Nota de la autora
Si algún sentido tiene este libro[1], es el de afirmar la necesidad de la paradoja. No estoy siendo nada original, la paradoja es ir contra la opinión general, contra la lógica, es celebrar la contradicción. Cualquier pensador, cualquier crítico, cualquier artista afirmaba (antes) su retórica y su poética en la desobediencia. Es decir, en la resistencia a pensar de una sola manera.
Pensar es poner en tensión dos cosas opuestas, a la vez. Sin embargo, por alguna razón que no logro comprender, en tiempos recientes se ha debilitado la necesidad de desobedecer; en general, a nadie parece importarle demasiado la cultura de la intimidación en el arte. Incluso parece que gusta, mientras no haya demasiada sangre.
En un tuit reciente escribí: “Nunca hemos sido tan libres como bajo la Ocupación alemana, decía Sartre en el 44. Obviamente los que no quisieron entender gritaron, escándalo, escándalo. Bajo Ocupación, bajo dictaduras comunistas, los individuos mantenían su libertad interior, porque el enemigo estaba afuera. Ahora está dentro”.
Luego, en otro tuit: “Un profesor de Letras chileno de la Universidad de Oklahoma me dijo que durante la dictadura de Pinochet se sentía menos vigilado que ahora. Un profesor de filosofía francés contó que se retira antes de tiempo de la Sorbonne porque ahora está más controlado que en sus últimos treinta años”.
Entonces fui acusada (sin llegar al linchamiento y la cancelación, por suerte) de ser pinochetista, de estar profundamente enamorada de Pinochet y de todos los dictadores de América Latina y del mundo. Con la lógica de no podés decir eso porque le hacés el juego al enemigo, no se puede decir eso porque equivale a decir que estábamos mejor bajo dictadura, se coarta la posibilidad de pensar la época.
Pensar la época (y cualquier cosa) es que esté bajo sospecha y contradicción. ¿Tienen hoy más visibilidad las minorías? Sí. ¿Se las instrumentaliza? Sí. ¿Es bueno que se piense al ser humano en toda su diversidad? Sí. ¿Es bueno para el arte que se le imponga a un artista criterios extra artísticos para su obra? No.
Escribir literatura es una operación contraria al pasaje al acto, reemplaza, sustituye, el pasaje al acto. Justamente por eso se supone que acordamos que un novelista que describe un acto caníbal o un secuestro, no debe ser interceptado por las Fuerzas del Orden y tirado en un calabozo. Como decía Imre Kertész, traductor de Nietzsche (se nota en su gusto por la paradoja), escribir es un tiro al corazón, algo así como una enfermedad mortal. Es exactamente por eso que escribir es la única salvación posible.
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Escribir sin ofender a nadie es un oxímoron. Montaigne es el mejor adversario de Pascal. Aron el de Sartre. Escribir es una controversia subterránea. En el año 1918, los alemanes escribieron libros de revancha. Los franceses, en cambio, escribieron libros de paz. Es fácil imaginar cuáles fueron mejores. Lo políticamente correcto es la gangrena del arte en este siglo. Un dibujante francés dijo: “Lo que es bueno para la caricatura, no lo es necesariamente para la democracia”. Que cada cual elija a qué amo obedecer.
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Esta época lee mal porque lee desde la identidad. Los prowagnerianos ven a Wagner como Dios. Los antiwagnerianos lo ven como un nazi. El problema es que Wagner no es ni solamente Dios, ni solamente un nazi, sino las dos cosas a la vez. Si se elimina la ambigüedad en un artista, se lo destruye.
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No existen las novelas que están en contra del racismo o la misoginia. Solo están las que adoptan la lengua del enemigo y las que fabrican una lengua por fuera del sometimiento. Pero, a veces, víctima y victimario hablan la misma lengua. Antes de escribir, para mí todo es destrucción, cualquier palabra me resulta caduca, las palabras se me deshacen “en la lengua como hongos podridos”. Las palabras por fuera de la escritura están lobotomizadas. Pero al escribir se rehace el lenguaje, se reconfigura, renace. Escribir una novela es escribir la historia de una vergüenza. Por eso es siempre tan paradójico escribir, porque se escribe la vergüenza pero se necesita perder el pudor. Escribir es ser un paria. Nunca me da tanto miedo mirarme como cuando escribo.
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Se puede adoptar una pose en todo: hacer libros falsos, afiliarse de forma cínica a una ideología contraria, mostrarse progresista y ser de derecha, simular ser buena o mala madre, ser moderno cuando se aborrece la modernidad, etc. Lo que no se puede es mentir en la lengua, las palabras que elegimos no mienten, ahí salta toda la verdad.
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Escribir es sustraerse a la vida. Pero para escribir hay que vivir. Me doy cuenta ahora hasta qué punto primero hay que lanzarse a la vida, olvidando la escritura, para después lanzarse a escribir, olvidando la vida. Escribir es ante todo una operación temporal, como la música. Escribir es más que vivir, es vivir dos veces. O es menos que la vida, es una relación especular, oblicua, distorsionada. Por eso, a veces un texto nos hace llorar. Pero el mérito de la emoción no es literario, el mérito es todo de la vida. Y viceversa.
