De piqueras y buquenques

El Parque de la Fraternidad, límite del centro histórico capitalino con la Habana extramuros, vive una agitación constante desde horas tempranas de la mañana. Por su posición estratégica, es punto de referencia y desplazamiento hacia casi todas las zonas de la periferia habanera, razón por la que, en sus inmediaciones, se han establecido las llamadas piqueras o lugares de transportación alternativa, donde los pasajeros (harto conocedores de la situación con el trasporte público) pagan tarifas más altas y toman un automóvil privado hacia sus barrios de residencia.

En ese escenario es normal escuchar, a metros de distancia incluso, los pregones de quienes organizan el proceso de carga y descarga de pasajeros: los buquenques.

Oscar el Fino es uno de ellos. Tiene veintisiete años y buquenquea desde hace dos. Verlo cada mañana y cada tarde acercándose a la puerta de cualquier automóvil parqueado en la calle Monte, abrir la puerta, contar los asientos e, inmediatamente, gritar: “Víbora, Palma, dos cincuenta” me obligó acercarme y preguntarle sobre cómo funciona todo ese sistema que de cierta manera mantiene a los choferes y pasajeros dependientes de una red casi mafiosa.

—En efecto, asere, esto es una mafia. Hoy, por ejemplo, el chavia (jefe y legalmente portador de la licencia para arrendar la piquera) vino a decirme que tenía que darle 3000 pesos, porque estamos a fin de año y la situación es muy difícil estos días con los pasajes. Normalmente cada buquenque le paga 2500.

Alto y delgado, no se diferencia mucho de los casi veinte jóvenes que en las diferentes piqueras del Parque de la Fraternidad (Habana-Boyeros, Habana-Lisa y Habana-La Palma) vociferan cada destino. Usan botas de agua de camuflaje, shorts y camisetas. Entre la llamada de un carro a otro cuentan el dinero que les entrega el chofer y fuman cigarros sin filtro, bajo la sombra de los árboles del parque y la mirada atenta de los próceres americanos.

El término buquenque, según el Diccionario de americanismos (2010), es definido como un cubanismo dicho de una persona (en su segunda acepción) que “adula a otras generalmente por interés propio” o de alguien que “no vale nada”, según la cuarta acepción. 

Sin embargo, en el Diccionario ejemplificado del español de Cuba (2016), encontramos una definición más cercana a la labor que realizan estas personas. En la primera acepción, señala que es una “persona que concierta y facilita una relación amorosa, o de otro tipo, generalmente ilícita”.

—Nosotros le ahorramos tiempo al chofer. Nuestro trabajo radica en llenarle el carro, decirle el precio y que nadie se moleste. En dependencia de la hora, aquí en el parque después de las 9 p.m., los ayudamos a cobrar. Esto no es legal, para que nadie te haga un cuento. Aquí nadie tiene papeles y nadie tiene la jubilación asegurada. Trabajamos para el diario.

En el año 2016, un artículo del periódico Granma, sacaba a la luz la situación sobre estos “transportistas por cuenta propia que reciben el nombre oficial de gestores de pasaje, y pagan sus correspondientes licencias en la Oficina de la Administración Tributaria de su municipio”. Ya en aquel momento, mucho antes de la policrisis actual, la población mostraba su rechazo a una práctica que consideraba violenta y directamente ilegal. 

Por otro lado, algunos pasajeros, mediante redes sociales, han comentado ideas más ecuménicas, intentando hallar un punto medio para la situación en cuestión. Fede Gayardo, en un artículo publicado en Cubanoticias360, comentaba que “no basta con medidas coercitivas, también hay que atender la dimensión social y económica. Muchos de los que hoy toman la acera por la fuerza lo hacen porque no hay alternativas. No obstante, la necesidad económica que se vive en la Isla no justifica ninguno de estos actos violentos e ilegales”, llevando el debate a otros escenarios que trascienden la simple cuestión del transporte.

—Nosotros trabajamos por turnos para organizarnos mejor: el primero de 6 a.m. a 9 a.m.; luego hasta la 1 p.m.; se relevan hasta las 6 p.m. y de ahí hasta que no haya pasajeros. Ese es el mejor turno, porque le liquidas al jefe y lo que haces en adelante queda limpio todo para ti. Yo he estado hasta las 3 a.m., que es la hora muerta de los pasajes y el parque se pone malísimo.

El organigrama de una piquera es bien simple. Hay un jefe legal del terreno, que es quien demanda y estructura toda la dinámica del emplazamiento. Es también quien determina el precio del pasaje y cuánto va a pagársele a los buquenques en cada recorrido. Su trabajo consiste en tener controlada la plaza y recibir 2500 CUP cada día. Su “trabajo” concluye cuando recluta a los jefes de cada turno, que a su vez seleccionan a los dos o tres buquenques que trabajarán con él. 

Esta pirámide, de sentido A-B-C, es una cadena de extorsión que concluye en el pasajero pues, cada cierto momento, se suceden subidas de precios por tramos o por particularidades (aguaceros, apagones, horario pico). 

De lo recaudado en todo el día, y apartado el pago del jefe, el dinero se divide entre el jefe de turno y el buquenque, en una proporción 50/50 hasta las 9 p.m. Luego, todo queda en manos de este último, que puede llegar a terminar un día de muchos pasajeros con 5000 y 8000 pesos, más del salario medio en Cuba.

