“La hacemos en La Ermita”, me dijo cuando le pedí, entre risas y vinos, una entrevista.
No me da ningún placer, y sí mucha vergüenza, entrevistar amigos, personas cercanas. Es una tontería, pero siento que quiebro algo que se construyó desde otras complicidades, aunque evidentemente el trabajo, el periodismo y el pensamiento formen parte de esa relación.
No conozco a nadie que viva el periodismo como ella, no sé de nadie que tenga un compromiso con la vida a través de su profesión más firme que ella, no recuerdo a nadie que se entienda con el mundo y al mismo tiempo lo cuente sin pretender otra cosa que ponernos ante un espejo.
Carla Gloria Colomé Santiago, nació el 11 de julio de 1990. Si nacer en Cuba siempre es complicado, nacer en la Cuba de los años noventa, crecer en medio del Periodo Especial y en un país a medio camino entre la épica de los “buenos tiempos” del campo socialista y la depauperación era todo un reto.
Vivir en un pueblo de las afueras de la capital tampoco ayudaba, en medio de circunstancias familiares dolorosas y atípicas para cualquier niño no lo ponía fácil. En esos años nada predecía que Carla fuera la periodista que es hoy.
Me habían pedido la entrevista desde el año pasado. Me resistía, sentía que profanaba y hasta traicionaba ciertas confianzas. Pero quien me la pidió también es un amigo dispuesto a estar ahí cuando todo se desmorona.
En fin, le cuento todos mis remilgos. Aprovecho que dos copas de vino suelen desinhibir cualquier reparo y le pido la entrevista. “Claro, pero la hacemos en La Ermita”.
Yo vengo de un lugar y de una familia con poco pasado y con pocos altares. Todo lo que somos empezó apenas hace dos generaciones. Somos una familia con poca memoria, con pocas cosas heredadas, y es raro porque no somos una familia pequeña.
Mi papá tiene dos hermanos, y del lado de mi madre había seis, y aun así yo tengo poca memoria y poca historia heredada de mi familia. No puedo decirte: “Tuve una tía que…” o “heredé la biblioteca de…”. Eso no existe en mi familia, como sí existe en gente que luego la vida me ha puesto al lado. Lo que sí tuve fue un hombre como mi papá que me dio las herramientas necesarias para tener sensibilidad y ganas de trabajar.
Yo soy la segunda persona en mi familia que fue a la universidad. Tengo un primo que se hizo ingeniero. Pero mi papá, mis tías o mis primos no fueron a la universidad. Hicieron otras cosas, valiosísimas, por supuesto, pero quiero decir que no vengo de una familia con tradición de estudios o de lecturas.
Siento me fui construyendo a mí misma por el camino, poco a poco. A veces me pregunto de dónde me salió esa vocación. No lo veo como algo del otro mundo. Mucha gente es como yo, pero cuando empecé a adquirir una conciencia de dónde me venían las cosas, comprendí que mi papá me lo dio todo para que yo pudiera dar pasos.
Nunca nadie me exigió estudiar, tampoco ir a la universidad. A mí nadie me exigió convertirme en una profesional. Es algo que yo quise, gracias a que mi papá asfaltó el camino para que yo lo anduviera.
Digo mi papá porque es quien me cría. Soy huérfana de madre desde que tengo un año. Mi papá es una pieza fundamental en lo que soy. A veces siento que, en algún sentido, soy un hombre, lo pienso desde niña.
Todo ha sido muy fálico en mi vida durante mucho tiempo. A veces noto el peso de esa cantidad de hombres a mi alrededor todo el tiempo. Fui criada dentro de esos límites, de lo macho, de lo masculino. Vestida por un hombre, peinada por un hombre, con las creencias de los hombres y eso te da ciertas fortalezas.
Habíamos llegado temprano a la Ermita de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba y quizás el único símbolo realmente trasnacional. Es lo más cubano en un Miami que pierde cubanía de forma acelerada, aunque aún te deja respirar la libertad que la Isla te niega.
Llegar a La Ermita impone siempre silencio, uno allí se reconoce. Pleno febrero y un sol de bandera. Andar el malecón, buscar el mejor sitio, terminar sentado en las mesas de los Tres Juanes, la cafetería que a la sombra de la Virgen nos permite conversar.
