Mula

Las manos se habitúan a la acción de pesar. No importa si se trata de la simple jaba con el pan de la esquina o de las frutas de la calle que te han metido en una discreta bolsa negra: la sopesas. Mecánicamente buscas su masa, la juzgas en silencio, controlas el impulso de  compararla con artículos semejantes, porque esta vez no viene al caso que tenga competencia. Pero te gana siempre la pulsión del convite, porque en Haití se trata siempre de la levedad de las cosas, porque allí todo se resuelve en kilogramos. 

Alrededor del año 2015, un cubano despierto que hubiera reunido unos cuatro o cinco mil dólares podía elegir entre algunas opciones de comercio internacional disponibles gracias a la eliminación del Permiso de salida, por una parte, y a la ineficiencia del Estado surtidor de tiendas, por la otra.  Estaban Panamá, México, Ecuador, Rusia, Guyana (estos tres últimos sin necesidad de visado); destinos de dónde se podían extraer todo tipo de productos baratos para ingresarlos disimuladamente a la isla y venderlos en el bien surtido mercado informal. La competencia con el Gran Poseedor de Todas las Tiendas y el Comercio, no sería fácil. El Estado compraba barato también en el extranjero y vendía mal y muy caro en la isla. De modo que para mantener esta horrible conducta  comercial prohibía cualquier rivalidad, por muy insignificante que pareciera, incluidas las mulas.

Las mulas pertenecen a la categoría de comerciantes muy chicos, que cuentan solo con las ventajas de su boleto de avión y, en pocas ocasiones, con el permiso de una muy limitada importación por barco —siempre y cuando hubieran viajado al país emisor del producto ellas mismas— que no da mucho negocio. Una mula muy aventajada, que planifica viajes todos los meses a varios países, dependerá siempre de lo que pueda cargar a sus espaldas. Aun así, el Estado vigila:

Con el afán de vencerlas, la administración ha creado leyes aduanales que llama “Límite para la determinación del carácter comercial a las importaciones que realizan las personas naturales por cualquier vía” y deciden cuántos objetos de cada especie puede introducir un pasajero en la isla para que no sea considerado un comerciante (es decir, una mula). Las cantidades, descritas con minuciosidad, llegan al ridículo de proscribir más allá de dos memorias flash, cinco pares de tenis o calzado deportivo, tres linternas, una alarma contra intrusos, etc.

Si un aduanero te “marca” el equipaje en el aeropuerto, y procede a revisártelo bajo la sospecha de “comercio ilícito”, puede decomisar el sobrante de la cantidad permitida por la ley. Si te encuentran cincuenta memorias flash, por ejemplo, pueden dejarse solo con dos bajo el cargo de “importación de carácter comercial”. 

Las mulas sienten escalofríos al acercarse al lugar de descarga, en la entrada al país. Casi todas tienen una historia de decomiso, un revés contra el adversario desleal que las impide. Pero así y todo, persisten: vuelven a salir a por carga, encuentran un trillo nuevo, una maleza preferible entre las calles ajenas, la asistencia furtiva de los guardianes, y llegan por fin a buen puerto. Porque las mulas son las más testarudas, hábiles y atrevidas en la actividad que la jerga cubana ha dado en llamar “el negocio” y que no es más que una forma de subsistencia elemental que ha convertido a la isla en un gran supermercado informal, donde la gente vive despachándose pequeñas mercancías los unos a los otros: Nella le pasa a Olga por unos pesos extras el cepillo que le vendió José, quien a su vez le compró el pepino de cerveza a María que lo consiguió a menor precio con el sobrino dependiente, que le compró las gafas a Nella que le “cogió” la leche en polvo a Olga que compró unos pellizcos de pelos, con la grandísima suerte que tuvo, a Yuneysi, la que los trae de Guyana en la mejor oferta posible: acabadísimos de llegar al país, vendidos al por mayor, porque ella es mula. 

Polvo, humo, tierra y más polvo. Del año 2010 al 2017, los conocedores ubican el redescubrimiento de Haití por los cubanos. No se sabe quién fue el primero que dio la voz, pero las sospechas apuntan enérgicamente a un miembro de las brigadas médicas que Cuba enviara a ese país y que suelen ser la vanguardia velada entre las mulas, las exploradoras extraoficiales. El caso es que para esa fecha los naturales de un suburbio de Puerto Príncipe, comenzaron a ver con curiosidad el arribo de aquellos seres que hablaban español, se parecían al dominicano, pero se interesaban por cosas que alguien de la frontera nunca querría. 

