Cuba Libre Social Club: en serio, pero divirtiéndose


Cómo una comunidad de exiliados en West New York transformó sus fiestas en una iniciativa solidaria para apoyar a los presos políticos y sus familiares en Cuba



Las fiestas ya eran un hecho. Después de una semana de trabajo, es casi una cuestión de salud mental reunirse, desconectar con amigos y crear comunidad, esa red de apoyo emocional que hace la vida de un emigrante más ligera. 

Lo novedoso —que podría servir de inspiración para tantos cubanos dispersos por el mundo— fue darles a estos encuentros un propósito. Así surgió, hace poco más de un año, el Cuba Libre Social Club, que se reúne cada segundo viernes en el restaurante El Vesubio, en West New York, Nueva Jersey, para cenar, bailar y conversar, como llevaban haciendo desde hace décadas en casas particulares, pero esta vez con el objetivo de recaudar fondos destinados directamente a patrocinar a las familias de presos políticos en Cuba y a cubrir sus necesidades más urgentes, como comida, medicina y ropa, en medio de la profunda crisis que vive el país. 

“Fue algo que sucedió de manera muy natural, porque reunirse ya formaba parte de la dinámica de la comunidad”, cuenta la artista Camila Lobón, una de las coordinadoras voluntarias del proyecto. “Entonces, surgió la idea de redirigir los esfuerzos para contribuir a una causa que nos era cercana. Porque, además, ya es para mí un destino manifiesto, teniendo dos amigos presos (el artista visual Luis Manuel Otero Alcántara y el músico Maykel Osorbo), y ayudar en cualquier proyecto que tenga que ver con eso. Me incorporé como todo el mundo. Ha sido una cosa muy orgánica”, afirma.




Después de algunos meses de actividad, decidieron bautizarlo como Cuba Libre Social Club, propuesta del escritor y profesor Enrique Del Risco, cuenta Meyken Barreto, crítica de arte y curadora, quien también colabora en la coordinación de los eventos. “A mí me parece que es una manera interesante de apoyar a familias que se encuentran en una situación extremadamente vulnerable y, a la vez, el hecho de que nos reunamos cada mes con amigos y conocidos en un ambiente festivo es una forma de cultivar la comunidad”, reflexiona.

Este proyecto también responde, según Barreto, “a una necesidad que la comunidad cubana aquí tenía de encontrar una manera de conectar y solidarizarse con cubanos en la Isla, y de realizar algún tipo de labor caritativa. Armando Álvarez tuvo la idea de organizar eventos para acompañar, de algún modo, a las familias de presos políticos en la Isla. La iniciativa poco a poco fue tomando cuerpo y varios amigos suyos decidimos ayudarlo a organizar y llevar adelante su idea”. 

Hasta el momento han logrado ayudar mensualmente a las familias de más de treinta presos políticos. 

La conexión de Álvarez con la tragedia del presidio político es personal. Cuando apenas tenía un año, su padre, un capitán del Ejército Rebelde, que, decepcionado con el rumbo de la Revolución, comenzó a conspirar contra esta, fue encausado en 1960 y sentenciado a 20 años de prisión, de los cuales cumplió diez plantado, saliendo de la cárcel por motivos de salud en 1970. Su infancia está marcada por la imagen de su madre preparando la “jaba” que le llevaría a su padre a la prisión.

Esta no ha sido, sin embargo, la experiencia de las generaciones posteriores. Barreto, de 45 años, confiesa que obtuvo más información sobre este tema y sobre la historia de Cuba en general al salir de la Isla. 

“Mientras vivía allí, sabía que existían presos políticos, pero creo que adquirí plena conciencia de la magnitud de esa situación y de su larga y compleja historia al salir de Cuba y, posteriormente, al llegar a Estados Unidos, donde pude conocer a antiguos presos y a personas cuyos familiares estuvieron o están presos”, dice. 

El primer contacto con los presos políticos de Anamely Ramos, activista de derechos humanos, curadora y profesora, y otra de las coordinadoras de este peculiar empeño filantrópico, se produjo al vincularse con el movimiento San Isidro entre 2019 y 2020. 

