En una gélida noche, en plena calle, se le acercó Arturo Alfonso Roselló a Miguel de Marcos en un auto desvencijado, diciéndole que le traía un ejemplar de su Libro de Cuba. Cuenta el legendario periodista que había sido invitado a colaborar en aquel proyecto con una breve historia de la caricatura, pero no había podido ir más allá de Torriente y su Política Cómica a causa del estricto régimen en que lo puso el médico tras el agravamiento de su enfermedad cardíaca. Y retoma así el relato del insólito encuentro:
—Aquí tengo tu ejemplar. Espérame un minuto. Me recogí bajo el tenue ramaje, un poco pascual, de una araucaria de la calle 23. Por una calle lateral adelantaban cuatro mozos sólidos, gimnastas profesionales, pertenecientes a una agencia de mudanzas. Habían unido sus brazos felpudos hasta formar una especie de parrilla ruda. De vez en vez ajustaban el cinturón. Jadeaban. Resoplaban. Canjeaban consignas de cargadores. Arturo Alfonso Roselló, escueto, espigado, la sonrisa cargada de piedad, dirigía su esfuerzo. Dos pasos más. Un último esfuerzo. La patria es agonía y deber. Ah, sí, aquellos faquines abnegados conducían en sus brazos atléticos y promontoriales un ejemplar del Libro de Cuba.
Esto escribió Miguel de Marcos en su último artículo, fechado el 23 de diciembre de 1954, que puede leerse ahora en Danzas de Zululandia. Crónicas de Miguel de Marcos (Potemkin, Barcelona, 2026).
Cuando me llegó al fin, al cabo de tres semanas de espera, mi ejemplar de este libro, lo primero que me impresionó fue su magnitud. No hacían falta, ciertamente, cuatro mozos de mudanza para cargarlo, pero es de esos libros que cuesta sostener abiertos entre las manos sin apoyarlos en una mesa; lo que antes se habría llamado en Cuba un ladrillo.
Si aquella enciclopedia, publicada tardíamente como homenaje al cincuentenario de la República, tiene casi un millar de páginas, esta compilación pasa de quinientas. Y no sería exagerado comparar el esfuerzo que supone con aquel de Roselló al que Miguel de Marcos dedicara, sin él saberlo, su último artículo. Destacando el contraste entre las facilidades que semejante proyecto habría disfrutado en Estados Unidos, que De Marcos nos da con sus habituales hipérboles —aportación de capital, piso alquilado en el Empire State, “agua purificada con rayos ultravioleta”, “una batería completa de taquígrafos”—, él escribe, sobre su amigo Roselló: “Ha batallado solo para culminar esta publicación. Personalmente ha registrado un archivo para compulsar un documento. En ocasiones hasta ha tenido que ir en busca de una fotografía evasiva”.
Lo mismo podría decirse, mutatis mutandis, de estos dos infatigables compiladores quienes, sin apoyo institucional alguno, currando fuera de sus horarios de trabajo, han conseguido localizar y transcribir más de doscientas crónicas de Miguel de Marcos.
Ante el resultado de semejante empeño, confieso que mi primera reacción fue de cierto desconcierto: ¿no habría sido preferible hacer una selección que diera lugar a un tomo más pequeño, menos intimidante para el lector? Pero enseguida entendí que este libro, que rescata una parte de la obra de quien fuera uno de los periodistas más populares de la República, tendrá, fatalmente, pocos lectores.
Miguel de Marcos pertenece a una edad de oro en la que escritores de la talla de Jorge Mañach, José Antonio Fernández de Castro o Gastón Baquero podían llegar a un público relativamente amplio. Aún había un público para ellos, a pesar de la competencia de la radio, consolidada desde los años treinta, y de la televisión, que irrumpía con fuerza en los cincuenta.
En vísperas de la Revolución, según los datos que ofrece José Ignacio Rivero en Contra viento y marea, circulaban en Cuba 58 periódicos, con una tirada conjunta de unos 800.000 ejemplares diarios. Editar ahora aquellas crónicas de Miguel de Marcos supone, por tanto, algo más que recuperar la obra de otro escritor olvidado: es también devolvernos una parte de aquella cultura, de una época toda que ha desaparecido.