Una capa de pomos plásticos, náilones y otros desechos cubre la accidentada calle como una alfombra sonora. Carros, motos, tap-taps, carretillas y personas que compiten por avanzar en todas direcciones sobre ese manto que, a la postre, trituran y convierten en más polvo, constatable en el aire. 

El sol hirviéndolo todo. 

Nadie pudo predecir que los cubanos harían el viaje a la inversa de aquello que los siglos aconsejaban como bueno para la búsqueda del sustento, pero allí estaban finalmente: en uno de los países más pobres del mundo, hallándolo más abastecido que el suyo. 

“En Haití hay de todo”, es una frase que suele oírse entre quienes nunca han comprobado en Cuba un supermercado completo, un almacén de artículos al por mayor, o los food courts de rigor de un centro comercial. 

Entre las ruinas todavía humeantes que ha dejado el terremoto de 2010, sobre un país ya destruido por su historia, el cólera y el olvido, el cubano afanoso fue capaz de olfatear el olor del dinero y hacia allá volvió la cabeza con su recua.

En los alrededores de la intersección de Gerarld Bataille, un abarrotamiento de pequeños puestos portátiles cubiertos con sombrillas venden con insistente monotonía un número reducido de frutas (mangos filipinos de todo el año, guanábanas, plátanos, anón) y abastecimientos mínimos para el hogar, a manera de efímeros dépanneurs: latas deleche evaporada, pan, galletas, cepillos de dientes, productos de aseo, especias, celulares, bocinas, ropa de segunda mano, gafas. Artículos que han comprado al por mayor en otra parte de la ciudad y ofrecen a precios menores que en el supermercado (porque el haitiano también sabe del “negocio”). Entre esa hilera abarrotada de sacos, sillas, mesitas, sombrillas y las paredes de las fachadas, hay apenas un pasillo de menos de un metro por donde el transeúnte debe caminar a toda velocidad o bien conquistar un pequeño espacio al lado del vendedor para adquirir lo necesario y largarse rápido. 

Aquí, fríen empanadas de pescado picantes, tostones o perritos calientes (que se comen solo con kétchup y mostaza), allá una tortilla especiada con pan y, desde luego, nunca faltan los puestecitos con bebidas. Las botellas son caras. Pero existe la salvación de la Tafia que se presenta a granel o en pequeñas dosis embotelladas, con su característica mezcla de ron con especias y azúcar (algunas afrodisiacas, con etiquetas francamente pornográficas) que son el alivio del fiestero.  En poco tiempo las mulas se han integrado al lugar, construyendo, como en todo país a donde llegan, una infraestructura de hostales, venta de pasajes, choferes, visitas guiadas a almacenes y centros comerciales, y hasta domingos en una piscina, puesta en función de su actividad dinámica.   

Alejándose un poco de aquella esquina convulsa de Gerard hacia el oeste, mientras van disminuyendo los pequeños puestos de vendutas, queda el sol más directo y las fachadas que se abren un poco más hacia el polvo. Unos metros más en esa dirección, nuevos montones de basura soportan con impaciencia un par de chivos, un perro flaco y alguna que otra gallina, en espera del próximo aguacero que los lance a recorrer el mundo. Ese es Maïs Gaté: el suburbio  despreciado por la ciudad de Port-au-Prince  a donde fueron a parar las mulas, atraídas por los bajos precios y la mercadería, fundando un centro de actividad entorno a la cual gravitarían todos los negocios:  “La calle de los cubanos”.  

“Mamita, mamita”. 

No se sabe a cuál haitiano se le ocurrió aquel título, o si venían usándolo en el mercado binacional de la frontera, pero lo cierto es que el oriundo de ese país que ya ha estructurado su negocio en pos del comerciante cubano, usa siempre la invocación graciosa de antesala. El masculino “papito” se escucha menos, porque, lejos de lo que se piensa, la mayoría de quienes se aventuran a un país extraño en busca de mercancía, son mujeres. 

 “Mamita, mamita, mira, barato, compra”. 

