Sylvia Iriondo: “Sí, Castro mató a ciudadanos norteamericanos”


Sylvia Iriondo.



Sylvia Iriondo nació en Cuba y, como millones de cubanos cuya vida coincidió con el triunfo o el establecimiento de la Revolución socialista, debió encontrar una patria de repuesto. 

Poco después de la toma de poder de Castro, salió al exilio junto a su familia y llegó a Estados Unidos. Desde joven se involucró en ayudar a refugiados de la Isla en el International Rescue Committee y el Cuban Refugee Aid Program. Luego lo hizo con Hermanos al Rescate (HAR), una experiencia que cambiaría su vida por siempre.

HAR volaba avionetas sobre el Estrecho de la Florida, buscando a cubanos que salían en pequeños botes o en barcas caseras, hechas con casi cualquier material flotante, y alertando a la Guardia Costera de los Estados Unidos para rescatarlos. 

El 24 de febrero de 1996 Iriondo fue uno de los ocho activistas de HAR que salieron en tres avionetas en una misión rutinaria desde Florida. No sabían que, a la vez, de la Isla despegaban dos aviones de combate soviéticos MiG, con orden de asesinarlos. 

En el espacio aéreo internacional, misiles aire-aire impactaron dos Cessna 337 de HAR, despedazando en el acto a Mario Manuel de la Peña (24 años), Carlos Costa (29 años), Pablo Morales (29 años) y Armando Alejandre (45 años), tres de ellos ciudadanos americanos. 

La tercera avioneta estuvo en la mira del MiG del piloto Luis Raúl González-Pardo. Iriondo iba allí junto a su esposo Andrés, además de José Basulto y Arnaldo Iglesias. Oculta entre las pocas nubes de ese día, llegó al espacio aéreo estadounidense y aterrizó en Opa-Locka.

Sobrevivir aquella fecha oscura marcó un antes y un después para Iriondo y la comunidad exiliada cubana en los Estados Unidos. Siguió haciendo activismo por la democracia en la Isla, al frente de Madres y Mujeres Anti-Represión (MAR); junto a familias y amigos de los asesinados recordó año tras año la voladura de las avionetas de HAR. Hasta que en 2024 una noticia rompió su rutina: el piloto González-Pardo estaba en los Estados Unidos.

La movilización de políticos, medios y organizaciones cubanoamericanas tradujeron la indignación de la comunidad exiliada en una detención del ex militar bajo el cargo de mentir a las autoridades migratorias estadounidenses sobre sus nexos con el régimen. 

Rumbo a los 30 años de la masacre, mientras González-Pardo espera juicio, Iriondo medita en su sobrevida y en las vidas truncadas entre las nubes y el mar aquel 24 de febrero de 1996.

¿Cuándo y cómo se involucró en Hermanos al Rescate (HAR)? ¿Qué tipo de acciones acometía la organización?

HAR fue fundada por el exiliado cubano José Basulto, en 1991. Contaba con pilotos de varias nacionalidades y voluntarios que eran parte de la tripulación, surcando el Estrecho de la Florida para encontrar hombres, mujeres y niños cubanos que escapaban la isla-cárcel en balsas y objetos flotantes, desesperadamente en busca de libertad. Muchos de ellos perecían en el intento. 

Desde su fundación, la organización llevó a cabo alrededor de 2000 vuelos humanitarios que salvaron más de 5000 vidas. 

Durante un tiempo, MAR, la organización que fundamos varias mujeres exiliadas en 1994 para denunciar las violaciones a los derechos humanos en la Isla, había estado ayudando a HAR proveyendo apoyo humanitario y abastecimientos básicos a refugiados cubanos. 

Los cubanos que intentaban escapar de la isla-prisión en busca de libertad eran frecuentemente interceptados en aguas de las Bahamas. Acababan internados en el Centro de Detención Carmichael, Nassau. Sus necesidades eran grandes, estaban desesperados. 

Voluntarias de MAR se turnaban para acompañar a HAR en los vuelos humanitarios semanales.

Basulto, ante Naciones Unidas, subrayó que las avionetas habitualmente se identificaban con el radar cubano. Pero, “mientras volaban en aguas internacionales, dos de las aeronaves fueron derribadas por MIG cubanos (…), un asesinato brutal cometido sin previo aviso y a plena luz del día”. ¿Qué recuerda de aquel día?