—Lo peligroso de esta pincha es la policía y los inspectores. De todas maneras, todo el mundo sabe qué pasa aquí, pero se hacen los ciegos hasta que un día te caen arriba y te cargan. Lo hacen poco, porque nosotros le tenemos tranquilos y organizados a los carros. Por ejemplo, desde tempranito, tenemos una libretica con la chapa de los almendrones del día y así ningún chofer adelanta a otro y no se forma “atmósfera”. También tenemos la zona limpia de quimiqueros, pedigüeños o gente que viene a formar lío queriendo pagar menos por el pasaje. Es verdad que no es legal, pero hacemos un trabajo que nadie, ni los mismos inspectores, quieren hacer.

El 18 de abril del 2024, en el tercer capítulo del podcast Desde la presidencia, el ministro del transporte Eduardo Rodríguez Dávila confirmaba lo que en la calle era una realidad evidente: Cuba se encontraba en uno de los peores momentos en cuanto a su capacidad de transportación de pasajeros de los últimos años. 

Según un reportaje de Periodismo de Barrio, “de 2010 a 2022, Cuba gastó 27.386 millones de dólares estadounidenses (USD) en la importación de maquinarias y equipos de transporte, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). Actualmente, el país logra transportar 50% menos pasajeros que hace cinco años”. Se afirma, además, que “en el caso de La Habana, para 2023, de los 894 ómnibus de la Empresa Provincial de Transporte, solo el 34% se encontraba activo”. 

Estos números nos hacen entender que la capacidad estatal para la movilidad de pasajeros es muy pobre, lo que lleva a la necesidad de tomar rutas alternativas, como son los boteros, ya que utilizar aplicaciones de taxis directos (como La NaveCuba Driver o Dtaxi) resulta mucho más costoso. En ese escenario, los buquenques siguen enriqueciéndose.

—Entre todos hicimos un grupo en WhatsApp. Eso nos ayuda a tener un orden y un respeto entre nosotros mismos. Aquí no caben ni faltas de respeto, ni problemas. No todos nos llevamos bien y a veces uno quiere adelantarle el buquenqueo a otro, pero de manera general hay respeto. Además, el jefe de turno siempre está al tanto de que todo esté tranquilo y así la policía no se mete con nosotros. A veces, hasta los inspectores nos han dicho que hacemos tremendo trabajo aquí en la piquera. Eso sí, si llega alguien a querer calentar el lugar, le damos dos de café.

Ante esta situación, cabría preguntarse: ¿le hacen daño los buquenques al transporte alternativo?, ¿existe alguna manera efectiva de controlar esta especie de mafia que extorsiona al bolsillo del cubano de a pie y de los propios choferes?, ¿qué soluciones habría?

Aunque en el periódico Juventud Rebelde, hace apenas unos meses se insistía en la necesidad de analizar seriamente “cuestiones como el ejercicio ilegal, la regulación de los precios y el ordenamiento en general de estos operadores”, realmente los buquenques cada vez se entronizan en las zonas de transportación alternativa de la ciudad.

Su emergencia y consolidación como actores de control en puntos clave no es un fenómeno criminal aislado, sino la respuesta orgánica de un mercado informal a fallos sistémicos en la movilidad urbana e interprovincial. La solución, por tanto, no reside en la mera erradicación coercitiva de ellos, sino en la implementación de una estrategia de sustitución integral y realista que ataque las causas, canalice la demanda y ordene la oferta.

Una medida positiva en esta línea sería la formalización y organización de las piqueras, a través de una alianza entre el Ministerio de Transporte y los gobiernos municipales. Esto implicaría establecer sistemas de numeración verificable, horarios de embarque transparentes y turnos definidos, supervisados por personal administrativo municipal cuyo salario esté disociado de la actividad. 

La clave en este caso es suprimir el caos que alimenta el negocio del buquenque. La intervención jurídica o acción policial es determinante también, aunque debe evolucionar de la persecución esporádica a la investigación para desarticular lo que a ojos vista es ya una red cuasi mafiosa. 

Sin embargo, la solución principal radica en una mejor y mayor intervención de recursos en la esfera del transporte. La regularización de los horarios de transporte, así como una paulatina incorporación de la digitalización (como sucedió hace unos años con la aplicación móvil MW Urbanos) provocaría un mejor orden en la transportación masiva de pasajeros, abarataría los pasajes y, en cierta medida, terminaría con el control de los buquenques en los puntos de embarque. 

Oscar el Fino no tiene idea de leyes, más bien piensa en el alimento diario y alguna cerveza los fines de semana. Trabaja todos los días y luego, paradójicamente, regresa caminando a su casa. Tras esta conversación, me pide que no le haga fotos, que puede buscarse un lío si lo dichavo. Probablemente no se llame Oscar ni le digan el Fino, sin embargo, su testimonio es un valioso documento sobre una red que cada vez abarca más puntos en la capital. 

Los buquenques no solo los encontramos en las piqueras intermunicipales, en la terminal de Villanueva (conocida como “Lista de espera”), sino que son parte integral del paisaje y en otras provincias también muestran sus artes. 

Hablar de ellos, eso sí, suceda lo que suceda, es necesario.