De los libros y otras iniciaciones

Estas notas nacen un domingo; otro más de lluvia, humedad y frío “a la uruguaya”. Pero este domingo tiene una particularidad. Hoy, 13 de septiembre, cumplo 57 años de vida… o muerte; o, si se quiere, de acercarse a mí la muerte con ese paso sigiloso con que no se la siente venir. Los 57 no son una edad redonda en la que hacemos esos grandes balances generales. Por donde quiera que se lo mire, 57 es un número “raro”, impar. Cinco y siete…

Uno piensa –yo pienso– en el “quinqunce”, el mandala del pensamiento precolombino que tan bien me explicó Leonardo Acosta, cuando comenzó a “iniciarme” en estos temas del chamanismo –y en el que, por cierto, nunca se logra saber mucho–: las cuatro direcciones cósmicas y el cinco, que conforma el Centro y dinamiza el conjunto estático del cuatro; en Quetzalcóatl, la serpiente alada de los náhuatl símbolo de transformación interior, materia que se convierte en espíritu, como lo explica la antropóloga Laurette Sejourné en Pensamiento y religión en el antiguo México y El universo de Quetzalcóatl, libros que el propio Leonardo me regaló. Y, por otra parte, el número 7, cifra iniciática si las hay: 4+3=7. El 4 que es la cifra de la Tierra en función generadora, no inerte; el 3, que es la plenitud del Cielo en sus tres movimientos fundamentales y fecundantes, sobre y dentro de la Tierra. Por tanto, 5 y 7 son números nupciales, números de iniciación, mediación y umbrales.

Como sea, vuelven los nombres y escenas de la vida, los amigos y, siempre, siempre, los libros que hemos leído y amado; los libros que nos han marcado; los libros que en algún sentido nos han iniciado. María Zambrano decía que hay autores, y libros, que eran iniciáticos, es decir, funcionaban como pequeñas iniciaciones. Eran libros con esa cualidad de tránsito fluido entre el ser y la vida; y desde ahí, libros que nos entregan una sabiduría, mínima o gigantesca, en la medida de nuestra capacidad de comprensión. Hay que pasar por todo, parecen decirnos estos libros: dia-pa-son… Es esa explicación maravillosa que nos entrega la andaluza en una de sus obras mayores, El hombre y lo divino, donde también junta iniciación, escala musical, y el pitagorismo como música estelar que escuchamos en el fondo del Universo y en el fondo de nosotros mismos si prestáramos la debida atención. 

Y también –y esta es otra sabiduría quizás más difícil de aprender–: están los libros, y nuestros mismos maestros iniciadores, que con el paso del tiempo aprendemos a mirar de otra manera, y ya no desde el deslumbramiento inicial.

A mis 20 años, en 1989, leí Demian de Herman Hesse. Fue uno de los primeros libros, de tantísimos, que me prestó el crítico y poeta Virgilio López Lemus, a quien había conocido por mediación de mi padre. Hace dos años, aquí, en Uruguay, leí Los ídolos del argentino Manuel Mujica Lainez, libro que compré cuando, en 2024, paseaba mi ansiedad dominical en la Feria de Tristán Narvaja, mientras mi hija estaba ingresada en la sala de onco-hematología de la Fundación Pérez Scremini, en el Hospital Pereira Rosell, de Montevideo.

Entre una lectura y otra hay una diferencia y algo que las hace afines –por eso aparecen juntas en esta nota de domingo. La diferencia no radica solamente en que pertenezcan a tradiciones de escritura diferentes; es que, además, fueron leídas con 30 años de diferencia. Una novela que leemos a los 20 años puede ser una señal, una forma de ingresar en una región de la experiencia, vital o literaria, que aún no conocemos. Una novela leída con más de 50, puede ser una confirmación, una rectificación de algún juicio juvenil, e incluso una decepción. Pero, a cierta edad vital, también sabemos que la decepción es una de las formas más hermosas del conocimiento. Es decir: el que era yo a los 20 años –¿quién sabe lo que era yo a mis 20 años?– y el que soy ahora: ¡ni yo mismo sé bien quién soy, a mis 57 años! Siempre que llego a estos temas de identidad me rondan varias frases. Siempre prefiero la del escritor francés Leon Bloy: “nadie sabe realmente quién es”.

Ambas novelas, cada una con su vibración propia, me permiten ver una experiencia particular: la importancia cuasi iniciática en la juventud de ciertas figuras y personajes literarios, ciertos amigos de la vida real y, más que nada, ciertos libros “mayores” que reúnen lo anterior…, realidad e imaginación. En estas iniciaciones hay otra fuerza que apenas menciono y es materia de libros completos: el amor, que mueve el sol y las estrellas y, como decía un poeta medieval, el amor es, en sentido alquímico, el Catalizador por excelencia. El amor nos arranca de nosotros mismos y a veces en forma dolorosa. El amor nos enfrenta con una experiencia en la que, como mónadas intactas, nos quebramos por dentro. 