Lo primero que hay que hacer cuando se llega a la Calle de los cubanos, es apertrecharse de una pesa y un par de buenas jabas plásticas gigantes, donde se cargará la mercancía en los comercios y luego servirán para convertirlas en “bolas”, cuando se les enrolle bien sobre sí mismas y luego se retractilen con nailon, consiguiendo así el producto final que arrean las mulas de regreso. 

Después, puede echarse una ojeada a los vendedores iniciales de gafas de sol y de “teclas”. La Calle de los cubanos es en verdad un callejón de unos ocho metros de ancho con infinidad de tarimas a ambos lados, llenas de confituras, ropa, bisutería y zapatos, desde donde se reclama insistentemente la atención del comprador cubano. Los “descendientes” (así llaman las mulas a los haitianos) solo van a vender. Los verdaderos haitianos saben comprar en otros sitios, con mejores opciones —porque no es un secreto para nadie que poco a poco lo que comenzó siendo un comercio atrayente de precios muy baratos, ha ido encareciéndose a medida de que los “descendientes” se enteran de a cuánto venden sus mercancías los vecinos en Cuba—. Un “tecla”, por ejemplo, que es un celular que sirve apenas para llamar, al estilo de los primeros aparatos que salieron al mercado, lo podías encontrar por el equivalente de 10 dólares, luego subieron un poquito más, a 12, y así, aumentan con el tiempo. Pero todavía son buen negocio, porque en los campos de Cuba puede salirse de ellos como a 50 dólares, debido a que son los únicos celulares que se conectan a la malograda red inalámbrica de la región (los teléfonos inteligentes, por alguna razón, no la encuentran). De manera que la parada del “tecla” es obligatoria, aunque después haya que sortear la limitación de Aduana —que solo permite cuatro celulares por viajero—, para lo cual se han ingeniado varios subterfugios de desmembramiento del celular, que honran el único elogio que extraemos del período revolucionario en la isla: “el cubano inventa”, obligado por el sinnúmero de prohibiciones. 

 “Mamita, mamita, mira”. 

Subir del callejón de los cubanos puede ser una experiencia intensa de unos 600 metros de largo, para quien no tiene la costumbre de desandar esos comercios callejeros, una experiencia comparable a viajar en una moto a toda velocidad por las escarpadas lomas de Port-au-Prince. No solo están los vendedores de las tarimas que te llaman, sino también los ambulantes, que han decidido adelantarse a los primeros y salen a cortarte el paso con ristras de docenas de medias empaquetadas, bombones, licras. “Mira, barato”, y te toman por el brazo y te acarician (la mayoría de los vendedores haitianos también son mujeres) como para trasladar el afecto a la mercancía, y te sonríen. 

Para alguien educado en el caribe hispánico debe sorprender la liberalidad con que se conducen aquí. En Haití también hay racismo, desde luego: después de siglos de independencia, la mayor parte de la población sigue creyendo que los blancos son superiores y el francés sigue siendo la lengua de prestigio en universidades y entre la clase alta, por encima del creole. Sin embargo, acostumbrados a verse ellos mismos como iguales la mayor parte del tiempo, encuentras en Haití una soltura, una confianza, una libertad, que no vemos en Cuba, donde el negro, aunque sea en un estado de ánimo alegre, sin darse cuenta se conduce de una manera más cerrada, como a la defensiva, como quien sabe que está siendo juzgado en silencio (se puede aprender del racismo cubano también en Haití).  

Todo se compra por docenas, pero la clave es diversificar. Aunque te haya parecido un excelente negocio aquellas licras a diez dólares la docena —que en Cuba venderías a tres cada una—, no puedes llenar la jaba de lo mismo. “Importación con carácter comercial”, hay que impedir a toda costa que diga el aduanero cuando decida examinar tus pertenencias y encuentre cientos de ejemplares de un mismo artículo. De modo que con una docena de esto por acá, otra de lo otro por allá, se van armando las hambrientas jabas que luego se convertirán en “bolas” recubiertas de nailon.

“Mamita, mira, barato”. 

Siempre hay que regatear. Por norma general, el vendedor va a aumentarle un diez y hasta un quince por ciento a su mercancía en un primer intercambio. Pero tú le bajas el precio y cuando te diga que no, le das la espalda y echas a andar como en busca de otra oferta. Entonces el vendedor te llama: “mamita, toma, vete”, y te hace un gesto con la mano, como para que cojas la mercancía y te largues por donde viniste, porque puede cambiar de parecer en cualquier momento y aumentarle el precio de nuevo. Es un baile que nunca cansa en la Calle de los cubanos. 

