
Una transición a la Trump: simplemente aterrador
Por Lynn Cruz
“Condeno enérgicamente la agresión de la administración Trump al régimen de La Habana”.
Hypermedia Magazine publicó recientemente un artículo de la actriz y escritora cubana Lynn Cruz titulado “Una transición a la Trump: simplemente aterrador”, en el que hizo un análisis muy cuestionable de la actualidad de nuestra sufrida patria y de otros hechos que la vinculan con los Estados Unidos.
La rabia anti-trumpista no es novedosa entre cierta intelectualidad cubana que, al mismo tiempo que afirma anhelar un cambio profundo y definitivo para nuestro país, nos ofrece análisis sesgados que tienden más a favorecer a la crápula castrista que a denostarla.
No soy adivino para saber cuál será el desenlace para Cuba, pero siguiendo la lógica histórica considero que son tres las posibilidades para salir de la dictadura: una rebelión militar, un paro nacional coordinado que alcance gran respaldo mundial, una intervención militar promovida por una coalición internacional o un tercer país (en este caso, Estados Unidos).
Ojalá que esté equivocado y exista otra vía. Por muy triste que me resulte aceptarlo, creo que la única que tiene posibilidades de triunfo es la tercera.
Fidel Castro era un genio del mal. Él y sus asesores comunistas tuvieron la brillante idea de fragmentar el ejército en tres mandos independientes, situados por debajo del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el ministro de las FAR, su hermano Raúl Castro.
La negativa permanente de la dictadura cubana a abrirse al mundo y la cohesión de las maléficas estructuras militares (unidas al Ministerio del Interior, MININT) hacen poco viable la primera opción. En cuanto a la segunda, se necesitaría la existencia de un paro nacional significativo y la sociedad civil cubana no parece preparada para organizarlo.
Esta situación es la consecuencia del más largo y eficaz proceso de ingeniería social del hemisferio occidental, que comenzó en las primeras décadas del siglo XX con la llegada de Fabio Grobart a Cuba. Quien lo dude que lea la formidable investigación “El soviet caribeño. Los orígenes secretos del poder de los Castro”, de César Reynel Aguilera.
Lynn Cruz afirma en su artículo que “Donald Trump ha declarado la guerra a Cuba al imponer sanciones a la venta de petróleo”, pero no menciona que el petróleo que Cuba ha estado recibiendo abundantemente por décadas, primero de la Unión Soviética (URSS) y luego de Venezuela era revendido en buena parte a terceros para incrementar las arcas de los Castro.
Lo que es más importante, Lynn obvia mencionar que hay una declaración de guerra mucho más antigua y es la que Fidel Castro declaró a la democracia. No ha sido Donald Trump quien inició esa confrontación, sino el mismo Castro al quebrantar sus promesas de reivindicar la constitución cubana de 1940 y celebrar elecciones libres. En todo caso, la esencia del mal cubano es profundamente antijurídica.
Lynn Cruz afirma que la embajada de los Estados Unidos está siendo usada como propaganda política y eso es falso. Lo que ha estado haciendo el señor Mike Hammer, apegado a lo establecido en la Convención de Viena, es conocer de primera mano cómo vive y piensa el pueblo cubano, ese que no sale en el noticiero de la televisión nacional.
Mike Hammer no ha ido a ningún pueblo o ciudad de Cuba para organizar o apoyar financieramente a individuos o grupos en contra de la dictadura comunista, una práctica que sí realizan los diplomáticos cubanos en Estados Unidos, para fomentar el caos en ese país preparando y apoyando a individuos como Manuel de los Santos.
Mike Hammer asiste a esos lugares para fiscalizar que la entrega de la ayuda humanitaria no se desvíe, como usualmente hace la dictadura, y para decirle al pueblo cubano que la administración de Donald Trump apoya sus anhelos de libertad. Eso le muestra al pueblo quién es el verdadero enemigo. Obviamente, esos “martillazos diplomáticos” le duelen a la dictadura.
