Todo nombre es sobrenombre



La lectura es una secta, pero dentro de esa secta hay otra donde están –donde estamos– todos los lectores de la cábala, el hasidismo, el zen, la teosofía, los que compran las historietas de Sfar y Gorey, los que leen a Perec como texto religioso, los que todavía se estremecen al escribir las letras Yhwh, los que saben que gólem solo rima con Scholem, y otros raros.

Un lector así, de catacumbas, necesitaba hacía años una buena edición del Zohar, el libro (¡los libros!) del esplendor. Como nos pasó cuando quisimos una buena traducción del Mysterium Magnum de Jacob Böhme, o cuando necesitábamos un buen I Ching para falsificar consultas, Atalanta nos complace. Atalanta, editorial semisecreta y omnipresente, acaba de publicar una antología del Zohar a cargo de la hispanista Lola Josa. 

La cábala es una de las formas que adopta la mística judía. Diviniza el lenguaje, que equivale a decir que verbaliza la divinidad. Una serie de textos como el Sefer Yetzirah o el Bahir, y una cadena de rabinos –Nehuniah, Isaac el Ciego, Azriel de Gerona, Najmánides, Abulafia– fraguaron la tradición cabalística de la Europa medieval. El Zohar, atribuido a Moshe Sem Tob, es al mismo tiempo síntesis y desarrollo de esas ideas. 

Moshe Sem Tob es conocido también como Moisés de León. Vivió en varias ciudades de Castilla a finales del siglo XIII y su biografía, como la de cualquier personaje legendario, es opaca. Para el siglo siguiente, su Zohar había sido leído por cualquier judío ilustrado desde Lisboa hasta Jerusalén y de El Cairo a Ámsterdam. Moshe Sem Tob invita al sabio judío a buscar el infinito, Ein Sof, escondido en la combinatoria de las Escrituras. Esa búsqueda necesita toda la vida o varias vidas. 

Para el cabalista, Dios –cifrado en el famoso Tetragrama impronunciable, que tampoco es su nombre real– necesitó retraerse sobre sí mismo antes de crear el mundo. Ese compás, una inspiración y una espiración, se llama tsimtsum. En esa oscuridad primordial las emanaciones de Dios dieron forma al Árbol de la Vida, de cuyas ramas salen los diez mundos o sefirot

La imposibilidad de la creación para conducir y soportar al Creador ocasionó la aparición del mal y una ruptura cósmica que solo podrá resolverse con un retorno absoluto a Yhwh, llamado tikun.

Esa es, aproximadamente, la visión cabalística del mundo. Con esas intuiciones místicas, nacidas a veces de la repetición de un término –por ejemplo, bereshit, la primera palabra del Génesis– trabaja el sabio. 

El Zohar recoge en una veintena de libros el resultado de ese trabajo, que en modo alguno está terminado. El prólogo de Lola Josa, escrito desde la erudición, pero también con afecto por los grandes escritores que se dedicaron a la cábala (Scholem, Kafka, Borges), le aclara al lector la complejidad del universo místico judío. Un análisis de cada letra hebrea, numerosos esquemas y un glosario completan la parte crítica del libro. 

Viene luego la antología, donde bajo subtítulos y con anotaciones al margen, se puede entrar en contacto directo con el Zohar. Hay fragmentos (“Cuando Elías terminó de hablar, voló y mi vista lo perdió”), pero también amplias secciones, en las que el diálogo, herramienta tan judía como platónica, es lo esencial. 

En algunos pasajes uno se acuerda inevitablemente de los grandes lectores de la cábala, como Kafka: “¿Por qué el Santo, Bendito sea, creó los Mundos, si tenía la intención de destruirlos? ¡Mejor habría sido no crearlos!, pero… ¿y si hay algún secreto oculto?”. 

O bien: “Las letras fueron impresas en la textura de todo, en el tejido de Arriba y en el de Abajo… La Sabiduría se originó con la Nada. No puede investigarse, es secreta. Oculta y profunda, escapa a cualquier posibilidad de conocimiento”. 

Otros abordan cuestiones peliagudas y en las cuales el judaísmo sigue siendo una religión mucho más flexible a nivel teológico que el cristianismo y el islam. Ante la pregunta de, en caso de existir la reencarnación, en qué cuerpo resucitaremos, uno de los rabinos citados en el Zohar contesta sin dudarlo que, con el último, porque los anteriores son indignos y tienen “el mismo valor que un árbol marchito”. 

Los grandes símbolos del judaísmo, Adán, Eva, la Shekinah, Lilith, el Arca de la Alianza, Moisés, la escala de Jacob, Abraham, los serafines y querubines, el silencio de Dios: todo tiene cabida en la Gran Recopilación que es el Zohar. Cuando no hay respuestas, al menos se consignan las preguntas que se han hecho los rabinos generación tras generación. Ese saber transmitido, la propia transmisión, es un bien en sí mismo. 

En el fondo, la vía que propone el Zohar es puramente mística, aunque maneje la razón. El hombre debe acordarse de que también es parte de Dios: “Todas las almas del mundo, fruto de la obra del Todopoderoso, son místicamente una sola, pero al descender al mundo se separan en potencias masculinas y femeninas, hasta que se reencuentran y vuelven a unirse”. 

La mejor síntesis de la cábala, sin embargo, está casi al final del libro y define bien lo que las palabras son para el Zohar y para la mística judía, pero también para el que trabaja con ellas, las venera y las gasta: “Todo nombre es un sobrenombre en boca de las criaturas”.