Estamos hablando de una niña en Playa Baracoa, un pueblito a las afueras de La Habana, un pueblito de pescadores del cual soy. Desde que yo entraba al pueblo iba casa por casa, de portal en portal, saludando a todo el mundo. No es la nostalgia engrandecida del exilio, yo vivo esa familiaridad. Me gusta, me llena. Yo soy una persona de pueblo, a quien todo el mundo conoce, no por periodista, sino porque soy la hija de Mayi y soy Carla.
De hecho, en los últimos tiempos, y esto sí es consecuencia de vivir en el exilio y de habitar el exilio, Cuba se me ha reducido a mi pueblo. Si a mis 20 años esa cosa de descubrir la ciudad fue La Habana, a mis 30 ya ni siquiera existe. Cuba es mi pueblo.
Un pueblito pequeño, con una sola calle, pocos miles de habitantes. Un pueblecito de pescadores donde la gente tiene en el patio de su casa el mar y donde, por alguna razón que no comprendo, no se bañan, prefieren el río.
Vengo de ahí y, de niña, fui todo lo que se esperaba, destacada, participativa. Iba a los matutinos, fui Jefa de Escuela, condecorada, ganadora de concursos. Nadie me dijo que así tenía que ser y viví esa infancia con mucho orgullo, regalándole muchos placeres a mi papá, que me veía todo el tiempo ser una niña tan feliz. Y todo ocurría dentro de esos símbolos y doctrinas que te da la institución, pero que en la primera infancia se viven como una fiesta.
Fui esa niña de manual, como tantos otros niños cubanos. Luego me fui a la secundaria y después al preuniversitario. Y ahí empieza a pasar algo en mí. Nunca lo pensé en esa época, pero en mi etapa de décimo a doce grados algo pasó.
Me fui a la Humboldt, el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Mártires de Humboldt 7, que era el IPVCE que me tocaba por residir en la provincia La Habana. Y pasa que esa niña super destacada, esa niña que participaba en todo, la niña super extrovertida va y se encuentra en un lugar donde todo el mundo es estrella. Me encuentro con gente que había ido a concursos internacionales de matemáticas, que había viajado a los Juegos Panamericanos de Ajedrez…
Era una escuela de talentos, una escuela que priorizaba las ciencias, la matemática, la física, la química y donde yo, que siempre he tirado para las humanidades, una persona que quería escribir, que soñaba y aún sueño en algún punto con ser actriz de teatro… Te cuento.
De niña me metí en todos los grupos comunitarios que pude. Como mi papá trabajaba todo el tiempo y no tuve madre, no tenía a nadie que me llevara a La Habana, donde estaban los grupos de teatro, donde pasaban las cosas. Tenía amigas cuyas madres las llevaban al ballet de Tony Menéndez o de Liz Alfonso y a otras obras de teatro. Yo hubiese dado lo que no tengo por haber sido una de esas niñas, pero me las agenciaba, actuaba en la escuela, en mi barrio. Me sabía las obras de Héctor Quintero y las interpretaba delante del espejo. También escribí mis propias obras de teatro siendo muy niña.
Pero en la Humboldt, esa niña que aún a veces sueña con ser actriz se tuvo que dedicar a sobrevivir en un espacio donde lo único que importa son las ciencias, lidiando con un ambiente muy competitivo, ajeno a mí. No me fue mal, tuve buenas notas, pero no porque yo fuera buena en ciencias, ni brillante en eso, sino porque estudiaba mucho.
Era una niña en otro momento y en otras circunstancias en Cuba, en un sistema educativo completamente degradado donde los IPVCE eran las únicas escuelas decentes a las que podías aspirar. Quizás en otro momento yo no tendría nada que buscar en ese tipo de escuela, pero siento que me forjó, que moldeó mucho quién yo fui después.
Y al verme siempre en un segundo plano empecé a preguntarme: ¿por dónde va mi camino?, ¿qué es lo que voy a elegir?, ¿qué es lo que voy a estudiar?
Mi respuesta fue clara, dos cosas: tenía que ser algo de humanidades y tenía que ser, sí o sí, en la Universidad de La Habana.