 “¡Díaz Canel, el hijo de Díaz Canel!”, para los cubanos hombres tienen esta bienvenida los haitianos, que últimamente usan más que “papito”. Sin embargo, no sirve de mucho que le devuelvas el conocido “singao”, de apellido, porque las mulas no suelen hablar de política en espacios abiertos, así que los haitianos no lo entenderían si lo gritas. Las mulas trasiegan con indiferencia, loma arriba y loma abajo, por el frente de la casa que queda a mitad de camino y ostenta un dibujo deforme del Che Guevara bajo el rótulo de “Asociación Cubano-Haitiana”, al lado de la fonda. Nadie lo mira. No se sabe si reaccionan a él íntimamente —porque las mulas son un poco hoscas, de manera general—, pero también ignoran a los miembros de las brigadas médicas que aparecen de vez en cuando por allí, para cargar sus cosas.    

Dos paradas obligatorias existen antes de llegar a la cima de la calle: la de los “zapatos cepillados” a la izquierda y la farmacéutica, como remate. La primera inaugura un pequeño callejón peletero, tan típico de los mercados haitianos en forma de ríos con afluentes. Al principio, suele verse sin recato a un trabajador cepillando esforzadamente los tenis que luego pondrá a la venta, resplandecientes. Algunos son chinos (y la habilidad de la mula reside también en distinguir la procedencia) pero muchos son verdaderos zapatos de marca, de muy poco uso, provenientes de las innumerables donaciones que recibe el país a diario. Después de bien limpios, los zapatos parecen tan nuevos que las mulas mismas los compran para su uso personal por el módico precio de 10 a 15 dólares (los que cargan para vender en Cuba como calzado nuevo, pueden doblar o triplicar este precio). Por desgracia, el límite siempre lo pone la Aduana, que restringe también la cantidad “no comercializable” de calzado que uno traiga. Este obstáculo se vence entonces utilizando los envíos por “paquetería”, o por correo, un sistema que algunos cubanos dueños de hostales facilitan al comprador: el kilogramo cuesta 23 o 25 dólares. La gran ventaja de los tenis cepillados, además de su bajo precio, es que no pesan mucho. Entonces, en cada paquete de kilogramo pueden ir dos pares y alguna bisutería más, que viajarán a Cuba por correo, a nombre de varios amigos y familiares —para evitar también el cargo de “comercio”, o “negocio”, cuando llegue allá— y es algo más que se vende.   

Pero de todo lo que se encuentra en Haití, de cualquier buen trato que se presente un día de estupenda suerte, nada compite en peso, valor y forma con el precioso rectángulo plateado de cinco gemas a cada lado. Ligero como una pluma, rentable como el oro, libre como el aire, el blíster es aquello que, por una vez, la Aduana de la República de Cuba permite entrar hasta el tope de cincuenta kilogramos sin cobrar impuestos. Es una exención que prorroga cada seis meses y cuyo anuncio las mulas esperan con ansiedad cada final de verano y cada primavera. Fue de las primeras medidas que el régimen tomó inmediatamente después del alzamiento ciudadano, en julio de 2021, para aliviar a un pueblo enfermo y hambriento que comprobaba vacías sus farmacias. Hasta hoy se mantiene: los viajeros pueden entrar al país hasta cincuenta kilos de medicamentos, comida y aseo sin que el Estado les cobre un interés por ellos. Con este sistema, queda de facto establecido que el cubano busque en el mercado informal la píldora urgente que necesita y que el médico recomienda, aunque no sea barata. El régimen, por su parte,  pretende ignorar este triunfo de las mulas sobre sus farmacias permanentemente incapaces, porque la verdad es que sin esa carga de las mulas, hoy Cuba estaría más enferma. 

Allá están, esperando como el maná del cielo en el pequeño promontorio que corona el callejón de los cubanos, brillantes cajas en la parte trasera de una camioneta abierta, o posadas en un tablero pobre de madera, o, mejor aún:  en el puestecito del gordo Michel, el único haitiano que no llama, “mamita”, en la Calle de los cubanos. 

