No todos los neuróticos son gnósticos, pero todos los gnósticos son neuróticos. El mundo es injusto, la existencia es infame, la verdad está lejos, el dolor muy cerca, vivir es vagar, hablar es mentir, leer bien es salvarse. Pero el gnóstico no sabe leer bien. Es un lector voraz –lee, lee, lee, lee y relee– pero su especialidad es torcer y retorcer los textos, hasta que la interpretación asfixie el original. Retuerce un texto durante siglos y tendrás una tradición.
Contar la historia del gnosticismo es reconstruir la gigantesca malinterpretación de ciertos documentos. Antonio Piñero, quizás el mayor especialista español en cristianismo antiguo, lo ha intentado en Gnosis (Trotta), un libro que es al mismo tiempo manual y antología, sin ser exactamente ninguna de las dos cosas.
Si el lector quiere un buen resumen de las doctrinas gnósticas, tendrá un companion a la manera inglesa, una guía, un compañero de camino. Si quiere textos –evangelios apócrifos, papiros reconstruidos al gusto de los filólogos, sentencias, apotegmas, apocalipsis y epístolas–, encontrará que Gnosis es insuperable como colección razonada.
Pero hay algo más, probablemente en la sintaxis del libro, en su frescura, que permite acceder al gnosticismo con una claridad inverosímil. Si Piñero no fuera un experto uno incluso sospecharía de que Gnosis sea tan diáfano.
El aficionado a la historia marginal del cristianismo sabe que es raro, cuando no atrevido, que un autor presente el gnosticismo como “un sistema bien estructurado de pensamiento”. Lo habitual es definirlo como conjunto de doctrinas contradictorias y atomizadas. Todos comparten creencias, pero no hay manera de ponerse de acuerdo en puntos básicos.
Piñero refuta esta visión desorganizada de la gnosis, cuya complejidad no niega, y enumera lo que todas las escuelas gnósticas han tenido en común: la creencia de que son unos pocos elegidos que comprenden bien la escritura sagrada –judía, cristiana y también pagana–; que han sido arrojados a la tierra, caídos desde un mundo perfecto al cual aspiran a regresar; que Dios, el Dios del Antiguo Testamento, no es más que un demiurgo de cuarta categoría cuyos fracasos como creador explican el mal, la injusticia y la fealdad del mundo; que la verdad no es para todos sino para unos pocos, los que entiendan, los que oigan, los que busquen, y al final se salven.
Para el que nunca haya oído hablar de gnosticismo, la extensa introducción general es un buen resumen. Piñero explica la diferencia entre gnosis, que no es más que la palabra griega para designar al conocimiento, y gnosticismo, un término que no apareció hasta el siglo XVIII para agrupar a los textos que habían sido escritos a principios del milenio por comunidades cristianas y judías.
Scholem explicó que ninguna mística se logra nunca fuera de un sistema religioso; el gnosticismo, por tanto, crece junto a estas dos religiones y se alimenta de sus textos, les da un nuevo sentido, lee entre líneas la verdad terrible de la existencia: Dios es solo dios, con minúscula, y es malvado.
El demiurgo ha hecho lo que ha podido con su creación, pero como no es más que un imitador, esta realidad no es más que la sombra de la superior. Los relatos bíblicos sobre la caída, el diluvio, los desastres y la ira son ejemplos de su precariedad como creador. Odia al hombre porque es depositario de la chispa divina, y crea a Eva para quitársela a través de trampas sexuales. Adán activa la trampa y el ciclo de nacimientos y muertes, que van gastando paulatinamente el fuego divino en una cámara de espejos.
El Dios verdadero es totalmente inaccesible y lo separan del ser humano infinidad de entidades y emanaciones, que el gnóstico llama eones y pleromas. Si conoce algo de esos seres es por revelación –la “perla” que le otorgaron de lo alto–, y porque en definitiva el hombre conserva algo de ese remoto Protopadre al que es improbable que conozca, sumergido como está en la mugre de la existencia.
Al gnóstico le gustan los números. Admiradores de Pitágoras y de lo abstracto, su jerga está llena de tríadas, enéadas, hebdómadas y ogdóadas. Creen que la cifra está cerca del mundo platónico al que aspiran y la veneran como anuncio de la verdadera vida. Al final de los tiempos, su lectura correcta de las escrituras y los números, además de la intervención del Salvador, lo devolverán a su supuesta patria espiritual.
“Cesa ya de buscar a Dios en la creación y cosas por el estilo; búscate a ti mismo desde ti mismo y aprende quién es el que en tu seno se apodera de todas tus cosas sin excepción mientras dices: ‘Mi Dios, mi intelecto, mi pensamiento, mi alma, mi cuerpo’”, escribe Monoimo, gnóstico árabe del siglo III.
“La redención es la revelación de la cautividad y la adquisición de la libertad, la cautividad de los que eran esclavos de la ignorancia en estos lugares. La libertad, sin embargo, es el conocimiento de la verdad que existía antes de que existiera la ignorancia”, dice otro autor.
Piñero advierte que hoy día se vive con espíritu gnóstico. El siglo XX se fanatizó con la Era de Acuario, el New Age y las sectas, pero esa mentalidad pervive de maneras insospechadas en la vida cotidiana. Umberto Eco, por ejemplo, recuerda que el marxismo tiene mucho de gnosticismo, y que los miembros de cualquier partido también leen entre líneas, forman cofradías y se sienten elegidos para una misión ultraterrena. Ya sea el paraíso o el infierno.
© Imágenes de interior y portada: Cripta de la Catedral de Roda de Isábena,
Pirineos aragoneses / Elena Nazco.














