Ahmel Echevarría: Trazando el mapa de una generación

¿Hay una historia? Si hay una historia comienza en los años 90, a mediados de una década dura, aguda. Como un clavo de hierro sobre la tierra al mediodía. De aquella década nadie, creo, recuerda el invierno. Al menos yo no puedo recordarlo. Solo la canícula, la fatiga, el áspero alcohol producto de una alquimia de posguerra. Y los sueños.

La serie anterior es, sin lugar a dudas, en extremo común para los veteranos del Período Especial. No importa si se largaron o si todavía viven en Cuba. Ardua fue aquella batalla. La vida sin afeites, sí, transcurriendo no 24 x Segundo a lo largo de poco más de una hora como en un filme de Titón, sino 24/7 todo el mes.

Si la música popular bailable arribó a la timba con El Tosco y NG la Banda a la cabeza de ese Allegro molto —exacta “traducción” del tempo de aquella época, de su pathos, el ethos y el eros característico de (sobre)vivir en candonga—, varios músicos jóvenes aparentemente congregados tras la estela de la Nueva Trova se contaminaron con la radiactividad del Período Especial. Sus letras, con y sin estribillos, algunas bordadas en arduas metáforas, impregnadas también de irreverencia en alta dosis, mutarían hacia un allegro ma non troppo donde confluirían el son y el rock, el funk con la conga, la rumba y el pop, la apuesta sinfónica con ritmos bailables.

Habana Abierta sería la “denominación de origen” para una zona de cuanto aconteció en esa cancha de la música cubana.

Sí, hay una historia. Los verdaderos protagonistas son los figurantes de un relato con visos de tragedia. Bachata y tristeza. Amor en tiempo real y amor por cable. Un sueño romántico hecho realidad tal cual el empedrado camino al paraíso. La huída en avión o balsa, aparente y definitiva solución.

Para quienes dilapidábamos los veintitantos o los treintaipocos en acampadas, fiestas, amoríos, en negocios de poca monta entreverados en los estudios superiores y técnicos, en las ansias de cambiar todo lo que debe ser cambiado, la timba y el rockason y compañía confluyeron en la banda sonora de aquellos días. La banda sonora de buena parte de la generación de cubanos nacidos en los años 60 y 70.

Puesto ya en allegro ma non troppo de la música cubana, lo que sigue es perpetrar una lista para nada inclusiva. Torpe. Porque obvia a no pocos músicos: percusionistas, a los integrantes del coro, a quienes se encargaban de las cuerdas y los vientos, todos integrantes con más o menos permanencia en las bandas Cuatro Gatos, Superávit, Lucha Almada, entre otros.

La lista: Vanito Caballero (ahora Vanito Brown), Alejandro Gutiérrez, Kelvis Ochoa, Alejandro Frómeta, Raúl Ciro, Boris Larramendi, Carlos Santos, Luis Alberto Barbería, Andy Villalón, José Luis Medina, Nam San Fong, Pepe del Valle. También, por qué no, Pavel Urquiza, Gema Corredera y David Torrens, el Dúo Cachivache (Eugenio Carbonell y José Luis Estrada), Athanai Castro…

Los puntos suspensivos para simular premura, síntesis y no preferencias, tampoco inadvertencias.

Sentado en un contén del barrio Fontanar, hace un siglo atrás, de la mano y la voz de un par de amigos emigrados a principios de los 2000, un poco tarde supe de esos músicos. Esos jóvenes que trazaron nota a nota el mapa de una generación.

A finales de los 80 se reunían en la peña de 13 y 8, específicamente en el Museo Municipal de Plaza. Perestroika y Glasnost, Muro de Berlín, Kundera, la revista Sputnik, la plástica cubana en los 80 y 90, Víctor Varela y la Cuarta pared… Ese caserón de El Vedado, donde otrora hervía una peña —bullían las ideas en las cabezas de escritores y artistas—, ahora es la sede del Centro Provincial de Patrimonio Cultural.