Sin saberlo, Michel, se ha convertido en el farmacéutico improvisado de casi toda Cuba. Desde Santiago hasta Pinar del Río, no hay mula que no lo conozca y lo prefiera a él, con su local de escasos tres metros por dos, abarrotado de cajas y sus pomadas de regalía para quienes hacen una buena compra. Tanta es su demanda que ha tenido que abrir una sucursal de madera al aire libre delante de su mostrador, atendida por otros dos empleados, para dar abasto. La competencia lo mira con recelo. 

La razón del éxito de Michel es que los cubanos confían en él. Los medicamentos tan baratos tienen varias vías de entrada a Haití: la primera es la abundante donación internacional, la otra es el mercado con Dominicana y existe otro caudal, más oscuro, de medicamentos falsos. Pocas mulas en Haití compran pomos con pastillas. No solo porque pese más el plástico del envase —aunque a veces son artículos tan atractivos como el Alprazolam, que siempre vale la pena—, sino, porque la mayoría son píldoras falsas. 

Han ocurrido un par de incidentes al respecto en Cuba. No se sabe si vienen de Haití, pero siempre es mejor prevenir. Ni siquiera a Michel se le compran pomos (aunque él, alertado del fenómeno, casi no los vende). Es el blíster, el pedazo ligero de plástico de diez centímetros, el tesoro confiable. Una caja de diez blísteres puede costar aproximadamente tres, cuatro, cinco dólares. Cada blíster de diez pastillas se venderá en poco más de un dólar en Cuba. Su peso es casi nulo y lo eximen de impuestos. Son los medicamentos los que pagan el viaje a Haití, por los que valen la pena el polvo, el sol, el estrés de la aduana y el recorrido frenético de los almacenes. Cada mula carga en cada viaje, como promedio, de 23 a 30 kilogramos de medicinas.  Así bajan varias veces la Calle de los cubanos, acumulando peso, arreando sus futuras bolas. 

Por cada artículo que se compre hay que sumar, al precio que uno pagó, el costo unitario por peso. Después de un día frenético de almacenes y candongas, las mulas regresan al caer el sol al hostal con su carga, y entonces comienza la dinámica del pesaje y el cálculo para ver si no se ha metido la pata. Es solo una semana en Haití y apenas se descansa.  Descontando los días de salida y llegada, los domingos y el día del check in, apenas tienen tres o cuatro días para llenar los 53 o 73 kilogramos que cargarán a Cuba con innumerables artículos, confituras y medicinas. El cálculo es el siguiente: al costo de la compra se le suma el costo por kilogramos, que se logra siguiendo la suma de todos los gastos —desde el pasaje del avión, hasta el transporte,  alojamiento y comida— , divididos por todo el peso que se piensa llevar. Esto nos ofrece una constante que se multiplicará luego por el peso en kilogramos de cada artículo, al que se le sumará, como dijimos, lo que pagamos por él, para obtener el costo total unitario. Éste costo unitario, más un 30 o 40 % de ganancia, será el precio al que se venderá en Cuba. Las mulas sopesan y consideran si alguien les comprará la mercancía a ese precio, si no habrán fallado en la compra o si hará falta marcar el producto para la próxima vez como rentable. Toda esta operación contable la realizan jugando con dos monedas que tienen un régimen inflacionario de miedo, el peso cubano y el gourde haitiano, por lo cual no es raro oír, en momentos de quiebre entre productos: “ahorita Haití no va a dar la cuenta”. 

Un hostal, generalmente regido también por cubanos que han aprendido creole, suele costar 15 dólares al día, e incluye desayuno y comida. Se duerme en habitaciones con tres o cuatro literas. El transporte llega bien temprano en la mañana para hacerte el recorrido por los almacenes y candongas, por un precio de 15 dólares aproximadamente. Se almuerza poco y se come regular. A la noche se sigue comprando. Mientras andan en la vorágine de calculadoras y pesas, siguen apareciendo vendedores de confianza en el hostal con celulares, más zapatos de donación, alguna ropa y perfumes. La ropa no da negocio, porque pesa mucho. Los perfumes sí: ellos están incluidos en la exención de Aduana que abarca medicamentos, comida y aseo. De manera que algún que otro perfume y muchas confituras ligeras —en la categoría de alimento— siempre se encuentran en las “bolas” de los mercaderes.  