Los asuntos de estas crónicas van desde acontecimientos políticos nacionales e internacionales hasta noticias científicas, curiosidades históricas, sucesos insólitos y los más triviales incidentes de la vida cotidiana. Pero lo que las distingue no es tanto esa variedad como el tratamiento que reciben los asuntos. Miguel de Marcos parte a menudo de una noticia, una anécdota o un dato curioso para construir, mediante sucesivas digresiones, un pequeño relato que termina alejándose considerablemente de su punto de partida. La hipérbole, las comparaciones disparatadas, la acumulación de detalles y la parodia de los lenguajes solemnes o especializados se combinan con la creación de personajes de nombres pintorescos, que intervienen en diálogos imaginarios y convierten el comentario periodístico en una suerte de ficción.
Ahí están Eufrasio Piedrahita, con quien el cronista discute una disposición municipal que prohíbe hablar con el motorista; Gervasio Pintueles, curioso suscriptor del Vedado que acude a consultarlo sobre una cuestión sanitaria; Baldomero Seguí, su compañero de dominó, con quien conversa sobre el frío habanero… Hay en esta prosa un gusto por la amplificación, por llevar cada ocurrencia hasta sus últimas consecuencias, y por la constante desproporción entre los asuntos y el tratamiento que reciben: lo trivial se reviste de grandilocuencia, mientras que lo solemne queda reducido a la condición de una extravagancia más.
Algo de esto habíamos encontrado ya en las crónicas reunidas por el mismo Arturo Alfonso Roselló en Itinerario(Instituto Nacional de Cultura, 1956), pero aquella selección parece haber privilegiado los textos de carácter más ensayístico. El resultado es una antología de tono más serio, que no permite apreciar en toda su riqueza la dimensión narrativa, incluso mitopoética, del humorismo de Miguel de Marcos.
En Danzas de Zululandia, en cambio, reconocemos mejor al autor de los Cuentos pantuflares, Papaíto Mayarí y Fotuto; la risa está garantizada. Ese talento humorístico, que en la crónica que da título al volumen lleva a Miguel de Marcos de la noticia de cinco guerreros zulúes, que bailan ante la familia real británica, a imaginar un espectáculo semejante en el aeropuerto de Rancho Boyeros, pero con danzas nacionales cubanas para entretener a los turistas, anima muchas de estas crónicas, provenientes todas —con la excepción de “Tristeza de Cuba”, que ha sido reproducida en Espacio Laical y en Periodismo y nación (Editorial José Martí, 2013) y aquí aparece como apéndice— de su columna “Itinerario” en el Diario de la Marina, entre 1947 y 1954.
Al mérito de recopilarlas, ha de sumarse el del prólogo, de más de treinta páginas, que nos da, a los que ya somos lectores de Miguel de Marcos y a los lectores potenciales, a los lectores del futuro, la más documentada trayectoria de un autor que ha debido soportar un largo, inexplicable, lamentable olvido. Baste decir que Miguel de Marcos no es mencionado ni una vez en el reciente volumen The Cambridge History of Cuban Literature (Cambridge University Press, 2024). Y que tampoco figura entre los autores antologados en Periodistas cubanos de la República (Ediciones Temas, 2016), ni siquiera en la relación de periodistas que sus editores señalan como posibles objetos de futuros estudios.
Esto, a pesar de que aquellos tres libros de narrativa que Miguel de Marcos publicó en los cuarenta —Fábulas de la vida apacible. Cuentos pantuflares, en 1943, Papaíto Mayarí, en 1947, y Fotuto, en 1948—, fueron reeditados en Cuba en 1980, 1977 y 1976, respectivamente. Esas ediciones, que contaban, por cierto, con unos prólogos de Pedro Ángel González muy decentes para la época, se encontraban con facilidad, en los años noventa, en las librerías de viejo de La Habana, allí donde no asomaban la cabeza ni Mañach, ni Baquero, ni Florit, ni Lydia Cabrera. Miguel de Marcos no necesitó, como estos, ser “recuperado”, pues nunca había sido excluido, cosa que, desde luego, solo fue posible por su temprana muerte y que, con todo, no deja de resultar algo extraña. De haber estado vivo en 1959, lo más probable es que se habría exiliado muy temprano, como Baquero, a quien lo unían sus vínculos con Batista (fue miembro del Consejo Consultivo hasta su muerte) y su visión un tanto idealizada de los primeros años republicanos.
