Cuba necesita una democracia de verdad

1.

Durante casi siete décadas, Cuba ha estado fracturada entre dos narrativas en conflicto. Para los gobernantes de La Habana, la historia nacional cobra pleno sentido por la “resistencia” de una Revolución que se enfrenta al Imperialismo yanqui. Para el ciudadano común, su soberanía en tanto individuo está secuestrada por un sistema monopartidista que autoproclama como “irrevocable”.

La contradicción entre ambas narrativas es irreconciliable. La existencia de una depende de la negación radical de la otra. Una y otra Cuba se excluyen con idéntica repulsión. De ahí que el pasado, el presente y el futuro estén duplicados entre los cubanos, tanto dentro como fuera de la Isla. Según se comparta una u otra percepción, hay dos memorias y dos destinos para una misma patria. 

Tal vez se trate de una simplificación binaria. Pero los totalitarismos son, en última instancia, una reducción al mínimo de la complejidad social.


2.

En los años noventa, a partir del colapso del comunismo soviético (“desmerengamiento” fue el eufemismo que usó entonces la prensa cubana), la Revolución desvió su órbita socialista hacia un involuntario capitalismo de Estado. Aunque las instituciones del partido comunista (el único legal, según la constitución vigente) aún se aferran a la centralización típica de la Guerra Fría, la sociedad de la Isla se fue volviendo más fluida y porosa. También, menos igualitaria y más difícil de gobernar.

Después de la tardía conexión de los celulares a la internet (la empresa estatal ETECSA no ofreció este servicio hasta finales de 2018), los cubanos dejaron de ser una audiencia cautiva y se han ido independizando de la propaganda del Estado, si bien siguen siendo rehenes de la criminalización de su libertad de expresión en línea.

En 2026, resulta más que anacrónico que el mundo democrático aún mire a la Isla como un parque temático de las ideologías de izquierda. Cuba tampoco es un territorio virgen a colonizar por el canibalismo de los mercados al margen de los derechos humanos. La nación caribeña se merece un poco menos de excepcionalidad de los extranjeros y para los extranjeros. En particular, en un año en que Cuba se aproxima a un peligrosísimo punto de inflexión.

Sin la discursiva voluntarista de Fidel Castro (fallecido a los 90 años en noviembre de 2016) y ya casi extinta la generación histórica que se entronizó en el poder el 1º de enero de 1959, Cuba se va pareciendo a una isla antillana más: un país subdesarrollado del Tercer Mundo con escasez y mercado negro, con inflación y burocracia, con autoritarismo y corrupción. 

A finales del siglo pasado, la imprescindible apertura al turismo internacional introdujo no pocos males globales, como las drogas y la prostitución (incluidos adolescentes y menores de edad). Tras el primer cuarto del nuevo siglo, la economía cubana está del todo descapitalizada y, en los últimos meses, bajo una presión de guerra por parte de los Estados Unidos. El llamado “embargo” por fin puede nombrarse como “bloqueo” a ambos lados del diferendo entre la Casa Blanca y la Plaza de la Revolución.

Desde la muerte de Fidel Castro, ha ocurrido el mayor éxodo en la historia del país. La población en la Isla ha decrecido en casi dos millones de habitantes (un quinto de la población), una estampida que funciona como un plebiscito espontáneo donde los cubanos no votan con boletas sino con los pies. El título de una novela de Wendy Guerra ha resultado profético: Todos se van (2006). Más allá de la inminente crisis humanitaria, Cuba podría terminar siendo un Estado fallido que cauterizó las fuerzas vivas de la nación, expatriando a los creadores de riquezas a una especie de limbo posnacional.


3.

Olvidado ahora aquel oasis remoto de la administración demócrata de Barack Obama (2008-2016), existe un clímax de beligerancia entre las autoridades cubanas y el presidente Donald Trump. En particular, por su secretario de Estado de ascendencia cubana, Marco Rubio. La palabra “invasión” de pronto rima con “liberación” para muchos cubanos que aman su patria, pero creen que nunca podrán democratizarla sin la intervención y tutelaje de la potencia vecina del norte.

Sin Venezuela bolivariana como aliado hemisférico y fuente de combustibles, Cuba quedó a la deriva. La Isla no consigue mantenerse electrificada ni un par de horas al día. China y Rusia quedan en las antípodas y sus subsidios de antaño ya no volverán. El socialismo chavista del siglo XXI no cuenta con terapia de resucitación. Asimismo, el castrismo sin los Castros originales, Fidel y su hermano Raúl (que acaba de cumplir 95 años), carece precisamente de esa palabra que el presidente Miguel Díaz-Canel repite hasta vaciarla de significado: continuidad.