Los haitianos de confianza que visitan el hostal por lo general hablan un español suficiente para desarrollar su negocio, pero no mucho más. Los choferes y asistentes dominan mejor la lengua. Sin embargo, como ya se ha dicho, las mulas no son conversadoras. El estrés del cálculo y las mercancías no les deja tiempo para socializar, o preocuparse por la cultura, la situación política o la religión del lugar que visitan. De haber indagado más entre sus asistentes haitianos, habrían comprobado no pocos puntos en común entre los mundos. Habrían comprobado, involuntariamente, que Carpentier no mentía: 

“… cuando veas a un hombre caminando como arrastrando los pies y la vista como perdida en el piso, no te le acerques. Igual que si ves una vaca o cualquier animal que avanza de pronto por la calle como si fuera una persona, mantente alejada. El primero es un Zombi. El segundo es un ser humano”. 

A los zombis se les puede crear a partir de los cadáveres del cementerio, a quienes se les convierte en esclavos de carne y hueso. La transfiguración ya es cosa más seria, cosa de expertos, de houngans, capaces de hacer de todo: conservar espíritus embotellados, bailar en trance masticando vidrio o martirizándose y luego no mostrar ni rastro de las heridas, devolver la vida a alguien y, desde luego, quitársela, gracias a su poder sobre los muertos. ¡Desde luego que el vudú ayudó a la independencia! Mackandal sí se convirtió en diferentes animales para seguir dándole pelea a los franceses. 

Todo el mundo lo sabe en Haití: el presidente Moïse, asesinado en 2021 en su habitación por supuestos mercenarios colombianos, tenía un pacto con el diablo y por eso las balas no le entraron. También estaba custodiado por zombis. Al final tuvieron que cortarle la cabeza para vencerlo. No es algo que el haitiano va a estar diciendo por ahí a cualquier extraño, porque en Haití hay una gran conciencia del silencio: de la misma manera que te gritan enfurecidos cuando sacas una cámara para captar turísticamente la pobreza, rechazan la sonrisa procaz de un extranjero ante esas historias. Allí le llaman “la magique” y nadie confiesa que la practica. 

Una vez que Carpentier dijo la verdad, y nadie le creyó.

Si alguien se está preguntando por qué las mulas terminaron en un lío tan grande en la primavera del año 2024, la respuesta es que el sentido de la cotidianeidad es más fuerte que cualquier sobresalto de la historia. El deseo de normalidad vence la tragedia latente y la irregularidad manifiesta de la vida. No queremos singularidad,  anomalías, que nos saquen de la ruta conocida, del lugar donde sabemos que hay agua, del sitio donde encontramos la comida, y nos engañamos. Es cuestión de torcida supervivencia. 

Difícil entonces apartarse de una fuente de sustento tan generosa como Haití, simplemente por aleatorios eventos de peligro. Así como las cebras siguen atravesando la sabana hasta el abrevadero a pesar de los leones y las hienas que le saldrán al paso; así como los ñus cruzan siempre el río Mara, pese a los cocodrilos gigantes; las mulas no pueden dejar de ver la cima del Callejón de los cubanos como una culminación obligatoria, un destino al que no pueden resistirse, por lo que vale la pena jugar a los dados con cocodrilos, leones y hienas.

“Haití siempre ha sido caliente”, se oye decir entre los cubanos en referencia al peligro que consideran lejano. El día a día, por otra parte, en la ciudad de Port-au-Prince, lanza una engañosa apariencia de normalidad con su agitado tránsito, sus puestos de vendutas y sus apagones regulares, que no ayuda. Los ayudantes haitianos reconocían la crisis, si se les preguntaba, pero no se les preguntaba mucho.

Si había una “manifestación” por el precio de la gasolina en tal avenida (eventos que en Haití desembocan siempre en protestas incendiarias, con barricadas de humo y hasta disparos) pues el carro tomaba por otra vía para llegar al almacén previsto. Si no se podía hoy acceder a un sitio porque Petión-Ville estaba en candela con la violencia, o porque en Tabarre había una revuelta, se podría mañana o se iba a otra parte. 

