Héctor Antón: Salpicaduras

© El Libro de la Fe (2015) Glenda León

En un fresco sobre la 25 Feria Internacional del Libro de La Habana, colgado en el sitio digital Cubadebate, Víctor Casaus apunta: “Muchos la pudieron definir como una feria gastronómica, donde había lugares donde se vendían objetos llamados libros”.

Más adelante, el poeta menor, cineasta inactivo y director del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau particulariza: “de ahí la avalancha de carteles y revistas de moda, de espectáculos o de fútbol, las cuquitas y las barbies, la sub-cultura de los libros de autoayuda y otros engendros del consumismo de segunda (o de tercera), la apropiación de aquella iniciativa cubana de los artículos convoyados, representada aquí en las bolsas con libritos acompañados por pulsos y baratijas ―o viceversa”.

Las diatribas del Casaus-reportero finalizan con un glosario de quejas basado en la “anti-publicidad” que recibió el Centro Pablo a través de los conductos promocionales de la Feria. Pero no es el momento de analizar o juzgar el reclamo de un funcionario despechado para que un esfuerzo colectivo sea oficialmente reconocido por rebasar veinte años de labor.

Lo curioso de este “dilema ético” es la ausencia de un máximo responsable a quien cuestionar. Según el lineamiento periodístico de Cubadebate, nadie (con nombre y apellidos) es culpable de cuanto lastra a la sociedad cubana. ¡Bloqueo, embargo o limbo! Todo puede resumirse en una palabra-emblema o en ninguna. El cronista “tajante” olvidó que una feria del libro (incluso, la peor de todas) es un aliciente cuando el residuo de la “alta cultura” está en peligro de extinción. Please, Casaus, hemos soportado cosas peores que escenas útiles para rellenar tu guion.

Ello lo ratificó la sorpresiva edición cubana de 1984: novela de George Orwell que vaticinó los autoritarismos de la posguerra. Como si hubieran abolido la “Policía del Pensamiento” ni cabría sospechar que “El crimen mental es la muerte”. Una ficción que gira en torno a 6079 (Winston Smith), antihéroe que lleva un diario clandestino y aprende a traicionar delatando a su amante Julia, soportando torturas en una celda del Ministerio del Amor. Los caza-fantasmas de nuestra ciudad letrada quedaron atónicos, viéndose acariciar una bomba de tiempo, incapaz de estallar en la musical subsede del Pabellón Cuba.

Unos padres sensatos, atrapados por una ola de globos y confituras, podían recomendar a sus hijos estas lecturas e intentar salvarlos de una masacre musical.

Olfateando junto a la mesa ovalada donde reposaban los ejemplares de 1984, un editor de la nomenclatura cultural manifestó entre dientes: “Ya pueden sacar lo que sea; total, el carnaval de la lectura ya pasó”. Veremos si tal “distracción” saca de la caja fuerte a un fabulador orwellianamente cubano como Reinaldo Arenas.

Algo paralelo sucedió con respecto a Una nación para todos. Raza, desigualdad  y política en Cuba 1900-2000 (Alejandro de la Fuente), Memoria sobre la vagancia en la isla de Cuba (José Antonio Saco) y Martí, el Apóstol (Jorge Mañach). Unos padres sensatos, atrapados por una ola de globos y confituras, podían recomendar a sus hijos estas lecturas e intentar salvarlos de una masacre musical. Pura ilusión que rima al compás de la especulación reguetonera.

La sección de ego-terapia se fraguó en Ediciones Unión con la publicación de Diálogo con mi sombra (2015): juguetona y larga auto-entrevista de Pedro Juan Gutiérrez, rociada por las obscenidades-cliché del autor. El insaciable hombre araña es un realista soez en el papel y limpio (en apariencia) con esa misma política cultural que se resiste a imprimir Trilogía sucia de La Habana (Anagrama, 1998): colección de relatos que lo dio a conocer bajo la forzada etiqueta de un “Bukowski tropical”.

Otro “milagro alternativo” significó la publicación de Ferdydurke (1937), “novela argentina” del polaco Witold Gombrowicz, iniciativa de la Torre de Letras que dirige la poeta laureada y activista cultural Reina María Rodríguez, concretada por intermedio de la Editorial Arte y Literatura. Witoldo navegó con mejor suerte que el contra-discípulo lezamiano Lorenzo García Vega, pues antes Reina María y sus cómplices pretendieron descongelar Los años de Orígenes (1979). De aquel “proyecto imposible”, se encargó el Síndrome de los patriotas virtuales, asumido con esa buena fe en el mejoramiento humano: “La maldita culpa no la tiene nadie”.