Con extraordinario lujo de detalles, ese tipo de conocimiento de primera mano que solo da la familiaridad con los periódicos y las revistas de la época, Marqués y Labarcena reconstruyen, hasta donde pueden (sigue habiendo lagunas, porque algunos de los periódicos se han perdido definitivamente) la carrera de Miguel de Marcos, desde su entrada en el periodismo en el oscuro diario Cuba, donde probablemente vieron la luz las crónicas reunidas en Palpitaciones de una ciudad. Reporterismo pintoresco (1913), curioso libro firmado con Selim Armada.
Luego vino la publicación en 1914 de Lujuria. Cuentos nefandos, y su posterior entrada en El Heraldo de Cuba, donde Miguel Marcos Suárez, a la vera de Manuel Márquez Sterling y de Aniceto Valdivia (el mismo Conde Kostia de cuyo baúl leyó Casal sus libros franceses), se curtió como periodista, convirtiéndose en cronista parlamentario. Ya en los años veinte, habiendo adoptado definitivamente el nombre de pluma con que lo conocemos, y desarrollado el estilo que lo distinguiría durante más de tres décadas, era uno de los periodistas más reconocidos de Cuba. Los prologuistas citan dos artículos que así lo atestiguan: uno de Miguel Ángel Limia, publicado en 1922, y otro de Jorge Mañach, de 1924.
Hay en este último, por cierto, una observación que ellos no citan pero me gustaría traer a colación:
Miguel de Marcos trajo a la prosa periodística una esplendidez de matices, una insurgencia de epítetos, una vibración de intenciones, un afán de pintoricidad y de carácter que inmediatamente lo destacaron de la vulgaridad y le dieron, frente a las buenas excepciones, una beligerancia juvenil y gallarda. A poco, todo el periodismo político cambió de faz. Las hornadas sucesivas de la gente de pluma adoptaron presto la manera rutilante de aquel petit maitre en quien parecían unidas la energía panfletista de un Fourier y la malicia descriptiva de un Francisco Quevedo —pasado todo ello por el tamiz de Francia.
Solemos pensar en Miguel de Marcos como una rara avis, pero aquí Mañach afirma que ese singular estilo suyo se popularizó entre el gremio. ¿Qué otros periodistas lo adoptaron? He aquí otra incógnita para Marqués y Labarcena y los futuros investigadores del caso Miguel de Marcos, que se añade a otras como: ¿dónde está aquella conferencia sobre la trompetilla dictada en 1941, que Pedro Ángel González menciona? ¿Por qué no publicaron, entre 1954 y 1958, Roselló y los otros amigos cercanos del finado, San Regodeo, esa novela que, según se dice, este dejó inédita pero terminada? ¿A dónde fue a parar ese manuscrito, que Pedro Ángel González parece haber leído? ¿Qué pasó con la biblioteca y los papeles de Miguel de Marcos tras 1959?
Treinta años esperaría Miguel de Marcos para regresar a la literatura. De ese largo hiato procede, acaso, cierto tópico que encontramos en los balances de su obra que se hicieron a su muerte, pero que se remonta, por lo menos, a aquel artículo de Mañach de 1924. “No solo una provechosa carrera jurídica tiró Marcos por la ventana al dedicarse a la cotidiana fiscalización del periodismo. Acaso más. Acaso, también, toda una purísima vocación literaria”, escribía entonces Mañach, que veía en él a “un artista distraído de sí mismo”.
Treinta años después insistiría en la misma idea: “Escritor por la sustancia, más que periodista, se vio, sin embargo, al igual que tantos otros, lentamente devorado por el oficio, y acaso ese fue el motivo más profundo de su sátira resignada”. Y Roselló, en el prólogo a Itinerario: “Desde 1913 Miguel de Marcos, como otros muchos escritores, derivó al periodismo, que es todavía, en el medio cultural cubano, la única puerta por la que el escritor profesional puede asomarse asiduamente a una clientela más o menos adicta de lectores”.
