Antonio José Ponte nos regala un pasaje de su libro La revolución sin mí. Sus lectores lo esperamos con ansias y, entre tanto, disfrutamos del avance y hacemos anotaciones en los márgenes.
Con minuciosidad de archivista, Ponte ofrece viñetas de algunas de las más famosas patrañas castristas. Fidel, entrevistado por una periodista extranjera, habla de las UMAP y jura haberse enterado fortuitamente de su existencia.
Según un joven militante citado por el cura Ernesto Cardenal en el libro En Cuba (1970), las UMAP eran verdaderos “campos de concentración”. El Máximo Líder oye de la existencia de esos campos de Camagüey, decide colarse allí de incógnito, meterse en una hamaca a ver qué pasa y por poco es despertado a planazos.
Fidel aprovecha la visita de la periodista para aceptar la responsabilidad por aquella iniciativa. Acusa a los yanquis, culpa a la CIA de atentar contra su vida; pero después se vale de una triquimaña: el viejo leguleyo se inculpa a sí mismo (“Yo no voy a culpar a otros”) y la dirigencia del Partido corre a exonerarlo. Hace un par de años, Miguel Barnet repitió que Fidel había sido demasiado magnánimo al responsabilizarse por las UMAP.
El mismo patrón de errores se recicla otras dos veces. En una de ellas, el acuario habanero sirve de telón de fondo cuando Fidel le dice a un periodista que “el modelo cubano ya no funciona ni para nosotros”. Viene el control de daños: lo interpretaron mal, lo tradujeron mal. La mención de los cohetes nucleares soviéticos hace que se dispare de nuevo el ciclo: emborrona, limpia, repite.
Hablando de campos de concentración, Antonio José Ponte cita a Anne Applebaum: “Entiendo por campos de concentración aquellos construidos para recluir a personas, no por lo que hayan hecho, sino por ser quienes son”; y después al “abogado y director de la Gestapo Rudolf Diels”, que habría dicho: “No existe ninguna orden ni ninguna instrucción en el origen de los campos: estos no han sido construidos, sino que un buen día estaban ahí”.
Ambos tienen razón: los reconcentrados son culpables de hacer lo que son: “ser” y “hacer” son equivalentes en un Estado policíaco. Los campos no existen porque no hay prueba, orden o instrucción que lo demuestre; tampoco hay datos sobre sus orígenes. Por mucho que los periodistas indaguen y metan el dedo, la lógica del campo los elude.
Basta ver el programa de Hugh Trevor-Roper con Albert Speer, de 1971, en la BBC. Ninguno de los entrevistadores puede sacar nada en claro y es probable que, efectivamente, Speer no tuviera noticia de los campos de exterminio. También es cierto que la mayoría de los cubanos no supo nada de las UMAP y aún menos de los campos de muerte del Escambray, de Condado y La Campana.
A propósito de los campos, Ponte interpola: “Respecto a los campos de concentración de la revolución cubana, Fidel Castro y su entrevistadora mexicana practican un emborronamiento semejante. (Semejanza de borrado, no de sistemas: en Cuba no existieron campos de exterminio.)”.
Los nazis fueron estetas, mesurados y minimalistas, algo que se trasluce en la imaginería penitenciaria. Algunas de las fotografías más memorables de los campos fueron tomadas por la maravillosa modelo y fotógrafa de moda Lee Miller, que se haría un retrato en la bañera del apartamento muniqués de Adolf Hitler. Los campos, con sus alambradas de púas, sus casacas rayadas y sus cadáveres góticos, han devenido referencia obligada del macabro moderno.
Cada vez que hablamos de un modelo penitenciario cum exterminium, nos remitimos a Auschwitz y Treblinka y, muy de vez en cuando, a Choeung Ek, en Camboya; y esto, básicamente, porque los campos de muerte camboyanos carecen de valor estético, si exceptuamos una peliculita de 1984, aunque el régimen que los produjo asesinara a cerca de dos millones de personas.
En cambio, la aseveración ponteana —“Semejanza de borrado, no de sistemas: en Cuba no existieron campos de exterminio”— debería ser tomada con un grano de sal. ¿Tenía que pasar flotando una cabeza entre el ballet de los delfines para que los espectadores se dieran cuenta de que nuestro campo de exterminio estuvo siempre a la vista? ¿Podría adjudicarse una orden, una instrucción, un origen a las olas del mar?
