En mitad del concierto de Silvio Rodríguez hace un par de semanas en la Roig Arena empezaron a pitar los teléfonos. El público miró sus pantallas. Yo estaba ahí, en la pista, fila ocho, y también chequeé la notificación.
Todas las caras a mi alrededor me resultaban conocidas, aunque yo no conocía a nadie, o a casi nadie, que no es lo mismo pero es igual. Como un barómetro, captaba ahí un fenotipo asociado a los consulados, a la proximidad consular, a piñas haciendo presión, exprimiendo algún zumo de.
Quizás por eso pensé en ataques sónicos: para dejar de pensar.
¿Qué se sabe por fin de aquella guerra? ¿Quién fuera ruiseñor?
Era el SMS de alarma de la Generalitat: alerta naranja por lluvias intensas, alto riesgo de inundaciones en zonas costeras.
No sé por qué no emitieron directamente la alerta roja. En la aventura escroleada que sigue, en este sponsored content, la emitiré yo. Y la roja, fade out, pasará al rosa del ala de colibrí, liviana y pura.
Ala de colibrí, para la cura.
Pero cura de agua, cortante como una gota fría, que no es precisamente una gota de rocío, ya sabéis.
Aún llovía cuando salí de la Roig Arena, recinto pariente de Mercadona y sede del Valencia Basket. Aunque decían que lo peor ya había pasado, al filo de la medianoche me esperaban avenidas cerradas, tráfico desviado, estaciones de metro incomunicadas: participios sin orden ni (nunca peor dicho) concierto.
Empecé a caminar hacia una zona más céntrica. Me detuve en una fonda paquistaní que hacía esquina en Quatre Carreres y allí pedí un taxi.
La aplicación me dejó en esa. Seguí caminando.
A los pocos minutos sonó el móvil.
—Hola, soy el taxista que ha pedido. Estoy en la dirección.
—Me fui de ahí, disculpe, no recibí el mensaje —expliqué—. Ahora estoy en la calle tal número equis.
—Espéreme allí.
Esperé. No llegaba nada, nadie, nunca. Llovía más fuerte y los charcos anegaban las calles. Decidí moverme. Seguir caminando.
A los pocos minutos volvió a timbrarme el móvil.
—Hola, soy el taxista. Estoy en el sitio que me dijo.
—Pensé que el agua le impedía llegar —expliqué—. Ahora estoy en la avenida tal esquina más cual.
—Espéreme ahí.
Aquello ya se estaba convirtiendo en una persecución: lo mejor era pararla. Esperé.
Llegó haciendo señales con los faros delanteros.
—¿El Necio? —me preguntó, sacando la cabeza por la ventanilla.
—Luego el Aprendiz —confirmé—. Los conceptos han ido cambiando.
Subí al taxi.
—Soy su salvador.
—¿Disculpe?
—Mi nombre es Salvador —repitió el hombre—. Buenas noches. O no tan buenas… Menudo chaparrón, ¿eh?
Se me venía arriba el cliché del taxista conversador y probablemente conservador: lo mejor era cambiar el contexto.
—Vengo de escuchar música en vivo. Y escuché gritar su nombre.
—¿Salvador Allende? ¿En vivo?
—Correcto —dije y terminé de descifrar su acento sudamericano—. “¡Viva Salvador Allende!”, gritó alguien en el público.
—Viva —aprobó aquel taxista súbitamente chileno.
En ese instante la cabina del vehículo se transfiguró. En el parabrisas se reflejaron las tres banderas que vi ondear en el concierto: la bandera del país de Silvio Rodríguez; la bandera del país donde Silvio Rodríguez entre los cerros tuvo amigos que entre bombas de humo eran hermanos, donde amó a una mujer terrible llorando por el humo siempre eterno de aquella ciudad acorralada por símbolos de invierno; y, por supuesto, ¡tachán!, la bandera de Palestina.
Tres vértices para un todo incluido. Un triángulo de ilusiones ópticas, para nada euclidiano, aunque duradero y compacto: el paquete que te llevas al completo tras hacer un cherry-packing.
—También gritaron “¡Cuba sí, yanquis no!”.
—¿A dónde lo llevo, amigo? —me preguntó el taxista.
—Hacía milenios que no escuchaba ese lema. A Silvio le hizo gracia, porque replicó: “Hay yanquis que son muy buena gente”. Y el público se rio y lo aplaudió.
—Avispao el artista.
—Esos aplausos a lo mejor evitaban que pasara el ángel que pasa, besa y te abraza, ángel para un final… Lo cierto es que el momento pedía que se agitara una bandera estadounidense, trapo inconcebible allí.
Para el momento palestinalibre de la velada, el ángulo del triángulo desde el río hasta el mar, Silvio usó como exergo de su canción un poema de Luis Rogelio Nogueras, poema que a su vez llevaba un exergo antigenocidio.
No creo que exista alguien más, ni en Cuba ni en el exilio —sobre un escenario, bajo un escenario, alumbrado por algún foco o en la oscuridad del anónimo, frente a una cámara o frente a un obituario—, que se acuerde hoy en día de Luis Rogelio Nogueras. Ni por lo bueno, ni por lo malo.
“El mejor poeta de mi generación”, sentenció el trovador.
Lo cual me hizo pensar en la generación de Silvio y en sus poetas, y no me vino a la cabeza ni un solo nombre, ni un solo libro. Lo juro. Así de perdido estaba y estoy respecto a la historia literaria cubana.
Todo se me confunde en un amasijo de cuerdas y tendones, un revoltijo de carne con madera.
