Todo está en articular
el estrés,
en desarticularlo.
Cerrar los ojos (no pasa nada),
aunque pase no pasa
articular
desarticular.
Eduard Encina.
—Dos mil pesos por cada una —nos dijo el cochambroso hombre a mi amiga y a mí.
Pasábamos por la entrada del Barrio Chino a la una y pico de la madrugada, después de haber compartido con un grupo de amigos y que uno de ellos nos acompañara hasta una esquina del Parque de la Fraternidad. Íbamos agarradas por los brazos para protegernos una a la otra.
Desde que La Habana se ha vuelto locura y caos le tengo fobia a salir a la calle. Solo salgo a hacer mandados y de vez en cuando comparto tiempo de ocio con mis amigos en un café o en algún sitio lo más apacible y seguro.
Le hicimos caso omiso al acosador que caminaba al lado de nosotras, insistiendo como si fuéramos dos putas a las que no respeta. Ya sabemos que a esa hora, ni a ninguna, hay policías para que nos socorran. Tampoco una ley que nos ampare. Es la cruda ley de la calle la que opera.
Nos siguió hasta Dragones y Galiano, donde se acercó por mi lado con la intención de tocarme. Mi amiga me haló para evitar que lo hiciera. El hombre se alejó, pero su maniática mirada no la apartaba de nosotras. Estuvimos con el sobresalto y mirábamos hacia todos lados hasta que entramos por la puerta del edificio donde vivimos.
—Perooo, ¿Qué se cree este Neandertal? —le comenté a mi amiga.
—¿Te fijaste en su facha? Así va el país. Qué asco todo.
No hay un día que no quiera desaparecer de esta podredumbre. Estoy muy jodida. Por ahora lo que toca es articular el estrés. Desarticularlo.
Hace casi dos meses que un vecino de la otra cuadra había cogido con quemar basura a cada rato en las ruinas de otro edificio colindante al mío. Se ha adueñado de ese espacio y también cría puercos. Así se vive en la ciudad corral. Pisando el lodo y tragándonos la humareda de otros.
Una madrugada la niebla de humo entró por la ventana de mi habitación, que siempre dejo abierta por las altas temperaturas. Solo cierro las cortinas para que no entre la claridad de las luces y para evitar a los mirahuecos. Estaba dormida, pero el olor a basura quemada y la falta de oxígeno me despertó. Indignada. Abrí las cortinas y puse el ventilador a girar en la máxima velocidad y esperé en la sala a que saliera todo ese humo.
Ese mismo día, cerca de las diez de la mañana, fui a la tienda recaudadora de divisas Camacho, que queda en el boulevard de San Rafael. Allí estuve en una interminable y lenta cola hasta la una y pico de la tarde, con mi sobrino de trece años. Lo llevé para que me vendieran dos pomos de aceite más por él, porque solamente daban dos por persona.
Era desesperante estar allí, entre la falta de aire que me había provocado la humareda y las broncas de la gente por el que se colaba o los que habían hecho la cola varias veces para luego revender. Y con el temor de que no alcanzara y hacer esa cola por gusto.
Al final, regresamos con dos pomos. El Jefe de Sector que era responsable de mantener el orden en la cola no autorizó a la dependienta a que me vendiera los de mi sobrino, debido a que era menor de edad y a ellos no les vendían. Solo aceptaban un carné por persona para poder comprar.
—¿Y los niños no comen? —le preguntó enfurecida una clienta que iba delante de mí a la dependienta.
—Yo quisiera venderle a todo el mundo la cantidad que quieran.
El Jefe de Sector le negó con la cabeza.
—No puedo, lo siento.
Enmudecida le entregué mi tarjeta para que me cobrara.
Regresé al barrio. Fui a quejarme con el vecino causante del humo. Tiene puesto frente a su casa un timbiriche de venta de viandas, frutas y vegetales.
—¿Usted dejó quemando la basura toda la noche?
—Sí, y pido disculpas. No va a volver a pasar.
—Estoy con falta de aire…
No me dejó terminar la frase.
—Eso no va a pasar más, pido disculpas —dijo entre nervioso y avergonzado.
Lo miré de forma acusatoria.
—Está bien.
Hasta ahora no ha vuelto a entrar el hollín por mi ventana. Algo positivo dentro de lo aciago.
Las cosas no quedan ahí. Continúa lo absurdo de un sistema en declive con una sociedad cada vez más infecta.
Para botar la basura tengo que caminar varias cuadras. Hace un tiempo había una montaña de residuos en la esquina de mi cuadra. Un día la recogieron y pusieron un cartel: NO ARROJAR BASURA, SERÁ MULTADO.
La estuve echando en otra montaña bastante cerca de casa. Fui una noche. Siempre espero a que oscurezca porque la gente se ha acostumbrado a husmear lo que llevas en la jabita de naylon y eso me incomoda.
Cuando llegué, ya no estaba la montaña. Otro cartel advertí: NO BOTAR BASURA. MULTA DE 50.000 PESOS.
Así, en grande, esa cantidad de ceros asusta a cualquiera. Y uno no se atreve a tirarla y camina un poco más, como yo, y en la próxima cuadra hay otro basurero obstruyendo una calle.
Por eso se han multiplicado las ratas, las cucarachas. Y todos los días, aunque ponga veneno, limpie una y otra vez, amanecen sus cagarrutas encima del fogón y del aparador. A veces voy al baño por la madrugada. Apenas enciendo la luz las cucarachas intentan esconderse. Aplasto las que puedo y viene ese tufo defensivo e inconfundible a rancio, a moho, a qué se yo, apestándolo todo.
Últimamente sale corriendo un guayabito y me da un pavor.
Hace dos noches llovió. Fui al baño. No sé si era el mismo u otro de los tantos que suben a diario y entran por la celosía del patio o por la cavidad que hay entre la puerta de la sala y el piso. Tenía los pelos mojados y erizados. Me pasó tan cerca de los pies que brinqué y me lastimé una mano.
Cierro los ojos. No pasa nada.

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