Hacer una entrevista en una cafetería y no pedir nada es de mal gusto, da vergüenza. Me pedí un cortadito de leche evaporada, una delicia que te rescata de lo peor, y ella una pizza cubana, de queso, jamón y piña. Llegan el café y la pizza.
La pizza cubana es una masa esponjosa y gruesa cubierta de salsa de tomate muy especiada, queso y lo que quieras añadirle. El queso se derrite y los bordes se queman, dejando un delicioso y crujiente manjar, mucho más sabroso que la propia pizza.
Carla come con la misma pasión con que hace el periodismo. No le gusta el borde. A mí, sí. Comí sus sobras.
No tenía ninguna vocación específica por el periodismo. No me llamaba la atención salir en la televisión ni las noticias. No tenía ni un periodista favorito, solamente sabía que tenía que ser algo de escribir. Hubiese podido estudiar Filología o Historia del Arte, esas carreras tan codiciadas en aquellos tiempos.
Pero Periodismo tenía algo diferente. Para coger esa carrera teníamos que hacer las pruebas de aptitud, mucho antes que las pruebas de ingreso regulares para otros estudios. Si aprobabas, sabías que tenías la carrera asegurada antes que el resto de los estudiantes, sabías que había terminado el preuniversitario. Así que me dije. voy a probar con todas y, si apruebo periodismo, terminé.
Me fui a La Habana con mi papá. Llegamos muy temprano y la calle frente a la Facultad de Periodismo era un mar de gente queriendo aplicar a las pocas plazas que abrieron. Hice la primera prueba y al rato alguien leía el número de aquellos que habían pasado a la segunda fase. Recuerdo que fueron tres pruebas y que, poco a poco, esa calle repleta de personas iba quedándose cada vez más vacía. Pasé las tres pruebas.
Ya muy de noche recuerdo yéndome con mi papá en una guagua para Baracoa, nerviosa, pensando. Aún tenía que esperar por los resultados finales. Poco después supe que me habían dado la carrera y me puse super contenta. No tanto por Periodismo, sino por ver el resultado de tanto esfuerzo, por haber concretado mis propósitos: estudiar una carrera de humanidades y en La Habana.
Estudiar Periodismo significó un descubrimiento en todos los sentidos. Mi vida sola en una beca que era terrible en muchos sentidos. Una beca donde había prostitución, corrupción, donde sufríamos apagones, donde vivíamos en pisos altísimos sin elevador, pero donde a la misma vez teníamos el malecón justo al frente, el mar, y ese grado de libertad de tener 18 o 19 años y estar sola en una ciudad como La Habana.
Allí descubrí mi vida sexual, conocí a mucha gente al mismo tiempo que me conocía a mí misma. También lidiando con una carrera de la cual desconocíamos cómo se entendía, de la cual no sabíamos de qué se trataba exactamente.
Estudiar Periodismo en un lugar eminentemente político como Cuba es estar en un lugar donde no hay bandos posibles. Caes en un solo bando, en un solo espacio. Uno es siempre muchas cosas, pero estudiar Periodismo, lo hemos comentado mucho los egresados de mi generación, es algo contradictorio: el mismo lugar que te forma para llevarte a trabajar para el Partido Comunista de Cuba es el mismo lugar que te da herramientas para entender que existe otro periodismo.
La biblioteca de la Escuela de Periodismo está llena de los grandes reportajes que se hicieron en el mundo entero. Cuando releí, ya de grande, Operación masacre, de Rodolfo Walsh, recordé que era el mismo libro que me daban a leer en la universidad y me lamentaba de no haber tenido la conciencia, de no haber entendido que un reportaje como Operación masacre te da todos los recursos para desactivar un gobierno, para radiografiar un régimen, para retratar la represión.
Algo pasó con mi generación. Es un consenso, lo han dicho nuestros profesores y se ha visto en nuestro desarrollo profesional. Somos una generación que, desde la carrera, hicimos demasiadas preguntas y no encontramos las respuestas. Nosotros fuimos a trabajar al Granma, a Juventud Rebelde, a la televisión nacional y conocimos eso desde dentro. Lidiamos mano a mano con el sistema de la prensa oficialista y supimos que, una vez terminada la carrera, ese no podía ser nuestro futuro.
