Desde hacía meses nosotras recopilábamos información relacionada con MC, que en clave muy conocida significaba Moneda Convertible, un departamento de dudosa conducta legal. Grabábamos, fotografiábamos, utilizábamos a algunos involucrados como informantes.
Hay uno de ellos que llamaré Norestes, un tipo que fue como un compendio de casualidades falsas. De pronto se había instalado en una élite de gran influencia en el país. No llegó a ostentar poder real alguno, pero sí se le escuchaba y valoraba, se esperaba de él que escribiera la gran epopeya moderna de las guerras del socialismo cubano. Ambicioso de poder y de cosas, pero muy flojo de piernas, cuando lo apretamos un poco, se puso de inmediato a nuestra disposición.
Se dedicó a informarme puntualmente, inescrupulosamente. Después de los fusilamientos y las penas de cárcel, pasó varios años vigilado, vivía bajo presión. Lleno de angustias, dormía mal, comía poco. Seguimos atendiéndolo, abría la boca y se tragaba las pastillas que le llevábamos. Trató de convertir su depresión en huelga de hambre. Una calamidad el señor escritor. Finalmente, La Primera Espalda lo montó en un avión rumbo a Miami.
En este trabajo solemos siempre compararnos con lo peor. Así que ahora me he enterado de que Norestes prepara un libro donde se hace el hombre orquesta, la llave maestra de aquel grupo de grandes historiales. Según su versión, alertaba a generales y coroneles, les sugería cómo actuar, adónde ir, con quiénes hablar.
Me parto de la risa cuando escucho semejantes falsedades. Nada que ver con la realidad: como no tiene a nadie que le corrija, arma su espionaje con enorme desfachatez, sobre todo para hacerse notar ante sus nuevos proveedores.
Se olvida del personaje que le montamos, demasiado duro para su esfínter. No sé si conseguirá alguna fama, pero sí sé que miente. Siempre fue un servidor, un tipo de segunda o de tercera. Dicen los entendidos que no es Hemingway, que no es Onelio Jorge Cardoso.
Los años 1989 y 1994 fueron muy tórridos. Veranos arrasadores, con una atmósfera cargada de muertos. Los he contemplado, he tratado con algunos de ellos cuestiones estrictamente laborales. Se tiran al mar como ratas, se venden por nada, se adornan con alegorías baratas imposibles de verificar. Escriben sobre papel mojado. El Estrecho de la Florida es nuestro más preciado cementerio.
Norestes llegó a sentir por mí cierta debilidad de sobreviviente. O era yo la escogida o se moría. Una tarde toqué a su apartamento de siempre y me abrió en un estado repugnante, lleno de vómito. Olía a podrido. Lo conduje al baño, lo desnudé, lo metí en la bañadera y lo bañé.
Eso lo llenó de optimismo. Un poco más repuesto, nos tomamos un té y nos pusimos a repasar frases hechas que debía repetir todas las noches antes de dormir.
¿Qué quiero decir con esto? Que el tipo, ya abandonado a su suerte, tenía en mí a su única esperanza de salvación. Habían muerto algunos que él conoció bien y otros que se pudrían en el módulo especial de la cárcel de Guanajay.
Mis técnicas de primeros auxilios dieron resultados. Se levantó de su sillón habitual. Fue a la cocina. Se metió debajo de la meseta metálica. Descorrió unas losas superpuestas. Sacó un rollo de papeles envuelto en una bolsa y me lo entregó.
Le pregunté qué cosa era aquello. Me respondió que documentos que fue recopilando mucho antes de que se iniciaran los juicios. Comentó que quizás allí encontraría ciertos pasajes de interés para la causa.
Le pregunté: ¿qué causa? Me respondió textualmente que la nuestra, nuestra causa.
Me eché a reír. Le manifesté que estábamos en bandos contrarios, que teníamos puntos de vistas totalmente opuestos. Tanto era así que a él le esperaba una litera en Guanajay, mientras yo era propietaria de una habitación con vistas en el hotel Habana Riviera.
El tipo se echó a llorar. Dejé que se desahogara. Lo empastillé, lo llevé a la cama.
Al día siguiente lo trasladamos a un apartamento contiguo al suyo. Echamos abajo la cocina, no apareció nada nuevo.
Me fui a calle 10, revisé por arriba esa papelería. Algunas cartas, unos esbozos biográficos de los jimaguas y sus correspondientes elogios, unas transcripciones de algunas conversaciones grabadas por alguien del grupo, notas de amantes solicitando casas y carros, apuntes de desplazamientos de La Habana a las Bermudas, a Florida, a Colombia, a Madrid. Decidí entregarla inmediatamente a mi jefa. Antes fotocopié cada uno de esos papeles para un análisis posterior más personal.
Haber rescatado tales documentos me ponía por los aires. Antes había servido de enlace entre un par de implicados de primer nivel y el Jefe de Operaciones de la Comisión. No es que rindiera partes directamente al general. Lo hacía a través de intermediarios, pero sabía que era elogiada por aquel hombre.
Norestes me había entregado originales. Sin embargo, detectamos que esos papeles estaban muy manoseados. Se hicieron pruebas dactilares y se encontraron muchas huellas del escritor. Llegamos a la conclusión de que dicho material había sido copiado a mano.
No quise compartir esta hipótesis con el afectado. Había que dejarlo reposar, que se creyera que había hallado en mí a su ángel salvador.
Unos días después lo fui a ver. Tenía mejor semblante. Lo conminé a salir, a que viera algunas amistades, alguna novia pendiente. Lo obligué a vestirse. Le di dinero. Le marqué una hora de regreso.
Algo había fallado entre nosotros. A todas luces habíamos sido torpes con la vigilancia y las inspecciones del lugar, pero allí entró un par de veces un escritor colombiano muy famoso e intocable. Venía con libros y material de oficina que dejaba a su visitado.
Decidí cambiar el cuerpo de vigilantes. Reforzamos las escuchas y comenzamos a probar un sistema nuevo de cámaras de circuito cerrado. Ese material se convirtió en una verdadera película de terror para adultos.
Norestes hablaba solo. De pronto se exaltaba, como si estuviera en una bronca multitudinaria. Otras veces se preguntaba cosas más domésticas. A veces cantaba alguna canción en inglés, desafinado, torpemente.
Se paraba frente al espejo del baño y me llamaba “ángel exterminador”. Sostenía con ese ángel monólogos agresivos, depravados, homicidas. Decidí quedarme con esas grabaciones, dignas de una exposición internacional de arte contemporáneo.

Nonadanadie de Efraín Rodríguez Santana, novela publicada por la editorial Casa Vacía, 2026.








