Elogio y denostación de la noche

Cierran sus ojos las criaturas del día. Cual manto de siniestro influjo se extiende en torno la oscuridad, densa de raros seres, de susurros e insinuados designios que la fantasía magnifica ora en espantos fríos, ora en revelaciones de portento y júbilo. 

Ruge en el pecho la tempestad, hiere lo intenso y salva, o aparentando salvar hunde en tinieblas, profunda noche donde el destello es breve, acaso incierto resplandor imaginado, acaso signo que de un remoto lugar de luz llega a guiarnos, estrella-duda, incertidumbre que (im)pulsa en el corazón una esperanza vaga. 

Se duele el alma y brilla en su dolor, porque amar es morir por renacer, porque la noche no es solo penumbra cegadora, no sólo abismo en que ausentarse y perecer, sino remanso de quietud, fuente que invita a la conciencia a la serena visión de lo invisible, a despertar.

Se adentra en la noche el hombre, solo y atento, buscando ¿qué?, ¿a quién? Ruge en su pecho cual tempestad una miríada de voces que lo conminan a regresar, a avanzar en lo ignoto; y ya cree perderse si avanza, ya cree perderse si regresa. Tanteando anda un laberinto interior que se refleja en pesadillas, tanteando afuera el riesgo de lo que dentro lleva. Un paso más y se detiene, un paso atrás y se detiene. 

Lejos está, aunque cerca, ¿cerca de qué: de sí, del resto? Precaria condición temer lo que se quiere, negar lo que se sabe, ser sin saber lo que se es.

Eso es la noche: camino arduo a través de uno mismo, senda hacia la claridad más cierta, no la solar ―que el sol no se lleva dentro― sino la del espíritu que busca, que se busca, que de tanto buscarse se hizo familiar a sí. 

Familiar, mas no sabido; porque esa luz no descubre, no despoja, no desgarra los sagrados velos del misterio, sino que apenas los ilumina, hace a lo opaco traslúcido, revela en lo oculto lo que ha de permanecer oculto incluso entonces; porque el ser es infinito, aunque mortal, inaprehensible en su totalidad, aunque pequeño y sojuzgable; porque el misterio es manantial, aunque adopte en ocasiones la apariencia de una charca infecta.

Eso es la noche, la ambigua y temible, la viscosa, sutil noche del pavor y la calma, de lo interminable y lo finito; y aquel que en ella se adentra ha de ir con la mesura de quien conoce sus propios límites: una mesura que no es brida ni bozal, un límite tan difuso como las formas que la oscuridad agitan. 

Pequeño es ante lo inmenso quien a la noche entra, y humilde ha de ser, pero osado; frágil es como rama en la tormenta, mas ha de ser flexible y constante en su propósito, como brizna. Si en la noche penetra, si a través de la noche se lanza, es porque intuye que no existe otro camino para él fuera de ese que, entre sus miedos, su esperanza y desesperación le abren: no hay atajos ni hay guías en su viaje, ni más luces encontrará que las que de sí mismo emanen, porque en la noche insondable toda verdad se aquilata ante la muerte, toda armadura se rompe, toda máscara cae. 

Y es así, desnudo, como habrá de avanzar, desnudo y sin nombre, sin resguardos, sin más armas que el alma abierta. Es así como ha de amar y vivir desde entonces, si regresa.

Se adentra ahora en la bruma, con más miedo que confianza. Llevado por una urgencia indeclinable se expone al vacío, a la extinción, a la locura. Dispuesto a caer, a quebrarse, sin remedio se adentra en la noche. ¿Y qué hallará, qué tesoros traerá en su fardo, qué provecho obtendrá que valga los riesgos que enfrenta? 

Nada, ningún tesoro, sólo esa hondura en la mirada, sólo esa serena gravedad de quien ha desafiado a sus demonios, de quien ha palpado entre los pliegues de su ser la cicatriz que deja el tiempo que termina, el que comienza con su fin, el que raudo y brutal pasa a través de él sin detenerse. 

Hecho hermano de su sombra regresará, si regresa. Más ligero acaso, o más libre, más despierto, casi mudo, pero elocuente en su silencio tanto o más que en sus palabras: diáfano.