Recuerdo que ya en el tercer año de la carrera coqueteamos por primera vez con la idea de hacer un medio independiente. Esa fue la idea, nosotros tenemos que hacer algo independiente. Ni siquiera sabíamos todo lo que en un futuro eso implicaría para nosotros, pero sabíamos que queríamos hacer algo nuestro.
La primera vez que leí a Carla, en la revista OnCuba, me sorprendió que su relato, sus crónicas, denunciaban la realidad cubana sin panfleto ni adjetivos. El periodismo cubano independiente que emerge con mucha fuerza a principios de los 2000 demostró que la herramienta más efectiva contra el totalitarismo no era la arenga política, sino la realidad contada sin intermediarios.
Ese primer OnCuba logró unir un grupo de jóvenes bajo el anhelo de contar una realidad, de narrar la Cuba que su cotidianidad sufría. El periodismo que se hizo en esos años no fue político ni activista y aun así puso en jaque la narrativa de los medios oficialistas.
Carla piensa y comparte ese mérito con otra rama del periodismo, los que saben formar equipos, definen el tono e impulsan proyectos: los editores.
Cuando terminamos la carrera, existía en Cuba una coyuntura específica que no había existido antes para periodistas graduados de la universidad y fue un medio como OnCuba. Un buen día, uno de nosotros recibe la llamada de Mayle González Mirabal, que en aquel momento era la editora jefa de la revista en la web. Realmente era la que se encargaba de todo, editar, contactar con periodistas, sugerir temas y publicarlos.
Imagínate todo lo que fue ella para nosotros. Mayle no fue solo la persona que nos buscó y nos dio esa oportunidad, fue la primera editora que nos abrió las puertas a todo lo que llevábamos dentro, a las ideas, a las ganas de hacer. Nos acogió y las hizo de ella. Nunca tuvo miedo.
Cuando terminé la universidad y llegó el momento de irme a cumplir con el servicio social tuve la suerte de hacerlo en la revista Tablas, la revista de teatro en Cuba. Yo ya sabía que no podía irme a Granma, que no podía irme a Juventud Rebelde o Trabajadores, y la revista Tablas fue precisamente eso, mi tabla de salvación.
Mi tesis de graduación la hice sobre el Grupo Teatro Escambray. Durante unos dos meses conviví en esas montañas con campesinos, teatreros, actores, fue lindísimo. El teatro siempre conmigo y muy especialmente esa experiencia de teatro comunitario. Mi tesis me sacó de las garras de la prensa oficialista y fui feliz, pude escribir mis notas y conocer gran parte de la Isla. Recuerdo que me fui a la Cruzada de Guantánamo, al Oriente profundo, a Baracoa. También me fui a conocer los titiriteros en Matanzas.
Y entonces por esas fechas es que aparece Mayle en nuestras vidas. Mi primera relación con OnCuba viene a través de una crónica que a ella le encantó. Se llama Sitio Yera y que hoy, cuando la leo, me digo: ¡ay, no!, aunque salvo muchas cosas de ella, la verdad.
Para esa crónica me fui al Escambray y conseguí que un militar me llevara en su jeep a Yera, un lugar donde normalmente no pueden subir carros y llegamos a ese poblado tan elevado que ni consultorio médico tenía, donde no había escuela y donde todo estaba prácticamente en ruinas.
Esas historias que pude escribir para mi tesis de grado me llevaron a preguntarme: ¿qué hago con todo este material que me había traído también del Escambray? ¿Qué hago con las historias de esos pueblos donde Fidel Castro ensayó sus planes lecheros y todas sus locuras? ¿Qué hago con las historias de todos aquellos pueblos perdidos de la Revolución?
Pues a todos esos pueblos me fui, hice mis crónicas sin tener cómo ni donde publicarlas. Y cuando le di la primera a Mayle, me abrió las puertas de OnCuba, algo de lo que le estaré siempre agradecida. Así empieza mi trabajo en algo que no era la prensa oficialista.
Nos preguntábamos que era OnCuba, porque no era oficialista y, al mismo tiempo, le permitían tener oficinas en El Vedado. Nadie más era permitido. No sabíamos muy bien de qué se trataba y tampoco nos interesaba demasiado, porque lo único que queríamos era tener un espacio que acogiera nuestros textos, que nos diera voz, que no nos censurara. Y así fue por mucho tiempo.
