Juan Manuel de Prada, sus libros



Con Las máscaras del héroe, primera novela de Juan Manuel de Prada, el prosista demostró ser “un autor mayor de nuestras letras, dueño de un estilo propio y de unos recursos narrativos que delatan al escritor de raza”. En 600 páginas, “Prada despliega una galería de bohemios santificados por el anarquismo, aprendices de mesías que juegan a la violencia, espectros que habitan el mundo del olvido y figurones sorprendidos en su vida doméstica”. 

Las máscaras del héroe es la “novela coral y crónica literaria de toda una época, episodio nacional y esperpento, lápiz sangriento y epopeya íntima de unos hombres que vivieron en medio de la sordidez y murieron desangrados de tinta o de sangre”. 

España, y Madrid en particular, bajo “el aguafuerte de la Historia”, entretejen “las existencias atormentadas y sonámbulas de sus mil y un personajes, entre los que se destacan Fernando Navales, nihilista y canalla, y su alter ego, Pedro Luis de Gálvez, aquel bohemio que enmascaró su heroísmo con los disfraces del desgarro y la truhanería, antes de habitar el cielo de las mitologías”.

En esta obra “negrísima y magistral”, Prada “mezcla con precisión el dato con metáforas deslumbrantes”, como en La colmena, de Camilo José Cela, otro genio de las letras hispanas. 

Predominan en Las máscaras del héroe los hombres mediocres y pobres de cafés, poetas bohemios y pendencieros, actrices de ocasión, anarquistas como B. Durruti y Mateu, Casanellas y Nicolau (asesinos del primer ministro Eduardo Dato); la feminista Carmen de Burgo, amante de Gómez de la Serna; Miguel Moya, director de El Liberal; Emilio Carrere, Alejandro Sawa, Ernesto Bark, Alfonso Vidal Planas, Antonio de Hoyos y Vinent, Luis Antón de Olmet, Armando Buscarini, Joaquín Alcaide de Zafra, Isaac del Vando Villar, Guillermo de Torre, Enrique Jardiel Poncela y otros “plumillas y gacetilleros que navegaban a la deriva por aquel Madrid absurdo, brillante y hambriento”.

“Sobre Pedro Luis Gálvez circulaban leyendas por todo Madrid que mezclaban la hipérbole con el patetismo, la hagiografía con el disparate. (…) Impresionaba su aspecto de hereje, su indumentaria rescatada de alguna trapería, su piel atesada por un betún moral (o inmoral), sus ademanes histriónicos”.

“La bohemia, que había nacido por oposición a una sociedad filistea que ya no quería ejercer su mecenazgo sobre el escritor, iba a ser devorada o estrangulada por una joven generación, a medio camino entre el gamberrismo y las vanguardias, integrada por escritores a tiempo parcial que vendrían a sustituir ese ideal del escritor perpetuo…, al escritor heroico e inadaptado por otro, disciplinado y funcionarial”.

Entre los “figurones sorprendidos en su vida doméstica” desfilan por estas páginas Unamuno, Valle Inclán, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos Asséns, Jacinto Benavente, Luis Buñuel, García Lorca, Salvador Dalí, el dramaturgo Pedro Muñoz Seca, Eduardo Zamacois, líder de la revista El Cuento Semanal; el poeta chileno Vicente Huidobro y el argentino Jorge Luis Borges, entonces “ultraísta”; el novelista Ricardo León, Rafael Sánchez Maza y E. Caballero Jiménez; el marqués Luca de Tena, Narciso Caballero, dueño del Teatro de la Comedia; José M. Vargas Vila, Agustín de Foxá, César González Ruano y otros recreados con ironía.

“Los miembros del 98 eran hombres afanados por la conquista de la gloria, propagandistas de sí mismos que ejercían el autoelogio tácitamente, mediante la descalificación del prójimo. (….) El escritor de raza se distingue del diletante por su instinto asesino, lo cual no quiere decir que escriba mejor o peor”.

“Pío Baroja era el novelista más cazurro y vigoroso del nuevo siglo; escribía con un estilo no exento de remiendos y chapucerías que, sin embargo, cautivaba al lector por el nervio de la trama, la fortaleza de sus personajes y el fondo ácido de sus ideas. Detrás de él, fumando cigarrillos kedives y rememorando las guerras carlistas, llegaba una figura tremolante de barbas, melenas y mangas vacías: era Don Ramón María del Valle-Inclán, marqués imaginario y cascarrabias”.

A “Baroja, individualista y selvático como casi todos los vascos, (…) le aburría la incontinencia verbal de Valle-Inclán”, mientras Valle-Inclán ve a Unamuno como “un calamar disfrazado con chaleco de clergyman”, que “utiliza la tinta para confundir a sus adversarios”.

Sobre Vargas Vila, el escritor colombiano, anota el narrador: “Acababa de instalarse en un pisito de la calle de Alcalá, frente al Retiro, acompañado por un sobrino ciego y por su amante (amante de ambos)”. “Vargas Vila hacia una literatura preciosista y bárbara, una mezcla áspera de Rubén Darío y Zola que (…) tenía su legión de adeptos (…); cultivaba un estilo grandilocuente y tremebundo que escandalizaba a las beatas y a los curas”.

Casi todos frecuentan los cafés “Regina, Colonial, Suizo, Varela, Platerías, El Gato Negro, Pombo”, donde acudían escritores y bohemios, anarquistas y políticos como Manuel Azaña, José A. Primo de Rivera, Largo Caballero, Besteiro o Gutiérrez Solana, “retratista de una España que se refocilaba en su leyenda negra”.

En otra novela negrísima, polémica y brillante, Mil ojos esconde la noche, dividida en La ciudad sin luz y Cárcel de tinieblas, Prada exhibe otra vez su talento narrativo y su conocimiento del panorama literario, artístico e intelectual de España en la primera mitad del siglo XX, mientra retoma la tradición barroca y esperpéntica hispana, al estilo de Quevedo o Valle-Inclán. 

En Mil ojos esconde la noche, Prada “se centra en los artistas españoles que tras la Guerra Civil recaló en el París ocupado por los alemanes”, en su situación y en los recursos de sobrevida, desde trampear a malvivir en la sombra y ejercer la picaresca, la delación y otros dilemas. Todo desde las peripecias de Fernando Navales, el “nihilista canalla” de Las máscaras del héroe, ahora en compañía de Picasso, César González Ruano, Gregorio Marañón, Victoria Kent o Ana María Martínez Sagi.

Según Luis A. de Cuenta, esta obra maestra es “una catedral del lenguaje, una fiesta de estilo difícilmente superable”.

Para Álex de la Iglesia:

Mil ojos esconde la noche es Cela, Céline, Valle, pero sobre todo es Prada, brutal, sin límites. Prada acaba de un zarpazo con el buenismo infantilón que nos ahoga y nos muestra descarnado su soberbio talento. Hablamos del texto más deliciosamente bruto desde La familia de Pascual Duarte… Lo mejor que he leído en décadas”.

La Historia, el arte, la literatura y los entresijos humanos condimentan otras novelas de Juan Manuel de Prada: Me hallará la muerteEl castillo de diamanteLa tempestad (Premio Planeta 1997) y El séptimo velo. Además de sus iniciales CoñosEl silencio del patinador.

Todas de gran recepción crítica e impacto lectivo.