Gilberto Padilla Cárdenas: Lecturas

Dejé de impartir clases hace casi dos años y ahora —escribo esto en el mismo momento en que hojeo una encuesta que contiene los escritores preferidos de más de 500 estudiantes universitarios— me pregunto qué leen los cubanos y me doy cuenta de que se trata de una cuestión incierta, extraña e imprecisa.

Una carta sacada debajo de la manga con demasiada frecuencia asegura que los jóvenes de hoy no leen. Por lo que sé, hace cuarenta años y más se decían cosas parecidas. En ese momento, el enemigo de la lectura no eran los videojuegos, sino los cómics. Había expertos que hablaban del peligro que implicaba para los niños cubanos el hecho de tomar a superhéroes foráneos como modelos a imitar. Gente como ese tal Batman —el Beatles de la DC Comics— que lucía como un ícono de la moda sadomasoquista, o el tal Capitán América —el Rolling Stones de la Marvel—, un soldado alguna vez enfermizo que devino en algo así como en un sex symbol producto de los esteroides, no tenían cabida en nuestro imaginario. Éramos más de patriotas velludos que de superhéroes inverosímiles, supuestamente.

A lo que voy: leer es un placer difícil y todos, por animalidad y por sentido común, evitamos los esfuerzos mientras tengamos a disposición un camino más fácil. En un mundo que se rinde a Lady Gaga, la enseñanza de la literatura tiene que transformarse en otra cosa. Travestirse. Uno de los problemas de nuestro sistema educacional —donde la lectura se utiliza como instrumento de catecismo— es que los textos escogidos son extraterrestres. Y no puedo jurar que la temperatura ambiente suba o baje un grado, pero sí estoy seguro de que se produce una extraña vibración en el aire en el momento en que un profesor de preuniversitario tiene que hablar de La casa de Bernarda Alba.

Una cosa está clara: no se puede leer a través del entusiasmo de los demás. En el escrutinio propio de autores hay algo obsceno, algo de puertas adentro, algo de libido. Es como elegir pareja. Uno trata de ajustar las lecturas a sus estados de ánimo prevalecientes. En cierto nivel de neurosis, ya cuesta tolerar —en el plano literario— la presencia de un “yo” (siempre ajeno), como para permitir, además, la intromisión de una cátedra, de una ideología, de un mal profesor.

Platón decía que el fin de la educación era “enseñar a desear lo deseable”, recalcando cierta conexión masturbatoria en el oficio pedagógico, que nuestras instituciones han olvidado. (Es gracioso, en cualquier caso, el uso que adopta la palabra “interesante” en nuestro sistema pedagógico. Se trata de una cortina de humo, porque al emplearla se está precisamente señalando que el cuadro o el libro recomendado en el programa no genera suficiente interés. La palabra “interesante” tiene para el sistema educacional cubano un extraño comportamiento de significación inversa.) Yo recuerdo a los catorce años haber suspirado de lata ante los cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Más que lata angustia de tener que ingresar por obligación en mundos que me resultaban ajenos y fastidiosos, mundos de supuestos guajiros cubanos “de pico fino para contar cosas”. ¿Juan Candela? ¿Qué sentido tenían esas historias para mí?

Y es que los planes de estudio —en lo que a bibliografía básica se refiere— son inamovibles. Eso es tan estúpido como si un profesor de baloncesto ordenara a su equipo mantener durante los partidos las mismas jugadas entrenadas sin tener en cuenta lo que sus contrincantes hagan.

Pero, ¿qué leen los cubanos? Según encuestas, leen —a duras penas— menos de un tercio de lo que programan los profesores. Leen los empalagosos e insoportables libros de José Ángel Buesa. Leen a Saint-Exupéry. El principito es como una habitación de hotel para discapacitados. Todo está más cerca del suelo. La cama, el escritorio, la televisión, la mesa de noche, el lavabo, el inodoro, hasta el agujero por donde se mira a la puerta nos llega por la cintura.

Las chicas y chicos duros leen a Bukowski. Lamentablemente muchos de ellos cargarán para siempre la idea equivocada de que la literatura es algo similar a un hombre con “un pájaro azul en mi corazón / que quiere salir”.

Leen a Pedro Juan Gutiérrez. Los libros de Pedro Juan son como un dormitorio con un espejo desmesurado —digamos del suelo al cielorraso—, un espacio torturante: hay que imaginarse el ruido mental que introduce esa reproducción indiscriminada de nuestros movimientos, ese eco, esa cámara permanente a nuestros peores actos.

Leen a Luis Rogelio Nogueras: el entusiasmo de versos como “¿Te fuiste con tus lindos ojos azules? / Mala suerte / Que te vaya bien / (y los hermosos ojos azules / te los puedes meter en tu inolvidable culo)” ha comprobado ser imperecedero.

Leen a Daniel Chavarría. El problema del uruguayo es que, al parecer, no puede dejar de escribir como quien no puede dejar el alcoholismo. He intentado con el cine y la academia, la psicoterapia erótica y la cerveza, el tabaquismo y la escritura de memorias, pero nada.

Leen a Leonardo Padura y todo lo que huela a bestsellerismo.

Leen a Tolkien y a J. K. Rowling como si estuviesen invocando los nombres de guerreros aztecas. Algunos son expertos en ese mundo, aspiran a vivir ahí mientras se pierden en sus rituales y cosmogonías y tutoriales para aprender el idioma de los elfos. Mejor quenya que inglés, dicen.

Leen lo que desprecian sus profesores: revistas digitales “paqueteras”, cómics japoneses y americanos, fan fiction.

Se leen a sí mismos mientras escriben posts en Facebook, blogs, mensajes de texto en celulares, stickers, tags, twitts, lo que sea. Son los mensajes telepáticos de una generación dispersa, los haikus rotos que redactan día a día como un avance de la literatura de pasado mañana.

No leen a Carpentier. Menos a Lezama: sus padres los hastiaron con los perdedizos de Paradiso. Mientras, transcriben letras de canciones, frases anotadas al azar con música de hip-hop o reguetón, los escombros del rock y del pop.

Leen para estar al día. Antes se leía para salir del aburrimiento. El antiguo aburrimiento era una antesala gratuita de la lectura. Pero ya nadie está aburrido, siempre hay un estado de Facebook que “actualizar”, algo que postear, una red social a la que pertenecer, una película que copiar, un nuevo soundtrack que piratear…

Leen en las fronteras de la literatura mientras se inventan un canon invisible cada mañana entre los videojuegos y las teleseries (ambos, como la novela decimonónica, aspiran a reemplazar el mundo.).

Leen en las paradas de ómnibus, con reproductores chinos de mp3 puestos a todo volumen en los oídos.

Leen sin academia, sin culpa y sin mandamientos. (A mi generación le hicieron creer que había que leer con “responsabilidad”.)

Se pierden en bibliotecas digitales llenas de pdfs y epubs. Abren las páginas del Word y marcan en amarillo caracteres, como si fuera un morse cromático que les traerá alguna revelación. Se pierden en los píxeles; se encuentran, cada tanto, en ellos.