Sin embargo, para mí, el misterio mayor radica en que también amamos desde los libros y desde la cultura, y no amamos solamente a una persona en particular. Amamos desde la “forma” en que un poema, una tradición, nos enseñó a imaginar el Amor. 

El amor y Occidente, de Denis de Rougemont, publicado en la Europa de esos convulsos y complejos años 1930, fue fundamental en esta comprensión. Y fue, para mí, el comienzo de una lectura entre tantas otras. Aquí solo apuntar que, para Rougemont, buena parte de la pasión amorosa de Occidente tiene una historia literaria y cultural. Aprendemos a desear a través de relatos literarios y simbólicos, figuras de la cultura y de la imaginación, obstáculos y mitos. Antes de vivir ciertas experiencias, el niño, el joven, ya las leyó, las imaginó y las vivió en forma “calenturienta”. 

El amor llega –cuando llega– como experiencia personal y como memoria de una cultura. Los libros no solo inician en el conocimiento de nosotros mismos o en la interpretación del mundo y la realidad que circundante. Los libros también enseñan las formas en que podemos desear, admirar y entregar el cuerpo, el corazón y el alma. Como dice uno de los personajes de Los ídolos: “yo, yo mismo, ¿a quién he querido fuera de mi estudio y mis recuerdos?” 

Como arriba anoté, era joven cuando leí Demian de Hermann Hesse. Hace unos años intenté releerla, en la misma forma en que la leí a mis 20, y no pude. A los 20, uno está en plena formación de alguna idea de la vida, por descabellada que esta pueda parecer. Sobre los 20, yo leía La doctrina secreta de la rusa Madame Blavatsky, Isis sin velo, así como El hombre y sus cuerpos, de Annie Besant. El último, un libro verdaderamente delirante. Sin embargo, hoy veo algo de la saga de “los Ingenieros” espaciales, y la metafísica biológica construida alrededor de ellos, en la saga Alien, y me digo: bueno, parece que existen formas más profundas del delirio que las de Annie…

Leemos, como una forma de nombrar, lo que aún no sabemos ni podemos nombrar. Y sobre todo, nombrar una idea de uno mismo frente al espejo, y en el discurrir temporal. Es decir: lo que se fija y muere como Narciso; y, a la vez, lo que fluye de forma heracliteanamente.  

Cuando tenemos 20, poseemos una enorme disponibilidad para los libros, el aprendizaje y la cultura en general, que con los años vividos –y sufridos– vamos perdiendo. No es igual leer a los 20 años que a los 50. Son voracidades diferentes. En mis veintitantos, leí en 24 horas A sangre fría, de Truman Capote: amanecí leyendo esa novela magistral y perturbadora. Con 50, me sorprendo leyendo una página y quedar con la vista retirada del libro en un punto fijo en la pared, una especie de vacío, o tokonoma en miniatura, para decirlo con Lezama, y sin pensar en nada: o, mejor, pensando en la Nada, que es el Todo, que es el Vacío y es la propia Forma; que es el tiempo y es la historia, y es lo que nos destruye y al mismo tiempo nos salva; aunque, ni yo, ni nadie medianamente cuerdo, sabe realmente qué significa nada de esto.  

Demian es una novela adecuada para esa edad juvenil del despertar. La historia de Emil Sinclair es la historia de una iniciación, donde un joven descubre que el mundo recibido e interpretado desde la moral familiar, burguesa y protestante, que separa estrictamente el bien y el mal –acentuado en el pietismo que sufrió Hesse– no es suficiente para contener el despertar de la Vida. En la novela, la figura de Max Demian y el dios Abraxas pertenecen a una zona más compleja y ambigua –también eróticamente ambigua– en la que los contrarios no se excluyen fácilmente. 

Desde nuestra flexibilidad imaginativa a los 20 años, los personajes de los libros pueden adquirir una autoridad personal. Demian no es solamente un amigo para Sinclair, es una consciencia iniciática que parece conocer una Verdad que el propio Sinclair aún no conoce, pero que ya comienza a intuir. Algo similar le ocurre al lector que somos, o que fuimos. Encontramos en una novela una figura que parece adelantársenos en la consciencia, y es como si observáramos su espalda en un horizonte circunvalante que será nuestro –permítaseme la metáfora de Karl Jaspers. El libro no solo habla de un personaje, nos habla directamente desde ese horizonte. Esta es la razón, sobre todo en los años 60 en Norteamérica, de la “pegada” de algunos de los libros de Herman Hesse. Perteneciente a otra época, a otro horizonte cultural, el novelista alemán le habló a una generación joven y desorientada. 