He aquí la queja, muy propia de Mañach, en torno a lo que él llamaba “servidumbre de la letra efímera”. Sin embargo, Miguel de Marcos, que fue a todas luces un triunfador, consiguió gracias al periodismo no solo un alto nivel de vida (su productividad era asombrosa; en un artículo de 1948 el propio Mañach señalaba que escribía “ocho artículos diarios”), sino también un enorme reconocimiento: entró en la Academia de Artes y Letras en 1938, fue incluido en dos antologías de cuentos, también en Ensayistas contemporáneos de Félix Lizaso.
De hecho, en su propia obra no se advierte ese conflicto, tan típicamente modernista, entre la vocación literaria y el trabajo periodístico. El periodismo “es la literatura al galope, la literatura de medianoche expresada con fiebre sobre una máquina de escribir” (Itinerario, p. 44), escribió en una de sus crónicas, y en esta definición, más que escisión, hay una fundamental identidad. La urgencia de la escritura periodística no aparece como una limitación, sino como una condición de la creación literaria. “El periodismo no fue el oficio que lo apartó de la literatura, sino el laboratorio donde gestó y perfeccionó su estilo este humorista nato”, afirman, con razón, Labarcena y Marqués.
Ese estilo que no estaba, por cierto, en su primer libro, Lujuria. Cuentos nefandos, en el cual, afirman los prologuistas, aparecen las perversiones con una “contundencia que no se había visto en la literatura cubana”. Cuentos pasionales(1907), El pecado original (1908) y Novela erótica (1909), de Alfonso Hernández Catá, son, sin embargo, anteriores, y literariamente mucho más logrados, que ese libro de Miguel de Marcos. También los “poemetos de Alma Rubens” de José Manuel Poveda, que comienzan a publicarse en 1912. Lujuria, libro que el propio autor, según recuerda Roselló, “sustrajo, cuanto pudo, de la circulación comercial”, es obra demasiado deliberada, retórica.
En el prólogo, firmado por Mig-de MARCOS SUÁREZ, el autor presenta sus cuentos como productos de una imaginación dominada por los “dolientes neurosismos”, los “desequilibrios cerebrales” y la “lujuria magnífica”. De hecho, es una imaginación dominada por lecturas algo ingenuas de Baudelaire y Jean Lorrain. Éter, morfina, cocaína, opio, hachís, cloroformo, heroína: no falta en estos relatos una sola droga de las que existían entonces.
El humorismo posterior de Miguel de Marcos está en las antípodas de este tipo de sensibilidad típicamente fin-du-siècle: en lugar de buscar la sensación extraordinaria, se regodea en lo cotidiano, entroncando con la tradición costumbrista, más atenta a los tipos sociales que a los individuos característicos.
En Papaíto Mayarí, la sátira de las costumbres y de la clase política comporta una visión desencantada de la historia del país, desde los tiempos de Menocal hasta el gobierno de Grau San Martín. En Fotuto, el protagonismo pasa de la alta burguesía (el doctor Mayarí es un prócer) a las clases populares, pero las peripecias individuales terminan también por reflejar las sucesivas frustraciones nacionales, en este caso hasta septiembre de 1933, con los buques de guerra norteamericanos acercándose a La Habana.
En ambas novelas, la crítica social pierde la gravedad de la literatura naturalista (la que tenía, por ejemplo, en Loveira) para resolverse en una suave ironía, que permite incluso bromear con el constante fracaso de los ideales revolucionarios. Tras descargar, simbólicamente, las cinco balas de su pistola contra el mayor de los acorazados de la escuadra del almirante Freeman, Fotuto va a comprar unas tajadas de piña que vende un chino en la explanada de La Punta, pero se da cuenta de que no tiene dinero y este se las regala. “Claro, en Cuba, en nuestra historia, siempre hay un chino festivo, tutelar y benéfico”. Así termina la novela. De la Cosmópolis decadentista, hemos pasado a la República Cómica.
El otro gran novelista del humorismo republicano viene a ser, en mi opinión, Labrador Ruiz con sus novelas “gaseiformes” de los años treinta. Pero se trata, desde luego, de una modalidad de humor muy diferente, un “humorismo filosófico”, como le llama el autor, más próximo a Macedonio Fernández, que hace de las convenciones novelísticas mismas objeto de cuestionamiento irónico.