Difícilmente, a no ser que fuéramos Calígulas. Los que han perecido en el Estrecho no fueron condenados por algo que hubieran hecho, sino por haber sido quienes eran: desesperados, escapados, extraviados. Las olas, las mareas, los tiburones estaban sencillamente ahí. El mar es nuestro campo de exterminio, como he dicho demasiadas veces, y la balsa es nuestra cámara de gas.
Se requiere una transvaloración de valores para actualizar las categorías jurídicas, políticas e históricas de hace casi un siglo. Por eso hoy Antifa y los neocomunistas enfilan sus cañones en la dirección errada: el fascismo cambió de facha. El castrismo es un paradigma tan adecuado como cualquier otro ismo y su modo de exterminio, aunque no exactamente germánico, es real.
Solo por citar dos casos, ya que estamos dentro de un acuario, con delfines de fondo. A la fórmula combativa “¡A nosotros qué nos importa que se quieran ir!”, pronunciada por Fidel Castro el 5 de agosto de 1994, siguió la mayor estampida de balseros de la historia.
¿Cuántos perecieron en alta mar? Ningún Rudolf Diels fidelista podría decirlo con exactitud: el campo de exterminio estaba sencillamente ahí y siempre había estado. A nadie se le ocurrió mirar hacia el acuario.
El día que Elizabeth Brotons murió, dejándonos a Eliancito, perecieron ahogadas en el Estrecho de la Florida las siguientes personas:
- Lázaro Rafael Munero García, compañero de Elizabeth y organizador de la travesía.
- Rafael Munero, padre de Lázaro.
- Marielena García, madre de Lázaro.
- Jikary Munero, hermano de Lázaro.
- Zenaida Santos.
- Nelson Rodríguez, esposo de Zenaida.
- Juan Carlos Rodríguez, hermano de Nelson.
- Juan Manuel Rodríguez, padre de Nelson y Juan Carlos.
- Mérida Barrios, madre de Nelson y Juan Carlos.
- Lika Guillermo.
Por mi parte, puedo atestiguar que en las cárceles villareñas de 1974 la mayor parte de los presos políticos estaba allí por “ser” lo que era: gente que había intentado salir ilegalmente de Cuba. ¿Cuántos fueron a prisión y cuántos perecieron? Ni Raúl ni Bruno Rodríguez Parrilla podrían dar números confiables. De los diez que se ahogaron con Elizabeth Brotons nadie se acordaría: sus nombres han pasado de chiripa a la historia gracias a Eliancito.
En abril de 1961, veintidós sobrevivientes de la batalla de Bahía de Cochinos lograron zarpar en un barquito de veintidós pies de largo y escapar de los matones castristas. Llegaron a Nueva Orleans quince días más tarde; la mitad había muerto de hambre e insolación. Era un grupo de patriotas veinteañeros.
Conozco la historia porque uno de los sobrevivientes escribió un librito, Los que por ti murieron, publicado en México en 1962, y una noche de cubilete en Glendale, Ofelia Fox, la dueña de Tropicana, me lo regaló. ¿Quién más lo tiene en su biblioteca? ¿Cuántas historias parecidas quedaron por contar?
Cada dictadura latinoamericana viene con su correspondiente campo de exterminio. Chile y Argentina gozan de ese privilegio. Privar a Cuba del suyo es rebajar nuestra dictadura de categoría, bowdlerizar la historia. Pero ninguna de las dictaduras latinoamericanas hubiera existido sin el castrismo: porque el castrismo es el campo de exterminio an sich.
Usar el mar como instrumento de genocidio representó una extraordinaria optimización de recursos. Si los nazis habían hecho uso del Zyklon B, con su base de ácido cianhídrico, un pesticida para matar gusanos (Ungeziefer) por asfixia, en el caso del castrismo se trató de simple H₂O. Barato, abundante y de fácil acceso.
Veinte años después del Maleconazo, agasajado por el 55º aniversario de su entrada en La Habana, en el Estudio Romerillo del colaboracionista Kcho, Fidel Castro admiró las balsas y hasta las tocó, y estoy convencido de que en ningún momento hizo la conexión entre un campo de exterminio y aquellos artefactos mortíferos de su creación. Es así como el castrismo opera su emborronamiento último: no solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.

El día que faltó la ida
Premio. Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.
La república del billete redondo
Premio. No Ficción. Premio de Literatura Artificial “Piñera-Lezama in memoriam” 2026.










