Del Estrecho de Florida como campo de exterminio (En respuesta a Néstor Díaz de Villegas)

Unos 150 kilómetros de mar, 90 millas náuticas, profundidad media de 700 metros. Nortes, huracanes, tiburones. Una vía de escape y un número de desaparecidos del cual no tendremos más que estimados…

Hace una semana publiqué un fragmento de mi libro inédito La revolución sin mí. En él volví al tema de las UMAP. Afirmé de pasada que el régimen que abrió esos campos de concentración no construyó campos de exterminio y Néstor Díaz de Villegas se ha ocupado de rebatirme esto último. 

“Cada dictadura latinoamericana viene con su correspondiente campo de exterminio”, escribió. “Chile y Argentina gozan de ese privilegio. Privar a Cuba del suyo es rebajar nuestra dictadura de categoría, bowdlerizar la historia”.

Y adelantó esta fórmula: “El mar es nuestro campo de exterminio, como he dicho demasiadas veces, y la balsa es nuestra cámara de gas”. La frase podría tomarse por una boutade, pero una boutade repetida demasiadas veces aspira a más. Así que me dispongo a examinarla. 

Pasado su relumbre, lo primero que salta a la vista son esos adjetivos posesivos. ¿Serían nuestros (en caso de existir o haber existido en Cuba) los campos de exterminio? ¿Serían nuestras esas cámaras de gas? Creo que no. Propiedad exclusiva del régimen: que el empeño por no rebajar de categoría a “nuestra dictadura” no nos imponga apropiaciones de esta clase. 

Aunque supongo que “nuestro” y “nuestra” deban entenderse en contraposición a otros campos de exterminios, cámaras de gas y dictaduras que —contrarios al caso de la revolución cubana— son reconocidos internacionalmente. 

Ahora bien, ¿es posible considerar el Estrecho de Florida como campo de exterminio? ¿Puede hablarse de la balsa como cámara de gas? De ser así, quien fabrica una balsa fabrica su propia muerte. No va en busca de libertad, sino derechamente a la extinción.

Tendríamos que juzgar entonces como campo de exterminio aquel donde se entra por voluntad propia y cuyo recorrido puede culminar en la ciudadanía norteamericana. Es decir, un campo de exterminio atravesable, que garantiza vida nueva a quien lo sobrepase por dantesco que haya sido el trayecto. 

Néstor Díaz de Villegas reconoce que la mayor parte de los presos políticos con los que coincidió en las cárceles cubanas era “gente que había intentado salir ilegalmente de Cuba”. Siendo así, debería preguntarse por qué un poder que se sirve del mar como exterminador impediría entrar en él a tantos desafectos. ¿Qué clase de poder es ese que adopta la solución final para cerciorarse con guardafronteras de que nadie incurra en ella y reemplazar por años de cárcel la pena capital?

La equivalencia mar-campo de exterminio y balsa-horno crematorio malinterpreta las excepcionales aperturas de fronteras generadas por el régimen cubano. Cuando en agosto de 1994, Fidel Castro soltó “¡A nosotros qué nos importa que se quieran ir!” y a su discurso le siguió una estampida de balseros, la invitación al viaje no buscaba una liquidación masiva, sino todo lo contrario: volcar sobre Florida la mayor avalancha de inmigrantes. 

El dictador procuraba servirse de los balseros sobrevivientes en su guerra híbrida y su objetivo principal residía en golpear a los Estados Unidos, monomanía suya. 

Harto de la buena prensa de que ha gozado (y goza) la dictadura cubana, con el fin de hacerla menos indudable, Néstor Díaz de Villegas ha preferido no dejarla sin campos de exterminio. “Se requiere una transvaloración de valores para actualizar las categorías jurídicas, políticas e históricas de hace casi un siglo”, escribió. Me temo, sin embargo, que para una tarea de ese calibre habrá que recurrir a argumentos más irrefutables, menos enredados en sus propias contradicciones. 

En el fragmento de libro que publiqué me refería a la inexistencia de campos de exterminio en la revolución cubana porque había hecho antes una alusión al sistema concentracionario del Tercer Reich. La salvedad, por incómoda que pueda resultar, se ajusta estrictamente a la verdad histórica. 

De contar con pruebas de existencia de campos de exterminio cubanos nada me costaría denunciarlos en toda su responsabilidad. Dudo, sin embargo, de que el Estrecho de Florida —vía de escape de la Isla convertida en cárcel, cementerio de muchos que se fugaron y frontera principal en la guerra del régimen— valga para ese rol.

Néstor Díaz de Villegas habló en su texto de la espera por el nuevo libro mío y yo lo reciproco aquí, avisando de que en octubre tendremos uno suyo publicado por Tusquets MéxicoCómo entrar a una cárcel se titula y será un placer leerlo.






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Ponte dentro del campo de exterminio

Por Néstor Díaz De Villegas

El castrismo opera su emborronamiento últimono solo entre los observadores más diligentes, sino en el mismo autor del sistema.