El 23 de marzo de 2026, la Casa de las Américas acogió en La Habana a los participantes del Convoy Nuestra América. La conversación fue encabezada por Abel Prieto y compartida con figuras cubanas como Nancy Morejón, Zuleica Romay y Pepe Menéndez. El tono del encuentro priorizó el debate sobre la articulación político-cultural para la creación y responsabilidad social, las alianzas en tiempos de tensión geopolítica, así como el arte como denuncia solidaria contra el embargo estadounidense.
Encuentro entre participantes de la flotilla y funcionarios de Casa de las Américas.
Fuente: muro de Facebook del Ministerio de Cultura de Cuba (2026).
Esta fue una de las reuniones que, según diversas fuentes, sostuvieron decenas de influencers y representantes de organizaciones de activismo político y cultural de países extranjeros en Cuba. El programa general del Convoy incluyó conciertos, exposiciones y charlas con altos funcionarios del gobierno cubano en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), en el Palacio de las Convenciones, entre otros organismos oficiales de la capital.
Humanitarismo y activismo cultural parapolicial
Entre el 18 y el 28 de marzo coincidieron en La Habana alrededor de 140 organizaciones de una treintena de países, entre los que se contaron miembros de plataformas como Progressive International, Global Health Partners, Cuban Americans for Cuba, Frente Brasileño de Solidaridad con Cuba, Global Exchange, International Association of Democratic Lawyers y National Lawyers Guild, el partido político de Morena (México), el Partido dos Trabalhadores de Brasil, el Frente Amplio de Uruguay y The Left.
Esta articulación se dio, inicialmente, como una convocatoria abierta a converger en Cuba con diversos suministros, combinando trayectos “por aire y mar”, en respuesta al endurecimiento de la política estadounidense hacia el régimen cubano. La acción se apoyó en advertencias internacionales sobre el impacto del bloqueo de combustible que avisaban de un “colapso” humanitario si el país no cubría sus necesidades energéticas. Entre los artículos prioritarios se encontraban alimentos no perecederos, medicinas, productos de primeros auxilios y suplementos energéticos portátiles.
Sin embargo, el núcleo visible del Convoy, con miembros como David Adler (co-coordinador general de Progressive International), Manolo De Los Santos (director ejecutivo de The People’s Forum y figura organizadora/portavoz dentro del convoy), Medea Benjamin (cofundadora de CODEPINK) o Pablo Iglesias (político español y fundador del partido de izquierda Podemos), entre otros, reprodujo desde sus inicios una narrativa militante que rápidamente politizó la ayuda humanitaria. Sus declaraciones mostraron una agenda pública de peregrinaje político, respaldo y legitimación del eje autoritario latinoamericano. Por ejemplo, se describió como “un acto de resistencia concreta” y “principio de una gran movilización mundial por Cuba”, un patrón confirmado en la propuesta de nombrar el 21 de marzo “Día Internacional de la Solidaridad con Cuba”.
Del lado cubano, la inserción del Convoy en la agenda oficial fue explícita desde la recepción institucional de senadores, juristas, líderes sindicales y otros políticos y agentes de opinión. En este sentido, no se limitó a transportar suministros, sino que llevó capital simbólico y mediático que obraría con ventaja tanto para despejar responsabilidades al gobierno cubano —montando la narrativa dominante de que la situación actual del pueblo cubano es únicamente producto del embargo estadounidense y el cierre al combustible—, como para amplificar el impacto de los ejecutores de dicho mensaje —influencers que se deben a un público internacional identificado con una justicia social polarizada.
Flotilla llegando a costas cubanas. Fuente: El País (2026).
Además de los contactos institucionales, músicos participantes en el convoy, como Kneecap (Irlanda) y Vic Mensa (Estados Unidos), dieron un “concierto solidario” conjunto en el Pabellón Cuba y una rueda de prensa sobre su estancia y vínculo con la Asociación Hermanos Saíz. A ello se agregan proyecciones en directo de influencers como Hasan Piker y entrevistas como la realizada por Pablo Iglesias a Miguel Díaz-Canel. En suma, la Isla resultó el centro de operaciones utilitario para personajes extranjeros de dos tipos: activistas en busca de repertorios de acción y articulaciones financieras, y agentes performativos que ocuparon espacios de espectáculo para sus plataformas públicas.
Todos aprovecharon el marco de tensiones geopolíticas y la estética de la “isla asediada” como protocolo para asegurar alianzas y seguidores. Ninguno de ellos salió de los espacios convenidos ni de las residencias exclusivas en la capital; ninguno sufrió cortes de electricidad que limitaran su vida cotidiana; ninguno pudo atestiguar la precariedad sostenida de una economía acabada que va más allá de los sucesos del 3 de enero de 2026. Más irónico aún, ninguno escuchó al pueblo cubano.
Participantes del convoy manifestándose en el Pabellón Cuba. Fuente: Reuters (2006).
¿“Let Cuba be” para quién?
La estructura y dinámica del Convoy Nuestra América no solo dejan ofensas mayores para el cubano de a pie, sino también serios cuestionamientos sobre la obra y el impacto verídico de dicho activismo internacional. Uno de los elementos más sensibles es el destino de donativos en un país que impide asignar beneficiarios específicos y cuya arquitectura atraviesa el control de las distribuciones por parte de las instituciones oficiales, sin transparencia ni trazabilidad.