Ahora, si los “lectores machos” disfrutaron un trueque de las reglas de juego con esta “novedad”, los seguidores de las artes visuales debieron conformarse con perseguir el tercer volumen de los Denken Pensée, editado por el traductor Desiderio Navarro. Quinientas sesenta páginas de teoría dura en tiempos de panegíricos blandos y antidoping en materia de polémicas culturales serias o mediáticamente contagiosas.

Si de iniciativas personales se trata, destaca la realizada por Caridad Blanco, curadora, crítico de arte e integrante del team que coordina los espaciados Salones de Arte Cubano Contemporáneo en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Ella desempolvó una rara avis en los archivos de la Isla: El humor otro, de Chago (1963). El tiempo engavetado convierten al libro de Santiago R. Armada Suárez (Chago) en conspiración microscópica en medio de un gran silencio.

A propósito del páramo editorial.

La engañosa irracionalidad del personaje SA-LO-MON (con un NO en el cerebro y un SÍ en la boca), fue un regalo de lujo en el torbellino expositivo y relajado de la 12 Bienal de La Habana. También un acontecimiento internacional, consolador y sofocante como la Feria del Libro. Por cierto, hace rato que esta bienal y esta feria piden un cambio de sede principal: las bóvedas ortopédicas del Complejo Histórico Militar Morro-Cabaña.

A propósito del páramo editorial, recordemos que en 1993 la Editorial Arte y Literatura tuvo el acierto de encargar, al entonces metido en la escena local Gerardo Mosquera, una antología sobre la plástica y la arquitectura occidentales de los últimos 25 años. Los materiales compilados resultaron tardíamente iluminadores, apelando a la jerga mosqueriana, “un daiquirí en medio del desierto”. O, mejor dicho, toneladas de whisky en plena ley seca. De allí bebieron, bebimos y continúan bebiendo estudiantes, artistas, críticos, curadores y especialistas.

Es vergonzoso para una “dialéctica de la ilustración periférica” que Del pop al post no haya sido superado o, al menos, actualizado por una editorial del patio. A quién le interesaría publicar El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo (1996), de un intelectual de izquierda como Hal Foster. Lo análogo sucedió con Seis años: La desmaterialización del objeto artístico de 1966 a 1972 (Lucy R. Lippard) o La opción analítica en el siglo XX, de Filiberto Mena, una nota al pie en la enseñanza artística, paneles de crítica o en la sección “Pensando Alto”, a cargo de Magaly Espinosa, de la revista Artecubano: contracandela frente al indigenismo crítico-teórico-investigativo.

Tomando distancia del arte y la literatura en un nivel mayor de complejidad, el Fondo Cubano de Bienes Culturales y Collage Ediciones podrían coordinar la publicación de libros que volarían de sus stands: El tiburón de 12 millones de dólares (2009) y La supermodelo y la caja de brillo (2015), del economista y aprendiz de crítico Don Thompson. Gestión que justificaría un creciente interés por activar el mercado del arte contemporáneo interno y sus derivados. Sería una contribución para atenuar la “ingenuidad culpable” de quienes facturan producciones comerciales invendibles. Otra vez persiste la duda: ¿Quién es culpable de que no se divulgue una información oportuna? El parasitismo financiero o los editores programáticos.

René & Ponjuán se inspiran en Borges y Ángel Escobar, hasta que Eduardo Ponjuán concreta una serie de libros-objetos; Luis Gómez y Lindomar Placencia visualizan al E.M. Cioran de La tentación de existir, Desgarradura; Glenda León concibe un libro arquetípico hecho con pulpa de compendios sagrados; Wilfredo Prieto emplaza una Biblioteca blanca en un white cube, tautología al grado cero de contenido; Larry & Jorge intertextualizan con versos y grafías de Marina Tsvetáyeva y Severo Sarduy; Yornel J. Martínez y el poeta Rito Ramón Aroche organizan una muestra colectiva de poesía visual; Lázaro Saavedra y Ezequiel Suárez acuden al texto como arma de lucha conceptual. De esta manera, conseguimos ordenar libros perdidos de la biblioteca virtual del arte cubano contemporáneo: fulgores ocultos tras los estantes vacíos de hogares, academias e instituciones.