Los ignaros

Los ignaros persiguen la esperanza,
embotellan la alegría en botellas de licor,
pedacitos del Edén encharcados en whisky.
Esa es su alegría.

Los ignaros se acribillan, se arrancan la piel,
deshuesan sus entrañas, predican
fúnebres y convulsos carcajeos.

Los ignaros persiguen el material absurdo,
el lujo encabritado.
Colmo de la ignominia.

Enredan ideas con principios, joyas con alegría,
viajes: síntesis del espíritu célebre.
Creen, absurdos soñadores,
extractar la vida entre cuatro paredes.

Tormento.

Se revierten unos sobre los otros,
en su risa temible,
en su sueño vacío.

Gritan con la voz en alto
para acallar la vacía mente,
promulgando legados
y sentencias absurdas.

El más sensato sueño de los pocos sabios
se cuela entre las paredes blancas;
hay espinas en los barrotes dorados.

No replica sin sentido,
se niega,
cansado,
a reproducir la misma
insana carcajada.

El más sensato sueño de hoy
es rogar la muerte.

Salir corriendo.
Arder alto.
Callar el chirrido.

Buscar la oscura paz
y el cese de tantísimo dolor.

No puede el infierno ser peor que esta realidad.
No puede el hipotético otro mundo suponer mayor daño,
ni ha de existir en el averno una criatura peor
que el hombre.

Más insana,
mediocre
y podrida.

Yo no quiero más gritos absurdos
ni silencios desgarrantes,
no quiero ruido de paletas
ni amenaza de misiles.

No quiero injusticias que omitir
ni motivos para luchar,
no quiero la ansiedad
de no ser ni hacer suficiente.

No quiero pensar en los niños
que se mueren de hambre,
ni más debate ideológico,
ni doctrinas con base.

Yo quiero que, si va a doler,
me arranquen la médula.

Que, si va a arder,
corten tan profundo
que agonice.

Que duelan tanto el cuerpo, la piel,
que tan hondo me perfore el cansancio
que ya no quede voz en mi mente
para rogar silencios,
para pensar en lo que no quiero pensar,
para odiarme por descansar
en la tortura de otros.

No quiero más feminismo contra machismo,
ni los gritos mudos
de una criatura no nata
en tribuna.

No quiero pensar en los puntos cardinales,
más izquierda que derecha.

No quiero que la gente sufra.
Que la gente se muera.

No quiero hablar de América,
ni escuchar política en cada esquina.

No quiero ver más mujeres con pañuelo,
ni niñas
ni niños abusados.

No quiero pensar en que el feminismo avasalla
y un grupo le necesita.

No quiero más de este circo ambulante,
con cadenas doradas
y aliento vegano.

No quiero más caricias frías en la pantalla,
ni miedo al futuro
que ya es presente.

No quiero que la gente se muera
ni los niños lloren,
que falten las medicinas,
que tuerzan tanto la verdad
y que sea tan difícil callarse
y poderse morir.

Pero lo que menos quiero
es abrir la cortina
y ver los números:

la hambruna,
el maltrato,
la precariedad
colgados sobre una mata.

La gente ignara
luchando por el mendrugo
de pan bordado en oro,
rugiendo contra la gente ave,
los perros humanos,
contra uno
que hace metamorfosis.

No quiero abrir la puerta de mi casa,
mirar más allá de esta reja blanca
y encontrar gente que grita
si los hombres merecen flores
o si son pocas
las palabras de la RAE.

No quiero que la gente sepa
los mil colores de una bandera
y no sepa denunciar una dictadura.

Quiero niñas libres,
pero no quiero injustas.

¿Qué pasaría con los niños?

No quiero que se juzguen portadas
sin conocer historias,
ni que se denuncie
por el gozo de tener voz.

Porque no hay voz.

Me aterran el futuro
y el infierno
de esta realidad.

Quiero que me arranquen
cada segundo que me quede,
arder,
quemarme,
verme la piel negra
caída a trozos.

Que duela.
Que duela alto.

Que se callen las voces,
la impotencia.

Colgarle un lazo a mi corazón,
que no se parta ya más
contra el pecho espinado.

Dormir
sin los gritos de fondo.

Mientras los ignaros,
ingratos y felices,
persiguen la esperanza,
los pocos lúcidos
rogamos al cielo
el bendito día
de llegar al infierno.