¿Y qué precio habrá pagado por esa (in)sensatez, por el silencio que densifica y abrillanta sus pocas palabras? El mayor, el más terrible: solo esta desde ahora, distinto ha de ser de los otros, distinto y distante. 

Marcado está con un si(g)no inconfundible y fatal, porque la noche se instala dentro y crece y brota por los ojos en un modo peculiar de ver, un ver desde la inminencia del fin, con todo el rigor y la autenticidad que infunde el saberse frágil, lejos del resto aun entre ellos, e indefenso; porque la noche, de tanto crecer y brotar, de tanto enraizarse en el alma, se hace alma y destino, sombra que junto a uno anda. 

¿Y qué remedio habrá para quien va junto a su sombra, llevando la noche en sí, de cara a su consumación en cada acto? Sólo uno: el de vivir como si cada día fuese el último, el de hablar como si en cada frase diese su hálito.


*


Regresa, pues, de la noche el hombre, leve y roto en fragmentos que sólo la continuidad del tiempo une, precariamente. Como astillas de conciencia clavadas en lo físico, como raíces de un absurdo árbol aglutinando el denso polvo de lo cotidiano, alimentándose de él y transmutándolo, regresa al día el hombre. Regresa a vivir de instante a instante la brevedad de su existencia, una brevedad que se dilata e intensifica, una existencia que se torna más sustancial en su contraste con el mundo.

Pero vivir es todavía a veces amoldarse al ritmo que desde afuera se asigna, es ceder a la vorágine del mundo inadvertidamente, es perderse. Vivir, como los ríos viven en su corriente indetenible, del meandro al salto al estuario al mar, vasto mar que las aguas confunde y disuelve y evapora; vivir es todavía a veces no vivir, es ser vivido en muchedumbre por algo mayor que conmina y arrastra y desintegra. 

Así olvida la noche el hombre en su largo día, así su sombra olvida. Dentro, su raíz se hace tenue. Afuera, las rutinas lo emplazan. De tanto mirar al frente en su horizonte, se convierte, su camino lo atesta y abruma, y el deseo de llegar se le hace cárcel, ansiedad. 

Llegar, sí ―se dice a veces, dudando―, pero llegar ¿a dónde?, llegar para alcanzar ¿qué destino impuesto? ¿Y qué metas lo conducen como a un ciego entre rudos escollos ―se pregunta en su inconciencia―, qué final le aguarda? Y tiembla, y se empeña en seguir, y sigue, con su fatiga y su prisa sigue, con su hastío y su sed sin saciar. Sigue hasta que su sombra lo toma del brazo y lo sacude.

Entonces se detiene otra vez (una y mil veces habrá de detenerse, y será como un reclamo de volver a sí, en sí), porque la noche es también un imán, un reclamo íntimo, un ancla que en el pecho se clava para salvarnos de la superficie tempestuosa hacia el profundo sosiego interior. Porque eso es también la noche: un imán, un ancla, un vínculo con lo venerable que en nuestro pecho habita; y quien a la noche vuelve, vuelve a su centro y a Dios.


*


Quiere el común de los hombres alegría, quiere distracción y olvido de sí, quiere no ser porque ser es dolor vivo, es responsabilidad y carga inmensa. Busca el hombre simple nimiedades, sucedáneos, analgesia. Nada que lo hurte de su vana ingenuidad le agrada, nada que lo enfrente a su propia condición mortal le aviene. 

Su afán es ignorar la muerte que le espera, sus luces son de miedo, triste miedo a estar solo siquiera un instante con su sombra. Teme el hombre llano a los fantasmas que su interior encrespan, teme y se empeña en evadirlos. Su vida es ruin, su realidad pequeña, endeble su mundo de cortinas y eufemismos.

Teme el hombre común al hombre extraño, teme la hipnótica hondura en sus pupilas, teme y lo aparta con sarcasmo. Quien se alejó del rebaño por los riscos afilados es del risco, no del valle; y si al valle retorna, un filo más vil que el de la roca hallará: el escarnio y la procacidad de los corderos, su burla ignorante, su intento de embestirlo y trasquilarlo. 