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Hay una reconversión forzosa en la literatura: una inquisición. Se está reescribiendo la literatura infantil y se está reescribiendo la historia, un revanchismo en el que opera una instrumentalización de las minorías. La ubican a Marguerite Duras como una mujer oprimida cuando no lo fue, cuando dijo que no era feminista y no creía en las etiquetas, al igual que Yourcenar. Y, aun así, Duras fue una mujer crucial en su época. Le cambian el nombre a George Sand por su nombre femenino de nacimiento, Amantine-Aurore-Lucile Dupin, pero George Sand decidió ser del tercer sexo, ni hombre ni únicamente mujer, como la apodó Flaubert. Eso es ir contra la voluntad del autor. Se buscan traductores afrodescendientes para traducir a autores afrodescendientes, no binarios para traducir a no binarios. Esa reducción del ser humano a su condición genital, biológica, de identidad de género, sexual o a su color de piel, es propia del fascismo. Es una clasificación de la que huyeron horrorizados en el siglo XX y que hoy estamos, colaboradores mediante, retomando en el arte. Vaciar el lenguaje de violencia es imposible.
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Lo mejor que le podría pasar a un artista es asumir sus contradicciones, su doble cara, su doble moral. “Me declaro antiburgués pero no arriesgo nada y acumulo poder”. “Hago películas a favor de la Justicia pero soy violento con mis compañeras”. “Soy feminista pero me ensaño con las mujeres”. “Soy humanista pero el antisemitismo no me parece tan mal”. Y así con todos, uno a uno.
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Escribí una novela del siglo XXI y fracasé. La destruí, aunque quedan los escombros. Los nuevos personajes duermen casi sentados, los acostados están muertos, hay humo, liebres destripadas cuelgan de la chimenea. Para pertenecer a su época, una novela tiene, sobre todo, que no ser de su época. Para encontrar la escritura, a veces hace falta no escribir, no conocer el argumento, ni el personaje, ni la trama, ni la intriga. No escribir sino buscar el deseo de la escritura, la búsqueda de ese deseo ya es un procedimiento literario. La lengua que se arma en ese deseo único no existe antes ni después, no fue creada. Como dijo Vladímir Mayakovski: “Ya tengo la novela, ahora solo falta escribirla”.
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No deberían dar un premio literario a un escritor/a por sus compromisos políticos públicos, por su anuncio de defensa de los derechos humanos. Lo público es un engaño. Beauvoir y Sartre tiraron a la boca de los nazis a su joven amante judía y juguete sexual, Bianca Bienenfeld. Neruda, comunista y luchador, dejó morir de hambre a Malva Marina, su hija con hidrocefalia, a la que llamaba “el monstruo de tres kilos”. Malraux, héroe francés, llamó a su odiada hija Florence “el objeto”. “El artista ha de empezar su obra con el mismo ánimo que un criminal”, dice Degas. “Cuando empiezo a escribir, el mundo se convierte en mi enemigo”, dice Kertész.
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Cuando periodistas, presentadores y editores de cada festival y encuentro literario de diversos países ponen el acento en que somos “escritoras mujeres + nacidas en los setenta + latinoamericanas”, lo que buscan es alienarnos. Se nos reúne bajo un mismo lema, un gremio, una condición, un cupo: el combo de ser mujeres, de una misma generación y latinas. Eso puede parecer una política de apoyo, de visibilidad, de inclusión y de justicia frente a siglos de borrado de la mujer en todos los ámbitos, y en un principio pudo ser así. Hoy creo que ese discurso, omnipresente y totalizante, es contrario a la valoración de una lengua, de una obra, de un universo de ficción. La única condición de un escritor, de la generación, cultura y época que sea, es la de ser único e irreductible.
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Extrañamente tengo conciencia de ser escritora todos los días. Lo siento cuando leo, cuando escucho música, cuando respondo a una entrevista o manejo por el campo de maíces y viñedos. Salvo cuando escribo. Cuando escribo no soy escritora, no sé qué soy, pero escritora no.
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A mí siempre me obsesionó el hecho de que existan las palabras. Ese correlato tan perturbador entre vivir y hablar, escribir y leer. Que podamos oír y decir palabras de alguien que vivió hace mil años, que acaba de morir, que está embalsamado. Cómo puede ser que exista la palabra crepúsculo y que exista, a su vez, el crepúsculo. Cómo puede ser que exista la palabra pesadilla y que se parezca, en efecto, a tener una pesadilla, todo eso tan borgeano, que varía en cada lengua.
Cuando escribo, no tengo nunca la impresión de estar escribiendo, ni de estar rodeada de palabras, ni de estar operando con algo que ya existe. Decir: “Te amaré hasta el fin de mis días”, quiere decir algo en la vida, no quiere decir absolutamente nada si lo escribo así en una novela. Como un árbol o un sillón: en la escena teatral, no son ni un árbol ni un sillón, pero qué son, ese es el trabajo.