Esto se agrava si se considera la criminalización y las prohibiciones que sufre la diáspora cubana ante intentos similares. Una amplia comunidad nacional fuera de Cuba ha dado cuenta de canales de organización y articulación más eficientes y sostenidos, aunque su permanencia ha dependido durante años del secretismo y la búsqueda de espacios no oficiales y no declarados para contabilizar y entregar donaciones a poblaciones vulnerables. Estas iniciativas no solo han sido invisibilizadas por el mismo gobierno que ahora recibe con brazos abiertos los recursos azarosos de activistas extranjeros, sino que han sido perseguidas y sus materiales decomisados. De hecho, durante el período posterior a la covid-19, los llamados de SOS y de ayuda humanitaria para Cuba fueron perseguidos incluso en espacios digitales de cubanos fuera y dentro de la Isla.
En paralelo, mientras artistas del convoy ofrecen conciertos con disponibilidad exclusiva de recursos (como energía eléctrica y combustible), otros tantos no pueden entrar a su país o permanecen en cárceles del Ministerio del Interior cubano, procesados bajo delitos comunes como excusa para coartar la libertad de expresión de la que, por ejemplo, Kneecap o Mensa disfrutan ampliamente. No les basta acallar la realidad, el sufrimiento y la experiencia de millones de cubanos, sino que toman los espacios que, por naturaleza, les pertenecen y lucran simbólicamente con la ausencia de sus artistas.
La economía de la atención digital de la que se beneficiaron los participantes del convoy al compartir las dolencias del cubano como contenido mediático exportable a sus audiencias es igualmente un privilegio montado en la penalización del mismo ejercicio si se tratara de nacionales. Influencers y artistas cubanos han sido procesados por publicar materiales similares, con la única diferencia de ubicar al responsable en el patio y no a 90 millas. Vale preguntarse qué tipo de humanidad y orden global persiguen estas redes proautoritarias y extractivistas cuando los activistas de la flotilla afirman que “estar con Cuba es estar con la humanidad”.
El ODC ya ha analizado los convenios de organizaciones que se benefician manteniendo regímenes como el cubano en el poder, identificándolos como mercenarismo cultural y autoritarismo transnacional. Son estos grupos los mismos que movilizan a artistas con amplio número de seguidores, como Jane Fonda o Susan Sarandon, para declarar a favor del régimen cubano o que comisionan primeras planas en medios de alto impacto como The New York Times.
No es de extrañar que estas influencias tengan larga data. Por ejemplo, Mariela Castro forma parte del consejo asesor de Progressive International, uno de los grupos organizadores de la flotilla Nuestra América. Con dichos pactos clientelistas, el gobierno cubano logra insertarse en un repertorio de acción global que, por decantación polarizada, lo sitúa como escenario de disputa similar al de Gaza y otros espacios “ocupados” o “privados de autodeterminación”.
El turismo ideológico en el parque temático cubano
Es pertinente recordar que el impacto inmediato del Convoy en Cuba es prácticamente inexistente para el pueblo cubano, teniendo en cuenta que, ante la magnitud del colapso, la ayuda humanitaria resulta simbólica, incluso explotativa si se consideran los recursos privilegiados de los que sus representantes disfrutaron en su estancia. Por tanto, el componente simbólico supera acá cualquier impacto verificable y la operación, tan celebrada por sus miembros, se decanta en sí misma como performance de postureo político. Si se revisan los videos generados por los artistas en la Isla para sus seguidores, se observa con claridad la búsqueda de escenografías que cumplimenten su misión humanitaria: el deterioro social que viven los cubanos y la ruina de su entorno. De hecho, sus reportajes han sido tan distorsionados que, mientras se encontraban en Cuba convocando solidaridad con el pueblo, el gobierno cubano acosaba y detenía a influencers con un aparato represivo que no conoce limitaciones en la crisis económica.

Presentación de Pablo Iglesia en sus redes de su entrevista a Díaz-Canel.
Fuente: página de Facebook de Pablo Iglesias (2006).
Por tanto, el desvío de atención que la presencia y las acciones del convoy humanitario implican termina siendo un blanqueo mediático, con una realidad muy limitada y filtrada por estos hacedores de “información”, un “branding cool” de la más reciente cruzada social. La propia entrega de donativos no pasó de ser un material propagandístico para simular un apoyo externo que el régimen cubano añora tras décadas de dependencia económica. Este es un punto importante para diferenciar una operación humanitaria de una política que se monta sobre las mismas estructuras opacas de la asistencia extranjera en el país.
El ODC no pretende criminalizar la ayuda humanitaria que Cuba necesita desde hace años, pero sí cuestionar el modo en que se teatralizó, politizó y capitalizó en beneficio de una narrativa represiva. El Observatorio busca poner en perspectiva la preferencia por mecanismos ineficaces de espectáculo en detrimento de una verdadera asistencia al desarrollo que contribuya a liberar las fuerzas productivas y el pensamiento intelectual en aras del desarrollo nacional. Urge diferenciar el oportunismo de escoger simulaciones humanitarias de agentes sin conocimiento del terreno —pero con numerosos seguidores— y de ignorar a la propia comunidad cubana que ya sostiene desde el exterior a sus parientes, con los obstáculos que el régimen impone para ello.
El ODC también subraya la futilidad de donativos allí donde los derechos socioeconómicos son vulnerados cada día y llama la atención sobre la tendencia extractivista del activismo extranjero proautoritario, mediante el dolor social del cubano y la ausencia conveniente de actores de competencia. En este sentido, los activistas del convoy ejecutan mecanismos paraculturales de tergiversación informativa que los clasifican como dispositivos de legitimación simbólica muy cuestionables para las causas de reivindicación y la agencia ciudadana que ellos mismos aseguran perseguir.