Con los amigos sucede algo similar. En la juventud, una amistad puede ser una forma de iniciación. Uno comparte conversaciones, autores y descubrimientos. Un amigo, una amiga, pueden acercarnos a un escritor, a una música o género musical, a una película y, más, incluso, a una forma diferente de observar la realidad. No siempre sabemos qué buscamos exactamente y, a veces, es solo entrar en un mundo donde “el otro” parece tener acceso pleno. Los libros y los amigos nos ayudan a construir una identidad y, aunque al principio lo hagan desde cierta dependencia, es una identidad siempre en movimiento. 

Admiramos, porque aún no sabemos del todo –¿en algún momento llegamos a saberlo? – quiénes somos. Nos “sometemos” un poco a las figuras que nos deslumbran porque esperamos que sean guías hacia una versión mejor o, más verdadera, de nosotros mismos. 

En Demian ese “sometimiento” tiene un sentido formativo. Sinclair necesita atravesar la influencia de Demian, de Pistorius, e inclusive de la Madre Eva, para llegar a una consciencia propia. Lo que nos dice Hesse es una sabiduría que tiene 2500 años, y que el budismo ha explorado en profundidad: el maestro es solo eso, un Camino, que no debe convertirse en Ídolo definitivo. Su función consiste en arrancar al discípulo de su costado. La figura que nos inicia es la que en algún momento debe expulsarnos de su compañía. Con respecto a los novelistas alemanes, recuerdo una anécdota graciosa de Leonardo Acosta. Hablándole yo de mi lectura de novelistas alemanes de la primera mitad del siglo XX, me dijo: “en ellos, lo fundamental es la mariconería” y una carcajada. No era una boutade ni una broma homofóbica. 

Hace dos años, en 2024, leí Los ídolos del argentino Manuel Mujica Lainez. Como todo lo de Mujica Lainez, es una novela muy bien escrita. Nadie duda de que el excéntrico y dandy argentino fuera un consumado estilista de la lengua –escrita y hablada. Mujica Lainez tiene un lenguaje manierista y cuidado, a ratos barroco, por el cual lo conocí hace muchos años cuando leí la edición cubana de Bomarzo, con el magnífico prólogo de Jorge Luis Arcos. En Lainez, hay un aterciopelamiento verbal, una saturación sensorial, que vuelve elegante incluso lo más sombrío de la existencia. Si cabe, ese es el tema de su posterior Bomarzo.

Para mí, la trama de Los ídolos –que pertenece a su tetralogía porteña– resulta confusa, excesiva, y con una intriga novelesca que ni remotamente llegó a la fuerza expresiva que después alcanzará en Bomarzo (1962). Lees Los ídolos y notas –por adelantado– el cansancio de escritor aún joven y que, sin embargo, parece un viejo agotado: la prosa es magistral, pero es una novela sin necesidad interna. Sobre todo, en sus dos tercios finales. Dos historias que parecen más bien de relleno, aunque se entrelacen con la primera parte. Es como si el autor –Manucho– tomara el esqueleto narrativo de la novela de formación europea, lo vaciara de metafísica para llenarlo con lo peor del “porteñismo” dandy y el decadentismo de fin de siglo, recordando a Huysmans y su personaje Des Esseintes. 

Una acotación al margen: para mí la gran obra de ficción argentina, la gran novela de los años sesenta, es decir, los años del boom de la novela latinoamericana, no es, como se nos hizo creer, la experimental y vanguardista Rayuela de Julio Cortázar; es la decadente, hermosa y, hasta cruel, Bomarzo, donde el duque Vicino Orsi, “the Duke among the Murderers” narra en primera persona, con lucidez dolorosa y pulso inigualable, su propia deformidad y ridiculez. En ambas novelas y en otras de Mujica Lainez está el mismo culto a la Belleza, pero en Bomarzo esta Belleza es trágica y no decorativa, porque el mismo narrador que la profesa es, por su deformidad física, el excluido de una Belleza que no puede dejar de adorar.

Los ídolos cuenta la fascinación que un libro puede ejercer sobre quienes lo leen. Sus personajes convierten la obra de Lucio Sansilvestre en un objeto de veneración. El libro de poemas Los ídolos –también nombre de la novela– se rodea de un aura poética, mágica y existencial, que quizás excede su contenido. Importa lo que el libro dice; pero quizás importa más el misterio aristocrático, el prestigio y la proyección afectiva que los personajes depositan en él. Mientras lo leemos nos va asaltando la siguiente sospecha: ¿no ocurrirá algo similar con la propia novela? 

Es decir: la prosa de Mujica Lainez crea una superficie tan rica y damasquinada que, por momentos, parece darle a la trama una profundidad mayor de la que finalmente encontramos en ella. No es acusación o juicio moral. Es una tensión estética que, supongo, antes que yo, otros ya se dieron cuenta. La belleza de la frase, la perfección de una forma puede envolver una historia sin novedad alguna. 