Sea una apertura económica o una transición política, esta tendrá que ser, como durante el medio siglo de República (1902-1958) que antecedió a la Revolución, con los Estados Unidos o con los Estados Unidos. La cuestión es con cuáles Estados Unidos. Si con quienes alardean de que dominarán la Isla a su antojo (basta con echar un vistazo a la cuenta de Donald Trump en Truth Social). O si con una administración no republicana que, a partir de 2029, recicle las concesiones a Cuba de la “normalización” de Obama.

En cualquier escenario, sería de esperar que el Partido Comunista de Cuba (PCC) se reprograme. Su poder sin oposición no será legítimo mientras mantengan su monopolio constitucional. La gobernabilidad en Cuba parte de un apartheid político que ninguna democracia debería justificar. Ni las izquierdas ni los centros ni las derechas pueden organizarse legalmente en Cuba. Ni contar con un escaño en la Asamblea Nacional del Poder Popular, un órgano legislativo que tiende a votar unánimemente a favor y jamás en contra de una propuesta de ley.

El poder fáctico en Cuba recae en el Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), una corporación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias que se extiende a todos los sectores estratégicos de la nación. Por eso, más allá de la transparencia u opacidad de GAESA, las recientes sanciones del Departamento de Estado estadounidense están diseñadas para asfixiar ese emporio estatal.

Como contraparte, están las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes), autorizadas a funcionar en la Isla desde 2021. Cientos de negocios surgieron de inmediato (muchos con capital de la diáspora cubana), en actividades tan disímiles como la gastronomía, la construcción y los servicios tecnológicos. Estas mipymes dinamizaron a otros sectores deprimidos de la economía, generando nuevas oportunidades laborales, pero sin redundar en una economía mixta solvente, pues lo impide el marco regulatorio y fiscal de un gobierno que le teme al “enriquecimiento” de su población. 

Solo en las últimas semanas, como gesto de sobrevivencia de un régimen acorralado, se anunció un paquete de 176 “transformaciones económicas y sociales” para revitalizar al sector privado y catalizar el flujo de capitales hacia la Isla, siempre que se preserve intacta la supremacía sin competencia del PCC.


4.

Por otra parte, a pesar de que el discurso oficial estigmatiza a la oposición prodemocracia como “grupúsculos mercenarios” que obedecen al archienemigo de Cuba, lo cierto es que los disidentes pacíficos, así como los activistas y periodistas independientes, han ganado protagonismo mediático por ser una contravoz crítica al statu quo del castrismo. 

La labor de esta sociedad civil ha sido reconocida por múltiples ONG de prestigio. Son ciudadanos que apuestan por el cambio y la reconciliación antes de que sea demasiado tarde para evitar la violencia en la Isla. Sin embargo, el Ministerio del Interior los somete a censura académica, expulsiones laborales, amenazas a familiares y amigos, “actos de repudio” por turbas gubernamentales, vigilancia física y de las comunicaciones, campañas de difamación, golpizas y detenciones arbitrarias, juicios amañados, condenas sumarísimas a prisión e incluso deportación. En casos extremos, como el de los ganadores del Premio Sájarov para la Libertad de Conciencia del Parlamento Europeo, Oswaldo Payá (1950-2012) —líder del Proyecto Varela— y Laura Pollán (1948-2011) —líder de las Damas de Blanco—, cometiendo crímenes extrajudiciales camuflados respectivamente como un accidente automovilístico y un internamiento hospitalario.

El fracaso moral de la Revolución Cubana es que sus principios de justicia y sus programas sociales se aplican solo a los militantes (recuérdese la consigna clásica “la universidad es para los revolucionarios”), si bien no han escaseado las purgas políticas dentro de las filas de la oficialidad. La paranoia en Cuba es casi un sinónimo de patriotismo. Tal como la fidelidad en la Isla tiene reminiscencias fascistas, pues no “estar integrado al proceso” se penaliza como traición. 

Sean o no mayoría a estas alturas de la historia, amplios sectores de la ciudadanía cubana son acosados por ser “problemáticos”, estar “desinformados” o tener “desviaciones ideológicas”. Y al parecer nunca faltan los recursos para esa misión priorizada de la Seguridad del Estado (G-2), una hija pródiga de la Stasi en la antigua República Democrática Alemana. Como consecuencia, incontables cubanos que no han cometido delitos son tratados como antisociales y enemigos del pueblo. Al respecto, la gerontocracia anquilosada en el poder ha confundido, para su conveniencia, Estado con Nación y Nación con Revolución.


5.

La utopía nacional, en una frase atribuida al escritor José Lezama Lima (1910-1976), “tiene sus catedrales en el futuro”. De ahí que varias generaciones se hayan inmolado en el sacrificio de un presente precario, para contribuir a la construcción colectiva de un futuro perfecto para los cubanos que vendrían. 