El contraste con Labrador puede servir, por cierto, para echar luz sobre la personalidad literaria de Miguel de Marcos. Aquel, en la nota que coloca al comienzo de Anteo, reflexiona sobre la falta de público nacional, habla de la literatura como heroísmo, ofrece una suerte de poética de la novela moderna. No es difícil encontrar una preocupación similar en autores como Novás Calvo (sus reflexiones sobre la “novela por hacer”), y en el propio Piñera (“Cuba y su literatura”), ese otro gran humorista.
En cambio, Miguel de Marcos, tras aquel prólogo programático de sus Cuentos nefandos en que excluía directamente al “lector burgués” en beneficio del “lector refinado”, parece haber abandonado toda idea de un proyecto literario, todo afán por romper con la tradición o situarse frente a ella. A pesar de su conocimiento de Pirandello, sobre el que dio conferencias, se mantuvo al margen del vanguardismo (significativamente, Miguel de Marcos no publica en la revista de avance, aunque sí se conserva una carta suya a Mañach donde se habla del proyecto de publicación de un libro de cuentos en la editorial de la revista), apareciéndose, ya al filo de sus cincuenta años, con tres libros de ficción que consiguen lo que a esas alturas, dada la creciente disociación entre la buena literatura y el gusto mayoritario, era una verdadera rareza: el éxito simultáneo de crítica y de librería.
No es que no haya modernidad, que sean obras ingenuas —Fotuto, por ejemplo, puede verse como una suerte de parodia de la narrativa folletinesca—, pero son, comparadas con estos autores, novelas que resultan, a pesar de la idiosincrasia de un estilo cuyo barroquismo solo tiene parangón, por extraño que parezca, en la prosa de Lezama, más o menos convencionales.
Allí donde Labrador experimenta con el monólogo interior y otras técnicas de vanguardia, Miguel de Marcos sigue utilizando, como su admirado Anatole France, un narrador omnisciente; todos los personajes, y esta es otra similitud con Lezama, hablan igual, e igual que el propio narrador. Si Labrador resulta un autor inaugural (de él proceden, en mi opinión, tanto Sarduy como Cabrera Infante), Miguel de Marcos parece, más bien, situado al final de una tradición. El final, quizás, del criollismo cubano: Fotuto, con su parte de novela picaresca, podría leerse en el marco de ese “criollismo crítico” donde Gustavo Pérez-Firmat ha leído a Juan Criollo de Carlos Loveira y Ciénaga de Luis Felipe Rodríguez, obras donde la búsqueda del lenguaje vernáculo suele aparecer junto al penchant por la alegoría nacional.
Hacia el final de esa novela, hay una escena en que el periodista Héctor Abril, luego de sacar al protagonista de la cárcel, donde estuvo acusado injustamente de haber puesto la bomba que le mutiló un dedo, le dice:
—No te muevas, Fotuto. Ese sol de marzo, todavía pálido, que te da en la cara, te ilumina, a pesar de todo. No, no te muevas… ¿Sabes a quién te pareces con tus dolores, con tus caídas, con tus sueños y tus frustraciones?
—No, no lo sé.
—A Liborio, al pueblo cubano, a nuestro pueblo […] tienes su tristeza, su derrota, su miseria.
“Tristeza de Cuba” se titula, por cierto, aquel artículo publicado en el periódico Avance el 17 de noviembre de 1938 que le granjeó a su autor los mil pesos del Premio Justo de Lara, una pequeña fortuna de la época, y en el que Miguel de Marcos se aleja del registro humorístico de la crónica costumbrista para acercarse al ensayo de psicología nacional. Retoma allí un viejo tópico de las primeras décadas republicanas, el de la tristeza del cubano, oculta bajo su proverbial alegría, ahora en un contexto político que, aunque no se menciona expresamente, no es por ello menos reconocible.
Cuando escribe que “un día el cubano —dos siglos de fuete sobre el lomo tundido— ya en República, quiso romper el asedio hosco de su tristeza congénita, esa tristeza que está en su guitarra taciturna y en su facecia postiza. Se entregó al espíritu crítico”, alude claramente a la revolución de 1933. La misma se asocia, en este artículo de tono grave, a la proliferación de una retórica nueva: las “consignas de papagayo”, el “falso fervor oratorio”, los “programas ideológicos”, el “expresionismo de los charlatanes”.