Las tres avionetas despegaron, una detrás de la otra, del hangar de HAR en Opa-Locka, Florida, entre las 1:15 y las 1:30 de la tarde.

Yo estaba junto a mi esposo. Aquel era mi primer vuelo humanitario de búsqueda y rescate. Me entusiasmaba la posibilidad de ayudar a salvar una vida. Iba concentrada en escudriñar el mar con la esperanza de localizar esa diminuta marca en el agua que podría ser una frágil balsa con cubanos en una peligrosa situación, necesitados de auxilio. 

En el horizonte, veía siluetas familiares a la Isla de Cuba, esas que habían sido una vez el paisaje de mi vida. Las había visto dos años antes, cuando varios exiliados participamos en la flotilla de embarcaciones del Movimiento Democracia, en protesta por la masacre castrista contra el remolcador 13 de Marzo, que cobró decenas de vidas, entre ellas las de 10 niños y un bebé de meses. 

El día del 24 de febrero de 1996 era precioso. El mar era de un azul transparente y estaba en calma. Había pocas nubes en el cielo, el sol brillaba radiante. 

De repente, vi una sombra pasar frente a nuestra avioneta a vertiginosa velocidad. Entonces otra. Vi lo que parecía ser como una luz de bengala y una pequeña línea de humo a lo lejos. 

Basulto dijo: “¡nos van a tirar!”. A lo que yo respondí, incrédula: “¡¿que nos van a tirar…?!” 

Inmediatamente perdimos la comunicación con la avioneta piloteada por Carlos Costa, con Pablo Morales a bordo. Basulto y Mario Manuel de la Peña, pilotando las otras dos avionetas, trataron de establecer contacto, sin lograrlo. Eran las 3:21 de la tarde.

Entonces vi una segunda cortina de humo, esta vez más ancha, y vi lo que parecían ser llamas. Eran las 3:27 de la tarde. Perdimos comunicación con la avioneta piloteada por Mario Manuel, con Armando Alejandre a bordo. 

A pesar de repetidos intentos de Basulto y Arnaldo Iglesias por establecer comunicación, no hubo respuesta. Silencio absoluto. 

Mientras buscaba mi rosario en la cartera, tomé la mano de mi esposo, a mi lado, y comencé a orar. En lo que debieron haber sido segundos o minutos, mi vida se proyectó ante mí. 

En mi mente le dije adiós a mi madre, a mis hijos, a mi familia, a mis seres queridos. Me despedí de todos. El silencio era ensordecedor. Recuerdo haber pensado que a lo mejor era el silencio de la muerte y que seguramente estábamos ya muertos.

Luego supe que el silencio se debía a que los auriculares que usábamos en la avioneta habían sido desactivados. ¡Todo pasó tan rápido!

¿Hubo alguna repercusión psicológica para usted o su esposo después de experimentar aquella persecución aérea?

Desde aquel día, mi esposo (hasta el momento de su fallecimiento el 16 de agosto del 2009) y yo, hasta hoy, revivimos una y mil veces los desgarradores eventos de aquel sábado de 1996. He vuelto a ver, una y mil veces, cortinas de humo a lo lejos en el horizonte, donde el cielo y el mar se encuentran. Es como un abrazo de dolor. 

El desgarrador silencio, la oración de mi alma al presentir una muerte inminente. Todo eso lo rememoro. Y hasta he añorado un desenlace distinto.

Han pasado treinta años y todavía escucho las voces de Carlos, Armando, Mario Manuel y Pablo, compartiendo su alegría como pilotos y voluntarios de HAR en la noble misión de salvar vidas, minutos antes de ser pulverizados en el aire. 

“¡Le dimos, cojones!”. Ese fue el grito de júbilo de los pilotos castristas cuando derribaron las dos avionetas de HAR. ¿Ha escuchado ese audio alguna vez? ¿Qué le viene a la mente?

El desprecio por la vida humana. Eso pienso al escuchar esas groseras exclamaciones, las voces de júbilo de los pilotos de la Fuerza Aérea castrista mientras derribaban, bajo órdenes de Fidel y Raúl Castro, avionetas indefensas, civiles y desarmadas. 

