Disfrazada de ministra

No se imaginaba la ministra que aquella del domingo iba a ser su última fiesta: una recepción ordinaria.

Casi estuvo a punto de declinar la invitación, como otros años, pero no, esta vez no mandaría excusas por teléfono con la secretaria, ni cedería la invitación a cualquiera de sus viceministros, locos todos por ocupar su lugar, aunque solo fuera para una fiesta de disfraces donde más que ponerse, se quitarían las máscaras.

Este año se sentía más segura, empoderada en sus funciones de ministra cuasi vitalicia que, por resistir, había resistido hasta una pandemia. Y los horribles eternos apagones en todo el país, desde hacía más de un año. Y, lo peor: la partida de su único hijo, en la ola migratoria más fuerte de la historia, que también le había dado quehacer, reestructurando puestos laborales con menos salarios, dada la crisis demográfica y ocupacional. Además del tema de los miles de presos “no políticos” que llenaban las cárceles, alterando las cifras de empleos pasivos y penitenciarios…

Ya nada podría sacarla de su cargo. Al día siguiente, tendría nuevamente otra de aquellas tediosas asambleas del Parlamento, televisadas para el pueblo, supervisadas por la cúpula, donde debería ineludiblemente exponer su trabajo del semestre anterior y proponer soluciones para el semestre entrante. Soluciones para algo que ya todos sabían que solo tenía una solución.

Total, su presentación cada año era lo mismo con lo mismo: copia y pega, súmale acá unas cifras, réstale otras por allá, que la gente tampoco es bruta y hay que justificar el desbalance demográfico. Prepara la tabla en Excel bien bonita, que la va a ver toda la Asamblea y el país, si tienen luz…

Este año les traía una sorpresa en el PowerPoint, un concepto clave. Peor lo tendrán en sus comisiones el ministro de Energía y Minas, con la cara más oscura de la crisis. Y el de Economía, sustituto del defenestrado…

Y su hijo, lejos. Lo único que de verdad le importaba en la vida, viviendo en la Ciudad Mágica en busca de mejor futuro. Al menos tuvo valor para marcharse de este asco.

Sí, esta vez no delegaría en sus funciones. Le vendría bien desconectar un rato. Así que la ministra fue a la fiesta, hoy podemos decir que disfrazada de ministra.

Llegó a las seis, puntual, como le enseñaron sus atildados maestros en las clases de la escuela del Partido. Vestida con el código formal, como era expreso en la invitación. Es decir, escogió del ropero uno de sus trajes de saya y chaqueta de color entero (sería muy obvia si llevara uno a cuadros), zapatos de tacón ancho, acordes con sus 64 años, más un impecable peinado, y esperó la larga fila de embajadores y señoras que llegaban en sus autos y tenían prioridad.

Se bajó del suyo, uno de la era soviética, pero un carro, al fin y al cabo. Entró a la residencia magnífica flanqueada de laureles, de estilo veneciano. Saludó en la puerta al embajador. Tomó la copa del coctel de bienvenida, que no podía ser otra que un tinto de Borgoña. 

Esperó el toque de los himnos y, como siempre, discreta como le habían enseñado, sin que mucha gente la notara, vagó por el vasto y concurrido jardín, copa en mano, tomando algún que otro canapé de patisserie française, observando las manos de los invitados que se deslizaban sobre las bandejas, admirando el corte y color de las uñas, la tersura de las pieles, la sencillez o glamour de los anillos, analizando en cada uno de ellos donde estaría su disfraz. Porque, para la ministra de Trabajo y Seguridad Social en Cuba, la vida se resumía a eso: una fiesta de disfraces.

Por eso, aquella recepción fue el detonante. De no haber asistido, tal vez no se habría equivocado el lunes en su presentación. El subconsciente le jugó una mala pasada. Las manos, las malditas manos…

Pero lo principal fue la dichosa filmación. Si no fuera por eso, todo se habría quedado allí. En otros tiempos, le habrían echado tierra al tema, como era habitual en las extensas reuniones donde cada quien decía lo que los demás querían oír. Así había sido entrenada y por eso había escalado hasta la cima de su ministerio. 

