Islas a la deriva: Cuba, Epstein y Groenlandia

Antes de la isla de Epstein ya existía la isla de Castro: todas las perversiones del posmodernismo buscaron solaz en las zonas erógenas de la política cubana. 

Sicópatas argentinos, asesinos escapados de la guerra civil española, uruguayos tupamaros y pirómanos etarras, novelistas pedófilos del boom latinoamericano, arquitectos italianos que soñaron construir escuelas-prisiones en forma de circulares, mercenarios africanos y piratas afroamericanos, bandoleros sudacas y golpistas venezolanos, fugitivos mexicanos y narcotraficantes colombianos: la lista es interminable.

La Ghislaine Maxwell del Comandante en Jefe fue Celia Sánchez Manduley, esclava sexual y celestina. El Havana Hilton del período romántico fue su bayú flotante: Marita Lorenz, María Laborde, Guillermina Fernández, Beatriz Allende, seducidas y abandonadas en las cabañitas del amor. 

Se rumora que Margaret Trudeau tuvo un romance con El Caballo y que Justin es el hijo putativo de Fidel, algo que la primera dama canadiense insinuó a los tabloides. 

Al Bogotazo, el joven Fidel fue acompañado de Guevara “el pasivo”, designado por el Partido Socialista Popular para proveerle felación y adoctrinamiento. Se alojaron en el mismo motel, compartieron habitación, distribuyeron volantes y gritaron consignas desde los balcones del Parlamento (una idea muy gay), antes de saquear la ciudad. 

El romance de la loca peliculera y el guajiro de Birán duró toda la vida: la idea de un Castro homofóbico, echada a rodar por sus enemigos miamenses, no pasa de ser otra leyenda urbana. Castro se ha codeado siempre con locas fabulosas y no es un secreto que su hermano tuvo un harén particular de bonitos muchachos de la farándula. 

Diego Maradona recibió una ninfeta cubana de 15 años, llamada Mavys Álvarez, de manos del mismísimo Fidel, aunque las cortes argentinas se negaran a considerar el caso de una chica apaleada, drogada y raptada con la anuencia del Máximo Líder.

Cuba es la isla donde los pervertidos políticos de todas las pelambres dan rienda suelta a sus proclividades, desde Assata Shakur hasta Carlos Salinas de Gortari. El senador Patrick Leahy, de Vermont, prefería la isla de Castro a la isla de Epstein y lo mismo puede decirse de Patrisse Cullors, de Black Lives Matter; del dominicano Manolo de los Santos, líder de The People’s Forum, y de John McAfee, el magnate antivirus.  

Cuba es la isla burdel del progresismo y allá van Karl Lagerfeld, Beyoncé y Jay-Z, Madonna y su hija cubiche, Oliver Stone y Naomi Campbell, Annie Leibovitz y medio Hollywood.

Barack Obama y Ben Rhodes departieron con Raúl y El Cangrejo en el estadio Latinoamericano como si fuera otro sábado en el Bronx; la Fundación Ford le regala millones de dólares al CENESEX de Mariela Castro para que compre condones. La misma hija represora del asaltante pederasta (“llevaba ropa interior femenina”, así describe a Raúl el reporte de la policía batistiana tras el asalto al Moncada) que los progresistas sufragan.

Y todo esto debido a que Cuba ha sido un protectorado de los Estados Unidos desde la firma del pacto Kennedy-Jrushchov. Son 64 años de apaciguamiento y permisividad como muestra de admiración por esos hermanos Marx que son los hermanos Castro en el imaginario yanqui.

Tan temprano como 1958, cuando el embajador Earl E.T. Smith se presentó en el cuarto piso del Departamento de Estado para advertir que, si Cuba llegaba a caer en manos de Fidel Castro, los americanos debían prepararse para el fin de la civilización en la Isla y la paz en la región, descubrió que todos los funcionarios de la administración Eisenhower eran procastristas.

Desde entonces, el castrismo ha sido una subdivisión del Departamento de Estado, una carga para la USAID y una pieza clave del Welfare State, pues el bienestar de los estadounidenses ha dependido de los caprichos del último Capitán General español, ese gallego que sobrevivió la Guerra de Independencia escondido en un vara-en-tierra del lejano Oriente, solo para reaparecer en escena cuando las condiciones históricas lo permitieran. Esas condiciones se dieron en diciembre de 1958 y Earl E.T. Smith lo vio.

Cuba ha sido tratada por 14 administraciones norteamericanas como un Estado sureño en rebeldía, un atavismo de la Confederación y un distrito electoral donde es tolerada la esclavitud. A la isla del Doctor Castro le ha faltado la electricidad, pero no la energía simbólica imperialista, que aún mantiene vivo a nuestro Frankenstein. Es un organismo parásito que se alimenta de las deyecciones del Imperio y las remesas de sus gusanos. 

