de orine después de ir al baño varias veces. O si se masturbó y quedaron restos de semen y el muy cabrón quiso hacernos la maldad.
Nadie sabe dónde están los policías para controlar el orden. Para evitar los asaltos que se han intensificado a plena luz del día. Para proteger a los ciudadanos de cualquier perjuicio.
¿Hay algo que funcione en este país casi en descomposición, donde cada minuto malo la gente es arrojada al vacío sin levantar la mirada? Yo intento no pensar, pero la mierda insiste en ahogarme.
El otro día subí por la calle Manrique y casi al cruzar Zanja, un hombre de rústico rostro venía en una bici-moto detrás de un bici-taxi que lo conducía un delgado señor cerca de los sesenta años con dos pasajeros. El hombre le discutió con mucha rabia e imponencia al señor por el simple hecho que frenó un poco para evitar el bache. No recuerdo bien todo lo que le gritó en un momento al pobre señor desde: —¡Apúrate!, hasta ofenderlo. El señor apenas se defendió de la poca fuerza que tenía para contestar. De las dos personas que llevaba montadas la mujer negaba con la cabeza y murmuraba algo que no entendí. ¿A dónde han quedado los valores cívicos?
La gente está apurada. Tiene mucha rabia contenida, es contagiosa. La gente está deprimida, enferma como el país y sospecho que la cosa es hereditaria. ¿Hay cura? Se acostumbraron a estar frágiles en el silencio de todos. Respiro los dolores de los otros y los míos propios y una gran impotencia sobre mí haciéndome un hematoma.