Al fin y al cabo, no sería la primera vez que se reflejaran ciertas opiniones en las reuniones del consejo de ministros. Ninguno tenía el arrojo suficiente de salirle al paso a un compañero militante, designado por sus innegables concesiones, leal al Partido, siempre leal. Incluso en la Asamblea, al final de su presentación, todos la aplaudieron como siempre.

Por eso fue la primera y mayor sorprendida cuando la llamaron para ponerle aquella grabación, que no solo había salido en la televisión nacional, sino por supuesto, tenía millones de vistas en YouTube. ¡Y Facebook! 

Titulares en los noticieros, con cifras y todo. Y eufemismos. Y conceptos. Su proyecto de crear por todo el país centros para “deambulantes”, su idea tan genial.

La sentaron, para que se viera por última vez ella misma sentada en un estrado, hablando con ese tono que solo se adquiere cuando se lleva varios años de ministra, mirando desde el interior del cristal a los muchos que no tienen luz, que no tienen casa, que lo más cerca que están de un carro es al limpiar sus parabrisas en los semáforos, que ni siquiera han visto un maldito canapé de patisserie en su vida y que tienen que buscar lo que sea en pululantes basureros para intentar comer algo esa noche, ese día. Cada día. 

Un mendrugo de pan, cualquier trozo fruta. Con suerte, algún resto de carne en descomposición que ni los perros…

Buzos sin agua, como se les llama por acá. O simplemente buzos, todos sabemos a quiénes se refiere. 

Antes, había uno o dos por cada municipio, pero fueron aumentando. Sobre todo, estos últimos años después de la pandemia y el “ordenamiento económico”, del cual también es responsable la ministra, no nos engañemos. Ahora, los encontramos por decenas. 

Flacos, demacrados, no solo en los basureros que les dieron nombre o en las puertas de las iglesias, donde siempre esperaban estirando las manos, sino en los semáforos, limpiando parabrisas, merodeando sin dientes alrededor de los negocios, cafeterías, lugares de comida rápida, paraderos de guaguas.

Siempre afuera, estirando la mano, “molestando” para que les dejemos algo, unos centavos al cambio, o les compremos cualquier cosa: un pan, una pizza…

Algunos, como la ministra, niegan que esa gente exista. Al menos hasta ayer, según sus propias y ministeriales palabras: “los buzos están en el agua” y “en Cuba no hay mendigos”. Son “patrones que nos tratan de imponer”. 

Por eso, su genial definición ayer en el Parlamento ha sido “deambulantes” que están “disfrazados de mendigos”. Sin darse cuenta, ha develado ante millones de espectadores la aporofobia institucional, su superioridad y su escrutinio.

Sí, no ha dicho nada diferente de lo que muchos piensan (y también muchos de nosotros: no nos dejemos engañar). Es lo que otros hablan por ahí y nadie los critica. Después de todo, fuimos educados para creer que estamos construyendo una sociedad justa donde no hay cabida para antisociales, delincuentes, ni mendigos.

La ministra había dicho: “Hemos visto gente en la calle limpiando parabrisas. No, eso no es un deambulante. Es una persona que ha buscado un modo de vida fácil en un semáforo limpiando el parabrisas y, seguramente, después con ese dinero se va a tomar bebidas alcohólicas en la esquina”. 

Reconozcámoslo: muchos hemos pensado igual alguna que otra vez (lo de la bebida), solo que, en su afán de defender su nuevo concepto (lo que ella había creído que sería lo mejor de su presentación), generalizó, los llamó disfrazados a todos. 

Ahí estuvo su error. Como si la miseria se pudiera maquillar. Como si esos pobres diablos tuvieran un ropero lleno de trajes para cada semáforo, para cada calle, para cada basurero. 