Lynn Cruz se pregunta si la base naval estadounidense de Guantánamo amenaza ser un nuevo Maine y si reventarla justificaría una intervención militar estadounidense. Al formular esta hipótesis hace gala de su ignorancia sobre un hecho trascendental de la historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, pues repite el argumento reiterado hasta el cansancio por la historiografía oficial cubana de que el acorazado Maine fue volado por el gobierno de William McKinley, algo que nunca se ha podido demostrar. Todo lo contrario, las más profundas investigaciones apuntan a que fue un accidente.
Lynn Cruz dice que tal posibilidad, la de volar la base naval estadounidense en la Isla, no debe escapar a la duda luego de lo ocurrido en Venezuela. Al hacer esta afirmación, nos ofrece una evidencia más sobre una de las características de esa intelectualidad a la que me refería precedentemente. Es decir, critica el acto dirigido a eliminar una amenaza y sus consecuencias, pero no el actuar ilícito de quien la provoca.
Es lo mismo que pasa ahora con Irán, según esos intelectuales hay que esperar a que ese país tenga su bomba nuclear para entonces tratar de frenarlo.
Lynn Cruz dice que condena la agresión de Trump “porque los cubanos no tenemos libertades”, una posición contradictoria porque censura al único presidente estadounidense que está haciendo algo concreto para que los cubanos seamos libres. Cruz fue aún más lejos al afirmar: “Un pueblo sometido por un gobierno y al mismo tiempo por una potencia extranjera carece no ya de soberanía, sino de autoestima, de identidad”.
Al hacer esta afirmación no solo le endilga el calificativo de “gobierno” a la dictadura más despótica del hemisferio occidental, sino que coloca a los Estados Unidos en posición de igualdad con ese régimen en la balanza de sus argumentos, porque, según esta frase, Estados Unidos es tan responsable de la falta de democracia en Cuba como el clan Castro y somete tanto al pueblo cubano como la dictadura, algo tan inicuo como su conclusión de que el pueblo cubano carece de autoestima e identidad.
El daño antropológico evidente en la sociedad cubana (ese que tanto ha estudiado y del que tanto ha hablado Dagoberto Valdés) es el resultado de un proceso esencialmente diabólico concebido por el Castro-comunismo y, si bien es cierto que alcanza proporciones significativas, no impide reconocer las reservas morales de nuestro pueblo. Afirmar que el pueblo cubano carece de autoestima y de identidad es denigrante y refleja per se que Lynn Cruz se cree asistida de una supuesta superioridad intelectual que no es más que fatuidad.
En su artículo encomia a la administración de Barack Obama por el acercamiento que tuvo para con la dictadura cubana, pero todos sabemos lo que ella no menciona: si ese proceso sirvió para algo fue para empoderar más a quienes oprimen a los cubanos.
La actriz sugiere que el presidente Trump miente cuando dice que Cuba es un nido de terroristas y espías, y al catalogar a la Isla como una amenaza inusual. Todo indica que no conoce o no desea recordar el largo historial terrorista de la dictadura, ni las facilidades que ha brindado a la URSS primero, y a Rusia y a China después, para instalar bases de espionaje electrónico. O incluso que en estos mismos momentos cobija asesinos buscados por Estados Unidos y otros países por sus actos terroristas.
La única frase que celebro de su artículo es: “En lo más profundo del corazón de los cubanos existe un deseo de ser libres de la familia Castro”, porque es muy cierto, los cubanos estamos hartos de los Castro y de sus castas.
Lo aterrador no es una transición “a la Trump”, como afirma Lynn, lo aterrador es que el pueblo cubano siga muriendo por falta de alimentos, medicinas y atención médica adecuada. De eso no tiene la culpa Trump. Lo aterrador es que la dictadura siga reprimiendo y encarcelando a quienes se le oponen pacíficamente. De eso tampoco Trump tiene la culpa.
Lo aterrador es que toda esa crueldad continué ocurriendo ante los hieráticos funcionarios de la ONU y ante no pocos gobiernos del mundo. Aterrador es levantar nuestras voces para condenar a quienes tratan de ayudar a nuestro pueblo.
Lynn Cruz dice “no quiero ser una intelectual de las que pierde el alma”. Ojalá sea cierto, porque Dios siempre nos da una oportunidad para salvarnos. Ojalá que ella encuentre la suya.