Eso mismo pasa al escribir: hay que empezar de cero, resucitar las palabras, darles una RCP. Creo que escribir una novela es cavar túneles para huir, ese deterioro físico con golpes en la cabeza y arena en los pulmones, ese estado alucinatorio por no dormir, y a la vez, esa sed de llegar al final del túnel.
La lengua es un sistema de canales, un sistema ferroviario, son pasajes encubiertos. Por eso, toda enajenación de la lengua es una forma, es la gran forma de esclavitud. Cada vez que escribo siento que estoy por volar una embajada, o evadirme encubierta dentro de una gran caja para instrumentos musicales.
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“El Estado siempre financió la literatura para liquidarla”, declaró Imre Kertész. El autor empezó a escribir Sin destino el año de la muerte de Céline. Y Céline escribió Viaje al fin de la noche poco después del nacimiento de Kertész. El Céline nazi y el Kertész deportado a Auschwitz y Buchenwald tenían la misma ética al escribir: no ceder ante las palabras de la cultura de masas. En el escenario, Gérard Depardieu entona un cínico mea culpa por su relación con Rusia (“Chechenia, no problem”) y hay abucheos y aplausos. Los artistas de hoy aceptan el linchamiento y la depuración de las masas.
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En los festivales de literatura importa mucho más dar cuenta de ser ecologista, anticapitalista, vegano, antirracista y proinmigración e inclusión, que la obra, que las reflexiones que puedan tener los autores invitados sobre la literatura. En los programas, en las mesas, está mencionado en el cartel con tu nombre si sos disidente, pro-Palestina, humanista, etc. Pero no importa si sos antirracista pero antisemita, si sos ecologista pero pederasta, eso no se ve como una contradicción. Lo importante para los organizadores es que tengas una causa y la muestres bien alto, aunque entre en colisión con otras. Es casi como si los autores fuésemos invitados a los festivales literarios a lavar dinero, o la conciencia. La literatura hoy es una copia de la vida inauténtica de Heidegger. El mercado literario hoy es la hipérbole de la doble moral.
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En el momento en que un intelectual cede al pensamiento único, se niega histéricamente a tratar de entender el punto de vista del otro (aún enemigo, sobre todo enemigo); en ese rechazo a querer saber, deja de ser un intelectual. Creo que hoy se imponen dos estilos irreconciliables: los que asumen la independencia de la literatura y los que escriben apuntando con el arma de la ideología. Pero sobre todo hay dos formas de leer, irreconciliables también. La traductora de La débil mental me pide poner comillas cuando el personaje se dice a sí misma retrasada mental. Dice que en su idioma es ofensivo. “En el mío también”, le respondo. “Por eso mismo propongo cubrirnos con comillas”, me dice. Eso equivaldría a usar prótesis morales o comillas policíacas.
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Estoy en Francia, pero no estoy en Francia. Hay un cuento de Katherine Mansfield donde una mujer recién casada fuma en el balcón durante la noche de bodas pero viéndose ya fuera del matrimonio, como los amantes, que dejan de frecuentarse pero siguen siendo amantes, psíquicamente. Escribir es poder captar eso que mientras es, ya no es. Cuando estoy lista para volver a escribir, soy como un soldado en posición de tiro, el dedo índice en el gatillo. La escritura aparece antes, como un antídoto, como morfina antes de ser ingerida. El llamado estilo no es otra cosa que evitar que el arma se dispare a destiempo.
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La descripción de la realidad misma, vivir, se ve como incitación al odio. El arte que no responde a las consignas ideológicas es judicializado y acusado de xenófobo, islamofóbico, transfóbico. Toda la larga semántica de la “fobia” está puesta al servicio de que se renuncie a pensar. Suponer que uno lee desde la identificación primaria es un error. Cuando uno lee no siente identificación por lo idéntico a uno. Para sentirme identificada yo no busco un personaje que sea una mujer blanca de cuarenta y tres años, con dos hijos, que viva en Europa y cuyos antepasados hayan estado en los pogromos de Europa del Este. Ese no es el modo en que uno lee. Si no, uno nunca podría identificarse con un personaje del siglo XV, con un alien o con un superhéroe, con Drácula, o con la invocación del superhombre de Nietzsche. Uno lee para olvidarse de sí, para borrarse, para des/hacerse, para des/identificarse, para romper con la mentira del Yo, para des/individualizarse.
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Me gusta lo que dice Faulkner sobre la escritura: “El que quiere ser escritor, piensa en el lector, en el público. El que quiere escribir, solo escribe”. En la escritura no hay pacto posible con nada, no hay regateo, no hay atajo. El escritor solo es responsable de su obra.
[1] Prólogo de la autora a su libro El ruido de una época (Gatopardo Ediciones, Barcelona, 2023).

Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)
De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad.
Ponte dentro del campo de exterminio
El castrismo opera su emborronamiento último no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.











