Memoria y desarraigo: los objetos perdidos de Karla Suárez



“Hay objetos que cuando desaparecen es como si también uno mismo estuviera desapareciendo, porque son como pedacitos de uno”, eso pensaba Gisel o Giselle, la protagonista de la última novela de Karla Suárez.

Objetos perdidos (2024) nos propone una reflexión sobre la experiencia del desarraigo, pero sobre todo del profundo desarraigo que los cubanos hemos tenido que experimentar en un exilio que supera seis décadas. Desarraigo físico, sí, pero sobre todo fractura ontológica entre el sujeto, su memoria y el mundo que intenta habitar. 

Suárez, quien también es un sujeto del exilio, construye una poética de la pérdida que es una forma de experimentar el exilio. Es decir, el sujeto que vive en un territorio sin memorias o más precisamente, sin una memoria que le pertenezca. 

Objetos perdidos de Karla Suárez interroga sobre las condiciones de posibilidad de la identidad cuando el vínculo entre el pasado y el presente se erosiona radicalmente. Silenciosa y persistente, el desarraigo atraviesa los objetos perdidos; más que objetos, es la somatización traumática del que habita espacios que no logra interiorizar. 

Por eso, el sujeto del exilio se desplaza por ciudades que funcionan como escenarios operativos, pero carecen de espesor simbólico. Esta forma de habitar remite a una ajenitud territorial; son los espacios sin memoria, la ausencia de referencialidad ontológica constitutiva del yo.

De este modo, la memoria se revela como categoría central. En la novela, la memoria no aparece como un reservorio al que se puede acceder, sino como un campo fragmentado, discontinuo, atravesado por silencios y vacíos. 

Vivir en un país del cual no se tiene memoria presupone una forma radical de desposesión. Los lugares no evocan recuerdos, las palabras —por mucho que sea el mismo idioma— no resuenan en la historia personal, los gestos carecen del enclave afectivo. La memoria, que según Paul Ricoeur constituye el fundamento de la identidad narrativa, se ve debilitada para terminar produciendo un sujeto precario, un yo siempre en proceso de recomposición. 

La precariedad identitaria termina manifestándose en la imposibilidad de construir un relato coherente de sí mismo. El sujeto perdido en el exilio a través de sus objetos no puede narrarse plenamente, ni desde el pasado —porque este se ha vuelto opaco o inaccesible— ni desde el presente —porque el entorno no ofrece los marcos simbólicos necesarios para el reconocimiento. 

Se trata de una identidad suspendida, una identidad que “existe” sin llegar a fijarse en ningún punto. Y este es el gran valor de Objetos perdidos de Karla Suárez: problematizar sobre la noción de sujeto —ese sujeto moderno como entidad estable y continua— que se presenta —Gisel o Giselle— como una subjetividad fracturada por la experiencia de la pérdida y los desplazamientos. 

Los objetos perdidos son una metáfora no ya de cosas extraviadas, que también, sino de una memoria en ruina, fragmentos de una vida que no encuentra un espacio donde asentar la cabeza. Los objetos perdidos de Karla son el vestigio de un pasado que no puede ser recuperado, por eso es reminiscente, nunca desaparece: “los cuerpos tienen memoria”, dice la protagonista. 

Walter Benjamin afirmaba que la memoria opera desde los restos y las ruinas. Sin embargo, en Objetos perdidos desde las ruinas es imposible reconstruir el pasado.

Con Objetos perdidos, Karla Suárez cuestiona las narraciones optimistas del exilio cubano, algo que yo ya había anotado, de forma más genérica, en un texto sobre Roberto Bolaño y sus cuentos completos. Lo que Bolaño y Suárez terminan cuestionando es la posibilidad de redención desde el exilio. No es pesimismo: es, en todo caso, una voluntad pragmática.

Como en Bolaño, en Karla Suárez el exilio se revela como una derrota: no se busca la redención, sino el reconocimiento de cuánto se ha perdido. La libertad nace precisamente de este ejercicio de sinceridad: del miedo, de la fragilidad asumida como sudario, como condición primera.

Hace unos días lo conversaba con el escritor y artista visual Julio Lorente. Julio recordaba una frase atribuida a Benjamin Franklin, quien decía que “quien cambia libertad por seguridad, pierde ambas”.