Una genealogía amortajada a la que no le doy más vueltas porque, de pronto, mientras Silvio guitarrea con los ojos cerrados, aparece a sus espaldas Malva Rodríguez, su hija menor (que es pianista y también canta, hace coros, hace trinos, como una de las tantísimas especies de aves que aletean en las estrofas de su padre, pero para mí todavía es y seguirá siendo el bebé de la portada del álbum Cita con ángeles, por eso le perdono la serigrafía agitprop que está a punto de hacer, porque yo en su lugar haría exactamente lo mismo), y le pone sobre los hombros una kufiya blanca.
Aplausos del público.
La audiencia está feliz, somos felices y queremos que nos perdonen los muertos de nuestra felicidad, que son los muertos de varias generaciones y distintas geografías, aunque en el fondo todos sabemos que algún día seremos nosotros los muertos de la felicidad de otros, y por eso nadie tiene que perdonar ningún gesto de felicidad de nadie.
—¿A dónde vamos? —pregunta el taxista.
¿Adónde van las palabras que no se quedaron?, me digo ahora. ¿Adónde van las miradas que un día partieron? ¿Acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón?
Compruebo entonces que estamos a punto de flotar: la riada sacude con fuerza los flancos del carro.
—Seguimos el tour —respondo.
—¿Cuál tour, amigo?
—Lo que resta del tour de Silvio Rodríguez.
—Pues parece que no tiene para cuándo acabar.
—¿El Tour España 2026? Estoy cien por ciento seguro de que es el último.
—El torrente de mierda este —dice, mirando por la ventanilla y girando por gusto el timón—. No podré conducir, lo siento.
Tampoco hará falta. Las aguas desbordadas terminan por elevar el taxi y nos dejan en brazos de un oleaje salido no se sabe de dónde.
Es agua de lluvia, es desagüe, es barro y desbarrancaderos lejanos. Es prácticamente un mar. Un aluvión poderoso cuyas crestas serpentean. Con cierto mar, ay, de serpientes sueño yo.
Navegamos.
Al salir de Valencia, los focos iluminan lo que parece ser la última señal de STOP que sobresale en una meseta mareada por la marea.
¿He leído STOP?
En esta península se hablan con orgullo dos o tres lenguas en peligro de extinción, pero el inglés no calza bien y los PARE no paren STOP así como así.
He leído mal, he leído otra cosa: he leído SLOP.
Para los que aún viven en la arcadia analógica de un país libre cual solamente puede ser libre en esta tierra y en este instante: el slop es la basura digital que fluye sin stop en esta tierra y en este instante, que se nos atraganta y amenaza con ahogarnos.
Infierno en digestión.
Sueño con serpientes de mar que en sus barrigas llevan lo que puedan arrebatarle al slop.
—Próximas paradas —enumero—: Galicia, Andalucía, creo que Murcia… El último concierto es en la Movistar Arena de Madrid.
—Todo el país está igual —advierte mi copiloto chileno, el que vino a salvarme—. Provincia por provincia. Es como si el Atlántico norte y el Mediterráneo se hubieran puesto de acuerdo, hueón.
Y mientras él sigue en la pantalla de su móvil la noticia del slop que yo ahora mismo transcribo, voy tecleando otras palabras:
¿Adónde van las palabras que no se quedaron? ¿Adónde van ahora mismo estos cuerpos que no puedo nunca dejar de alumbrar? ¿Acaso nunca vuelven a ser algo? ¿Acaso se van?
La mayoría de los cuerpos se han ido, sí. Y algunos de ellos aguardan a Silvio Rodríguez en Madrid para hacerle un acto de repudio que aspira a ser menos intrascendente que el que le hicieron en el concierto de Barcelona, semanas atrás.
En la capital somos más y sumamos un nuevo capítulo al eterno contrapunteo cubano de la recogida de firmas de azúcar versus el tabaco de las cartas abiertas; carta que en esta ocasión va dirigida a la presidenta de la Comunidad de Madrid, a quien se le solicita, entre otras cosas, una declaración institucional de rechazo a la actividad propagandística del trovador:
“Permitir que los voceros de la dictadura normalicen su presencia en suelo democrático es una ofensa para los miles de cubanos que tuvimos que huir de nuestra patria”.
Como lo que se ha normalizado es la ofensa, el grado de atención que Isabel Díaz Ayuso le pondrá a este mensaje oscila entre cero y menos que cero coma cero. Ahora toda su atención está puesta en la alerta roja. Ha leído las alarmas. El suelo democrático se ha sumergido: lo cubre una capa de sucesivos encharcamientos cuyo epílogo estoy relatando aquí.
Si no se entiende nada es porque ya olvidé cómo hacer ficción distópica.
“Es hora de romper el mito”, dice la carta citada.
Siempre es la hora de. Siempre la era estará pariendo un. Se ha escrito lo mismo una y otra vez y así se seguirá escribiendo.
Sucede que ahora, como bien ha dicho Silvio (que ha terminado sabiendo más por aprendiz que por necio), hay yanquis que son muy buena gente: prefieren financiar el mito, rescatarlo de las aguas, inflar el corcho de la Isla.
¿Para qué lo voy a romper?, piensan.
El mito es una serpiente: la mato y aparece una mayor.
Con mucho más infierno en digestión.
“Mientras Silvio Rodríguez viaja libremente”, dice también la carta, “los verdaderos artistas libres de Cuba sufren tortura y cautiverio”.
Ejem.
Flotando libremente, despojado ya de banderas, el taxi me lleva por parajes cuarteados e irreconocibles, terrenos hendidos y pueblos hundidos, zonas de catástrofe donde ya solo se escucha el rastro de una melodía o de una poética.
Debo apuntar que este viaje me ha salido gratis, igual que el concierto. Doy las gracias por ello.
La catástrofe sí la pagamos— y la cantamos— entre todos.