Por nuestros primeros textos en OnCuba nos pagaron tres dólares, luego subieron a diez, y así poco a poco tuvimos un ingreso que, comparado con lo que uno podía cobrar en un medio estatal, era muchísimo.
No era solo una libertad creativa, era libertad individual e independencia económica. Ese dinero nos permitía pagar una renta en La Habana y que tus padres no tuvieran que ayudarte. Luego ese salario subió un poquito más y fuimos nosotros quienes ayudamos a nuestros padres. Empezamos, desde Cuba, a saborear lo que era ganar dinero con tu trabajo, que fuera leído y aceptado, haciendo periodismo fuera de los márgenes de lo que hasta ese momento conocíamos en los medios del Estado.
OnCuba fue un bálsamo, fue el lugar donde nos preparamos para el futuro, para ser el periodista que queríamos ser. Ya en algún punto algunos fuimos emigrando. Vinieron otros editores, otras personas. Pero los de mi generación, no soy yo sola, tuvimos allí la posibilidad de crecer juntos, de aportar ideas, de ser escuchados.
Para nosotros el periodismo no es trabajar, no es ir a un sitio, tener una historia, publicarla y olvidarla. Nosotros vivimos dentro del periodismo, es nuestra vida. En mi casa los teléfonos suenan todo el tiempo, son fuentes que, en su mayoría, dejaron de serlo para convertirse en una preocupación personal. Para mí el periodismo ha devenido en una manera de existir, la forma en la que me ubico ante el mundo. Eso viene desde OnCuba, hasta que hubo un momento de ruptura y recuerdo perfectamente cuando fue.
Habían cambiado muchas cosas. Muchos ya habían emigrado, entre ellos Mayle, y tuvimos una reunión para “reestructurar” el espíritu de la revista en lo adelante. La persona designada para cubrir el puesto de editor dijo una frase que siempre voy a recordar: “OnCuba no es OnCuba, es una fiesta. OnCuba no es para fajarse con nadie, no es para molestarnos con nadie”.
A mí aquello me irritó, el periodismo nunca va a ser una fiesta. El periodismo que yo entiendo, la identidad del periodismo que defiendo nunca va a ser una fiesta, y he tratado de ser todo lo contrario a lo que esa editora me dijo en aquel momento.
Decidí irme. Me fui de Cuba. De mis colegas y amigos fui la primera en salir y no fue por represión o falta de dinero, fue simplemente por curiosidad. Sentía la necesidad de conocer el mundo, de entender qué había afuera, de verme a mí misma en otro lugar.
Carla habla rápido, a veces desvía la mirada hacia la cruz de La Ermita, a veces hacia el mar, a veces hacia la tela que dice “Virgen de la Caridad salva a Cuba”.
Le cuento que la pequeña imagen de la Virgen que corona el altar de La Ermita fue traída desde Cuba de forma clandestina. Es una réplica exacta de la original que preside el santuario del Cobre, en Santiago de Cuba. Llegó a Miami en 1961, como tantos cubanos, escondida en una maleta, protegida por amigos, cuidada por compatriotas.
Le cuento también que los mantos que la cubren, los brocados, bordados e incrustaciones son elaboraciones a mano de dos devotas cubanas, las hermanas Collazo, modistas y costureras originarias de Trinidad.
“¡Cuántas historias por contar!”, me dice Carla. La llaman por teléfono. Es otra periodista, también amiga. Me pide que cuando terminemos la deje en su casa.
Aunque pude haberme quedado en Miami, que fue mi primer viaje fuera de Cuba, decidí irme a México. Esa es otra etapa de mi vida, en la que empecé a dejar de ser solamente cubana y ser también latinoamericana. En México empecé a entender el continente. Hoy por hoy no hay nada para mí como viajar a cualquier país de Latinoamérica. La felicidad que me da no es comparable con nada.
En México viví cinco años y fue allí donde pudimos echar adelante un proyecto como la revista El Estornudo.
Era una vieja deuda que nos debíamos desde la universidad. Carlos Manuel Álvarez, el director y cofundador, es un tipo muy nostálgico, y en aquel 2016 todos estábamos muy dispersos, la emigración nos había separado.