El exiliado, entonces, en sus objetos perdidos y en su conciencia, construye su libertad desde la inseguridad, tallándola con la paciencia de quien sabe que la seguridad fue siempre una promesa rota. 

Y recordábamos a Reinaldo Arenas, quien encarna esa forma, esa libertad, sobre todo porque aprendió a nombrar la derrota sin eufemismo, a convertir la exclusión en acto de honestidad. En su prosa —pero sobre todo en sus cartas— el destierro no solo es geográfico: es ético, un lugar donde la memoria es un arma, donde la escritura es un territorio que no puede ser arrebatado. 

Arenas quizás sea el mejor ejemplo de quien en el exilio siguió siendo un exiliado, un sujeto que decidió permanecer íntegro cuando la colectividad cedía a la violencia, a la fiesta, a la performatividad, a la pose fotográfica, al cumbancheo.

En ese drama histórico y cultural —donde se inscriben voces como las de Bolaño, Arenas y Suárez— el exilio no es solo destino individual, sino diagnóstico, un ethos que se manifiesta. Por eso Karla Suárez, en vez de proponer un nuevo comienzo, presenta una temporalidad quebrada, una temporalidad que no avanza de forma progresiva, sino que se estanca o se repliega sobre el pasado o sobre sí mismo. 

El pasado irrumpe intempestivamente a lo largo de la novela, pero siempre lo hace de forma fragmentaria, mientras que el futuro aparece desprovisto de promesas. Este desasosiego refuerza en el personaje un desarraigo, al tiempo que evidencia que la pérdida no se supera mediante la adaptación funcional a un nuevo entorno. Se aprende a sobrevivir, pero no a pertenecer a un lugar del cual no tenemos memoria.

Y es precisamente en el reconocimiento de esa pérdida donde Objetos perdidos plantean una crítica implícita a la idea de integración como solución al exilio. Ninguna integración trae aparejada la recuperación de la memoria. Mucho menos, la reconstrucción del sentido. 

El desarraigo persiste porque no se trata de una carencia externa, sino de una fractura de orden ontológico. Edward Said decía en sus Reflexiones sobre el exilio de 2016 que “el exiliado es el que vive en la periferia, siempre entre dos mundos (el perdido y el nuevo), sin pertenecer completamente a ninguno”.

Karla Suárez se consagra con un estilo sobrio, casi ascético, un lenguaje que evita la nostalgia explícita y el sentimentalismo. Sin embargo, esta constatación formal no atenúa el dolor de la pérdida, sino que lo vuelve más inquietante. 

El desarraigo no grita, habita en un cuerpo que danza, porque cuando el cuerpo danza, el mundo desaparece para GiselleLa ausencia de grandes gestos dramáticos le permite a Karla Suárez subrayar la normalización de la pérdida como una experiencia inherente al sujeto exiliado. 

Los objetos, la memoria, el sentido de la orientación, el tiempo, la referencialidad, son pérdidas asociadas a la gran pérdida. Hemos perdido el espacio físico de la memoria, el lugar al que se nos prohíbe regresar, a pesar de que Lydia Cabrera reclamaba la necesidad de la distancia para comprender a cabalidad una nación —Cuba— que solo existe ya en las ruinas del recuerdo. 

Objetos perdidos de Karla Suárez invita a pensar el desarraigo no como un estado transitorio, sino como una forma de existencia. Gisel o Giselle no logra recuperar lo que ha perdido, sino que lo añora, lo sueña, pero sus objetos —entidades totémicas del pasado— habitan ya en la dimensión del olvido, en la sombra del olvido, en “la neblina del ayer”, como diría Bola de Nieve. 

Por eso, el sujeto exiliado —Gisel o Giselle vive su exilio español— tiene que aprender a convivir con los fragmentos, los restos, las memorias incompletas, los sabores del pasado. 

Karla Suárez en su novela enrostra el miedo que la pérdida supone, y lo hace —creo que lo hace— con la sola intención de mirarle a los ojos para, en su derrota, sostener, aún en la precariedad, formas mínimas de persistencia marcadas para siempre por la experiencia del desarraigo.