Haciendo un viaje en reversa podríamos llegar del CD Boomerang al Habana Oculta, pasando por el 24 Horas, el Habana Abierta y los discos en solitario de los integrantes de la “depresión tropical” denominada Habana Abierta, por extensión a las grabaciones de quienes seguían apostando por una música interesada en diferenciarse de la noción “Nueva Trova”, y de ahí al salón en el que transcurría la peña de 13 y 8. Ese viaje es posible gracias al documental Nota a nota, sin dolor (BM Productions MC, Francia, 2016) escrito y dirigido por el músico y cineasta —y profesor de matemáticas en la Academia de Bretaña— Beni Medina (La Habana, 1973).

Pero Nota a nota, sin dolor —recién estrenado en España, el pasado mes de septiembre— no es un documental sobre Habana Abierta. El protagonista es el músico, compositor e intérprete Alejandro Frómeta, uno de los integrantes de Superávit. En tanto dúo, porque Superávit devino banda, participó en la grabación de Habana Oculta. Raúl Ciro y Alejandro Frómeta decidieron no seguir participando de aquella aventura. La historia de cuanto sucedería con el resto de los integrantes del CD es conocida. Queda entonces poner la mirada en el documental del Beni.

Varios músicos cubanos y españoles, además de especialistas en el tema, brindaron testimonio para establecer, en primer lugar, un escenario, luego un conflicto. Las características del protagonista del audiovisual irían cobrando orden y sentido para entonces redondear la historia. Dígase La Habana y Madrid; dígase jóvenes músicos, la mayoría autodidactas, traduciendo nota a nota, verso a verso, con y sin dolor en El Vedado, una suerte de incomodidad, de resistencia; dígase, además, Alejandro Frómeta.

Beni Medina se propuso sacar a la luz la obra y vida de un músico habanero nacido en 1969. Ha transcurrido no poco tiempo desde que fueron escuchados con cierta avidez los discos de Superávit en Cuba, o los temas de Frómeta sin el acompañamiento creativo de Carlos Santos y de Raúl Ciro. Hablamos del final de los 90 y de principios de la primera década de los 2000.

La biografía construida de manera coral, también con la participación del propio Alejandro, comienza en la etapa de la niñez: con los estudios iniciales conducidos por la maestra Leopoldina Núñez, luego relata su paso por el conservatorio Amadeo Roldán. No tiene sentido fatigarse detallando cada minuto del audiovisual. El documental es el vehículo idóneo para emprender un viaje doble. Porque entreverado en la sucesión de etapas en la vida de este creador radicado en España —con la Banda Vertical continúa presentándose en conciertos— otro recorrido es posible: una suerte de bojeo en la música de los congregados en la peña de 13 y 8, sus intereses, tomas de partido.

En Nota a nota, sin dolor se podrá contemplar casi todo el panorama de formación y expansión, también las inquietudes de Frómeta en tanto compositor y arreglista, las alianzas establecidas con otros músicos —y poetas, pintores—, así como las decisiones que implicaron una ruta de ascenso, meandros y mesetas. ¿Ascenso y caída también?

Los músicos Raúl Ciro, Boris Larramendi, Athanai Castro, Ivette Falcón, Carlos Santos, Pavel Urquiza entre otros, junto al director y guionista de radio Juanito Camacho, el periodista y crítico Joaquín Borges-Triana, también Darsi Fernández (Licenciada en Derecho, gestora cultural, gerente fundadora de Bis Music) y la musicóloga Élsida González Portal, destacan la singularidad de Alejandro Frómeta en sus letras y arreglos musicales. Debo consignar lo siguiente: escucharlos me sirvió para reubicar a Superávit en su justo lugar.

Pienso en el CD Verde Melón (1997). Un disco hermoso si los hay. Los arreglos bien valen una misa. Tal si se tratara de beber un vaso de fresca agua escanciada de una tinaja, conducen a los instrumentos desde una balada rock, digo yo, a un bellísimo arrebato sinfónico. Pero descréanme al pie de la letra y escúchenlo.

Regresando a Nota a nota…: Frómeta es casi virtuoso director sinfónico, según Athanai Castro. Y las cabezas de Ciro, Carlos Santos y Frómeta gravitando en órbitas similares. Aspirando a la complementación. Lográndola en un CD. Pero no hay buen proyecto que dure cien años ni cuerpo que lo resista, al parecer Superávit no pudo escapar de ese fatum. ¿Los detalles? Busqué signos reveladores en el documental, pero no vi los motivos de la ruptura.

