Es conmovedor que nuestro idioma reserve una habitación para lo que no existe ni existirá; para lo que, habiendo sido imposible, continúa soñándose una existencia. Esa arquitectura emocional es conocida como subjuntivo.
Por debajo de las conjugaciones de ese modo alternativo corre la más delicada conquista del español. Al hablar, distinguimos entre el mundo objetivo y lo que deseamos, tememos, dudamos, exigimos o imaginamos que podría hacerse real.
Donde el indicativo impone tú me amas, el subjuntivo implora que tú me ames. Cuando el indicativo afirma tú vienes, el subjuntivo espera escéptico que tú vengas. Mientras el indicativo acepta que me olvidaste, el subjuntivo se resiste a que me olvidaras. Y donde el indicativo reclama abandonos —no regresaste—, el subjuntivo reserva fuerzas para si hubieras regresado.
Sé que vienes y espero que vengas son ecos antiparalelos del corazón humano, como bien sabemos los que fuimos cableados en español en las entrañas de nuestras madres hispanoparlantes. Lo milagroso es que casi no ocurre nada cuando se paladea la música del subjuntivo. Apenas un cambio de vocales que cruza indetectable de cara al interlocutor foráneo.
Entre tú vives y que tú vivas se apretujan las mil y una biografías de cualquier individuo, recicladas de generación en generación. A la luz pública, indicamos el hecho efímero de la vida. A la luz del alma, nos negamos a esa precariedad subjetiva.
Aunque me persigan y amordacen. Aunque me difames y encarceles. Aunque yo me exilie o me mate, el subjuntivo sigue siendo un resquicio de libertad. Somos de una raza retórica insubordinable. Y cuando la debacle de la historia se ensaña con la esperanza, siempre salta un hubiere como consuelo de lo inconcebible.
El subjuntivo es un modo conmovedor. La inmortalidad lo ilumina en cada haya que acoge todo el tiempo que perdimos sobre la tierra. Da ternura y terror saber que somos esa criatura que insiste a ciegas en saltar sobre el abismo: del soy al sea y del sea al fuera. Nuestra dignidad queda a salvo si el subjuntivo sobrevive entre tú y yo. La miseria solo habita en lo irrevocable del indicativo.

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