Teníamos colegas y amigos en Miami, en México, en España, en Londres, en muchos lugares y El Estornudo fue también un esfuerzo por buscarnos, por unirnos y ponernos a trabajar. Era una forma de seguir estando juntos.
Fue una maravilla. Estuvimos dos años ensayando qué era aquello, con mucha ingenuidad. Teníamos 25 años y una responsabilidad inmensa sobre los hombros. Así empezamos, sin cobrar un centavo durante dos años, trabajando por puro embullo, por puras ganas.
Y esas ganas fueron muy contagiosas. La gente se fue sumando. No había un peso y aun así querían publicar en El Estornudo. Esa creación, ese momento sí fue una fiesta. Allí entendí todo lo que podía hacer por mí misma como periodista y que podíamos hacer, también, algo por los demás.
Aunque estábamos en México, donde pudimos alojar el sitio y trabajar con cierta comodidad, siempre tuvimos un brazo del equipo en Cuba. Fue ese tiempo en el que aún a muchos de nosotros se les permitía ir a Cuba. Podías entrar, reportear, y luego salir y publicar. Pudimos hacer un periodismo sin distancia. Igual muchos periodistas seguían dentro de Cuba, trabajando desde allá. Lo pudimos hacer durante un tiempo, hasta que la represión fue escalando.
Diez años después de la fundación de El Estornudo no tenemos periodistas en Cuba y, cuando aparece algún colaborador, se apaga en tres meses. Ha sido muy difícil sostener una revista durante diez años en los que los periodistas independientes han sido desterrados, sometidos a amenazas, interrogatorios, cárcel y hoy estamos nuevamente dispersos.
Todos los días me pregunto por qué todavía existimos como revista. Es muy complicado hacer periodismo de esta forma. Tienes que escribir sobre lo que te cuentan, intentando ser detallista a través de los ojos de los demás.
A veces me preguntan cómo en mis reportajes doy tantos detalles y cómo lo hago. Hace poco hice un reportaje sobre tres niñas que prácticamente desde que nacieron viven en el Hospital de Pinar del Río, por los apagones, porque necesitan de la corriente eléctrica para vivir. En el reporte doy muchos detalles de cómo son los alrededores del hospital, qué se vende en las calles o los precios de las pizzas, incluso la ubicación de los lugares.
La única respuesta es que he tenido que inventar mil maneras para que el periodismo que yo hago no muera. Todo el tiempo estoy haciéndole a los entrevistados las preguntas más tontas, pidiendo cosas descabellas. Alguna vez he pensado que me van a mandar al carajo. A veces les pido a ellos o a los fotógrafos que colaboran conmigo que me hagan un video para ver la calle, para ver el movimiento del lugar, para ver el color de esa parte del hospital.
Siempre estoy buscando maneras de ver. Es triste, es una tragedia, no debería estar haciendo eso para reportear. Deberíamos tener un país que nos abra las puertas a los cubanos, a sus cubanos.
Cuba hoy está pasando por una de sus mayores crisis, un país donde la prensa extranjera está yendo a La Habana a contar la realidad. Los únicos que no estamos allí somos los periodistas cubanos independientes.
¿Por qué somos un país tan poco de los cubanos y tanto de los demás?
El Estornudo nos ha permitido ser o seguir siendo periodistas. No es fácil emigrar, llegar al exilio y seguir en tu profesión. El periodismo independiente es un espacio precario, nadie vive con lo que gana en un medio independiente. A veces terminas una nota y tienes que ir a poner tragos a un bar, o a hacer Uber. Se hacen mil murumacas para seguir.
Muchas veces me han dado ganas de decir: “renuncio, ya no quiero más”. Porque también te ganas muchas miserias de una comunidad que exige mucho de ti. Pero cuando he sentido esas ganas de renunciar siempre pienso en Cuba y en lo que pasaría no solo si se pierde El Estornudo, sino con cada medio independiente que desaparezca.
¿Cuán huérfanos estaríamos como pueblo si todos esos medios independientes no nos hubiesen estado acompañando en todos estos años que han sido tan decisivos en un país como el nuestro?
24 de diciembre de 2025, en Homestead, Carla nos invita a pasar la Noche Buena. Hay puerco asado, arroz congrí, tostones, quesos, vinos y cervezas. Se habla, se gesticula, hay música, es una fiesta. Todo el tiempo Carla recibe llamadas, se va al balcón y abre su laptop, escribe. Regresa a la fiesta, vuelve a la laptop. Así todo el tiempo.