“En ese momento, organizamos una campaña bastante grande por uno de estos presos, Silverio Portal Contreras”, recuerda Ramos, de 37 años. “Realizamos muchas iniciativas relacionadas con los presos políticos, que, si mal no recuerdo, en ese momento superaban los 200, pero creo que no llegaban a 300. Una de ellas fue un coro por los presos políticos, que consistía en leer la lista de nombres confirmados que teníamos en nuestro poder. Intervinieron muchas activistas y artistas, entre ellos Tania Bruguera. Después, con los videos de las personas leyendo, se realizó un coro sinfónico con música compuesta por Luis Alberto Mariño”, explica.




Una de las razones de la brecha de información sobre el presidio político es que esa población penal ha sufrido, desde hace 67 años, una de las labores de invisibilización más perversas del castrismo. Si bien los presos políticos históricos recibieron alguna exposición, esta estrategia fue variando a medida que el régimen se afianzaba. 

Despojados sistemáticamente de su condición de presos políticos, son tratados y procesados como delincuentes comunes. Tampoco sus familias escapan a los abusos y humillaciones que acarrea esta situación; por eso, un preso político en la familia ha sido tradicionalmente un tema tabú. 

Esto coincide con la experiencia personal de Lobón, de 30 años. “Es un tema del que no se habla en Cuba, no está en el registro de la discusión pública en ningún momento, como tantas otras cosas en un Estado totalitario”, reflexiona. 

“Eso se aplica a todos los niveles, incluso a la propia memoria familiar. Me vine a enterar, cuando tenía 20 años, de que en mi familia había un preso político plantado. Por otro lado, aunque suponía que en Cuba había presos políticos, no tenía acceso alguno a la información sobre dónde estaban, quiénes son esas personas, cuáles son sus nombres, sus causas y los procesos violados”. 

“¿Cómo se ha logrado criminalizar a esa gente cuando existe una motivación política?”, continúa Lobón. “Vine a tomar conciencia de eso y de los nombres concretos de esas personas cuando tuve acceso, por ejemplo, a través de Internet, a registros a nivel internacional, pero también porque ya formaba parte de una comunidad interesada en la discusión política en el plano público y eran, de hecho, grupos activos dentro de la sociedad civil cubana”.

El internet y el estallido social del 11J —con el encarcelamiento arbitrario masivo y el recrudecimiento de la represión contra una nueva generación— han servido de catalizadores para despertar la conciencia sobre esa situación, interrumpida durante las seis décadas del castrismo. La diferencia es que, desde entonces, muchos jóvenes pueden ponerles rostros y nombres a los presos políticos y a quienes son arrestados arbitrariamente u objeto de acoso por sus ideas políticas. 




Otros, como la propia Lobón, tuvieron causas abiertas y amigos que siguen injustamente presos. La represión política contra una nueva generación ha provocado un compromiso afectivo que también se ha reflejado en la solidaridad demostrada por una iniciativa como la del Cuba Libre Social Club.

Lo que más motiva a Ramos en esta iniciativa “es la reconexión que se consigue con personas concretas de carne y hueso, familias dentro de Cuba que están ahora mismo muy vulnerables, pero también la reconexión que se produce en el interior mismo de la comunidad de cubanos, aquí en el exilio, y de esos cubanos con esa Cuba, que a veces parece que se aleja de nuestra vista, porque no todo el mundo tiene la energía o el tiempo para estar atento a lo que sucede dentro de Cuba”, dice la activista, a quien el gobierno cubano le ha impedido la entrada al país desde hace cuatro años.

“Esta es una manera diferente de reconectarse, no tanto, a veces, con la información, sino desde la acción misma; desde tender la mano, y eso realmente llena de esperanza y nos mantiene activos. Es hacer que la solidaridad sea palpable, trascienda la retórica de la palabra y se vuelva viva”.