Mire bien, señora ministra, póngase los espejuelos. No son limpiadores de parabrisas disfrazados de mendigos, sino al revés.

Ella tampoco calculó los cientos de miles de reacciones en redes sociales. Eso antes no existía. Eran otros tiempos. Ese discurso no lo inventó ella. ¿Quién dijo “doscientos millones de niños duermen en las calles: ninguno es cubano”? Para eso se hizo la Revolución, cuando ella apenas un par de añitos. Negarlo es negar los logros de mi país, del cual, como siempre digo en Twitter, yo estoy orgullosa.

Si pudiera (si tuviera el don de volver el tiempo atrás), hubiera enunciado mejor la respuesta hecha falacia universal: estos deambulantes son producto, son otra consecuencia del bloqueo norteamericano. 

Seguro los aplausos le durarían hasta ahora. Pero no, no se le ocurrió. Estaba tan orgullosa de su nuevo concepto y de la clasificación apoyada en Psiquiatría, que no vio venir su error. Hasta el momento de su presentación el patrón había sido siempre el mismo. Además, reconocer la existencia de aquellos emergentes hubiera sido de todos modos un suicidio, porque sabe muy bien (ella, que con su inteligencia ha llegado hasta ese cargo) que hay buena responsabilidad por ellos en sus manos y en su ministerio.

Entonces, disciplinada como siempre fue, ante la llamada de la plana mayor, dicen que mantuvo su temple, bajó la cabeza y “reconoció sus errores”.

¿Cómo se te ocurre decir que andan disfrazados?

¿Les miras las manos a esos pordioseros?

¿Acaso puedes ver las manos a través de los cristales oscuros arriba?

¿Es que el papel calobar te deja escudriñar el negro de las uñas?

¿Te cayó mal el vino de la recepción?

¿No te diste cuenta de que estabas embarcando a todos?

Me cuentan que aullaron los demás ministros. Dicen que le entregaron a la ministra una memoria flash con su parte de la grabación, para que no se olvidara de aquella tarde, de aquel día. Ella lo rechazó: “No hace falta, todo está en internet…”

Pero te quedará como recuerdo de tu tarde.

Esa fue su verdadera despedida.

La peor parte es cuando se escuchó otra vez a sí misma decir, ahora que ya se acabó el show y todavía no vienen los aplausos del final, que “estas personas están recuperando materia prima y lo que son, son ilegales del trabajo por cuenta propia que están violando el fisco porque ejercen una actividad económica por la cual no están ingresando nada”.

Así que violando el fisco… ¡Es el colmo! 

¿Acaso creías en serio que la gente se enriquece revolviendo basura? ¿O pretendías cobrarle de paso un impuesto a la pobreza? ¿Hasta dónde llega tu cinismo? Mira a tu alrededor: deambulantes por donde quiera, no solo en los malditos basureros…

¿Por qué siguen allí? ¿Quiénes son los verdaderos responsables de que a esta ciudad la arrasen olas y olas de basura?

Yo escuché parte de esa grabación y todavía más, algo que probablemente la gente insultada no oyó, porque era demasiado. No atiné a leer todos los comentarios: “Si nosotros no sabemos cómo ejercer los servicios de cuidado, podemos inclusive generar, inducir, una discapacidad”. 

¿Qué quisiste decir? ¿Que las personas generan, crean, fabrican a propósito una discapacidad en su querido familiar, solo para irse a cobrar la pensión de asistencia social que paga tu –ya no más- miserable ministerio?

Nada, ahora solo te queda un camino. Ve a cambiarte ese traje por otro más cómodo y, de paso, búscate un sombrero, que afuera del carrito soviético el sol está fuerte.

No se sabe con certeza cómo reaccionaron los demás ministros, pues cualquiera podría ser el próximo “liberado de su cargo”. Acaso el de Transporte se apiadó. 

Dicen que la vieron salir a pie, toda gris, deambulando entre los disfrazados de colores.






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