Me cuesta articular las ideas en tiempos donde todo sucede muy rápido. Solo puedo hilvanar de forma más precisa mis pensamientos políticos, por medio de la escritura. Y es que soy pasional. No quiero ser una intelectual de las que pierde el alma.
Por otro lado, las noticias se agolpan y entorpecen la fluidez del lenguaje. Pero es importante hablar en voz alta también, aunque las ideas queden inconclusas, porque esta guerra es mundial.
Suelo desconfiar de los políticos, mucho más en tiempos de guerra. Y sí, Donald Trump ha declarado la guerra a Cuba al imponer sanciones a la venta del petróleo. Al impedir que lleguen los barcos a la Isla. Ha declarado la guerra al usar a su embajada como propaganda política contra un régimen debilitado por su inoperancia.
¿Su base naval de Guantánamo amenaza ser un nuevo Maine? ¿Reventarla podría justificar una intervención militar? Nunca se sabe. Mucho menos después de lo ocurrido en Venezuela.
Entonces, cuando me preguntan qué pienso sobre la situación, mi respuesta tiene que ser agresiva: condeno enérgicamente la agresión de la administración Trump al régimen de La Habana.
¿Por qué? Porque los cubanos no tenemos libertades. No existen otras empresas de petróleo o gas que las del régimen. Los salarios y pensiones equivalentes a “un puñado de dólares” no permiten acceder a generadores, paneles solares o cualquier otra fuente de energía alternativa.
La guerra, si tuviera algún sentido, sería ser agredido. Los gobiernos van a la guerra porque de otra forma te convierten en esclavo. Un pueblo sometido por un gobierno y al mismo tiempo por una potencia extranjera carece no ya de soberanía, sino de autoestima, de identidad.
Sé que mis palabras son a contracorriente. En lo más profundo del corazón de los cubanos existe un deseo de ser libres de la familia Castro. Las descendencias de Fidel y Raúl Castro parecen haber heredado la misma frivolidad que las clases dominantes de antes de 1959. Son enemigos íntimos.
Alejo Carpentier, en sus Crónicas del regreso, al comparar a la burguesía habanera decía que, a diferencia de la francesa, era muy fácil que te acogiera como uno más. Bastaban unas buenas conexiones o una buena conversación. A fin de cuentas, La Habana era el París “del trópico”. Y en el trópico todo se derrite, hasta “el discreto encanto de una burguesía”.
¿Cómo se llegó hasta aquí? Para los que no han vivido la experiencia que constituyó el ensayo del comunismo, exportado por la antigua Unión Soviética, Cuba puede resultar una abstracción.
Confieso que estoy impotente ante las declaraciones recientes de muchos de mis contemporáneos. Especialmente, de los que pertenecen al mundo de las emociones y del pensamiento, como lo constituyen el arte y la literatura.
Cuba vive hoy el período de las consecuencias, tras haber confiado el poder a un solo hombre. En 2015, los discursos de Barack Obama y Raúl Castro anunciaron un supuesto deshielo en las relaciones comerciales. Unos meses después, llegó el primer período de Trump, que barrería cualquier atisbo de proximidad a Cuba.
Ahora Trump, en su segundo mandato, ha llegado hasta el punto de decir “que Cuba es un nido de terroristas y espías”, catalogando a la Isla como “una amenaza inusual”.
Nunca pensé que podría ver una ficción convertida en realidad en tan solo cinco años. Corazón azul(2021), de Miguel Coyula es una distopía donde Trump decide invadir Cuba bajo el pretexto de que sus protagonistas tienen las armas más peligrosas que hayan existido jamás contra la humanidad.
Recuerdo haberme divertido cuando vi las declaraciones de Trump en la película. Entonces pensé que Cuba no significaba una amenaza real para el gobierno de los Estados Unidos, más allá de la persecución económica.
Si es cierto que Trump quiere el dominio total sobre la Isla, podría ser estratégica la obediencia del patio. Otros especulan que su agresividad se debe a los votos de la Florida. Presionar a La Habana sería la máscara para olvidar el trago amargo de las deportaciones o limbos legales de los cubanos que entraron a Estados Unidos cuando este nuevo plan ya estaba en marcha.
Retomo la crítica respecto a mis contemporáneos y la responsabilidad que uno tiene como movilizador de la conciencia pública. Resulta alarmante ver a colegas batirse en mis redes, en una defensa a ultranza de la política de Trump.
Al leer los comentarios en mis publicaciones, me pregunto si en verdad creen todo lo que dicen. O si piensan que las mismas estrategias que les funcionaron dentro de las instituciones aplican a aquella realidad: ¡Pa´ lo que sea Fidel, pa´ lo que sea!
No le encuentro explicación. No parecen humanos. He hecho teatro, he escrito novelas para depurar lo que yo considero un trauma: el impedimento de mirar la realidad con mis propios ojos, de poner a Cuba en perspectiva con el resto del mundo. No solo para exigir un cambio político, sino para entender que, a esa libertad que todos anhelamos no se llega por medio de una intervención militar. Es el peor de todos los escenarios imaginados para Cuba.
Cuba no es ni siquiera la Venezuela de las reformas chavistas. Para empezar, en Venezuela, a pesar de Chávez, permanecieron la oposición interna, las elecciones libres y la propiedad privada. Todo esto despareció de la Isla después de 1959.
Las condiciones acá están creadas para hacer el movimiento más gatopardiano posible. La esencia del poder en Cuba sigue siendo vertical. Por otra parte, este país ha ido de una dictadura militar en otra. La situación es lo más parecido a la Unión Soviética de 1991 y a la terapia de choque, asistida también por los Estados Unidos.
En aquel momento., la Unión Europea quiso ayudar, crear un plan Marshal para el pueblo soviético. Plegarse a la voluntad de Washington, años más tarde, habría parido a un Vladimir Putin.
En 2022, Cuba quedó marginada y muchos convenios de ayuda de la Unión Europea fueron extirpados de la Isla, en represalia por la alianza cubana con Putin, cuando este le declaró la guerra a Ucrania. Cuatro años más tarde, esa misma Unión Europea se desmarca ahora de Washington e Israel, en su guerra contra Irán. Sin embargo, antes, esas mismas fuerzas usaron el terror como arma política contra Palestina.
El mundo es un asco. Una no sabe hacia donde mirar. Si Putin parecía ser una consecuencia de la ausencia de democracia en la historia de Rusia y la descapitalización del pueblo soviético, ¿cuáles fueron las causas del nacimiento de un Trump? ¿O de un Benjamín Netanyahu?
El problema del comunismo radica en la desaparición del individuo dentro de la masa. Y el problema de las sociedades de consumo es creer que la masa es responsable de su propio destino y no el sistema que la rige. ¿Es Trump apenas una pieza en la caída de las democracias liberales, treinta y tantos años después de que colapsara el campo socialista?
Durante el montaje de mi obra SALA-R, el escritor y actor Jorge Carpio leyó una carta escrita por Joseph Brodsky a Václav Havel, donde lo instaba a hacer política de un modo distinto. Le cuestionaba el término poscomunista. No se puede ir más allá de algo que solo se ha ensayado y que, por tanto, volverá a repetirse. Antes de decir que el comunismo es el mal, lo conminó a hablar de la vulgaridad del corazón humano.
La palabra comunismo viene de comunal. Aún hoy resuena la Comuna de París: libertad, igualdad, fraternidad. Entonces, al imaginar una transición en Cuba con un Donald Trump travestido de monarca, el resultado podría ser simplemente aterrador.