¿Incongruencias de caracteres? ¿Celo profesional? ¿Dudas? ¿Callejón creativo sin salidas? ¿Actitudes irreconciliables? Hacia los minutos finales se habla de autoproducción, en ese punto hay discordancias entre Ciro y Alejandro. ¿En esa idea para la promoción y proyección de la obra comienza o se concretiza la separación de la banda? No lo sabremos tampoco llegado el final.

Beni Medina se enroló en un proyecto donde parece quedar claro el rol de Alejandro Frómeta en la peña de 13 y 8 y en el disco Habana Oculta, así como su vida en el presente. ¿Se propone acaso una serie donde tengan sus píxeles de fama Raúl Ciro y Carlos Santos?

Supongo que sí. Desde ya estoy a la espera. Es una historia que merece ser narrada de principio a fin, aunque sus protagonistas hayan rebasado vivos la frontera de los veintisiete años. (Pienso en Amy Winehouse, Janis Joplin, Kurt Cobain, Jimi Hendrix…)

Bueno, también está la opción de no ponerle fin de manera abrupta a la vida siete años después de la veintena si se puede trabajar en función de una obra digna, original, presta a desmarcarse. Raúl Ciro merece también ser ubicado en su justo lugar. No era uno más en esa generación. Hábil con sus manos a la hora de poner las notas en la guitarra, compositor de raza sin lugar a dudas, y empeñado, según comentarios de entonces, en crear una imagen o un imaginario visual para la banda. Aunque Superávit haya arribado al silencio o al olvido mucho antes de lo esperado, a Ciro debe tocarle en suerte un momento con Beni Medina.

De todos los citados en la torpe lista, Mr. Frómeta es uno de los pocos que proviene de la academia. Según los entrevistados hay un don en él. Lo dice Boris Larramendi cuando recuerda el tema “En la distancia”; frente a la cámara confiesa la emoción producida el día en que por primera vez lo escuchó, de cómo advirtió con varios compases de antelación que la canción terminaría apropiándose de los versos y la música de “Contigo en la distancia”, de César Portillo —la apropiación como destreza, sello, el deseo de crear la obra maestra del futuro.

Joaquín Borges-Triana escribió: “en su repertorio autoral, [Frómeta] retoma como citas —apropiación o lúdicro parafraseo— textos, líneas melódicas y ambientes de expresiones enraizadas en la memoria histórico-cultural de nuestros coterráneos”; opina además “en dichas canciones se percibe un mismo objetivo: buscar en formas tradicionales cubanas el punto de partida y la proyección hacia códigos universales”.

Lo confirma Pavel Urquiza en el documental de Beni Medina, no en balde en tanto productor quiso estampar en un CD titulado Mr. Fro (2002) esa suerte de diferencia o destaque de Frómeta al interior de su generación; grabar cuanto aconteció en su cabeza después de Superávit.

También lo consigna Formell en una nota al disco Verde Melón: “(…) me llegó una sonoridad muy original que, a mí, no se me pareció a nada; era un ejemplo de la mezcla que somos (…) confieso que el sonido de Superávit me atrapó sin remedio”; en ese disco, asegura, estaba contenida la música bailable del futuro.

El “piscinazo” de Formell parece exagerado. Juanito Camacho casi sonríe frente a la cámara al recordar la nota, cree que Formell no dio en la diana. Podríamos dar por equivocado el vaticinio si tomamos en cuenta las grabaciones de Superávit y su devenir. Analizando lo sucedido, ejecutando además un desplazamiento, en el caso de los discos de Habana Abierta, sin lugar a dudas, diría, Formell supo leer donde muy pocos vieron algo. Beni Medina lo va demostrando escena por escena, nota a nota, sin dolor. Porque desde la obra de Frómeta se enlaza el quehacer de esta generación de músicos donde Habana Abierta no será lo único acontecido, aunque desde lo mediático sea el rostro más común.

