Primero, la oscuridad de la noche: llamitas ardiendo en el aire. A continuación, en un paisaje totalmente blanco, unos árboles desnudos, de ramas delgadas y secas. En la tercera imagen, una grúa, trabajadores con palas recogiendo escombros y restos de madera.
Muy cerca, casi rozando el ojo del espectador, un hombre en primer plano. Al efecto del lente, su figura es borrosa, está de espaldas y lleva un sombrero de cowboy. Solo es el observador de un territorio devastado.
Finalmente, se mueve, poniéndose de perfil. Se escucha el ruido molesto de la máquina y el crujir de las palas. Luego se cuela una música. Por mi parte, creo estar oyendo (en mi cabeza) el preludio de Claude Debussy, Des pas sur la neige. El sonido va in crescendo y termina retornando a los golpetazos.
Desdibujado casi, simboliza el caos interno. La soledad y la inestabilidad lo envuelven y lo hacen frágil. Ha ocurrido un incendio y se han quemado miles de hectáreas. Granjas que ya no existen más. La granja del hombre y su pasado se han esfumado, como ese fuego que chisporroteaba de un lado al otro, al compás del viento. Y terminó por cesar.
La escena corresponde a Rebuilding, la película de Max Walker-Silverman, con ese protagónico de Josh O’Connor que apenas dialoga o, mejor dicho, que habla a través de la intensidad de su mirada y sus gestos.
Las acciones transcurren de manera lenta, sutilmente, para mostrar cada paso que sigue, el cambio radical de lo que será su vida. No hay alaridos ni lágrimas. No obstante, su dolor es palpable, crece a medida que aquilata su pérdida.
Ni siquiera pudo quedarse con sus vacas, las reses fueron subastadas como mercancía barata. No es dueño ni de sí mismo, pues la desorientación lo consume indefectiblemente. Proyecta planes, quiere ir a trabajar a la granja de un primo. Sin embargo, algo lo retiene. Es una criatura, con quien apenas ha compartido la intimidad de padre e hija. Prácticamente, no se conocen en absoluto.
Como persona damnificada, le ofrecen un tráiler como vivienda provisional. Asemeja un hogar y no lo es tampoco. Aunque tiene cocina y baño, es un sitio impersonal, sin historia. Habrá que llenarlo de objetos. Las cosas también poseen alma y solo unos pocos lo saben.
Somos parte de nuestros objetos y ellos nos completan para hacernos más espirituales. Se cree que nos ofrecen autenticidad los libros que compramos y los que heredamos, la música, las plantas que sembramos en el jardín o en macetas, las hojas del cuaderno en el cual escribimos y plantamos otra clase de semillas (algunas serán árboles, mientras otras quedarán escondidas, bajo la tierra, sin oportunidad de ver la luz).
Conozco gente que se rodea de objetos exquisitos para volar hacia regiones más estéticas. Seguramente, podrán hacerlo en ciertos momentos, como una droga, para regresar más tarde a lo ordinario, a la domesticidad (esa corruptora de la belleza). También los sentimientos están sujetos a sufrir mutaciones.
La noche en que estaba viendo el filme, recordé que yo misma he tenido que reconstruir mi casa natal dentro de mí. En esa morada abrí los ojos. Allí me robaron el árbol que me acompañaba.
No hubo piedad. Los torturadores comenzaron a quebrar paredes, a golpear el techo con sus mandarrias. El desmembramiento duró demasiado. Días largos, densos y absurdos para matar a una casa de 1920. Una construcción verdadera, no de prefabricado falso y blando.
El 11 de noviembre de 2011 comenzó a morir mi casa y yo, como el cowboy Dustin, era un mero observador de aquel fenecer, sin alaridos ni lágrimas. La residencia familiar, en un barrio del Vedado, estaba siendo arrasada, piedra a piedra. Y así, poco a poco, las imágenes se trasmutaban en polvo, como fotografías que se escapan de un álbum para desaparecer.
Mis padres fueron obviados, como vacas gastadas y sin valor. Les arrancaron sus objetos más espirituales. El pasado fundacional se transformó en pasajes narrados, en memorias cansadas. No recordar podría haber sido la mejor bendición.
A pesar del dolor, ni siquiera olvidaron el azul y el verde de las habitaciones. Evocaban con alegría aquel juego de comedor de hierro y formica, las sillas forradas con vinil blanco, comprado en los años cincuenta con el dinero que ahorraron antes de casarse. Fueron más de sesenta años guardando hojas escritas. Historias en cajas, ahora amontonadas en rincones ajenos.
A veces paso por el barrio y miro la amplitud del espacio vacío. Allí se yergue una sombra, sustituyendo las paredes y el techo. ¿Será acaso el fantasma de mi casa o una ilusión óptica creada por el anhelo?
Murieron mis padres lejos de ella y no volvieron a verla nunca más. Quiero pensar que retornaron a sus colores brillantes y juntos la reconstruyeron.
Nadie la vio desaparecer como yo. Contrariamente, sigue viva en el sueño y en las páginas de un libro. El mismo árbol alarga sus ramas frente a la ventana de mi cuarto.
Estoy segura que puede haber esperanza, algo a lo que aferrarse, tanto en la vida como en la ficción. En Rebuilding, el antihéroe vuelve al terreno baldío. Se aposentará allí, junto con otros tráileres habitados por gente que, como él, perdieron sus propiedades, no su verdadera identidad.
Debajo de la tierra, asomado al sol, aún emerge un tallo verde y cálido.










