Retrato de hombre con carretilla de viandas

En términos de inmediatez y vida cotidiana, las opciones de los cubanos “de a pie” (para usar una lexicalización universal) tienden a cero.

La enumeración física, por así llamarla, de los problemas, excluye habitualmente la esencia de los problemas. Sin embargo, habría que empezar por un hecho tan concreto como abstracto: en Cuba el daño social no es una invención de la “derecha unida”, ni de los críticos de un modelo sociopolítico y, en principio, disfuncional en lo económico. El daño social existe y pone en entredicho cualquier manifestación de optimismo.

Hay un optimismo a largo plazo, hijo de la ensoñación y de una irracionalidad esperanzada. Pero la gente común, la gente envejecida, la que no tiene prácticamente nada, piensa en la muerte. Y la muerte por adelantado (es un ejemplo) nada tiene que ver con la esperanza.

En Cuba (mis referencias son, en concreto, habaneras), un docudrama, sea cinematográfico, sea literario, no pierde su narratividad ni siquiera en medio de los lamentos. La acción, redundante, se detiene allí. Pero toda aflicción es, en este contexto, una circunstancia que va expandiéndose como un fractal. Mientras más se aproxima uno al detalle, más se convence de que las formas de la lamentación se repiten: de lo infinitamente grande a lo infinitamente pequeño. 

Dolor, queja, protesta… En ese límite empiezan los peligros. Porque el fanatismo es hermano de la ignorancia y la ignorancia no toma en cuenta (a sabiendas o no) los derechos. Desde siempre.

Algo falla y falla muy duro cuando la enunciación de la verdad se toma como agresión.

Una carretilla ideal, con cebollas, plátanos, ajo, pimientos, mangos, papas, acelga, malanga, calabaza y cebollino (contenido ideal: es muy poco frecuente que todo eso esté en una carretilla) es, como se sabe, una estructura de madera montada sobre ruedas. Faltarían los tomates. 

La carretilla, artefacto muy común en Cuba, digamos que se estaciona en una esquina, bajo un árbol frondoso, y el conjunto resulta pintoresco: uno le toma una foto y la foto puede convertirse en una estampa criolla, casi como un lienzo costumbrista. El hombre frente a la carretilla no sonríe. Los precios son imposibles.

La esquina de la carretilla es también la de una farmacia vacía. Afuera se juega dominó a gritos. Sobre la acera rota la gente se reúne para conectarse a internet. Por los alrededores la señal es tan precaria, que solo en ese punto es posible enviar y recibir mensajes, o hacer alguna videollamada (de esas donde las voces se interrumpen y las imágenes se congelan).

El hombre observa y toma nota mentalmente de lo que puede comprar con el dinero que lleva. Tiene prisa, además. Acaban de anunciar que el gas para cocinar puede fallar. 

[Nota: debido a la ausencia del servicio eléctrico, en Cuba proliferan las plantas generadoras alimentadas con gasolina (otra imposibilidad) o con gas (hay a veces y a veces no hay o, como en muchos sitios, hay muy de vez en vez). Cuando estas plantas que funcionan con gas echan a andar, el ruido es insoportable. Pero la civilidad se ha perdido porque la sobrevivencia les gana siempre a los buenos hábitos de convivencia. Si llega la noche y no hay electricidad y tienes una planta de esas que funcionan con gas, la enciendes y ya. Sin pensar en nada más. No vives en Noruega, ni en Suiza, ni en Suecia, ni en Dinamarca. El número de plantas aumenta de día en día. Y de un tiempo a esta parte, el gas que viene por tuberías, llamado gas “de la calle”, empieza a escasear. Ya después de las 6 pm las llamas de la cocina son llamitas progresivamente enclenques. Y el hombre de la carretilla no quiere demorar.]

Él elige dos plátanos machos pintones para freír (80 pesos cada uno), un mazo de acelgas (400 pesos), un mazo de cebollino (500 pesos), unas papas (según el peso, deberá pagar 1000 pesos más o menos) y un trozo de calabaza (que pesa lo equivalente a 800 pesos). Paga, extenuado, y se marcha. 