Su capacidad de trabajo es superior. A veces nos reímos y decimos, “Carla ahora mismo está haciendo tres reportajes para El País, dos para El Estornudo, revisando unas notas, editando seis textos, entrevistando a las madres de los presos políticos, terminando un paper para la universidad y yendo al gimnasio”.
Y no es burla. Es admiración. Es envidia.
Hoy que formo parte de un medio global como El País no renuncio a la prensa independiente. Una de mis premisas cuando me contrataron fue justo esa: yo no voy a renunciar a la prensa independiente cubana.
Mi identidad como periodista está construida sobre la idea y sobre la verdad de ser una periodista independiente cubana. Es una deuda con gente específica que a veces los medios olvidan. Una deuda con los presos políticos, con los emigrantes, con la gente de a pie. No es un discurso, yo lo vivo. Esa gente específica que son mis fuentes también son mis amigos, son personas que quiero tener cerca, con las que me gusta estar.
Si tuviera que definirme, si tuviera que responder qué tipo de periodista soy, diría que ante todo soy una periodista independiente. No es únicamente trabajar en un medio independiente, es una forma de acercarte al hecho, a la gente, es una manera de ser aun en medio de todo lo que es la institución prensa, tan devastadora que te puede aniquilar también como periodista.
Desde su trabajo en El País, Carla ha reflejado la vida de los emigrantes y su realidad más dura. No es algo nuevo en ella. Su interés por la vida del emigrado, por relatar un espacio minorizado y víctima de discriminación y exclusión viene de antes de la ola represiva contra los emigrantes en los Estados Unidos bajo la segunda administración de Donald Trump.
Sus reportajes, crónicas y entrevistas relatan la realidad del emigrante en una forma que recuerda mucho el papel del periodismo. La realidad no necesita ni arengas ni adjetivos, es suficiente con contarla.
El tema de la emigración llega a mí por ciertas cosas que habían quedado rezagadas en mi carrera profesional. Yo no empecé a cubrir la emigración cuando llegué a Estados Unidos, o cuando Trump volvió al poder y empezó esta ola de deportaciones. Yo empecé a tener esa necesidad de buscarnos a nosotros fuera de Cuba el día en el que yo también me fui.
Hubo un tiempo en el que los periodistas cubanos no contaban sino estaban dentro de Cuba. Incluso hoy es así. Quienes importan son los que puedan estar allí, en la Isla, que son al final a los que el régimen permite. Los que nos fuimos dejamos de existir. Yo lo sufrí.
Como no estaba en Cuba, mi voz fue (no es “anulada” la palabra) quizás excluida. No me invitaban a talleres ni a conferencias, apenas contaba. Pero como tengo una deuda con mi país y con mi profesión, me dije: no voy a dejar de ser una periodista cubana por no residir en Cuba, no voy a dejar de contar la historia de los cubanos.
Y me fui a Holanda. Hubo un éxodo importante de cubanos que tomaban un avión de La Habana a Moscú aprovechando el libre visado, hacían una escala en Holanda y allí se quedaban. Muchísimos cubanos terminaron en campos de refugiados y los visité. También me fui a Serbia y me dije: hay algo aquí que me fascina, algo especial con lo que yo conecto, algo que me dice “por aquí es por dónde quiero ir”.
Luego vino el ingreso de cubanos por la frontera y también fui. Busqué a los emigrantes donde quiera que estuvieran, para intentar traducir lo que nos estaba pasando como pueblo. Desde allí empieza mi interés en cubrir la comunidad diaspórica. Es raro, porque viene de la exclusión de la que hablaba: ya tú no estás en Cuba, ya no cuentas, ya tú no eres una periodista cubana, y eso lo he tomado como impulso para que sepan que sí, soy una periodista cubana y esto es lo que voy a seguir haciendo.
También hace poco más de un año hice un Máster de Periodismo bilingüe en la City University of New York (CUNY), una universidad pública de la ciudad de Nueva York. A través de dicho máster empecé a encontrarme con una comunidad acá, no solo cubana, también venezolana, ecuatoriana, puertorriqueña, una comunidad donde me estaba encontrando yo misma otra vez, ya no como cubana sino como latina, emigrante, como persona llegando a este país sin apenas saber inglés.