En 2026, hace bastante que ese tiempo gramatical cayó en desuso. Los cubanos que vinieron ya se han ido a cualquier otra parte. Cuba, aunque se resista a reconocerlo, es una nación diaspórica. La épica del entusiasmo dejó una estela de escepticismo. La retórica de la heroicidad se agotó bajo la mudez del horror. 

Como en el poema “Réquiem” de Jesús Díaz (1941-2002), queda tan solo un mustio simulacro, apenas pasto para turistas que recorren las ruinas murmurando… “alguna vez, la pobre, estuvo viva”. Son las mismas “ruinas habitadas” que Antonio José Ponte ha explorado, con pericia de arqueólogo posrevolucionario, en libros como La fiesta vigilada(2007) y documentales como El nuevo arte de hacer ruinas (2006).

Desde el día uno de una Revolución a imagen y semejanza de Fidel Castro, el comandante en jefe basó su legitimidad en un perpetuo pugilato con Washington. Como clímax de ese escenario, donde Cuba fue siempre la víctima y Estados Unidos el violador, estuvo la amenaza —casi promesa— de una invasión militar. La mayor potencia bélica del mundo contra un pequeño país: una ecuación ética —casi poética— que tatuó al rojo vivo la biografía del pueblo cubano.

Esa invasión estadounidense hoy solo sería evidente en la infraestructura arrasada de Cuba. Fachadas agrietadas. Edificios con sus esqueletos al aire libre. Derrumbes parciales o totales, después de cada diluvio tropical. Mansiones de la burguesía prerrevolucionaria convertidas en cuarterías multifamiliares de un proletariado marginal. Cordilleras de basura por las esquinas. Cero transportación pública (la gente extraña su tradicional mala calidad). Escuelas sin maestros y hospitales sin médicos. Decadencia deportiva. Violencia doméstica y feminicidios. Y una población incivil al punto de lo vandálico, que es cómplice de la ruralización del espacio urbano, mientras se debaten entre la sumisión o la simulación. Un dilema que hace catarsis en la pregunta que amigos y colegas me repiten desde la Isla vía WhatsApp: “¿Viene o no viene Trump?”.


6.

En los foros cubanos digitales se había comenzado a reinterpretar una fecha hasta ahora desacreditada: 1898, el año de la entrada de Estados Unidos en la guerra de independencia de Cuba contra España. Pero, según se han ido acercando las elecciones de mitad de mandato, en noviembre de este año, se fue haciendo ostensible algo que los cubanos conocemos en historia propia: las acciones de Estados Unidos dependen exclusivamente de sus propios intereses, aunque eso implique que la democracia en Cuba y en el hemisferio occidental no sean prioridad, sino solo un pretexto para la acción.

La luna de miel entre Marco Rubio y la presidenta encargada venezolana, Delcy Rodríguez, ha sembrado un escalofriante escepticismo allí donde latían nuestras tibias esperanzas tras el arresto manu militari de Nicolás Maduro en Caracas, a inicios de año, y su encarcelamiento en Nueva York acusado con cargos de narcoterrorismo.

Los nombres de familiares Castro de tercera y cuarta generación, la mayoría a salvo de las sanciones crecientes de Washington, son ya referidos por “fuentes anónimas” como presuntos intermediarios del ajedrez a la sombra entre una Revolución agonizante que no deja de cantar victoria y un Imperialismo que declara cada derrota como el nuevo triunfo de Trump. 

El gatopardismo podrá ser el plato fuerte de la cocina a la Castro (cambiarlo todo para que no cambie nada), pero al menos una cosa debería tener bien clara el Secretario de Estado, tras comprometerse tanto con la democratización de Cuba: sin la democratización de Cuba, el fin de su mandato será el fin de sus aspiraciones políticas y presidenciales.

Cualquier otro resultado de la gestión pública de Marco Rubio, para los cubanos será inferior incluso al “deshielo” de Obama con el castrismo, un legado que Hillary Clinton iba a profundizar si hubiera ganado la Casa Blanca, según lo anunció en campaña en la Universidad Internacional de la Florida, en julio de 2015. 

Tal vez porque en las utopías es donde más se consume literatura distópica, los cubanos no sabemos olvidarnos del colofón orwelliano de Rebelión en la granja: “Los animales que estaban fuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y después a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya no podían saber cuál era cuál”.

Si llega a manifestarse semejante indistinción inmoral —con los republicanos o sin los republicanos—, en la inmigración cubana tendremos que resignarnos a seguir lidiando, desde la distancia, con los neocastrismos o transcastrismos de turno en la Isla. Pero al gobierno de los Estados Unidos nunca se lo vamos a perdonar.



* Publicado originalmente en la revista italiana Limes (número 8, 2026) con el título “A Cuba serve una vera democracia”.






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