He visto crueldades que superan la ficción. En la vida real hay realismo a granel y la redundancia no es gratis. Para los cubanos hambrientos y envejecidos, no hay una línea en el horizonte que refleje un azul límpido con abundante sol para reflejar la luz. Y no una luz cualquiera, sino esa que derrama la fe.
A los ancianos nuestros, a esos que una vez fueron mariposas, se les han caído las alas. Quiero decir, han sido quemadas en un fuego devastador. El fuego ha surgido de manera gradual. Primero, una candelita les iba provocando chispas en los pies, en las piernas varicosas, subiendo al torso, alcanzando la flacidez de los brazos, hasta llegar a la cabeza, donde las llamas han penetrado directamente. Así las yagas que han quedado no dejan lugar para las memorias.
¿Permanecerán los recuerdos en esas cabezas o quizás el experimento de la desigualdad social ha borrado todo rastro de vivencias pasadas? El orden fue quebrado. Un nuevo orden desordenado se ha cumplido. Es una ley.
La Habana ya no susurra, teme, es la Nada, como si ya no hubiera donde refugiarse. No queda un mínimo lugar para lo que hubo. Mucha gente tiende a esconderse en sus torres de cristal, tras sus paneles de sol pueden olvidarse de los más humillados.
La escritura se guarda bajo llave, para no perder los detalles del Caos. Se prohíbe terminantemente tocar las estatuas, porque se vuelven humo. Los héroes y sus heroicidades permanecen en una polvorienta caja de cartón, amarrada con una soga, apilada junto a otras, inservibles, en una oficina que nadie visita. Las calles son cráteres negros, llenos de agua que hierve cuando algún pie se equivoca en pisar.
¿Viviremos para reconocernos en antiguos álbumes de fotografías?
La certeza es volátil, nada es durable. Hace unos días terminó una de esas vidas ordinarias, de las que a nadie importante le preocupa. Me lo contó Tami, mi vecina de la niñez. Se paro su reloj y ya. El viejo no superó los 88 años, aunque ya había dejado sus vicios de tabaco y café, pues resultaba imposible costeárselos.
Quizás el refrán que más conocemos es: “No hay mal que por bien no venga”. Y el mal ya está sembrado y bien enraizado en la tierra del nunca jamás.
Cuba es un espasmo. La degradación de la tercera edad se pasea por las calles, se hunde en los sillones desvencijados, conserva cadáveres vivos como si estuvieran en el Museo de Cera, aunque no el de la película de André De Toth, ni con Vicent Price en el protagónico, sino con Walking Dead: un anciano con una paupérrima pensión de 3.500 pesos, que ya no le alcanzaba para comer ni para comprar un simple medicamento.
Algunos muchachos de la cuadra se burlaban de su forma de caminar, un tanto rara, balanceándose, como si se fuera a caer en cualquier momento. Entonces lo bautizaron con el apodo de Walking Dead.
Era viudo. Desde que su esposa falleció de Covid, se quedó solo, habitando en un cuartico de un solar, en El Vedado, cerca de mi casa natal. Después de jubilado, quiso emplearse en la jardinería. Les decía a todos estas frases: los jardines son el reflejo de la alegría, las flores son las hadas de la tierra, el trabajo con las manos es el que más reconoce el espíritu.
Una extraña filosofía que poblaba sus horas y le daba fuerzas.
Estirar por semanas un paquete de arroz constituía una epopeya. Almorzaba dos cucharadas de arroz y un pedazo de vianda hervida; vegetales, casi nunca. A veces, con suerte, podía comprar tres o cuatro huevos, en cuanto le pagaban por limpiar las malas yerbas de un jardín. En realidad, no era jardinero. Fue administrador de una imprenta que perteneció al Turismo.
Cuando le tocó la mala lotería del virus del Chikungunya, se puso malo de verdad, débil, y gracias a una colecta de dinero que hicieron varios vecinos no se fue del aire. Mayra, la madre de Tami, le regaló veinte dólares cuando vino de Miami. Aunque estuvo meses con las manos hinchadas, entumecidas y con dolor, siguió aferrado a la idea ilusoria de que buenos vientos y tiempos vendrían para sanarlo.
Comentaba que se sentía traicionado por la institución a la que dedicó más de treinta años de trabajo. Y, cuando pidió ayuda a la administración, le dijeron en una carta muy cordial que esperara un aumento en su jubilación. Sería pronto, seguramente. Mientras, debía proteger su corazón para que no se agrietara, encender una vela, rezar. Transcurrieron largos meses y nada nunca se concretó.
La muerte llegó y lo derrotó. No obstante, la muerte no es una opción inmediata si se le enfrenta, o si le hacemos guiños. Los guiños serian como esos juegos que hacen los niños cuando juegan a las escondidas, se esconden en los lugares menos evidentes, protegiéndose de los otros jugadores, para después llegar corriendo y tocar base. De esta manera engañosa ganan y se salvan.
Walking Dead no tuvo más remedio que salvarse del horror, haciendo sus propios guiños, alimentándose de ilusiones, jugando a la inmortalidad, a trascender en lo mejor que supo hacer, ya sea levantarse cada mañana y sorber la vida.

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