En esa maestría descubro un submundo que existe en Nueva York, pero que también encuentras en todo Estados Unidos. Un submundo de gente que no son blancas, que no hablan inglés, de personas que muchas veces están viviendo en los márgenes. Eso me atrajo profundamente.
En los Estados Unidos básicamente todo lo que importa, para el periodismo, es lo que pasa aquí. Todo lo que importa es lo que se publica en inglés y, después de más de cinco años haciendo periodismo en este país, siento que mi carrera solo tiene dos. El periodismo que estoy haciendo aquí me ha costado tremendamente, porque tienes que probarte una y otra vez ante los dueños de medios, ante los recruiters, ante todo el mundo.
He sufrido ese desdén. Fue duro reconocerlo, pero no saben lo que es El Estornudo, no les importa. No saben de Cuba, no les importan los medios en español donde publiqué. Hay un pasado tuyo que se borra ante tus ojos y te tienes que reconstruir aquí.
Hubo un momento en el que sufrí de ansiedad. En CUNY, a todos los alumnos les llegaban super oportunidades para medios importantes, el New York Times, por ejemplo, oportunidades para todos menos para mí. Estaba totalmente en desventaja comparada con ellos.
Empecé a llorar, llamé a mi pareja y, cuando le conté lo que me pasaba, me dijo: “Sal de ahí, tú no eres eso”.
Recogí mis cosas y me fui. Tuve que recordarme quién soy y de dónde vine. Necesitaba un momento de introspección. Ese día, mientras mis colegas de clase estaban en el aula, mi papá estaba cruzando la frontera.
Entramos en La Ermita una vez más. Carla quería aprovechar el viaje y conversar con algunas personas, ya dije, no para de trabajar.
Una monja estaba sentada en la última fila, justo al borde del pasillo que lleva al altar. Carla le preguntó si había notado más presencia de cubanos en los últimos meses. La monja le dijo que no podía contestar dentro del templo.
En la tienda de La Ermita vimos las obras de Ninoska Pérez Castellón, los relicarios, un merchandising que respiraba Cuba por todas partes. Le compré un rosario de pétalos de rosa.
Salimos por la puerta del Santísimo y Carla se detuvo ante el lugar donde la Virgen recibe las ofrendas. Una señora, vestida con un scrub de enfermera, encendía unas velas y Carla le preguntó si era cubana. La entrevistó allí mismo. Luego se acercó a una pareja de cubanos que contemplaban el mar y también habló con ellos. Les preguntó sobre Cuba, cómo valoraban las medidas de Trump. La señora se despidió con un “nos vemos en Cuba libre”.
El periodismo que hago no es para complacer o no a una parte de nuestra comunidad. El Estornudo nunca ha complacido a una parte del exilio que nos ha convertido en blanco de muchas críticas. Nos tildan de izquierdosos, incluso de comunistas. También lo hacen con mi periodismo. Es algo que ya reconocemos y con lo que sabemos lidiar. No tengo un interés específico por cómo o dónde me ubiquen.
La gente que está jodida en medio de la situación actual es mi único interés, mi única religión.
Vengo haciendo periodismo desde hace más de diez años, periodismo cubano fundamentalmente y ahora, cuando toda la prensa está girada hacia Cuba, cuando todos los grandes medios están sacando editoriales, buenos reportajes y crónicas hablando sobre Cuba, he sentido la necesidad de callarme.
Necesito mirar de manera reposada, porque todavía no entiendo lo que está pasando. Necesito pensar lo que tengo que decir y cómo decirlo. Lo que estamos viviendo va mucho más allá de denunciar los apagones, de documentar el hambre o de retratar los hospitales destrozados. La realidad de Cuba exige más que ponerle un micrófono a alguien para que hable. Más que nombrar todo eso, quiero traducirlo. Y eso no lo puedo hacer hoy.
La periodista que quiero ser todavía está buscando cómo se traduce la falta de luz, cómo se traduce el hambre. Lo que quiero es relatar el alma carcomida de toda esa indigencia a la que nos han llevado como pueblo.



