En definitiva, se trataba solo de siete días de estancia que pasaban volando y si no se salía del hostal (algunos de ellos custodiados con rifles) todo estaba bien. Verdad que alguna que otra vez las mulas habían tenido que presenciar tiroteos cerca de los lugares donde compraban y hasta donde vivían; verdad que en la Calle de los cubanos, incluso, ha habido muertos de balas por un ajuste de cuentas entre pandillas. Pero a los pocos minutos del tiroteo la vida retomaba la normalidad en la calle que fuera. Si el resultado de la escaramuza resultaba letal, entonces se esperaba al día siguiente para reiniciar la jornada de negocio, como de costumbre. “Eso es cosa entre ellos”, “este país siempre ha sido así”.

Finalmente, la bomba de tiempo estalló el 28 de febrero de 2024, cuando el jefe de la coalición de bandas “Vivre Ensemble”, Jimmy Chérizier, antiguo capitán de la policía, se hizo patente en el 80% de la capital haitiana para exigir que el primer ministro, Ariel Henry, dimitiera de su puesto y convocara a elecciones —deber político que había sido pospuesto desde el asesinato del presidente  Jovenal Moïse  en 2021—. Se dice que Chérizier era de los bandidos aliados a Moïse (porque cada político en Haití tiene sus bandas) y por eso los colombianos presos no salieron de la cárcel cuando éste la asaltó, liberando a más de 3000 reclusos. Enseguida la gente de Chérizier corrió también al aeropuerto Toussaint Louverture a esperar el avión que debería traer al primer ministro de regreso para matarlo. En la confusión, dos aviones de Sunrise, la línea donde viajan los cubanos, recibieron disparos y en definitiva, el aeropuerto cerró y se declaró un Estado de emergencia en el país hasta nuevo aviso. 

258 mulas cubanas, más los dueños y trabajadores de hostales, más la brigada médica, quedaron varados en Haití. La desidia internacional pospone la intervención humanitaria que el país necesita porque no hay policía, no hay ejército, que tenga armas más potentes ni en mayor cantidad que los bandidos que lo controlan. Durante todo marzo y buena parte de abril, por recomendación de CARICOM, se esperó entonces a que los poderosos de Haití (probablemente aliados a las bandas) crearan un  “Consejo para la transición” que sería el encargado de convocar elecciones.  

Chérizier, por su parte, a un tiempo que amenazaba con desatar una sangrienta guerra si alguna fuerza militar internacional llegaba a su territorio, saqueaba sin parar lo que quería, asaltaba cuarteles de la policía, cárceles, hospitales, la Biblioteca Nacional, y, por supuesto, el Palacio Nacional, desatando un caos que invitaba también a los delincuentes independientes a sumarse al festival de violencia. 

Mientras esto ocurría, los cubanos se aterraban en sus guaridas. Por las noches, escuchaban el aumento de los disparos en el barrio, por el día veían cómo el cielo de Port-au-Prince se llenaba de helicópteros de rescate enviados por gobiernos de otros países para salvar a sus ciudadanos. De otros países menos del suyo, que les había dicho a sus familiares en varias reuniones en el Minrex y a ellos mismos con representantes de la embajada, que la operación de los helicópteros era simplemente muy costosa y que la opción de escapar por carretera hacia el aeropuerto de Cabo Haitiano, entrañaba demasiado peligro, ya que las vías de acceso a la ciudad eran controladas por bandidos. De modo que deberían esperar a la reapertura del Toussaint Louverture. No había de otra.

El clímax se alcanzó a principios de abril, cuando unos ladrones asaltaron la casa colindante a una de cubanos y estos tuvieron que salir a la desbandada. Un vecino haitiano había quedado muerto en el trance y uno de los cubanos, que no pudo escapar, fue golpeado por los asaltantes, quienes les sustrajeron cuanto tenía. Al día siguiente, en plena calle y sin motivo aparente, un haitiano golpeó también a una cubana repetidamente en la cara, en lo que pareció ser un crimen de odio.  

Venciendo el pánico a la Aduana, olvidando la posibilidad de su venganza si se atrevían a crear “un problema político” de su situación de abandono —es decir: culpar al gobierno—, los cubanos decidieron por fin pedir auxilio en las redes sociales y a cuanto medio de prensa  alternativo quisiera escuchar de su angustia. Y funcionó: rápidamente diarios e influencers se hicieron eco de la situación de los varados en Haití, sin seguridad, ni hogar, ni apenas comida, colocándolos en las primeras planas de sus contenidos. 

