Raúl Flores: “You can’t always get what you want”

Puedo jurar que nunca antes había estado en la Ciudad Deportiva. Hizo falta un concierto de los Rolling Stones para que fuera hasta allá. Mick Jagger y Keith Richards y el hierático batería Charlie Watts nos llevaron, a mi esposa y a mí, hacia ese sitio el pasado 25 de marzo.

Nunca habíamos visto en vivo a los Rolling. Pero tampoco puedo decir ahora con certeza que los hayamos visto. Estábamos tan lejos del escenario que solo podíamos ver las pantallas. Si me ponía en puntas de pie, veía figuritas moviéndose fugazmente por el escenario. Pero lo mismo podían ser técnicos de audio y camarógrafos que Jagger y compañía. No sabría decirlo. Quisiera pensar que vi un concierto de los Rolling Stones de verdad. Gratis.

Detrás de nosotros pasaban todo el tiempo muchachitos de la UCI ofreciéndole entradas VIP a los turistas. A cinco dólares. Nosotros solo teníamos cinco pesos cubanos en el bolsillo. Lo suficiente para casi nada. Después nos enteramos de que Richard Gere estaba en el VIP. Y Naomi Campbell. Dicen que hasta Leonardo Di Caprio estaba allí. Ellos sí tenían cinco dólares. Seguro eran los que le decían a Mick Jagger el orden de las canciones. Puedo imaginar a Richard Gere gritándole al oído de viejo de Mick: “Toca ‘Angie’ para mi esposa, querido”.

Antes de tocar “Paint it black”, Mick Jagger exclamó “¡Cuba, Cuba, Cuba!”. El significado detrás de esto se me escapa. ¿Qué tiene que ver Cuba con una canción en la cual el protagonista lo ve todo negro?

Nosotros lo oíamos todo desde los altavoces lejanos. Los acordes de las guitarras. El golpe rítmico de la batería. Todas las canciones sonaban como “Satisfaction”. Hasta las que no eran “Satisfaction” sonaban así. Había un sentido de urgencia en el aire. Como si los Stones trataran de comprimir la mayor cantidad de temas en dos horas de concierto, o como si estuvieran locos por salir de allí e irse de copas con las mulatas de Tropicana.

Gran parte de las canciones fueron interpretadas en versiones frenéticas. Tal parecía que los viejitos hubieran tomado anfetaminas. Parecía como si Jagger temiera olvidarse de las letras si no las cantaba rápido.

Tocaron todos sus éxitos. O casi todos. No tocaron “Let´s spend the night together”, ni “Ruby Tuesday”, ni “Get off my cloud”. También tocaron tres o cuatro canciones menos conocidas. La gente tarareaba y coreaba. Antes de tocar “Paint it black”, Mick Jagger exclamó “¡Cuba, Cuba, Cuba!”. El significado detrás de esto se me escapa. ¿Qué tiene que ver Cuba con una canción en la cual el protagonista lo ve todo negro? Cuando hicieron como que se iban, no se fueron. Regresaron a tocar “You can´t always get what you want” y, finalmente, “Satisfaction”.

Dos horas y quince minutos de concierto.

En un país tan politizado, se politiza hasta la música que una vez estuvo prohibida.

El día anterior, el show político por excelencia de la TV cubana —la Mesa Redonda— estuvo dedicado a los Rolling Stones. En un país tan politizado, se politiza hasta la música que una vez estuvo prohibida. La misma maquinaria que usaron para construirle una estatua a John Lennon en medio del Vedado. Una estatua que ha perdido varias veces los espejuelos. Un Lennon miope en la Habana. Pero esto es lo que se llama irse del tema y el tema son los Stones. Sus Satánicas Majestades. La invasión británica de los años 60. Eternos antagonistas de los Beatles, y eternos cómplices en secreto.

La carrera de ambos grupos se puede recordar como un espejo de Blancanieves en el que los Beatles siempre resultaron el reflejo ganador. Unos sacaban el magistral Sergeant Pepper´s Lonely Hearts Club Band y los otros lanzaban el epígono Their Satanic Majesties Requests. Cuando los Beatles sacaron Let it be, los Stones lanzaron Let it bleed. Los Beatles dejaron de dar giras en 1966 y los Stones hicieron lo mismo. Pero mientras unos se ajustaron a su palabra y más nunca hicieron conciertos en vivo (salvo una que otra canción tocada en tejados en tiempos de frío), los otros se cansaron rápido de la inactividad y volvieron a la carretera. Los Beatles se desintegraron y los Stones heredaron la corona. No supieron que hacer con ella. Todavía no están muy seguros de saberlo.

Nunca tuvimos a los Beatles; pero ya tuvimos a los Rolling Stones en un concierto frenético, con mucha nostalgia, pero sin muchas sorpresas. El concierto que fue parada final de la gira latinoamericana Olé. ¿Qué tiene que ver la palabra olé con Latinoamérica? ¿Será también el fin de los Rolling Stones? No lo creo. No lo creemos. Aún les queda energía a los viejitos. O también puede que les queden muchas pastillas.

Barack Obama se lució en la Habana como una estrella de rock.

De eso también hablaron en la Mesa Redonda. Estaba de invitado Guille Vilar. Respondía preguntas de la locutora y respondía supuestas inquietudes de los televidentes. Alguien quiso saber si los Rolling Stones no eran peligrosos. Guille Vilar respondió que no; comparó su música con la de los Van Van. Nadie mencionó la avalancha de artículos periodísticos de los años 80 en los que la banda británica era el epítome del mercantilismo y la corrupción de las mentes jóvenes. Los Stones representaban lo enfermizo de la sociedad de consumo. Pero los tiempos cambian. Incluso se habla de abrir un club llamado Satisfaction, como mismo existe el Submarino Amarillo.

Esa misma semana nos visitó el presidente de Estados Unidos. Barack Obama se lució en la Habana como una estrella de rock. Estuvo hasta en un programa humorístico de la televisión. Los Rolling Stones fueron dignatarios de Estado. Dieron pocas entrevistas. Vinieron, hicieron lo suyo, y se fueron. Quienes tiempo atrás eran tan anti-establishment, han venido a tocar al país donde todo está regulado y normado por el establishment. Los que una vez fueron “Street Fighting Man” ahora sienten “Sympathy for the Devil”.

En el concierto nos cansamos de ver pulóveres con el logo de la banda. La lengua diseñada por Andy Warhol, sujeta a variaciones: pintada con los colores de la bandera cubana, un Che Guevara con la lengua en la boina en lugar de la estrella solitaria, un Karl Marx sacando lengua de rock & roll. Vendían los pulóveres a veinte dólares cada uno. Pero nosotros, ya se sabe, con solo cinco pesos cubanos. Bastaba para un par de cucuruchos de maní y hacer como que veíamos el concierto.

Recuerdo haber leído también sobre lo peligrosa que era la música del grupo Kiss: incitaban al nazismo, decían; eran lo más bajo de lo más bajo

Ya no podremos ver a David Bowie, ni a Lou Reed, ni a The Eagles. Pero corre el rumor de que vendrán otras bandas en los próximos meses. Se habla ya de posibles conciertos de U2, Whitesnake, Maroon 5, Kiss (recuerdo haber leído también sobre lo peligrosa que era la música del grupo Kiss: incitaban al nazismo, decían; eran lo más bajo de lo más bajo). Incluso se comenta sobre una posible actuación de Paul McCartney.

No creo, sin embargo, que el escenario propagandístico al que se treparon los Rolling Stones vuelva a repetirse tan pronto en La Habana.

Aunque podría estar equivocado, quién sabe.