Cerca de allí, a unos metros, han abierto una especie de bodega. Le gustaría hacer una ensalada, quiere otorgarse ese lujoso regalo, le quedan 5 huevos, pero… ¡pero!, por esa mayonesa, que es importada, le cobrarían 2400 pesos. Un simple pomo de mayonesa. 

Esa especie de bodega, donde no hay colas largas, es tranquila. Pero el hombre escucha un alboroto detrás de sí. En el portal hay una anciana recostada a una pared y sentada en el suelo. Alguien le alcanza un vaso de agua. Se había desmayado, o había sentido la proximidad del desmayo. La anciana seguramente forma parte de ese ejército de 800 mil desvalidos (la televisión nacional los llama “vulnerables”) que sobreviven como pueden. 

Alguien, en voz baja, dice que quiere vivir, no sobrevivir. Y que la resistencia ya dura demasiado.

Alrededor de la anciana hay dos mujeres y unos niños que vienen a comprar chucherías. En una mano la anciana sostiene el vaso. En la otra, un caramelo con palito. Parece de fresa o de cereza. No intenta levantarse. Incluso sonríe. Alguien le pregunta si desayunó. Está aturdida, no contesta.

El hombre va camino a su casa. No ha podido averiguar por qué la carne de cerdo se ha encarecido tanto. Le dicen que es importada y que lo importado es siempre más caro. El hombre no comprende. 

Entonces, al llegar a su casa, la vecina le dice: “Quitaron el gas”. 

Y es verdad. A unos metros, justo en la acera, compitiendo con el resplandor rojizo del atardecer, que ya es un crepúsculo muy bonito, se ven las llamas de una parrilla redonda. Debajo del enrejado de la parrilla hay trozos de madera ardiendo. Encima, un caldero con aceite. 

Una persona custodia el fuego y lo aviva de vez en vez con un cartón de huevos. El cartón es de esos donde vienen los huevos (también de importación), que son los que se consumen hoy. Las carnicerías (huevos nacionales de gallinas nacionales) están mayormente cerradas. 

Nadie sabe cuán útil puede ser un cartón de huevos. Cuando un cartón se quema, la brasa despide un humo acre que espanta a los mosquitos. Si no es posible acceder a repelentes de insectos, porque son muy costosos (algunos a más de 2000 pesos), quemar un cartón de esos es muy eficaz. Pero los cartones ya suelen escasear porque el precio de un huevo se halla entre 130 y 150 pesos.

El hombre reúne valor y se atreve a preguntarle a quien custodia el fuego (es una mujer) si le permitiría hervir un huevo. La mujer sonríe y le dice que sí, claro que sí. 

Al diálogo, que se pierde por entre otros rumbos, se añade un grupo de niños. La mujer se llama Rosa y los niños, que la conocen, le preguntan, atraídos por el fuego, si ella está haciendo un Plan de la Calle. 

El hombre alza las cejas y se extraña. Ese concepto de Plan de la Calle ha persistido en Cuba durante muchísimos años, igual que la pobreza y el desaliento. Rosa contesta que no. No hay fiesta. Nada que celebrar. Va a freír unos boniatos, tan solo eso.

El hombre recuerda una nota, publicada en Facebook por un amigo, donde se hace referencia a unos cilindros de gas (llamados también balitas). Cuestan 100 dólares. Y un dólar ya equivale a 800 pesos. La gente dice que el dólar sube y sube. Otros, escépticos totales, aclaran que el dólar ni sube ni baja: está ahí, incólume. Ileso. Quien sube y baja, o, más bien baja y baja, es el cubano de a pie.

De acuerdo con noticias recientes, ha habido un incendio en una termoeléctrica. Todos los desastres son el desastre. La continuidad de la ruina y el naufragio.

La noche se aproxima y con el apagón la claridad del crepúsculo gana en opacidad.






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