La ofrenda



No había contado con la saliva. No se ve en las películas y uno no piensa que la lengua sea tan mojada y resbalosa. Buscas con ella en un ángulo de mi boca, empujas, te abres paso hasta tropezar con los dientes. Yo echo hacia atrás la cabeza, y sigues besando, el cuello, el vestido. Tu nuca contra mi cara y el olor de cuando llegábamos al aula corriendo de Educación Física. Yo trataba de coincidir contigo siempre en el bebedero. ¿Te acuerdas? es lo que quiero decir. Pero solo alzo el hombro para impedirte bajar el tirante del sostén. 

En segundo grado me sentaron dos semanas en tu mesa. Me ponía tan nerviosa tenerte cerca que hasta tartamudeaba al leer. En quinto te vi un día tocando a Laura por debajo de la mesa. En un turno libre ella se subió a la mesa de la maestra y empezó a bailar, todos los varones se agacharon para verle el blúmer. Tú también.  

 Me oprimes contra la puerta, está rota y suena, tengo miedo de que nos oigan. Beso tu mano en la palma, como lo vi en una película. Sonríes y me fijo en tus dientes blancos, juntos, parejos. Tu cuello ancho tiene una vena azul que se hincha y late. Los músculos de tus brazos parecen a punto de hacer estallar el pulóver.

Me buscas los senos a través de la tela con las manos abiertas, vuelves la mano a la boca y me miras fijo, mientras te mojas los dedos. 

En séptimo nos mudamos para Cojímar. Mami odiaba la Habana Vieja y el ruido y a la vecina puta del cuarto piso. Me gustó la casa y el rumor del mar que se oía por las noches. Mami se quejaba de que nos habían estafado, que su cuarto se filtraba cuando llovía, que había un tragante tupido y que las rejas las pintaron sin rasparle el óxido. Yo salía a la terraza y en la parte más oscura, me levantaba la blusa. La vecina nueva había dicho que darle el pecho a su niño le había empequeñecido los senos. 

–No quiero tener hijos.

–No te preocupes, yo la echo afuera. 

Y subes otra vez la mano húmeda, mojando en círculos. Una sensación fuerte hasta la rabia me hace halar tu brazo.

––¿Qué te pasa?

––Puede subir alguien.

–Aquí nunca sube nadie. ¿No confías en mí?

Eres tan lindo, Alexander. Me gusta ver cómo cambia tu cara cuando mueves la cabeza y se alterna la luz. Y cuando sonríes… Sobre todo, cuando sonríes.

Mami quería dejarle la nueva dirección a Mirna, no pudo despedirse de ella. La primera vez que vi la cuadra después de un año me pareció otra, más vieja más destruida. Mirna con su bata de casa de flores rojas: mi niña qué sorpresa y mami cómo está mejor no vayas al cuarto piso tu padre ya tú sabes pero no te preocupes en esta vida todo se paga y tú cómo has cambiado tremendo cuerpo que tienes quieres quedarte a comer gracias es mejor que me vaya antes de que oscurezca.

No te vi en la calle, pasé frente a tu edificio y seguí despacio para la parada. Al cruzar Monserrate te vi venir en la bicicleta. Corrí en sentido contrario, doblé y salí por la calle Luz para tropezar contigo justo cuando entrabas en la cuadra.

–Ale, ¿alguna vez supiste dónde yo vivía?

 Niegas con la cabeza mientras sujeto tu mano que está tratando de levantar el borde de mi vestido.

–No, eso no. 

Tu argolla brilla en la penumbra cuando te inclinas para morder los pezones a través de la tela. 

Parecías sorprendido de encontrarme allí, en la calle. Dijiste que dónde yo me había metido por qué no me habías visto en tanto tiempo. Te respondí que me había mudado y de todos modos, desde sexto no estábamos en la misma aula. ¿Qué vas a hacer ahora? Preguntaste. Demoré en decir que nada. ¿Quieres dar una vuelta? Bueno… En la bicicleta tuve que apoyarme en tu pecho para estar un poco estable, tus muslos me rozaban en cada movimiento que hacías al darle a los pedales. 

–Mi mamá no sabe dónde estoy…

–No vamos a demorarnos.

–Ale…

–¿Qué?

 Si pudiera decirte que tengo miedo.  Hay cosas que me asustan, sabes, como esta misma hora, cuando se pone el sol. Siento que nadie me ve o como si no me viera. Que estoy tan sola. Que todo alrededor, toda la gente es como un espejismo: va a desaparecer. Y una extraña tristeza flota en el aire…

Metes la mano bajo el vestido, palpas los muslos, subes.

–No, eso no.

