Un presidente con minúsculas: repetición e irrealidad en miguel díaz-canel



El presidente con minúsculas ha vuelto a hablar. Esta vez no para explicar la crisis ni para insistir en la resistencia, sino para anunciar un escenario extremo. En una entrevista reciente, afirmó que, de producirse una agresión militar, Cuba respondería con una guerra de todo el pueblo, con pérdidas humanas y materiales incalculables.

La frase llega después de semanas de conversaciones con Washington envueltas en opacidad, en medio de expectativas que se insinuaron y no se han concretado, y en una Isla sometida a una crisis que no es solo económica o energética. 

El recrudecimiento reciente de las medidas del embargo, la extensión de la escasez, el deterioro de las condiciones de vida y la incapacidad de respuesta institucional configuran un escenario que, sin declararse formalmente por las organizaciones internacionales, es cada vez más similar a lo que se reconoce como una emergencia de carácter humanitario.

En ese contexto, el paso del lenguaje de la negociación al lenguaje de la guerra no puede leerse como un giro, sino como una continuidad. Cuando el poder no logra ofrecer una salida, desplaza el registro hacia el sacrificio.

Desde hace semanas, el país se mueve dentro de una tensión que el discurso oficial no logra contener del todo. A la gravedad de la crisis energética y económica se suman esas conversaciones con Washington, sobre las que apenas se ofrece información y cuyos resultados siguen sin hacerse visibles. 

Se habló de ellas como una posibilidad inmediata, casi como una salida a corto plazo. Ha pasado el tiempo y no hay avances concretos, ni explicaciones claras, ni un horizonte definido.

En ese mismo contexto, no resulta extraño que una parte de la sociedad cubana mire esas conversaciones con una mezcla de expectativa y desesperación. No porque representen una solución ideal. Las relaciones entre ambos países arrastran una historia compleja y el lenguaje utilizado desde Washington introduce una ambigüedad que no puede ignorarse. En medio de una depauperación cada vez más evidente, eso fue, por un momento, lo único que apareció en el horizonte como posibilidad de movimiento.

Ese momento, no obstante, se ha ido diluyendo. Lo que comenzó como una posibilidad, por frágil que fuera, ha derivado en una sensación más cercana a la decepción. El sistema político de la Isla ha dejado de producir horizontes de futuro y la esperanza social se colocó fuera de él. Cuando esa posibilidad externa se vuelve incierta, lo que queda no es la espera, sino una disolución agónica dentro de la propia endogamia.

Mientras tanto, en las calles del país la realidad se impone. Los cacerolazos y las manifestaciones ocurridas en distintas ciudades desde mediados de marzo no son un fenómeno aislado, ni un episodio puntual. Funcionan como evidencia directa de un deterioro extremo que el discurso no logra ocultar, por más que insista en la resistencia, en la unidad o en la capacidad de sobreponerse.

El presidente con minúsculas ha hablado en distintos momentos de este ciclo. Sus intervenciones confirman un síntoma inequívoco. Se habla mucho, se explican las dificultades, se enumeran las causas, se reconocen las limitaciones, se alude a factores externos. Pero el sistema político permanece intacto en el centro del relato, protegido como un territorio fuera de discusión. La crisis puede ser nombrada, administrada, incluso negociada. El sistema, no.

Cuando se buscan responsables, estos rara vez se sitúan en el lugar donde se toman las decisiones. La responsabilidad se desplaza hacia factores externos o, en su defecto, hacia niveles intermedios de gestión. Nunca alcanza al núcleo del poder, ni a quienes lo sostienen. Tampoco pone en cuestión la viabilidad del sistema que produce esos resultados.

Hay un detalle revelador en la forma misma en que el presidente habla. En varios momentos insiste en subrayar que ha estado presente en los análisis, en las conversaciones, en las decisiones. El discurso se construye en un “nosotros” que diluye la responsabilidad individual y refuerza la idea de dirección colectiva: hemos analizado, hemos decidido, estamos evaluando, estamos trabajando. Y, sin embargo, insiste en recordar que ha estado dentro de ese “nosotros”.

En un poder consolidado, la autoridad no necesita ser recordada, se presupone. Cuando se enuncia, lo que aparece no es fuerza, sino una forma de inseguridad política. La “minusculidad” del presidente no solo se evidencia cuando habla en plural, sino cuando además necesita reafirmar que está dentro de ese plural.

Esa fragilidad se vuelve aún más visible si se observa la escena del poder. Mientras el presidente con minúsculas ocupa el centro del discurso, como cara expuesta, la geografía real de las decisiones parece desplazarse hacia otros espacios. Que en una reunión aparezca sentado, junto a la dirección del Estado, un miembro del círculo familiar del liderazgo histórico, sin cargo institucional visible, sugiere la coexistencia de dos planos distintos: la presidencia visible y el núcleo donde realmente gravitan las decisiones.

El resultado es una figura política singular y trágica. El presidente con minúsculas ocupa el cargo, pero el poder que representa está en otro lugar. Habla en nombre del poder, pero no lo encarna. Su discurso aparece como una mediación que narra, explica y justifica decisiones, pero transmite la sensación de que estas se originan en un espacio diferente.

En ese contexto, el regreso al lenguaje sacrificial resulta especialmente elocuente. La disposición del presidente a dar la vida por la Revolución, junto al llamado a los jóvenes a asumir ese mismo compromiso, revela una contradicción frente a la experiencia real de la Isla. 

Cuba no es hoy un país al que se le pueda pedir sacrificio en abstracto. Es una sociedad que lleva décadas sacrificándose. Varias generaciones han entregado su tiempo, sus proyectos, sus posibilidades de vida bajo una promesa que se repite, pero no se cumple. La apelación al sacrificio desde el poder roza lo irónico, porque llega después de que ese mismo sacrificio ha sido ya asumido, durante demasiado tiempo, por quienes no deciden. 

No es, en realidad, un gesto nuevo, sino la repetición de un lenguaje político agotado, heredero de consignas que han perdido su capacidad de movilizar, pero que se siguen invocando como si aún pudieran producir efectos.

No es difícil encontrar, en ese sentido, una continuidad que va más allá de los discursos recientes. Basta con revisar las intervenciones de cierre y apertura de año en los últimos tiempos para reconocer la misma estructura, las mismas promesas, la misma apelación a la unidad y al esfuerzo colectivo como respuesta a problemas que no terminan de resolverse. 

Lo que cambia es el grado de deterioro del país, mientras permanece el lenguaje aparentemente esperanzador. En realidad, triunfalista. Otras formas de nombrar han surgido en los márgenes, en la cultura, en la experiencia cotidiana, pero permanecen fuera del relato oficial, porque el poder no admite lenguajes que no controla.

Y es en esa fractura entre la realidad y el lenguaje donde se hace visible que las intervenciones del presidente con minúsculas no articulan una salida, no producen horizonte, no abren una posibilidad. Se limitan a repetir, a sostener, a prolongar un sistema que ya no se corresponde con la realidad.