Fue cierta la predicción si la circunscribimos al gusto de quienes, en tanto seguidores de todo aquello denominado en la prensa “canción inteligente”, se vieron reflejados en los tracks de 24 horas y Boomerang, y en los discos de algunos de sus integrantes. Más que fusión, fisión musical. Allí había suficiente energía contenida. Esperaba la fisura. Para atravesar la barrera e irradiar. Desde España. Para contaminar en directo las cabezas de quienes, a millas de distancia, específicamente en El Caribe, ya tarareaban y bailaban en las fiestas con esos discos.

Y se hizo la luz. En La Habana. Los conciertos ocurrieron a finales de 2002 y principios de 2003. El colofón aconteció en La Tropical.

¿Cuánto influyó la academia de Frómeta en la futura obra del resto de los miembros de su generación? La respuesta puede o no ser relevante. Frómeta colaboró en los arreglos de varios temas de sus compañeros de viaje generacional, sin embargo, repasando la obra del resto del team, no me atrevería con un piscinazo a lo Formell.

Varios entrevistados hablan de que 13 y 8 fue el lugar propicio para un tipo de música posicionada más allá del compromiso social y político de la Nueva Trova. Su revolución era otra. Sus revoluciones por minuto eran otras. Eso queda claro en el documental. Pavel Urquiza lo dice alto, la musicóloga Élsida González Portal lo reafirma. Allí se creó el germen de cuanto hoy acontece en la fusión made in Cuba.

Mientras transcurrían las escenas de Nota a nota, sin dolor comparé las experiencias vividas gracias a las letras y la música de Superávit con las de sus compañeros de viaje generacional. La emoción en esta banda aspiraba más al “alma” y menos “al cuerpo”. Si ordenaba el “a degüello”, el desmadre emocional se centraba en una reacción en cadena puertas adentro…

Advierto en este instante un piscinazo, uno más.

Puestos ya en el final, deseando que el devenir de Ciro y Carlos Santos junto al Expediente Superávit estará en las próximas dos entregas de Beni Medina, en reversa memorizo lo visto en pantalla: Cachivache, Vanito y Alejandro, Kelvis y Barbería entre otros solo en imágenes de archivo. Pienso en los costes de realización como la imposibilidad para la obtención de sus testimonios a propósito de Mr. Fró, de su obra, de cómo pudo haber incidido en ellos la gravitación e interacción en un mismo espacio.

Beni Medina se ha puesto el listón bien alto. Su tarea de búsqueda y rescate deja en manos de los interesados un interesante audiovisual en cuyo interior no solo hay trazas de un momento singular de la música cubana, valioso no por raro sino por la apuesta realizada.

Si la teoría del dominó es exacta cuando dice: “el que repite gana”, en esta oración quedará escrito que Nota a nota, sin dolor es un documento sobre música y músicos cubanos reunidos a finales de los 80 en un caserón de El Vedado. Hay allí conexiones con el devenir de unos sujetos atravesados y modificados por los vectores culturales y políticos de un país en tensión constante con otro ubicado en las antípodas. Esa pelea cubana ha marcado todos y cada uno de los momentos de la vida de quienes, habiendo nacido en ese pequeño trozo de tierra, permanecen o se han marchado.

La cultura también es eso: leer allí donde el hombre goza y padece, aspirar a convertirlo en obra de arte, hacerlo de manera única según la lucidez con que se cuente.

Con una exacta estructura, ejecutando saltos temporales y espaciales —desde un pasado en Cuba hacia un presente en España y al breve archipiélago caribeño—, el relato narrado por Beni Medina no se pierde en digresiones vacías. Va a lo suyo. Va hacia la obra y vida de Alejandro Frómeta para dar por sentado que él y los del team de 13 y 8 supieron desmarcarse no a golpe de irreverencia, sino traduciendo un estado de ánimo, una molestia, una incomodidad, mientras escrutaban el tejido de un país. Dejaron por escrito, incluso, la necesidad de alejarse para pertenecer de una manera diferente.

Si en la diáspora o en el exilio se redescubrieron, se reinventaron, si además buscaron en las formas tradicionales de la música cubana un nuevo punto de partida para la proyección de sus obras hacia códigos universales, algo muy valioso aconteció en las cabezas de esos jóvenes capaces de cartografiar, como pocos, el mapa de una generación.

Mi propio mapa.