La revolución, que había prometido transformar la realidad cubana, habría terminado produciendo sobre todo una nueva manera ampulosa de hablar de ella. Y acaso sea esa la tristeza más profunda que diagnostica Miguel de Marcos: la de un país que, incapaz de cambiar su destino, se consuela con el ejercicio de una crítica a la postre suicida. La Cuba posterior a 1930 —la de los atentados terroristas, las huelgas revolucionarias, el pistolerismo rampante— es, desde esta perspectiva, un terreno inflado de palabras huecas, y a la vez preñado de una violencia de nuevo tipo, distinta a aquella diríamos más inofensiva de la primera República con sus duelos, sus veteranos y sus guerritas.
Habría que leer “Tristeza de Cuba” junto a “La Trompetilla ha muerto”, brevísima crónica de 1934 donde se nos cuenta cómo la entrañable señora ha pasado a mejor vida en medio de las convulsiones de la lucha contra Machado (niples, gases lacrimógenos, perseguidoras, manifiestos doctrinarios…) y del año siguiente (fugaz presidencia de Márquez Sterling, provisional de Mendieta, ascenso de Batista…).
Varios personajes famosos, incluyendo al propio coronel Mendieta, ofrecen sus respectivos diagnósticos, como si se tratara de esclarecer las causas del fallecimiento de una figura ilustre. La parodia de la autopsia y de las solemnidades necrológicas desemboca así en una suerte de elegía humorística por una práctica que había acompañado durante décadas las peripecias de la política cubana. “Gloria fulgurante de treinta años de mojiganga republicana”, la Trompetilla aparece asociada a costumbres de otra época como el uso del bombín, las retretas del Malecón y las primeras carreras de automóviles. El dictamen es inequívoco: “A la Trompetilla, esa última trinchera que le quedaba a la patria, la mató un pueblo que se ha vuelto trágico”. (Bohemia, 26 de agosto de 1934, p. 19)
Como en Papaíto Mayarí, que es una formidable invectiva contra Grau y su retórica de la “cubanidad”, hay en algunas de estas crónicas reunidas en Danzas de Zululandia una visible nostalgia por lo que podríamos llamar la Alta República, aquellos primeros años de los que, en la crónica que citábamos al comienzo, dirá, a propósito de La Política Cómicadurante los tiempos de José Miguel Gómez, que conservan “el perfume nostálgico de nuestra primera infancia”.
Aquí el posesivo se refiere, por cierto, no ya al autor y a Roselló, aunque ambos fueron aún niños entonces, sino a la comunidad nacional toda, a la propia República. Escritos como “Nostalgia de los restos del Maine”, “La muerte del duelo”, “Lo espero en Payret”, “El parlamento en 1955” y, sobre todo, “Crónica de los años ingenuos”, que resulta, como destacan Labarcena y Marqués, una de las crónicas más significativas del volumen, convierten retrospectivamente la primera historia republicana en una comedia de personajes pintorescos, gestos entrañables y reyertas casi infantiles.
Los zapatos chirriantes (los compiladores señalan la centralidad de la comida y los cerdos en la imaginación medio rabelaisiana del autor, pero habría que prestar atención también a su obsesión por los zapatos, empezando por esas pantuflas que dan nombre a su estilo maduro) se erigen aquí en una suerte de símbolo del primer lustro republicano, los años de Estrada Palma, quintaesencia de la Alta República.
Aquel mundo anterior a la popularización de las suelas de goma es, en la visión de Miguel de Marcos, un mundo de valores sólidos, donde algo tan simple como el sonido de los zapatos, al anunciar una presencia, de algún modo acreditaba la honradez de quien los llevaba; un mundo de “ritmo pacífico”, donde “no rugían las pasiones”; un mundo “autonomista”, de cambios suaves y paulatinos, como aquella práctica de irle añadiendo dobladillos al pantalón del muchacho que crece, sin pasar de golpe de los pantalones cortos a los largos; un mundo de cuellos almidonados, de sombreros de pajilla, de bastones de puño de plata que daban lecciones de “urbanidad, de mesura, de cortesía”.