Esta vez el régimen no pudo ignorar lo que ocurría. Llevaba semanas pavoneándose en la Comunidad de Estados del Caribe (CARICOM) con respecto a Haití, repartiendo culpas y consejos, como suele hacer cuando el problema no es suyo, de modo que habría sido penoso que todos allí lo empezaran a mirar extraño por causa de unas dichosas mulas desatendidas que tenía. Es así que, a la altura del 19 de abril de 2024,  puso en marcha el arriesgado plan de trasladar en guaguas a sus nacionales hasta Cabo Haitiano (guaguas que pagarían peaje a los bandidos), de donde volverían a Cuba en vuelos de Sunrise, aquellos que ya tenían un ticket comprado. Por esta vez, la Aduana no los revisaría. “En silencio ha tenido que ser”, “Confíen en nuestro gobierno”, les aconsejaban en privado a las mulas ciertos los manejadores emergentes que actuaron como intermediarios entre ellos y el poder. 

En efecto, no fue hasta el mismo 19 por la noche que se supo de la sorpresiva llegada de los cubanos a Cabo Haitiano, plenos de agradecimientos a Dios, un poco al gobierno, y menos a los medios alternativos que difundieron su situación. También llegaron de repente, como un visitante habitual que se ha marchado apenas por un rato, pero cuya presencia no puede menos que extrañarse en el breve momento en que no está, las ganas de regresar a Haití. 

“Seguro, para Haití ni para coger impulso”, comentó uno del grupo, una vez fuera de peligro, mientras llegaban a las cercanías del aeropuerto de Cabo Haitiano. “Mentiraaaaa”, la respuesta de la líder del rebaño de toda la vida llegó rápido: “na’ más reanuden los vuelos, allá estaremos… yo te voy a hacer un cuento de cuantos cubanos le caben a Haití adentro”, comentario que recibió una aprobación destacada de pulgares arriba. “Aunque yo temí mucho, cuando todo se estabilice, volveremos” , dijo aquella que días atrás enviaba un audio desesperado a la líder lamentando su situación y la soledad de su madre enferma en Cuba “Esto es muy duro”, decía en el audio. “Señora ¿usted no era la que  estaba llorando porque no podía más?”, preguntó el primer hombre dando voz a la curiosidad de muchos. “Sí, yo misma —la resolución de la mujer se había despertado con el viaje—, detrás de la tormenta viene la calma. Ya estoy en Cabo haitiano y mañana regreso a Cuba. Gracias a todos los que han hecho posible que eso sea una realidad… y ¿quién dice que yo no iba a venir porque estaba llorando? Si las mujeres parimos y lloramos y volvemos a parir… y lloramos por muchos otros motivos y volvemos a cometer errores…”. 

“A ver – ordenaba la líder los argumentos: aquí todos son mayores de edad y están en su derecho de decidir si vuelven o no. Hoy pueden haber gritado por la situación que tuvieron allí, como cualquiera de ustedes, que estuvieran gritando mucho más, y mañana volver, y no pasa nada… Al menos ella tiene la valentía de decirlo. Hay quien no lo dice y por dentro dice: ‘en cuanto abran, voy’”.

“Toca esperar a que se restablezca la paz en ese pueblo que, al menos a mí, me ha dado todo —intervino otra en la conversación— me ha dado la ecuanimidad y la posibilidad de sentirme libre, aunque sea por unos días, sin que nadie me mire que estoy haciendo algo mal”. 

“Hay que vivirlo para expresarlo —dijo una cuarta—. Pero yo hablaba de la libertad que sentía en Haití y a veces no era comprendida. Yo en lo personal le estoy agradecida a ese país”. 

“Yo en lo personal —volvió la líder— cuando todo mejore, que pare el que tenga frenos, de todas formas en riesgo estamos siempre”.  

La mayoría del grupo callaba, pero prestarían toda su atención, valorando los pros y contras, o simplemente con la cabeza elevada, atentos a la primera señal de la guía para volver de nuevo sobre sus pasos y empezar el escarpado viaje hacia la cima del callejón de los cubanos.  





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Tetas trabajadoras

Por Sarah Thornton

“Entre los pechos de copa B de Sativa hay un elaborado tatuaje del Sagrado Corazón, símbolo católico del sacrificio de Cristo por el pecado humano”.



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