Mides con el índice, corres el elástico y entras, agarro tu mano con todas mis fuerzas, huyendo del dolor, de la quemadura. Me pegas más duro a la puerta con el peso de tu cuerpo, deslizándome hacia abajo. El piso está sucio y pienso en el vestido, es nuevo, Alexander, quiero decir, pero solo grito. Tú estás halando mis piernas y caigo sobre el suelo que vibra con el ruido de un motor, pienso en que no se debe oír nada en la escalera, que tengo que gritar más alto.

En el Malecón había mucha gente. Y gente también en los arrecifes. En el agua vi una balsa, tenía una proa chapucera, con una cruz y una virgen de la Caridad. Había mujeres llorando, niños. Alrededor de nosotros, algunos les gritaban, se reían. Otros les daban ánimos.

–Hay que estar loco para hacer eso –dije.

De perfil, lucías tan serio, el pardo de los ojos se volvió dorado con el resplandor del sol.

–¿Quieres verlo desde un lugar más alto? —preguntaste—. Yo conozco un lugar…

Eran sólo tres cuadras. No te fue difícil subir la escalera cargando la bicicleta. Las paredes estaban tan sucias como el pasamanos y me pregunté si sentirías el perfume de mami que me eché en el cuello, y bajo los senos. Mi pelo se había regado bastante con el aire del Malecón. Me hubiera gustado antes de subir mirarme en un espejo. 

El blúmer queda enrollado en mi tobillo derecho, busco con la mano y toco polvo, churre, mis pies chocan con la otra pared, su cuerpo me aplasta contra el piso, junta mis brazos con una sola mano y con la otra busca entre los muslos, ubica, empuja. Un alarido sale de mi garganta pero no soy yo, es como entrar a un túnel, la oscuridad es violenta, quema, despedaza. Pienso ahora me voy a desintegrar, ahora pasa, ahora pasa, pero los pedazos no se apartan, se sostienen, la oscuridad salta y cómo quema, cómo arde, pienso ahora sí se separarán los pedazos pero vuelve la luz y él está ahí, sonríe mientras se agita, me agarra las caderas, echa atrás la cabeza y veo la vena en el cuello a punto de partirse. 

Una última sacudida y cae. Se estremece todavía, me suelta las manos y se afloja contra mi cara. Respira con fuerza, con pausas. Mis dedos resbalan por el aserrín, su cuello está en mi cara, el vértigo de su olor cuando nos inclinábamos sobre el bebedero. Abro la boca y pruebo, sorbo. Su piel sabe un poco a sal, la dejo entrar en mi boca, en mi lengua. Y pienso en aquel día que vi la sangre correr por la taza, salía con el orine y hacía dibujos en el agua. Mami tocaba en la puerta del baño. No voy a abrir, no voy a abrir, y cuento los golpes en la puerta hasta que se alejan. Se cansan. Se paran. Tu cuello contra mi cara, Alexander, aquel olor junto al metal del bebedero. Mis dientes prueban la dureza de la sal, tropiezo  con un borde, y sé que hay que partir todo lo que toque, hundir los dientes que se llenan de más sal, más líquida. El sabor llega a mis encías que se mojan, sigo probando, tanteando, no voy a abrir la boca, no voy a soltar. Tu cuerpo es una ola rabiosa sin espacio para levantarse, para caer. No voy a soltar aunque pierda la boca, aunque la ola me arranque. Toda la saliva es roja, como la sangre en la taza, halo la cadena antes de que mami entre, el rojo se agua y gira gira gira hasta perderse en el vórtice. Cuento las vueltas en el agua cuento los golpes en mi boca que se alejan. Se cansan.  Se paran.  

Te aflojas violentamente en mi cara, la pausa de la respiración ahora es tan larga… Espero, pero no llega. 

Sólo siento la vibración del motor bajo mi espalda. 

Qué bonito tu pelo, Alexander, un rizo quemado por el sol enredado en la argolla. Acaricio tu frente, tus ojos, la boca larga, los labios oscuros, beso tus labios despacio, tu piel bronceada, nunca tuve tan cerca tu oreja, pego mis labios en el centro y susurro: 

–Ale, eres tan lindo, nunca te lo dije, pero yo te miraba desde segundo grado… Hay tantas cosas que quiero decirte, sabes, como lo que siento a esta hora, cuando se pone el sol. Todo alrededor se ve tan raro, como si no fuera real. Y esa tristeza, ¿ves?, esta tristeza que flota ahora mismo en el aire.


© Imagen de interior y portada: Miguel Yasser Castellanos Guerrero.






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Miércoles

Por Ernesto Hernández Busto

Fragmentos de ‘Diario de Kioto’ (Godall, 2024).