Hace una noche espléndida para morirse

Nada suple la belleza de respirar
cuando decaen las ciudades
alrededor de todo pensamiento.
Somos un ligero flequillo
bajo el agua
de un manantial absurdo y nutricio.
La terca resistencia del hombre
es consumación hermosa de la primavera.


La inexistencia es
la intención de la rosa
escapando por el desahucio de lo frenético:
hay que entender que nunca se puede huir
más que hacia el bálsamo de la desolación.


Seguramente tendré quietas mañanas
pero los insomnios son hijos de la muerte
en los que presiono el escalón más alto
para volver a bajar
cerca de los espasmos
vertiendo
como un hindú sin rupias
el intestino al síndrome de las galaxias.


Todo ha sido tan rápido
que ni siquiera mis ojos permanecen.
Camina el pueblo
y yo me sosiego
en una pared descascarada.
Lentamente ese perro me mira
sin saber si hay bondades o no.
Yo lo vislumbro todo:
el carnicero que se cansa de vender
el bote de la distancia
la angustia de la mujer con frío.


Sin tiempo posible nada es seguro
pero algo me lleva al filo de la noche:
sangrante pasa el tiempo
pero yo no detengo
ni el espectro de mi madre.


La tristeza
podría compararse
con la penumbra.
Pero es un ojo caído,
un ojo caído al mar.


Perdió la fe en el hombre
en el polvillo de la mariposa
en la salida de los soles
en el recurvar del mar
para hacerse más verde
en la mano fraterna
y solo un cuchillo enfrenta su gaviota.
Ya no es ni idealista ni terreno.
Su cifra vale un centavo de calamina.


En los altos rigores del tiempo
un adocenado estiércol
donde se unen la estrella y la paloma.
Atrás los esparcidos poros requieren
de tremendas esferas de protección
contra las perlas de sudor de una frente
por la venganza de la crucifixión.
Ahora toman los escarnios de los otros
y no padecen
los miserables de la tierra.
Subvertido todo,
me encanta esta irrealidad
porque como decíamos alguna vez sin tristeza:
toda realidad supera la ficción.


Hay
entre aquella pared
sin granito reflejando las aguas
las abortadas noches
en las que el niño no aparecía.
Detrás de mi sonrojo
la muerte
que vive para pensar más adentro.
Los imposibles mitos de historias inventadas
en las que cabían
por el ojo de la aguja
el buey y el hombre
y después las pasarelas infinitas
llenas de bromas pesadas
como ganando manos ansiosas
ante los letreros secos.


Tenme retenida en tu búsqueda
que en algún sitio estoy.
Adormilada imagen en carne viva
viendo la perfección de la belleza.
Los canales del techo
laceran de agua los halcones
y ni siquiera el más ciego regresa al hombro
a la cañada
donde se caza sin querer un ser humano.
Toda la libertad está en la lluvia
que me impide correr hasta tu patio
donde te contaminas de lunas misteriosas
para adivinar la cruz del mundo.
Las fuentes todas
vierten olor a reja y a demonio
y se expande la noche ofertando los cuerpos
al erotismo y a la sensación.
Lo amable surge de lo ignoto
mientras los cocodrilos se deslizan en el Zambeze
y yo huyo del tiempo que no quiere perdonarme.


No me gustan los títulos colgados, las cenefas. Imparte el mar su porción de sequedad de los tributos de los barcos hundidos y los hombres presienten que el destino es solo la confusión. No hay peor ciego que el jerarca infinito. Por las calles de Santa Amalia los cuerpos se mezclan en la ronda de la oscuridad. Hay quien solo bebe agua de las cataratas del Victoria y luego su mirada de Leopardo inhibe el crecimiento del espacio. Apurar a los astros es condenar a cien años de prisión a un hombre. La libertad se mide por el tiempo en que nacemos continuamente. Si existieran los frijoles mágicos podría embellecerse el mundo. Quiero apaciguar la sangre que me nutre y granear de soles mis silencios. Estoy fatídica y entra el jaque a la muerte.


El tiempo inescrutable no se parece en nada
a las viejas estatuas que permanecen carcomidas
tras la reja en las casonas del Vedado.
Por estos años el tiempo es algo tan vivo
que el parque atestado de motos en parqueo
la calle más libre el transeúnte
tienen síntomas de eternidad. 
No se permite
andar con la mejilla sana y el ojo cabizbajo
mirando a través de un binóculo
como la historia se produce. 
Hay que saltar
por la ventana del tren
cuando pasa
y sostener con lo que esté al alcance
las líneas verticales del horizonte.


Hace una noche espléndida para morirse
los animales abandonaron sus tubos de agua
tratando de encontrar esos refugios
de que hablaba el cuerpo.
No hallarán nada ni la sombra de sus orejas
no saben a dónde han marchado
como nosotros solo llevan un poco de intuición
una necesidad de hallar lo cierto.
Odian el mismo panorama
huyen de las raíces sepultadas
de las palabras sin luces
se sabrá que también la hermosura nos reconoce
porque no está en un precepto
ni en un sitio fácil.
Tiene toda la condición de la tierra
está en el trazo amargo en la evasiva del temor
en la entrada a cines repentinos
tú y yo tenemos mundos más grandes
que este mundo
noches más largas que esta noche.
Estaba dicho que no habría lugar
y no lo hubo
que compraríamos jaulas vacías
y le pondríamos nombres a las calles ajenas
que también éramos gente de nunca
gente de resistir y así se hizo.
Estaban dichas todas las cosas
nos esperaba una prisión de animales salvajes
nuestra separación fue en el comienzo
cuando tu mano dio contra mi mano
como si fuera la cola de un pájaro
dando contra el cuello de una estatua.
Nos acercó una piedad sin horario
¿no te parece que esto es un mar sin origen
una mirada bajo el fuego un águila
hacia un fondo inexpugnable?
Sabemos que el impulso es un despojo
que se gasta el discurso sobre los fondos simples
de la tristeza.
Estoy más reducida más ingenua cada vez
por favor sigue guardando hojas
en los bolsillos de tu abrigo
existes como un aire próximo
como los sobres que se despegan bajo el agua.
Es lo único
aunque hay algo vivo en todo
creo que nunca acabaré de comprender la vida
ni esta noche espléndida para morirse.