Un mundo, en fin, provinciano, a salvo del estruendo de los automóviles, donde el presidente Estrada Palma podía mezclarse con el pueblo en los carnavales sin necesidad de guardaespaldas y un viaje de Belascoaín al Muelle de Luz era la carrera más larga que podía hacerse en coche. “Todo lento, todo poquito a poco, ese poquito a poco que era la cancelación de la prisa, de la ignorancia del vértigo y de la fiebre, en un mundo de suavidades”. He aquí, digo yo, nuestra “suave patria”, antes de esa caída, la pérdida de la inocencia, que Miguel de Marcos nos da con una imagen de audacia vanguardista, casi visionaria: el cubano, dice del momento en que el botín crujiente se extinguió, “se abrazaba al silencio, a la mudez subterránea de los tacones de goma”.
“Miguel de Marcos, maestro del fondo alusivo de la petite histoire, que, dicen los franceses, es uno de los grandes veedores y oidores de esta época”, señaló Mañach en su reseña de Fotuto. Pero esta crónica, publicada el 22 de diciembre de 1953, demuestra que él iba un poco más allá: “Crujían los zapatos, acaso, para que no crujiera la República”, escribe Miguel de Marcos, desde la distancia de medio siglo, evocando, pero también interpretando, aquel mundo perdido.
Hay, detrás de esos detalles que la gran historia no recoge, toda una filosofía, una filosofía reaccionaria y sentimental, algo equivalente, en el orden de la vida colectiva, a lo que ciertos boleros representan en el de las pasiones privadas. También por lo inconfundible de su estilo, Miguel de Marcos es el Daniel Santos del costumbrismo republicano.
“Crónica de los años ingenuos” nos deja con esta paradoja: mientras la ciudad se vuelve más ruidosa, el individuo silencia sus pasos. Es justamente en los años veinte —los pregones callejeros y el “tin-tan” de los timbres de los coches desplazados por el ruido de motores, radios y vitrolas—, cuando los tacones de goma, que ya se importaban a La Habana en 1915 (en 1918, una zapatería anunciaba en el Diario de la Marina su colocación al momento), se imponen definitivamente.
Junto con los duelos, las serenatas y las retretas, los alfileres de corbata, los chalecos y las leontinas, los zapatos todos de cuero formaban parte de un repertorio de prendas y ceremonias que iba quedando atrás mientras se incubaba el gran cisma del final del machadato. Para fines de los cuarenta, cuando con el gobierno de los “auténticos” reaparece, como la sierpe de la fábula, esa corrupción política que es el gran tema de toda una literatura —en José Antonio Ramos, en Carlos Loveira, en Fernando Ortiz—, Miguel de Marcos vuelve la mirada hacia aquella primera República y nos ofrece una visión casi fabulosa de sus usos y costumbres.
Esta visión tiene, desde luego, sus puntos ciegos. No hace falta acudir a otros autores para advertirlos: basta contrastarla con la imagen que el propio Miguel de Marcos había ofrecido de aquella época treinta años antes. En el prólogo de su estudio biográfico sobre Carlos Mendieta Montefur, publicado en 1923, él denunciaba el primitivismo del “sátrapa” Menocal, reivindicando la Revolución de la Chambelona como el último capítulo del espíritu mambí.
Hablaba de “veinte años azarosos y terribles de República, de los choques sangrientos y de las caídas en el abismo”. Al filo de los años cincuenta, aquella época se ha convertido, sin embargo, en la memoria del escritor, en un mundo todo suavidad, mesura e inocencia. No tanto el paso de los años como la frustración de las esperanzas abiertas por la Revolución del 33 parecen llevarlo a minimizar o miniaturizar los conflictos, estafas e injusticias de aquellas décadas, haciendo de los enfrentamientos entre liberales y conservadores un juego de niños, y de la Alta República una República de juguete.
Así, como respuesta a las convulsiones y la inflación retórica de la que, por analogía, podríamos llamar Baja República, y acaso también al presentimiento de que en ella se habían desencadenado fuerzas nefastas, se fue formando la última fábula de Miguel de Marcos: la de ese mundo de ayer cuya inocencia es, en buena medida, una invención retrospectiva pero que conserva, con todo, algo de verdad histórica.
El gran humorista de la República termina siendo también, en cierto modo, uno de sus elegistas.

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