Luego de más de un año de actividades, la idea es ampliar esta plataforma y llegar a otras personas interesadas en ayudar a mantener este proyecto, ya sea asistiendo a las actividades mensuales en El Vesubio, en el caso de los locales, o mediante donaciones a través de sus redes sociales o del sitio web del club, que dispone de una sección habilitada para el efecto. 

“En la página web hay perfiles de algunos de los presos políticos que necesitan ayuda y otra forma de colaborar es adoptar a uno de ellos”, explica Ramos. “A través de nosotros, puede obtener los contactos de la familia del preso a quien desea ayudar y ponerse en contacto directamente con ellos, y así ya nosotros ni siquiera seríamos los intermediarios. El objetivo final es precisamente facilitar ese vínculo y esa ayuda directa entre la persona y la familia del preso se cumpliría, y eso sería una manera de sostener esta iniciativa solidaria”.

Otra manera de apoyar es comprar los productos que se ofrecen en la tienda online

“Aprovechando a los amigos artistas que tenemos, se hizo una tienda en la misma página web del proyecto, en la que, por ahora, tenemos camisetas con diseños de Julio Llópiz-Casal, de Hamlet Lavastida y míos”, dice Lobón. 




“Justamente porque ya llevamos un año haciendo este esfuerzo bastante modesto, las fiestas, es que estamos intentando diversificar un poco más el proyecto, algo bien difícil tratándose de una comunidad pequeña, organizada entre conocidos, sin la posibilidad de hacer grandes convocatorias públicas, porque no tenemos ni el espacio ni los recursos para eso. Hasta ahora ha sido un esfuerzo sistemático mensual de las mismas personas. Entonces pensamos en diversificar para que esas modestas iniciativas permitan diversificar las fuentes de ayuda. Porque también la idea del proyecto es que sea sostenible”.

Dentro de las iniciativas de diversificación en las que se encuentran trabajando está el diseño de paquetes de membresía, tanto individuales como para los negocios que deseen contribuir a esta causa. 

“Otra manera de ayudar es simplemente compartir nuestro contenido, porque a veces las personas no tienen las condiciones económicas para ayudar, pero se pueden hacer eco del trabajo que estamos haciendo”, agrega Ramos. “También pueden compartir las historias de los presos a los que acompañamos, porque no es solo un acompañamiento material, sino, sobre todo, espiritual, y de conectar y empatizar con lo que esas familias están viviendo y con el drama humano que significa tener a alguien preso en Cuba”. 

Aunque este proyecto tiene un componente festivo, los miembros son conscientes de su impacto y de que persigue un propósito muy serio. 

“La solemnidad no es exactamente lo que caracteriza al cubano”, acepta Barreto. “Al principio, pensábamos que los eventos mensuales serían menos festivos, pero la gente fue marcando la dinámica y, en poco tiempo, se convirtieron en auténticas fiestas”, dice. 




“Aun así, siempre reservamos un momento ‘serio’ para hablar de la situación de las personas que el proyecto apoya. A veces se muestran videos con testimonios o comentarios de familiares de los presos; otras veces se lee un poema escrito por alguno de ellos, o se da alguna actualización, y quienes asisten, de algún modo, reafirman la importancia de su rol y el alcance de la iniciativa. Por eso, tal vez, después de ese momento que siempre es triste y conmovedor, la gente se siente útil y alegre al contribuir a una causa justa. Creo que esa combinación entre el carácter festivo y, a la vez, serio, es lo que ha hecho funcionar el proyecto”.

Lobón coincide en que el formato, que motiva a sus miembros a reunirse sin formalidades ni programas políticos, ha sido, hasta el momento, su carta de triunfo, a pesar de la gravedad del tema, o precisamente gracias a ello. 

“Ya la tragedia que tratamos de visibilizar es, de por sí, triste y pesimista. Este formato de fiesta permite que la gente sienta menos cargo de conciencia y es un ejercicio de libertad, porque sabe que, con su diversión, está contribuyendo a aliviar la vida de los presos políticos menos mediáticos”.





© Fotos: Cortesía de Lesly Farran y Cuba Libre Social Club.