Cuando erais esclavos del pecado,
estabais libres respecto de la justicia.
Epístola a los romanos 6:20,
San Pablo.
Pablo Iglesias en la Plaza de la Revolución. Se le ha hecho tarde. Y él lo sabe.
Se asoma ante la multitud fantasma. Lo vitorea el vacío. La democracia a la Castro es un desierto demencial.
Del unánime aplauso y la ovación cerrada (según aquellas versiones taquigráficas del Consejo de Estado) ya no queda ni un ápice. En la capital de Cuba no se oye ni el zumbido de una mosca, cuya frecuencia se superpone con el silbido de un misilazo.
Pablo Iglesias se da cuenta de la magnitud de esta debacle. No es un imbécil de izquierdas. Entiende que ante él se extiende la tumba triste de la Revolución. Sabe que es un testigo terminal del castrismo como cenotafio. Se hace una sesión de fotos y no puede evitar la crispación de sus facciones de animal socialista.
Esto es peor de lo que pensabas, Pablo, piensa el ex eurodiputado Iglesias Turrión.
Lleva todo el siglo XXI defendiendo los coletazos del comunismo en el hemisferio occidental. Ha sido uno de sus traductores de élite a la jerga civilista del Viejo Mundo. Su presencia prepóstuma en La Habana de Marco Rubio y Donald Trump es un simulacro más una simulación.
La insufrible justicia y la intolerable igualdad han forzado la estampida en masa del pueblo cubano. El país más humanista del Tercer Mundo se ha quedado sin seres humanos.
Pablo Iglesias capta estas vibraciones de vida vaciada, que avanzan por las grandes alamedas que se abren de Villa Marista a Mar-a-Lago. Su asco hacia lo que los cubanos sin Castro quieren para Cuba es solo comparable a su asco hacia quienes se hacen llamar españoles en España.
En una isla sin estaciones, la primavera irrumpe con una siniestra frialdad en Brave New Habana. El sujeto fotografiado no oculta su desolación bajo el cielo azul que rebota en los mármoles republicanos. Vino a una luna de miel y terminó despidiendo el duelo sin dolientes de la Revolución Cubana.