Aquel que se ofrece en cada encuentro sin máscaras, quien sin más coraza que su corazón expuesto ofrece sus manos y ama, no tiene lugar en el pueblo, no es pueblo. Para serlo es preciso arroparse de espinas y perfume, plisar el propio rostro en inconfesables secretos, sustituir la sabiduría por la astucia, la bondad por la apariencia honesta, el amor por la seducción. 

Así es el natural de pueblo: una trampa edulcorada, una estaca reluciente, una flor entre acúleos ponzoñosos; y aquel que se atreva a andar con ellos, quien se embriague en sus requiebros fatuos o ceda a la solicitud de sus altisonantes compromisos, quien escuche y confíe en el canto de esas prometedoras sirenas, regresará maltrecho a sí o morirá sin sangre, agotado por las sanguijuelas.

El pueblo es sagaz y altanero, sus gentes aprendieron a vivir unos de otros por no vivir del esfuerzo de sus manos, sus mujeres saben cobrar cada caricia, sus hombres cobran también. Nada hay en ellos que no cueste: todos se venden de algún modo y, por eso, al cabo tienen su precio y su ergástula, y tendrán un día su vendimia horrenda. 

Mas aquel que de la noche viene, se da gratuitamente, es invaluable y libre. Dulce como el olor de los pinos en la aurora y tenaz como el más prístino peñasco es, y el pueblo lo asfixia, lo corroe, lo agobia. Antes o después, inexorable, llegará su hora y se abrirá ante él una imperiosa encrucijada: regresar a Dios y perderse para el mundo, o adaptarse.

Adaptarse es siempre la opción más ardua. Se deja algo en el intento, muere un poco de cuanto es limpio dentro, un poco de cuanto es puro y vital se enturbia y desenraíza en la sangre. Como un dolor, como una grieta que nada nunca volverá a llenar, como un grito eterno e inaudible es la cicatriz en el alma de quien resuelve adaptarse. 

Hay en el proceso amalgamadas cuotas de apostasía y constancia, hay de claudicación y de batalla a muerte: no habrá paz desde ahora, ni bajo el sol cenital ni en la más plena madrugada habrá descanso ya: aquel que de la noche vuelve para habitar entre los hombres no encontrará séquito ni compañeros. Solo su herido interior será templo, solo el anhelo de un mundo diferente ha de tener por casa si no quiere reptar y morder cual vil culebra. 

No es vana para él esta advertencia, porque hay ciertas criaturas de la noche, hijos del escarnio y la decepción, que hacen su guarida entre la gente y aprenden a cazar: en vampiros de apariencia tierna se convierten, en murciélagos de circo, complacientes prisioneros del elogio y el aplauso, de la moneda y el placer más frívolo; su soledad no es la de quien protege algo valioso en tiempos de barbarie, es la de quien se esconde en acechanza. 

No es vana entonces la advertencia, porque la encrucijada ha de tentar su lado más oscuro, sus miedos más recónditos, y entre el miedo y la tentación suele devenir buitre o gallina la paloma.

Escuche pues el solitario, el denso, el buscador que entre los hombres camina: son como lianas urticantes, como aromas hipnóticos, como pradera sin fin, llanura donde uno se olvida de ascender y por pudor o mera inercia trueca y confunde las palabras: no diga que asciende quien escala jerarquías, no diga que es magno el que gobierna o acumula; no están debajo el intocable y el asceta, el poeta y el loco: están en otro sitio, en otra dimensión. 

Su universo se hizo con las ruinas del hombre común y puede ser evocado con las palabras más simples, pero no es simple ni común: es tierra extraña. Y adaptarse es injertar un poco de esta tierra en la de todos, es sembrar entre la hierba vulgar semillas de otro mundo.

Aquel que de la noche vuelve, por más que se le tema e ignore o mortifique, ha de ser manantial en suelo árido, brisa fresca en rancios pasadizos y, también, estruendo súbito en el silencio, silencio pertinaz en el estruendo, discordancia. Cual bruma que la sombra condensó en rocío, su misión es irradiar en la mañana, nutrir esas raras semillas y desaparecer al calor del nuevo día, sin aferrarse, porque aquel que ha despertado debe llegar a quien aún duerme, y su llamada ha de ser suave, pero intensa y penetrante como el viento más frío, como el más fervoroso abrazo.