Lo peor de la intelectualidad yanqui insiste en la conexión batistiana con Meyer Lansky y sus gánsteres, pero lo cierto es que, a partir de 1959, el estilo Hotel Riviera de hacer política se desbordó hacia todos los ámbitos de lo cubano: el castrismo es la Cosa Nostra generalizada que ha traficado en colmillos de elefantes, cocaína boliviana y petróleo robado. El meyerlanskismo se diversificó e institucionalizó con el castrocomunismo.

La mafia revolucionaria, descendiente de la Cosa Nostra, ha resultado ser peor que la camorra napolitana en un importante aspecto cultural: igual que Santo Trafficante, Fidel mandó a fusilar a sus lacayos, como hizo con Tony de la Guardia y Arnaldo Ochoa, y a enterrar en cemento a sus lugartenientes, como acaba de hacer con Alejandro Gil Fernández. 

Pero es sabido que los mafiosos clásicos idolatraban a los artistas: Frank Sinatra y Frankie Vallie nunca fueron molestados por los matones, mientras que en Cuba se cortaron las cabezas de Luisma y Maykel Osorbo para dejarlas caer como advertencia en las camas de nuestro acaballado, nuestro estamento artístico. Todos fueron a montarse en el último vagón con destino al exilio de terciopelo, mejor conocido hoy como la Groenlandia cubana: con CINTAS, pero sin ICE. 

Una administración realista, y a la vez brutal, que cierra las fronteras y pone coto al genocidio demográfico, que entra en Venezuela y extrae a un tiranuelo como si se tratara de un cordal, nos parece salida de un cuento de hadas a quienes pasamos la totalidad de nuestra existencia bajo la bota rusa del Kennedy-Jrushchov. Donald Trump ha hecho realidad, rechinante y ramplona, lo que en la Era Obama fue solo una consigna vacua: ¡Sí se puede!

El aire de los tiempos trae olor a sangre de déspotas, irrespirable para los melindrosos: es posible decapitar al castrismo y cerrarle el grifo, pues donde exista la voluntad de poder, aparecerá siempre la ocasión. Es posible terminar con una pesadilla que se había vuelto costumbre y que creímos indestructible. 

¡Trump es mi Presidente!: las palabras de Denis Solís fueron proféticas.

Sin embargo, en un reciente artículo de El País, que parece más bien un anuncio político, una periodista cubana confunde a Cuba con Venezuela y amplifica la bola, echada a rodar en alguna parte, sobre la existencia de un hombre providencial, primer candidato y eximio tecnócrata prendido a la teta de los Castro: Óscar Pérez-Oliva Fraga, el nieto de la hermana mayor de Fidel. 

El País, amigo de nuestros enemigos, podrá decir lo que le venga en gana, pero no hay que ser un experto para saber que el pueblo cubano desconfía, de entrada, de cualquier solución a corto o mediano plazo que tenga que ver con los Castro, ni aún con veinte grados de separación. 

Cuba no es Venezuela porque el chavismo es la creación del fidelismo y, consecuentemente, ha sido tratado como tal por el equipo Trump-Rubio, que es la respuesta histórica al Kennedy-Jrushchov. La eliminación de Nicolás Maduro es solo un paso intermedio de la solución del “problema cubano”. 

Ni en sus peores momentos, Venezuela ha sido Cuba, pues nuestra catástrofe no tiene parangón en los anales de la necropolítica hemisférica. Habría que remitirse a Dresde o a la Hiroshima de 1945 para dar una pálida idea de lo que se trata, y aun así el mundo no nos creería. Esta es, precisamente, la última batalla de Cuba contra el mundo.

Habiendo escogido la “solución Groenlandia” para sí mismos, o el congelamiento oportunista que los aísla de las dificultades y rémoras del Miami histórico, no dudo que los intelectuales criollos aceptarían gustosos a un doble de Delcy Rodríguez como sucedáneo del castrismo disfuncional. Pero el exilio combatiente siempre estará ahí para impedirlo.

Son los mismos intelectuales, genios al fin, quienes encontraron la solución correcta, anexándose a cualquier institución que los acoja in partibus infidelium y conquistando sus privadas Groenlandias, como adelantados de un destino manifiesto, el único posible, predicado por Narciso López y sus Filibusteros desde los tiempos remotos de la conspiración de la Rosa Cubana. 

Cuba devendrá el Estado número 51 (o el 52, si los inuit se nos adelantan), pero ya los arribistas, informáticos, emprendedores y entenados con triple pasaporte han plantado una estaca en los claustros y las playas de nuestra futura estadidad, aún en veremos.