Y de aquí desprendo una importante diferencia entre Demian y Los ídolos. En Hesse, la fascinación por una figura, Max Demian, o por sus símbolos, Abraxas o Eva, conduce finalmente hacia una transformación liberadora del protagonista. Son figuras y símbolos iniciáticos que ofician ritos de paso. En Mujica Lainez, es la fascinación la que parece ser el problema. Nos vienen a la mente aquellas armaduras renacentistas llenas de motivos florales, pequeños animales y figurillas a veces monstruosas. Es la Gorgona y la Medusa a un tiempo. Es la seducción que estas figuras ejercen sobre quien las mira. Los personajes de Lainez –y nosotros como lectores– quedamos atrapados por una aureola, una imagen cultural, elitista y sofisticada, que acaso posee más prestigio que sustancia en sí misma. 

Aquí hay una gran ironía y se relaciona, además, con el simulacro que vimos arriba en relación a las armaduras renacentistas. Como lectores –repito–, podemos quedar atrapados en el esplendor de una prosa y concederle a una obra literaria un valor que su propia trama no termina de sostener. La cultura nos enseña a admirar, es cierto, pero también debería enseñarnos a distinguir entre la seducción de un estilo cuando se hace superfluo y la verdadera necesidad interna de una obra de ficción. 

Pasan los años y en la lectura aprendemos algo fundamental: admirar no significa abdicar del juicio crítico; antes bien, lo contrario. Aprendemos que se puede apreciar a un escritor de manera desigual: amar Bomarzo, reconocer la finura de Sergio –novela que leí en Cuba– y valorar la elegancia de la prosa de Los ídolos y, al mismo tiempo, considerar que esta, su primera novela larga, no termina de sostener lo que su escritura nos promete. 

Cumplo 57 años. Miro atrás y reconozco que los libros no nos acompañan siempre de la misma manera. Algunos nos ayudan a entrar en la vida, a reconocernos en ciertas figuras que ofician como umbrales iniciáticos. Otros, nos orientan en la comprensión de aspectos detallados de la cultura. Otros más, enseñan a desconfiar un poco de aquello que, por su belleza y expresión parece reclamarnos admiración completa. Creo que, en Cuba, quien comprendió esto con más profundidad y granado fruto fue José Lezama Lima en su Curso Délfico. 

A mis 20 años necesitaba, quizás, un libro que me revelara algo sobre mí, sobre lo que aún yo no era. Hoy sigo buscando esa revelación, pero más en las personas que me rodean y en la propia vida en su abrumadora sutileza. Aunque también, por supuesto, necesito preguntarme que hace un libro con aquello que promete revelar y finalmente no revela. 

Así, entre Demian de Herman Hesse, que leí con 20 años, y Los ídolos de Manuel Mujica Lainez, que leí con más de 50 –incluyo la magistral Bomarzo como lectura intermedia– hay casi una pequeña autobiografía del lector que fui y que soy. El entusiasmo y la admiración, el reconocimiento de una grandeza que necesitamos ronde lo sublime; y, por qué no, también la distancia crítica que ejercemos cuando escribimos e incluso cuando leemos. 

Como otros, este artículo nace un domingo. Esta vez, y a diferencia de otros, antes del comienzo de una nueva edad, que no es una eterna edad, porque, desgraciada o afortunadamente, nada es eterno. No importa si en realidad escribimos bien o mal. Mucho menos si leemos bien o sin fruto. Tal vez estas mismas apreciaciones sean un dislate. La vida excede, y nos excede en nuestra vanidad y miseria cotidiana. Lo que sí parece indiscutible es que escribir es una forma de iniciación, aunque no sé bien en qué nos iniciamos: volver sobre ellos, sobre los libros, escribir una página que nos justifique. Una página para comprobar que ellos cambiaron, aunque en realidad quienes cambiamos fuimos nosotros en el vivir. 

Algunos maestros que seguimos con devoción deben ser abandonados. Algunos ídolos de juventud necesitan de examen renovado. Lo dice el budismo: si encuentras al Buda en tu camino, no dudes en darle treinta palos. Algunos libros, la mayoría, pasan a un raro olvido; otros, permanecen, esperando que algún día volvamos a ellos, pero no para leer o repetir lo mismo que alguna vez nos dijeron. Eso es precisamente lo mejor que nos ofrecen: no una respuesta cabal sobre quién somos. Nos ofrecen la posibilidad de interrogarnos. Y esto, para seguir persistiendo.






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Miércoles

Por Ernesto Hernández Busto

Fragmentos de ‘Diario de Kioto’ (Godall, 2024).