Los hombres de HAR tenían la única misión de salvar vidas de cubanos que escapaban desesperadamente la isla-cárcel.

¿Cómo recuerda, humanamente, a cada uno de ellos?

Pablo servía como tripulante voluntario, escudriñando el mar, buscando cubanos desorientados, insolados, deshidratados, a merced del mal tiempo, acechados por tiburones en alta mar. Lo conocí aquel mismo 24 de febrero. 

Me contó en el hangar lo orgullosa que estaba su madre en Cuba, Eva Barbas, de que él fuera parte de la organización. ¡Él mismo había sido un balsero rescatado por HAR! Me contó que, estando en el mar pensó que moriría, pero HAR divisó la balsa, notificó al Servicio de Guardacostas, y les hizo llegar agua y alimentos a él y a otros tripulantes. Pablito elevó una plegaria y prometió a Dios que, si llegaba vivo a tierras de libertad, haría por otros cubanos lo que HAR había hecho por él. Murió cumpliendo su promesa a Dios.

Carlos y Mario Manuel eran parte intrínseca de HAR, como pilotos voluntarios. Tenían cientos de vuelos de rescate y salvamento de vidas. Carlos no descansaba, iba de un lado a otro en el hangar de la organización, repasando todos los detalles necesarios para los vuelos. Mario Manuel era un muchacho lleno de ideales y de deseos de servir al prójimo. 

Armando estaba en su primer vuelo de rescate de balseros en el Estrecho de la Florida, como voluntario. Él y yo habíamos volado anteriormente con HAR a la Base Carmichael, Nassau, para llevar insumos de primera necesidad a cubanos interceptados en alta mar. Armando fue un gran amigo. Era un patriota que, repetía, soñaba día y noche con la libertad de Cuba. Sirvió en dos giras voluntarias en el Ejército Americano en Vietnam. 

Los cuatro amaban a los Estados Unidos. Tres de ellos eran ciudadanos norteamericanos; uno de ellos, un Residente Permanente. Sí, Castro mató a ciudadanos norteamericanos. 

Fue un crimen de lesa humanidad. Eran jóvenes llenos de sueños e ideales, representaban lo mejor de sus generaciones. Sus vidas fueron arrancadas por el odio y la maldad del castrismo. Sus familias sufren el dolor de la ausencia y aún esperan porque se haga justicia. 

¿Qué sintió al saber que uno de los pilotos participantes en la operación contra HAR, que apuntó contra la avioneta N2506 en la que usted y su esposo volaban en 1996, el teniente coronel González-Pardo, estaba en los Estados Unidos?

Es una bofetada a la memoria de las víctimas del crimen del 24 de febrero de 1996 y a sus familias, que a las tres décadas de la masacre aún claman justicia. 

Al mismo tiempo, como parte de una comunidad cubanoamericana que ha sufrido en carne propia la naturaleza criminal de la tiranía castrista, me siento altamente preocupada sobre el endeble proceso de verificación y escrutinio que hizo posible la entrada de González-Pardo a este país. 

Como denunciamos en su momento, aunque González-Pardo no llegó a apretar el gatillo, sí desempeñó un rol clave como parte de la operación del régimen castrista que resultó en la masacre de tres ciudadanos americanos y un residente legal.

En septiembre de 2024, usted y dos sobrevivientes alertaron, en carta al Secretario de Estado Anthony Blinken, sobre la presencia del ex piloto en Estados Unidos. “Es probable que, al entrevistársele en Cuba, González-Pardo omitió detalles clave sobre su participación en el ataque o proporcionó información falsa”, escribieron. ¿Respondió la administración Biden?

Nunca.

De otro lado, varios políticos del sur de Florida, como los congresistas Mario Díaz-Balart y Carlos Giménez aplaudieron la detención de González-Pardo bajo la administración Trump, el pasado mes de noviembre. ¿Qué expectativas tiene respecto al juicio por venir?

Simplemente, que prevalezca la justicia. Porque hasta ahora la justicia ha eludido, por mucho tiempo, a las víctimas. Y ha premiado a sus victimarios.